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Imaginar lo inimaginable: Una lectura crítica a “Cuerpo y Discurso” de Joyce McDougall.

Imaginar lo inimaginable: Una lectura crítica a “Cuerpo y Discurso” de Joyce McDougall.

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Carlos Soto Chico

 

“Una conciencia amaestrada es aquella que nos da un beso a la vez que nos muerde”

F. Nietzsche

 

“Existen en nosotros varias memorias, el cuerpo y el espíritu tienen cada uno la suya”

Honoré de Balzac

 

“El cuerpo humano es el carruaje, el yo el hombre que lo conduce, el pensamiento son las riendas y los sentimientos los caballos”
Platón

 

Introducción

A través de este ensayo se busca ampliar nuestra postura terapéutica frente a los trastornos psicosomáticos desde un abordaje psicoanalítico, tomando como ejes la manera de trabajar que nos sugiere Joyce McDougall, y las ideas y conceptos fundamentales de uno de sus escritos: Cuerpo y discurso. Se busca, además, destacar la importancia que tiene el manejo psicoanalítico del conflicto psicosomático, así como la postura de escucha analítica que tiene que asumir el terapeuta para detectar, descifrar, decodificar e interpretar dicho discurso, intentando llevar dicho discurso a un nivel de mayor simbolización, integración, refinamiento y complejidad estética en el aparato psíquico del paciente.

La lectura de “Cuerpo y discurso” es compleja, llena de códigos y discursos en dos diferentes niveles: el primero es el nivel en el que se desarrolla el discurso del paciente, éste es un discurso ambivalente, lleno de trampas, laberinto que intenta perder la simbolización, la memoria, la expresión de las sensaciones, de los afectos y las representaciones psíquicas de éstos. El segundo nivel es el discurso del analista, discurso que busca al del paciente, intenta crear un puente de comunicación simbolizante, busca la mirada del paciente para ampliar sus posibilidades de memoria, de imaginación, de fantasía, busca crear “en la relación transferencial” el puente que le permita al paciente crear sus propios puentes con el mundo, puentes intrapersonales e interpersonales de mayor significación simbólica y representacional. El discurso del analista busca impactar el discurso dislocado y desmembrado del paciente, busca darle soltura, flexibilidad e integración a las partes escindidas y parcializadas del discurso psicosomático. En términos artísticos: el analista se vuelve el escultor que da forma al discurso en bruto que presenta el paciente psicosomático, buscando estilizar la fantasía y el pensamiento de éste, a través de la actividad simbolizante y elaborativa.

Como primer elemento de análisis nos situaremos, de manera breve pero profunda, en la propuesta que hace McDougall en relación al establecimiento del trastorno psicosomático, mostrando sus principales ideas en la comprensión de las afecciones psicosomáticas y el abordaje terapéutico. En un segundo momento, nos adentraremos en el manejo analítico de una sesión especialmente importante para comprender al paciente y su conflicto psíquico, mostrando las intervenciones de la analista, el manejo que hace el paciente de éstas y la manera en que se unen los discursos tanto del paciente y la analista para crear una particular realidad que le permite al paciente comenzar a simbolizar experiencias afectivas, a imaginar escenarios y personajes escindidos y parcializados, y a comenzar a tolerar de manera más afectiva su ambivalencia afectiva.

Al final, la palabra simbolizante comienza a tomar poder sobre el discurso psicosomático, y el mundo de la fantasía y el pensamiento comienza a abordar lo inimaginable. En este sentido se hará un seguimiento de la sesión en el orden en que McDougall lo presenta en su texto y se harán los comentarios pertinentes para ampliar la visión sobre este caso. Para finalizar este ensayo, se plantearán algunas conclusiones por parte del autor de este ensayo en relación al discurso del paciente psicosomático y el discurso del analista, buscando el puente representacional y simbólico que brinda la oportunidad para pasar del acto a la palabra, de la canalización de la tensión en el cuerpo al filtro mental que representa el manejo psíquico del conflicto por parte del paciente a través de la simbolización y la elaboración interna.

La postura discursiva del analista ante el trastorno psicosomático.

A lo largo de su historia, el sujeto va asumiendo diferentes discursos que le dan sentido a sus relaciones interpersonales y marcan la estructura de su identidad. El discurso que cada individuo mantiene y defiende desde sus relaciones objetales más tempranas hasta el desenvolvimiento interpersonal más maduro, brinda la oportunidad de crear realidades intra e interpersonales que permiten manejar las ansiedades más primitivas en relación a la formación del entramado psíquico e interpersonal en el que nos vemos insertos desde el nacimiento. En este sentido, el cuerpo tiene un discurso  particular y en ocasiones se disloca del discurso psíquico, siendo el ejemplo clásico y más frecuentemente observado el de la dicotomía “mente-cuerpo”, inscrita en nuestra condición como sujeto cultural y basada en nuestra herencia judeo-cristiana.

La atención que presta el trabajo analítico sobre el discurso del paciente permite identificar los momentos en que dicha dicotomía se posiciona en la realidad material del sujeto; es decir, en el trabajo con pacientes psicosomáticos el discurso se ha extraviado de sus propias experiencias afectivas, el grito y la palabra se han sofocado y el cuerpo ha comenzado a expresar lo que la palabra y la mente no han logrado hacer.

La labor analítica en este tipo de pacientes se centra en buscar que los pacientes imaginen lo que no han tenido la oportunidad de imaginar. La postura del analista, en palabras de McDougall, se centra en aprehender el discurso del paciente, en comprenderlo de manera profunda, en posibilitar que el paciente pueda ser consciente de sus representaciones al permitir que las irrupciones brutas del inconsciente tomen forma en el entramado psíquico. Para esta autora, los pacientes psicosomáticos han tenido una interrupción fundamental en el acceso al mundo de la fantasía, a ese espacio transicional donde las imágenes, los afectos y las sensaciones llevan a cabo una danza que termina con la representación de una obra teatral que le da sentido al sujeto y le permite influir en su realidad interna y externa.

El horror que pueden experimentar los pacientes psicosomáticos es reflejo del temor que tienen a la imaginación, a ese espacio invadido y tomado por objetos aterrorizantes, sofocantes y llenos de agresión. Esta realidad interna se puede observar, según McDougall, en la vida onírica de estos pacientes, la cual se muestra como poco fecunda, entorpecida, con fallas simbólicas, absorta de objetos parciales y con poca capacidad de pulir y dar formas elaboradas a sus imágenes. También se observa que su capacidad de amar, de comprometerse en una relación mutuamente influyente y de aprendizaje mutuo se ve opacada por una sensación profunda de haber sido mortalmente afectados por una parte de su ser que se experimenta como mortífera y aniquiladora.

Siguiendo las ideas básicas para comprender este tipo de trastornos, cabe resaltar el esquema básico que plantea McDougall para comprender este cuadro psicopatológico: En este tipo de trastornos, la verdadera enfermedad no es la somatización en sí misma, sino una profunda escisión entre el cuerpo y la psique, entre el yo del sujeto y la vida afectiva. Dicha escisión deja al soma sólo ante los embates tensionales provenientes del mundo interno y externo, conllevando a un peligro irrepresentable para la psique.

Desde este marco de referencia, es fundamental la labor analítica ya que brinda la oportunidad (única) para que el paciente comience a simbolizar tensiones, sensaciones, experiencias afectivas e imágenes, y no a descargar el exceso tensional en el cuerpo. El proceso analítico es el espacio donde el paciente puede comenzar a crear un entramado entre la simbolización y las zonas somatizadas, logrando detectar sus experiencias afectivas para poder pensar alrededor de sus tensiones, viviendo una experiencia psíquica renovadora, que le permita crear un nuevo mundo interno y hallar, en palabras de McDougall, la huella de antiguas creaciones psíquicas perdidas. El análisis tiene el objetivo de estrechar la brecha que existe entre el cuerpo real y el cuerpo imaginario, buscando que el “cuerpo delirante” se torne paulatinamente en un “cuerpo simbólico”, en un cuerpo pensado y pensable para otras personas.

El puente discursivo entre el analista y el paciente psicosomático: seguimiento de un caso.

En su escrito: “Cuerpo y discurso”, Joyce McDougall describe de manera ejemplar las sutilezas del entramado discursivo entre paciente y analista, resaltando elementos metapsicológicos, psicodinámicos y epigenéticos del trastorno psicosomático. Es a través del análisis de una sesión con un paciente psicosomático, como esta autora va encontrando y traduciendo el discurso del paciente, brindándole la oportunidad para pensarse desde otra perspectiva discursiva. Lo que el cuerpo manifiesta como un discurso lleno de ambivalencia, rabia, confusión, laceración y violencia, para la analista tiene un sentido profundo en la comprensión de este caso. A continuación se intentará dar seguimiento a dicha sesión, haciendo notar el manejo que llevó a cabo la analista de la misma y los elementos descubiertos que brindan luz para comprender de manera profunda este tipo de trastorno.

El paciente (Paul Z) lleva 5 años de análisis y acude por problemas caracteriales y fracasos laborales, teniendo por más de 15 años hemorragias y úlceras gástricas. Lo que dispara el análisis profundo de esta sesión, es el anuncio por parte de la analista de sus vacaciones, lo cual despierta una angustia profunda en el paciente y que nos brinda la oportunidad de conocer su angustia ante la pérdida de objeto, la cual ha comenzado a actuar a través de la somatización y de diferentes actos fallidos.

Después de conocer el anuncio de las vacaciones de la analista, el primer comentario del paciente es: “Estoy pensando en mi pene”. Dicho pensamiento es complementado con la fantasía por parte del paciente de que la analista le hará fellatios, lo cual es interpretado por la analista como una realidad psíquica que no es genital, ni edípica, y encontramos un punto de fijación oral importante en el desarrollo psicosexual del paciente: boca y pene como imágenes parcializadas, objetos parciales no desarrollados ni integrados en el desarrollo posterior de la personalidad del paciente.

La primera intervención de la analista se muestra de la siguiente manera: “¿Ves el vínculo entre el corte por vacaciones y tu fantasía de una relación erótica que estaría negando dicho corte?”;  dicha intervención nos permite observar la estrecha relación entre el anuncio de la analista y la incapacidad del paciente para aceptar y simbolizar la falta. Ante la angustia que crea dicha intervención, el paciente utiliza su arsenal defensivo narcisista y reacciona en contra de la analista de manera sádica, describiendo sensaciones burdas en relación a su fantasía del acto de fellatio, no logrando describir sentimientos.

Esta reacción por parte del paciente nos permite hipotetizar que el paciente tiene serias dificultades para tolerar y contener la ambivalencia ante los objetos vinculares. La posición del paciente en relación al primer objeto primario comienza a tener peso y nos muestra la manera en que el paciente se asume ante dicho objeto (representado ahora por la analista) y el manejo de la ambivalencia afectiva, la cual no puede contener y darle un sentido simbólico para su experiencia.

El paciente transita momentáneamente en una postura narcisista omnipotente que es el resultado de su sistema defensivo ante la angustia que le crea el objeto en la transferencia (analista); y en su fantasía, el sexo atrae amor y hechizo, una especie de encantamiento que lo aturde al borde de la confusión, para luego pasar, sin que el paciente lo perciba conscientemente a una postura donde el sexo se torna feo, bizarro, un acto sádico y la analista se transforma en la malvada y castradora, la analista ahora es el objeto persecutorio y violento.

En este punto, McDougall nos explica que para el paciente la relación con la analista tiene matices parcializados de experiencia afectiva, donde pasa, por medio de la escisión, a experimentar patrones de relación extremos: en un momento es el controlador y agresor hacia el objeto, y en otro momento es el agredido y controlado por dicho objeto. Desde de la psicodinamia del paciente encontramos que desea agredir al objeto (soporte del deseo), y ese mismo deseo se ve proyectado sobre la analista quien a su vez es percibida como potencialmente dañina y castradora, y todo el sistema defensivo precario del paciente se activa en relación a esta fantasía primitiva.

Para McDougall, las ansiedades primitivas tienen un peso considerable en el entendimiento de la psicodinamia y psicopatología del paciente psicosomático. Es la angustia de castración la que se expresa a través de la pérdida objetal (reactivada en el anuncio de las vacaciones de la analista), y dicha angustia es experimentada y simbólicamente errada a través de los objetos parciales escindidos: pene-seno / boca-vagina. Estos objetos parciales no han logrado impregnarse de un significado afectivo integrador, son intentos fallidos de simbolización que han quedado como imágenes fantasmagóricas en el imaginario inconsciente del paciente, son objetos parciales no integrados en “buenos y malos”, sino tienen una dinámica de “idealizados y perseguidores”, lo cual nos muestra la fuerte tendencia regresiva a nivel oral y la interpretación primitiva que hace el paciente de una relación amorosa fijada en las ansiedad de este estadio del desarrollo psicosexual.

Cuando el paciente describe sus sensaciones burdas alrededor de su pene nos muestra que éste, es en momentos idealizado y reparador, y en otros es un objeto denigrado y destructor; también la boca tiene un significado paradójico: en momentos es el espacio acogedor y de franca incorporación afectiva, pero pasa fácilmente a tomar la imagen de ser un órgano castrador, una dinámica francamente regresiva y patológica.

En este interjuego de imágenes parciales y de sensaciones burdas y huecas de afecto se basa la experiencia del paciente psicosomático, quien no tiene otra alternativa que canalizar las tensiones creadas por sus angustias primitivas hacia el cuerpo, esa masa orgánica que se transforma en el recipiente silencioso y sufriente de la mente debilitada y deficitaria del paciente. La falla ocurre en la mente y el cuerpo sufre las consecuencias, la mente ha dejado de tener su función reguladora y filtrante de las pulsiones y angustias primitivas y el último recurso con el que cuenta es canalizar sus excesos y fallas representacionales en el cuerpo antes de caer en la franca desintegración y aniquilamiento.

Ante su conflicto psíquico, el paciente psicosomático no reacciona mediante la represión (defensa para llevar a cabo una diferenciación en la topología psicopatológica: neurosis-borderline-psicosis), sino reacciona mediante la exclusión que produce proyecciones con diferentes matices que pueden ser somatizadas.  El aparato mental del paciente, no tiene la suficiente cohesión y estructuración como para manejar el material angustiante proveniente del inconsciente y las maniobras defensivas de dicho aparato arcaico y poco desarrollado se basan en la escisión, la exclusión y la proyección primitiva como formas de manejar el conflicto y las angustias primitivas.

En este punto, McDougall nos ofrece otra intervención que se realizó frente al paciente, la cual se basa en mostrarle que la percibe como un objeto agresivo y rechazante; ante lo cual el paciente se muestra enfermo e inofensivo, sin la posibilidad de dar una respuesta. También le explica al paciente el abanico afectivo de su experiencia, donde puede al mismo tiempo adorarla (idealización primitiva) y temerle (devaluación).  McDougall favorece darle nombre y conexión afectiva a la experiencia mental que vive el paciente en la relación con ella, sin embargo, en lugar de que éste comience a simbolizar el contenido mental que acaba de recibir, reacciona mediante un malestar burdo en el estómago, lo que refleja el intento por organizar su experiencia mental y afectiva, aunque vuelve a fallar, reflejándose dicha falla en el cuerpo. Ante esta reacción por parte del paciente, la analista también siente que su estómago se encoge, el discurso del paciente también la impacta, los núcleos psicosomáticos de la analista se ven removidos, se activan y la analista necesita organizar también su experiencia para no verse absorbida por el discurso psicosomático.

Para McDougall, es importante aclarar que para el paciente psicosomático es realmente complicado elaborar y simbolizar sus experiencias afectivas, pues cada vez que aparece un afecto angustiante, éste se convierte en un esbozo de somatización, llevándola a hacerse la siguiente interrogante: ¿Dónde está el aparato para pensar? En estos pacientes el aparato mental es inmaduro y arcaico, insuficientemente estilizado para darle forma armoniosa a sus pensamientos, y es por esto que las imágenes que fantasea son grotescas y parcializadas, sin armonía entre ellas y sin sentido para el mismo paciente.

Es ante la angustia de no saber darle un cauce a sus emociones, que el paciente hace un esbozo de somatización, ya que ante el material que percibe como angustiante se protege con su fantasía de tener un falo erecto como un pico, que es un intento psíquico de superar la sensación inquietante derivada de la separación con la analista. Las maniobras arcaicas de la psique del paciente tienen una estrecha relación con la manera en que erotiza el vínculo con la analista ante la percepción de abandono por parte de ésta. McDougall nos explica que los problemas de identidad como hombre (identidad viril), acarreados desde los estadios tempranos y formativos de su personalidad, se observan en las imágenes escindidas del pene frente a las fantasías inquietantes de la mujer. En ese momento, nos ofrece más información proveniente del mundo de la fantasía del paciente: éste continúa escindiendo su experiencia afectiva e imagina su pene cubierto de pústulas, se muestra confundido, sin poder pensar, sintiendo que su cabeza se hiende en dos, con ganas de vomitar y con un estado de horror intenso.

El paciente después de 5 años de análisis, se encuentra llevando a cabo sus primeros intentos francos de simbolización, se encuentra intentando expresar en palabras lo que se le escapa a la representación simbólica y la analista se convierte en testigo silencioso de este esfuerzo significativo por parte del paciente. Ante dicho esfuerzo, el paciente intenta tolerar la frustración de manera más efectiva, se autodenomina “Frankenstein” (imagen viva del discurso psicosomático). El paciente ha logrado un progreso en su capacidad de simbolización y ha comenzado a darse una imagen a sí mismo, comentando que es la primera ocasión en la que tiene ese pensamiento y asocia a que dicho personaje también haya tenido úlceras (identificación primitiva con un personaje degradado, aunque es un primer intento de identificación simbolizante que nos refleja el intento de esbozo para representarse a sí mismo).

La analista, ante el esbozo identificatorio y representacional que lleva a cabo el paciente en torno a la imagen de Frankenstein, comprende el discurso del paciente: Frankenstein es el ser que vive comiendo a los otros, despedazándolos para construir otro ser. La analista ha comprendido la metáfora discursiva del paciente, ha comprendido la manera en que el paciente ha construido y sigue reconstruyendo su identidad, su mente tiene la limitante de sólo llegar a construirse a partir del comer y despedazar, sin digerir ni procesar adecuadamente a los otros para construir de forma incompleta y parcializada una identidad propia y una imagen del otro, imágenes falseadas, desunificadas, desintegradas, incompletas, partes de todo y de nada, tratando de armonizarse para finalmente volver a fracasar en su intento por la unificación y la armonización de su personaje.

Nuevamente, ante la angustia arcaica de fragmentación y aniquilación, aparece la imagen del pene despedazado, con la cual intenta fallidamente, erotizar la relación con la analista que también significa el intento de erotizar su angustia por haber comido sus objetos o sus representaciones parciales. En este punto, el paciente psicosomático proyecta su amor-sádico como odio y lo reintroyecta de forma intolerable, arcaica, violenta y destructiva.

La regresión observada en la dinámica mental del paciente, nos lleva al niño voraz que se vive como castrador oral que ama a sus objetos, pero también los destruye y fragmenta. Nos muestra cómo se encuentra organizado su entramado-teatral-interno en relación a la dinámica de los objetos-actores. La analista vuelve a interpretar el ataque que hace el paciente hacia la imagen de la analista, pero el paciente rechaza, limita y bloquea el intento de pensar y simbolizar. Actividad analítica desgastante y que requiere de paciencia por parte del analista, quien busca comprender el discurso psicosomático para ayudarle al paciente a simbolizar y reinterpretar su experiencia mental y afectiva.

Ante el ataque del paciente al vínculo terapéutico, la analista comienza a sentir en su propio cuerpo los estragos del discurso psicosomático, teniendo como resultado que el estómago de la analista también se retuerza ante la imagen de Frankenstein (paciente), quien es el responsable del interior comido y destrozado de la mujer: la analista ha sido atacada desde su interior. El conflicto básico sale a la superficie, gracias a que la analista ha logrado comprender y descifrar el discurso del paciente, discurso que refleja la manera en que éste fracasa al momento de elaborar la culpa depresiva de invadir y lastimar a los objetos, y dicho intento se ve reflejado en describirse a sí mismo como repugnante, no sabe ni puede repararse ni reparar a los objetos, el sentimiento depresivo lo lleva a sentirse degradado y a degradar a los objetos, la culpa depresiva no tiene el efecto reparador como para el “neurótico promedio”, que ha logrado cierta armonía con su realidad interna y externa.

En el transcurso de la sesión, el paciente vuelve a perder su pensamiento y le pregunta a la analista si ha logrado que ella lo pierda también. La analista responde a este discurso con una pregunta que busca despertar la intuición interpersonal en el paciente: “¿Está tratando de llenar mi cabeza con su desorden perturbador?” (pág. 221). Ante esta revelación interpretativa, el paciente ataca nuevamente el vínculo, se siente desnudo e indefenso y ante la angustia despertada vuelve a atacar el vínculo que no sabe tolerar, basándose en su funcionamiento defensivo primitivo.

El paciente le echa la culpa de su mal estado a la analista, y ésta detecta en este ataque que el paciente ha logrado a través de medios psicológicos transgredir con la problemática de la separación y de nuevo el conflicto psíquico sale a la luz, sólo que el paciente comienza a apoyarse en medios psicológicos y en elementos transferenciales, el discurso del paciente comienza a transformarse. El paciente verbaliza el mal que era irrepresentable hasta ese momento y la analista aprovecha el momento para brindarle al paciente la siguiente interpretación: “Usted me permite irme de vacaciones a condición de que lo lleve dentro de mí; soy yo la que debe partir hendida, perseguida en mi vientre por todo el mal que le he hecho. Así usted se queda bien liberado de lo que le tortura en su interior” (pág. 222).

Ante esta revelación interpretativa de la fantasía inconsciente del paciente, éste tiene “pensamientos que matan”, siente ganas de estrangular a la analista, al mismo tiempo que la quiere acariciar y tiene miedo de atemorizarla. La ambivalencia afectiva vuelve a aparecer y la analista aprovecha la oportunidad para mostrársela en los sentimientos y la angustia que hay en ellos: aparece el estrangulador-estrangulado en una relación amenazante y angustiante con una mujer (el conflicto básico con la imagen de la madre).

El paciente comienza a hablar de sus recuerdos en la adolescencia, comienza a recuperar material antes no recordado. Sus recuerdos giran alrededor de fantasías de coito sádico, se descubre que el paciente intentó superar la angustia de castración mediante la creación de un juego masturbatorio perverso, donde sentía dolor y placer al estrangular su pene. Pero también aparecen imágenes arcaicas más profundas de una mujer castradora, vagina estranguladora y la escena primaria como relación de estrangulamiento. El paciente ha comenzado a explorar las imágenes conflictivas de la mujer, sin aún entender ni conectar significados: el entramado simbólico aún parece oscuro, perverso, complicado e indescifrable. Ante el material expresado por parte del paciente, la analista comienza a crear imágenes en su cabeza, como si funcionara como traductora de un lenguaje arcaico, caso indescifrable: mujer araña, devoradora y estranguladora que está detrás de la mujer adorada y deseada.

Al descubrir los significados arcaicos que sustentan la imagen de la mujer, la analista también detecta que dentro de la transferencia el paciente busca dormirla a través de la seducción (erotizando la relación) o controlarla y paralizarla a través del ataque (devaluación y degradación de la relación), y lo interpreta como un ataque donde la figura paterna ha fallado en su presencia. Esta imagen no existe en el imaginario relacional del paciente. Ante este descubrimiento y su respectiva interpretación, la analista observa que el paciente se siente pulverizado, observa que la imagen que tenía el paciente de su propio pene se reduce a polvo y encuentra que a nivel contratransferencial aparece la tentación de convertirse en la “madre pulverizadora”.

El paciente continúa hablando y la analista recoge información fundamental para comprender de manera profunda el funcionamiento intrapsíquico del paciente: éste no soportó una relación dual (madre-hijo) sin la protección paterna, el paciente buscaba desesperadamente en alguna parte de la mujer, al padre faltante. Mientras la analista elabora esta información, el paciente continúa asociando y la analista escucha en el discurso de éste que el sexo pulverizado contiene un falo que muerde, brindándole otra interpretación: “Ante tu fantasía de ver tu sexo reducido a polvo, todo ocurre como si yo escondiera un miembro devorador que amenaza a tu sexo” (pág. 224).

El discurso en el que la analista invita ingresar al paciente ahora plantea el avance de una relación con el sexo femenino dotado de cualidades canibalísticas y anales, para pasar al lugar de una metáfora femenino-fálica. En este punto, McDougall nos explica que lo que le causaba miedo al paciente era la falta de representación fálica, donde el pene paterno no tuvo ninguna función significante en su organización edípica, y donde las fallas en la constancia de la imago materna, del pene del padre como organizador significante de su dinamismo intrapsíquico y del pene personal, llevó al paciente desde la infancia a entablar una lucha desesperada, donde lo que estaba en juego no era el sexo (como bastión de configuración de identidad) sino la vida misma, de donde parte la angustia de castración edípica con sus respectivos problemas en relación al tema de la homosexualidad y la rivalidad mal asumida, lo cual era la fuente de sus conflictos a nivel laboral.

La analista detecta algunas manifestaciones contratransferenciales y descubre que ansiaba introducir la instancia paterna, que era la introducción de una representación parcial del objeto-padre y era una respuesta inconsciente de la analista que respondía a la fantasía de protegerse contra el hijo caníbal (el paciente). En este momento, la analista encuentra que su última intervención estuvo distorsionada por elementos contratransferenciales y le dice al paciente que considera que su interpretación era errónea, y el paciente recomienza su discurso.

Una reflexión adicional de McDougall (2000) nos brinda luz frente a una intervención afectada por la contratransferencia del analista: cuando el discurso se corrompe por parte del analista, se puede rectificar para reactivar el discurso en el paciente, logrando que éste vuelva a asociar libremente. En este punto, cabe mencionar la importancia que tiene la detección de elementos contratransferenciales por parte del analista y en especial en el trabajo analítico con este tipo de pacientes ya que la dinámica mental del paciente psicosomático fácilmente puede hacer que el analista asuma determinados roles según el grado de patología al que sus conflictos se remiten; por ejemplo, en este caso la analista fue empujada a pasar del rol de la madre-fálica-omnipotente y devoradora, al rol de la madre con el pene.

Al reactivarse el discurso del paciente en la sesión y al superar, la analista, sus manifestaciones contratransferenciales, el paciente comienza a relatar cómo en su infancia ponía a luchar a diferentes clases de insectos y él se asumía en el rol del director de dichos enfrentamientos a muerte. En el discurso del paciente se observan las escenas primitivas de aplastamiento, estrangulación y picadura mortal, y todas estas imágenes jugaron el papel de soporte para intentar (de forma fallida) la angustia del paciente en la etapa de la adolescencia.

Ante la descripción del paciente de estas escenas de la adolescencia, la analista observa en dicho discurso el intento que hizo el paciente para controlar y manipular su agresividad a través de un teatro minúsculo con personajes aberrantes, objetos transicionales disfuncionales que no permitieron un adecuado y medianamente armonioso proceso de individuación y maduración en el paciente. Estas luchas entre insectos de la cual él siempre fue el observador, tenía una interpretación más profunda en su mente en relación con la escena primaria, que reactiva el derrumbe psíquico del conflicto edípico.

En el momento en que la analista encuentra información proveniente del paciente en relación a la conflictiva edípica, angustia de castración y la escena primaria, el paciente comienza a hablar en torno a su sexualidad. El paciente comienza a narrar la somatización que presenta alrededor de sus zonas genitales (urticaria) al ser rechazado por su esposa cuando tiene ganas de hacerle el amor, y en este momento la analista le interpreta dicho discurso psicosomático: “¿Cómo si usted hiciera urticaria en lugar de amor?” (pág. 224).

En este punto la analista se encuentra invitando al paciente a pensar acerca de la urticaria, lo invita a ponerle palabras y simbolizar lo que se encuentra como afecto estrangulado y lo que oculta la sensación detrás de la somatización. El paciente responde ante esta invitación a pensar con sensaciones: “Pienso en hormigas, en gusanos que bullen por todas partes” (pág. 224). En este momento el paciente ha comenzado a personificar, a darle vida teatral a sus somatizaciones y comienza a ganar control sobre las mismas, comienza a ser el director de su teatro mental, empieza a darle vida a su intrincado teatral psíquico.

La analista lleva a cabo otra reflexión pertinente en este momento: ante el rechazo de su esposa para tener relaciones sexuales con el paciente, éste no detecta sus sensaciones, no presiente el afecto consecuente y no puede mentalizar las intenciones de su esposa, no puede adelantarse a la protección de sus afectos, se queda desarmado, el cuerpo le pica, se siente sucio, y la última defensa ante el rechazo aparece en el mismo cuerpo, justo antes de la desorganización y el aniquilamiento psíquico.

Ante la descripción de sensaciones por parte del paciente, la analista detecta que la palabra del paciente está pegada a su piel, como si la relación amorosa fuera concretamente de “piel a piel”. En este sentido, se puede comprender cómo el paciente reacciona ante la pulsión sexual mostrando su piel excitada y rabiosa cuando su esposa lo rechaza, y en ese momento la imagen corporal parece paralizarse, no se logra elaborar, no se logra estilizar para tomar una forma agradable y armoniosa para los sentidos. Y ante la descripción desagradable y desajustada de las manifestaciones somáticas del paciente, la analista continúa promoviendo el establecimiento de un discurso mentalizante, simbolizador, entretejedor de somatizaciones, sensaciones, afectos y pensamientos: “¿Qué quieren decir estas sensaciones?; ¿qué es este lenguaje de piel?”.

Ante la actividad mentalizadora de la analista, el paciente por fin logra tener una imagen clara de su madre, recordando que ésta tenía una enfermedad de la piel, y en ese momento el paciente se queda en silencio y se rasca las manos (se pierde momentáneamente el recuerdo, la palabra simbolizante, y se pasa a la sensación corporal directa, burda, hueca de afecto). La analista aprovecha que la imagen de la madre aparece en el escenario mental del paciente e interviene: “¿Usted se pone en la piel de su madre?”.

Con esta intervención, la analista también asocia información de este caso y recuerda que la madre del paciente evitaba el contacto corporal y que el paciente de niño era muy dependiente de ella y siempre se sintió frustrado en su demanda de ser mimado. Otra asociación informativa llega a la mente de la analista: la separación inminente en la situación analítica y la frustración sexual con su novia, forman un todo y tiene una relación directa con la madre del paciente.

En este conflicto básico se soportaba la angustia de separación que se reactiva en momentos de separación y rechazo en la edad adulta del paciente. La identificación con su madre es una respuesta a su deseo de poseerla para él solo. El paciente responde ante dicha intervención por parte de la analista: “Siempre he hallado a mi madre sexualmente atractiva; pero lo que me carcome es la idea de estar en su piel”.

El incesto y la simbiosis hacen su aparición sin poder ser tramitados como simbolizaciones que pueden reprimirse de forma neurótica. En este momento encontramos un corte psicodinámico fundamental para comprender el movimiento psíquico que lleva a cabo el paciente: el objeto al que apuntaba su deseo infantil (la madre) fue invadido por objetivos orales y devoradores como consecuencia de su deseo de fusionarse con ella. Este deseo de fusionarse sufrió contracatectizaciones llevadas a cabo por medio de las proyecciones y desplazamientos: el cuerpo materno, la piel, el cuello a estrangular, los insectos. Su problemática básica fue contenida en la infancia en los juegos prohibidos (lucha de los insectos y masturbaciones frecuentes), siendo todas estas maniobras, intentos semi-eróticos, semi-sublimados que fueron convirtiéndose en una creación perversa, en una fobia, en una expresión psicosomática.

El final de la sesión se acerca y la analista siente que sus pensamientos se tornan oscuros y confusos, sus notas son incoherentes, el discurso del paciente es tremendamente denso de contenido y significado, es una malteada espesa que cuesta trabajo digerir y que deja un peso considerable en la mente de la analista. La analista cierra la sesión, no sin antes escuchar por parte del paciente que algo no anda bien entre él y las mujeres, entre él y su novia, entre él y la analista, entre él y su madre, y con cierto placer perverso se despide de la analista diciéndole: “¡Tengo para divertirme en las vacaciones!”. La analista ha quedado agotada por el discurso del paciente pero ha logrado que éste comience a pensar y a conectar afectos con representaciones mentales, ha logrado que recuerde lo que era casi imposible por recordar y que comience a ponerle palabras a sus diferentes estados afectivos.

El discurso del analista versus el discurso del paciente psicosomático: Esbozo de integración y simbolización interactuante.

El discurso compartido entre paciente y analista es la combinación de ambos discursos: el psicosomático y el simbolizante representacional. ¿En qué se diferencian ambos discursos? En el caso del discurso del paciente encontramos que el lenguaje de la psicosomasis pone al cuerpo y la manifestación somática en el lugar de la imaginación, del proceso, del pensar y del elaborar. El paciente psicosomático sólo reacciona somáticamente, le cuesta trabajo imaginar “algo” y en su lugar lo somatiza. Cuando intenta imaginar algo completo e integrado, aparecen las imágenes parcializadas, sustentadas en un lenguaje arcaico y basadas en el proceso primario que arrasa con toda posibilidad de pensamiento organizado, reparador, integrativo, procesador y sintetizador. El lenguaje psicosomático aparece como una escena de horror que paraliza el pensamiento, es un lenguaje de lo imposible, una imposibilidad delirante en relación a un conflicto inarticulable que surge en el momento en que la psique no puede, porque “no sabe” (dado que nunca tuvo la oportunidad de ensayarlo de manera sucesiva hasta alcanzar un éxito relativo que se perfeccionará a lo largo de toda la vida) cómo procesar su ambivalencia sadomasoquista, su confusión momentánea entre sujeto y objeto, y la constante división que experimenta en su mente, afectos y sensaciones corporales. ¿En dónde canalizar el material interno no procesado, no organizado?

La respuesta se encuentra en la forma en que su mente ha encontrado una manera para darle sentido arcaico a dicho material, y es ahí donde se asume el discurso psicosomático, ahí donde se ahoga la palabra y se pervierte el significado de las cosas, ahí donde se sitúa el acto que no fue pensado y que se encarna como palabra “muerta viviente”. El discurso psicosomático es una representación fallida y la forma de manejar el conflicto que lo sustenta se observa con la actuación directa de dicho conflicto en la manifestación corporal de un síntoma orgánico. Los pacientes psicosomáticos se confunden y confunden a los demás en su discurso, se pierden y pierden a los demás. Detrás de su discurso se descubren fantasías pregenitales con fuertes cargas sadomasoquistas que serían la causa de su patología somática. Se observa una incapacidad para crear y recrear dichas fantasías y la falta de estructuras psíquicas aptas para contener el sadismo primitivo, lo cual favorece la descarga somática directa.

Su incapacidad para crear fantasías elaborativas y simbolizantes se refleja en la dificultad que tienen para contener las cargas pulsionales primitivas. La somatización no tiene un sentido simbólico y la regresión a un estado lactante, nos remonta al funcionamiento primitivo que tiene en la mente humana el manejo del amor y del odio en relación al propio cuerpo y a la relación primaria con el objeto.

En el caso del discurso del analista en relación al tratamiento con pacientes psicosomáticos, encontramos que el analista intentará vincular las expresiones somáticas del paciente con un contenido fantasmático, intentando neurotizarlas para combatir el ahogo afectivo que empobrece el discurso del paciente y bloquea el proceso analítico. El analista tiene que mantener un discurso simbolizante y elaborador, necesita estar regresando constantemente al establecimiento de un diálogo mentalizador con el paciente, quien presentará fuertes resistencias y buscará dominar dicho diálogo a través de su discurso psicosomático. La función del analista requiere gran paciencia y dedicación elaborativa, requiere de intuición analítica para detectar los momentos en los que el discurso del paciente se disloca y se sofoca la palabra simbolizante, los momentos donde la escisión y los objetos parciales dominan la dinámica mental del paciente, para brindarle la oportunidad al paciente de pensar, fantasear y experimentar a nivel afectivo las experiencias parcializadas, escindidas, en un intento por activar la capacidad del paciente de imaginar lo que hasta ese momento fue inimaginable, pero que al comenzar a imaginarlo, se brinda la oportunidad de enriquecer su mundo interno, creciendo y madurando en el manejo de las tensiones internas a nivel psíquico y abriendo un espacio mental para representar y simbolizar lo que antes se enviaba al cuerpo para su manejo deficiente.

Referencias

Bleichmar, N. & Leiberman, C. (2001). El psicoanálisis después de Freud. Teoría y clínica. México: Paidós.

McDougall, J. (2000). Alegato por una cierta anormalidad. Ediciones Petrel.

 

Nietszche, F. (2000). Obras selectas. Máximas e interludios. Editar libros: Madrid.

Last modified onDomingo, 19 Febrero 2017 22:43
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