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Ar-técnica y epistemología del Asistente Terapéutico: Los abismos del lenguaje.

Ar-técnica y epistemología del Asistente Terapéutico: Los abismos del lenguaje.

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Juan Manuel Rodriguez Penagos

 

¿Cómo trasmitir una experiencia clínica que se funda en el silencio y el desconocimiento?, ese es el desafío de este escrito. Nuestra apuesta pretende discutir algunos conceptos técnicos del psicoanálisis y de la creación artística, necesarios para la clínica de las psicosis desde el lugar del analista y del Asistente Terapéutico (AT). Por un lado, se trata de contribuir a la necesidad técnica de una práctica, eso hay que saberlo, pero también esta misma técnica nos debe preparar para escuchar los desfiladeros del silencio sin la irrupción de nuestros saberes conscientes; para después producir actos creativos desde los fundamentos del sujeto, como lo hace el artista, diríamos desde ahí, que todo tratamiento y cura tiene una cierta profundidad estética. En este sentido existe una condición del saber propio a cada momento del tratamiento y esto es también necesario abordarlo desde la epistemología

La técnica es un saber indispensable para todo artista; pero también para aquellos clínicos que apuesten su trabajo a escuchar. Además de la dificultad epistemológica que eso significa en los campos del conocimiento, la escucha y el silencio son campos fundamentales de nuestra práctica, pues por nuestra propia naturaleza de lenguaje, escuchar produce un sujeto en el discurso, a través de sus propias palabras, aún delirantes. Escucharlo, es una manera de darle la dignidad del sujeto al psicótico. No esperar entender ayuda a poder escuchar, pues el delirio es un discurso que no incluye al otro en su construcción, por lo tanto no está hecho para compartir nada y menos para entender. Por esto mismo quiénes nos trastornamos somos los que queremos comprender, hacerlo un discurso de la ciencia; sin embargo, escuchar es poder enloquecer en el sentido de renunciar a nuestro saber para ser llevado por la voz del Otro, en sus contenidos y sus formas. A veces es más importante sostener la mirada aún delirante que decir algo, pues en la lógica del objeto, hablan más las cosas que las palabras. El problema histórico de nuestra teorización de la psicosis es que se buscó durante siglos por la vía de la comprensión. En este sentido tenemos el problema epistemológico de que el delirio es puro proceso primario y el discurso contiene el proceso secundario, Ahí se produce un abismo, por eso es necesario escoger nuestras batallas clínicas; se juegan saberes que parecen enfrentar la ciencia con la magia.

Proponer una técnica también debe incluir otras dimensiones del lenguaje donde las palabras no operan, ya enunciamos la relación del delirio con el desconocimiento y ahora mostraremos otros territorios donde la palabra no opera. En este sentido, el elemento más importante en la música y en la clínica son los silencios, donde la ausencia de palabras, crea un espacio que despliega otras formas del lenguaje cercanas al objeto. Ahí, se juegan muchos territorios que el cuerpo captura desde lo ICC. En este sentido, es importante señalar que se trata de otra forma del saber, que no es un conocimiento del lado de la ciencia, se trata de los silencios, que para quien escucha puede parecer un abismo, que aunque es territorio, es profundo y oscuro, ahí la escucha no puede necesitar de la razón científica. En el trabajo con psicosis, los silencios gritan por sus formas, producen una intuición del lugar donde el psicótico se atrapa. En el devenir del AT es más importante estar que entender; por ello, el trabajo analítico del AT, es una forma de lidiar con los abismos del lenguaje. Saber que esperar es más productivo que pretender comprender, eso es más peligroso, pues nos lleva a la posibilidad de curar a nuestros pacientes de lo que nos pasa a nosotros.

El vector donde se desarrolla el trabajo clínico se constituye en una relación, es la oferta transferencial desde algunas formas de lazo y lugares diferentes; por un lado está la del analista, y por otro, está el AT y el psiquiatra. Es importante atender cómo deviene cada sesión, lo cual implica atender cómo se desarrolla el acompañamiento para dar lugar al otro. Por esta razón, no sólo se trata de una técnica sino que además es un arte habitar el sin-sentido y escuchar los silencios. Ar-técnica significa un marco teórico para producir desde nuestra docta ignorancia. Nuestro arte comienza en los vacíos, está hecho desde lo que falta y son esos mismos lugares donde se produce el sujeto, donde reaparece la metáfora. Igual que una obra de arte, lo estético se produce en la relación entre la mirada y el objeto, de igual forma en tanto clínico sabemos que en una relación terapéutica, escuchar al objeto de goce del Otro, producirá eventualmente un sujeto devolviéndole  su mirada, su escucha.

Poder acompañar significa estar dispuesto a tramitar la orden que imponga el Amo en cada delirio, a cada momento y desde una reacción al otro encarnado en el analista y en el AT. El acompañante y el analista, comienzan a ser testigos de la operación lógica del Amo. Tomando como ejemplo los caprichos a los que se ve envuelta Alicia en ese país de "las maravillas", podemos mostrar cómo esa condición de objeto, se produce desde la lógica de un sueño, sin olvidar que se trata de la misma condición que produce el delirio, pues está atrapada y sujeta a las palabras del Otro, una lógica de la univocidad; de ahí su condición de objeto, fusionado al orden y sus órdenes. Nuestros pacientes psicóticos tienen certezas, pero no saben porque lo saben, es dogma. El discurso delirante se muestra como efecto de un texto hermético que más que hecho de palabras parecen mostrar un acertijo a descifrar, a partir de signos que habitan al sujeto. De esta manera, es un texto axiomático en el universo de los objetos donde nuestro delirante es uno más que nombra ese orden. Como psicoanalista reconozco que los lugares del acompañante terapéutico y del psicoanalista no son iguales ni suficientes para atender este tipo de padecimientos. La condición de nuestros delirantes se producen también en su cuerpo, por ello no es suficiente el trabajo con el lenguaje, necesitamos además la atención a lo Real del cuerpo y la mirada del psiquiatra como parte del equipo.

La familia es también quien sostiene la locura del paciente; por ello son indispensables las sesiones  donde se pueda escuchar el lugar que le dan al delirante. En mi experiencia clínica, tener a un psicótico en la familia parece que vacuna al resto de la familia, que no quiere ver en carne propia su participación en la locura de la casa. Generalmente las familias involucradas prefieren pensar que se trata de una razón genética, porque esto los excluye de la responsabilidad, sin embargo, su participación en los alcances de la cura es definitiva. Esta forma de pensar el psicoanálisis teje una compleja madeja de epistemologías; de políticas en los saberes, por un lado estaría el lugar del equipo de AT's y el analista; luego el psiquiatra desde la posición de la certeza científica y en el mismo estatuto de verdad está la condición de certeza del delirio del paciente. Al menos tres posiciones del saber, certezas y preguntas, escuchando y haciéndose cargo de dimensiones diversas del tratamiento, por eso es importante el trabajo en equipo pues el enemigo a vencer es ese Amo que encarna el cuerpo del delirante.

Es imposible hacer este trabajo sin haber pasado o estar en un psicoanálisis personal ya que nuestro instrumento de trabajo es también lo que nos toca como sujetos. Para sostener la mirada a quien delira, es indispensable tener una relación analítica con nuestros fantasmas, por lo que hay que soportar con el cuerpo. Este contexto de escucha de los abismos, tiene una relación orgánica con nuestros fantasmas, por eso es importante saber que la transferencia se invierte y nuestras fantasías del delirante son el proceso final de un trabajo con el cuerpo que define una forma, un estilo y una posibilidad de tratamiento.

Un extranjero en casa: La oferta social originaria.

Un extranjero en casa, significa que las formas de las fantasías familiares contienen aquello que es siniestro para todos. Entendemos lo ominoso del delirio, como aquello que es al mismo tiempo íntimo y extraño en el discurso familiar. Por esto, la noción del extranjero se juega desde muchos lugares. El primer lugar del extranjero es quien delira, por eso se les llama alienados; los que vienen de afuera, pero ese territorio exterior no es cualquiera, es el que siempre representa lo in-familiar, es decir; las fantasías de varias generaciones, enraizadas en el comercio familiar que devienen en alucinaciones del paciente, que son un infierno hecho a la medida de los miedos, sostenidos por las fantasías familiares. Entonces el primero que llegó de afuera fue el delirio llegando desde esta exterioridad íntima, interior que a todos representa.

Generalmente esta clínica comienza con una situación de desbordamiento y crisis, en este contexto, el AT es una función indispensable en el inicio de un tratamiento; su posibilidad ambulatoria le permite llegar a la situación que suele estar gobernada tiránicamente por el mismo fantasma especular de la familia, en la versión de cada uno de sus miembros. Este primer momento del tratamiento hace del AT un embajador de la alteridad, otro extranjero, alguien que viene de afuera con una oferta; resolver las cosas de otra manera. En este primer instante, se instituye a este otro como un intermediario del goce, es llegar a la territorialidad de la horda primitiva, donde el padre brilla por su ausencia, es un espacio psíquico anterior al padre, un territorio desolado, sin ley. Freud hace una referencia interesante cuando se refiere a este contexto como el padre de la horda primitiva, en ella hace una analogía a la relación entre un hipnotista y el hipnotizado. Esta relación marca una analogía entre el amo y el esclavo como sucede en el delirio donde todo es objeto. Ahí no hay sujeto, éste comienza con la existencia de la ley, donde se sostiene por la existencia del otro. Después de la llamada de un miembro de la familia, llegará el alienista, que inaugura el tratamiento bajo la forma del AT, quien deviene el segundo extranjero después del delirante en la horda primitiva, donde en el lugar de la ley hay Ordenes del Amo; apareciendo ahí un autoritarismo del Otro; todo es revelación, saberes axiomáticos, incuestionables. Todos en la familia sufren de los mismos fantasmas encarnados de manera diferente, estigmática, anudando al psicótico a una fantasía genealógica y familiar. Es en este contexto donde comienza un trabajo sutil pero constante con este gobierno tiránico familiar.

La pura presencia Real del AT contiene al paciente y a su familia; es una instancia distinta a la que dicta el Amo, convirtiéndose así en una forma inaugural de lo social en la cura, y a partir de esa relación terapéutica, el dispositivo ya es un lazo inaugural, aún siendo un artificio de la transferencia, es un primer camino fuera de esta situación pre-edipica que vive el grupo familiar. La presencia y la escucha del AT, es una oferta del otro, donde aparecen nuevos caminos de la alteridad. Este dispositivo apuesta a promover una instancia que favorezca la palabra, que instituye otras legalidades más dignas para el sujeto y más lejos de la condición de objeto en que se ubicaba nuestro delirante. En esa soledad, la ruta siempre es clara; se trata de ir al tiempo del paciente, hacia la exogamia, las formas de salir son complejas, caso por caso, deviene sui-generis; ahí sólo se puede caminar desde lo que hace a cada paciente distinto, no hacia los universales de la ciencia que borran las diferencias y nos hace a todos iguales. Nuestra ciencia se trata de lo particular donde lo esencial no son las categorías sino la subjetividad.

Un equipo clínico es también un artificio social; una apuesta única para cada delirante y su familia. Desde la más profunda soledad del sujeto, comenzó el viaje de regreso, el llamado del equipo, en donde lo que suceda en el equipo desde su función, su consistencia, el trabajo interior, constituye un vector importante en la tramitación de la cura. Si la forma terapéutica por excelencia se constituye fundamentalmente en una relación, es en el interior del mismo grupo donde se tramita una parte de la dirección de la cura como propuesta social y multidisciplinaria del trabajo. En este sentido; el trabajo al interior es donde se gesta el retorno a lo social; a fin de cuentas el equipo es una forma legitima de lo social que está diseñado para ese paciente en particular. Recordemos que la lógica de inicio del tratamiento es la geografía donde imperaba el padre de la horda primitiva, esa condición pre-edipica, sin ley, sin fronteras, sin sujetos, son territorios ordenados por el deseo inconsciente, ahí viene a insertarse el equipo como algo que viene de afuera. La exterioridad no existe, si no operan la posibilidad de las fronteras que las palabras traen desde lo simbólico a través de la metáfora. En esta condición de infinitud en la que se juega el inicio del tratamiento, nuestra transferencia a cada caso en particular parece mostrar la ambición de poder pasar de la épica a la ficción en las formas de la fantasía que gobiernan a nuestros delirantes y sus familias.

La frontera invisible: La aparición lógica del dos.

Tratemos de hacer un boceto de la geografía de las psicosis a partir de la obra autobiográfica del presidente Schreber; En ella nos muestra desde el inicio, que en el narcisismo se produce una infinitud. A partir de este caso, muestra cómo el proceso primario produce el espacio-tiempo del delirio. El milagro se produce cuando le hablan los pájaros, los dioses, encerrado afuera de sí. Lo inconsciente no reconoce bordes; así pues, la infinitud es igual que el vacío, huérfano de sus palabras y de su nombre, inundado de este gran Otro, produce un nuevo orden mitológico,  pero también se ordena con el rigor de los dioses. Es ahí donde comienza el lugar de objeto de goce del Otro. Los profetas devienen escribas y así pierden el nombre propio para hablar en nombre del Otro. Esta disolución narcisista borra las fronteras del cuerpo y se fusiona con esta exterioridad, deviene ilimitada, como el proceso primario. Al borrarse las fronteras, desaparece el sujeto donde la alucinación se sostiene bajo la lógica de lo Uno. En este sentido es infinito porque no hay con qué diferenciar, el principio lógico no existe.

El AT que escucha al delirante, atrapado en este narcisismo infinito, eventualmente deviene parte de su horizonte simbólico; esta presencia que comienza en lo Real, funciona como un primer borde que anuncia lo social. Cuando el paciente deja de necesitar el delirio aparece el AT y con él, se muestra la aparición de una frontera lógica y anímica, este es el primer efecto terapéutico indispensable. El AT, pone un límite, muestra la aparición del proceso secundario, un continente a la desolada eternidad. Para el delirante, quien escuche desde afuera a él y a su familia loca, eventualmente seduce a voltear la mirada hacia la exterioridad, sobre todo a los otros, como una instancia especular. Esta aparición del otro inscribe al sujeto en lo social, es en este contexto donde la palabra comienza a hacer aparecer el sentido, lo cual muestra el proceso secundario operando desde el preconsciente; más claro, parece anunciar la llegada de la fantasía en el lugar del delirio. Esto muestra la posibilidad de la historia frente a la eternidad inconsciente, este es otro efecto terapéutico del trabajo del analista y del AT, mostrando que el camino es hacia la exterioridad, habremos más y puede ser distinto; esa es la promesa.

El delirante en su univocidad habla un idioma privado, el analista y el AT después de escuchar  largamente aparecen algunas formas de su forma sui-generis de significación, esa relación unívoca de las palabras que operan como signo, certeza donde, cada paciente tiene una y única relación, además en un momento especifico de su vida pues el delirio evoluciona. En este sentido, se traduce en una suerte de desciframiento, como encontrar la ecuación a partir de una gráfica; es decir: de lo que se muestra. Es como descifrar una función, una serie de relaciones unívocas y auto-verificables ya que la alucinación produce lo que necesita para la certeza, cerrar el círculo del saber. Tomemos las alucinaciones de los místicos donde nuestros los profetas comparten esta desolación comparable al lugar donde llega el AT, a escuchar estos discursos que en la soledad de su vida, nadie ha querido escuchar, pues amenaza su propia razón. El delirante grita lo que nadie quiere escuchar en la familia, por eso es el loco. En este contexto épico, el equipo debe dejar de confiar en la razón, para que aparezcan las razones en cada caso; como mostrando los senderos del fantasma en la lógica de la fantasía. Esto es algo indispensable para el analista, el acompañante y todos aquellos que constituyen el equipo de trabajo. Apostamos a un sujeto que llegará a su tiempo desde su propia disolución.

El trabajo clínico con las psicosis se juega cuerpo a cuerpo, lo inconsciente impera y después evoluciona en otra relación, en principio a través de la escucha del delirio; este proceso no solo trata de las palabras sino además desde las formas de los silencios. Si el cuerpo del analista y del AT, trabajan desde una escucha inconsciente, que no necesitan la razón y un delirio que cree que tiene toda la razón, más aun. Es la razón suprema desde su posición de encarnación del mito. Sin duda, es más importante estar que entender, escuchando nuestro propio cuerpo, por ejemplo: en la manera de sostener la mirada frente al delirio. Así, se trata de un trabajo cuerpo a cuerpo hasta que aparecen los primeros bocetos del otro. Nombrar produce la diferencia un lugar donde aparecer como un dos, desde lo real precipita la aparición del otro, luego los otros, y así cada quien comienza a tener un lugar, esa primera exterioridad son el psiquiatra, el analista y el AT. La palabra muestra un deslizamiento en la estructura, una suerte de procesamiento del objeto, donde en este regreso comienza con el equipo al romper con la lógica de lo Uno. Este recorrido en la aparición del proceso secundario en el sujeto delirante va más allá del sentido, son órdenes y órdenes, que con el tiempo muestran una significación única e unívoca, donde el acompañamiento es el arte de lidiar con lo imposible.

Un ejemplo de este proceso se muestra cuando en el discurso delirante, aparece algo o alguien fuera del tejido unívoco de su cosmovisión siempre épica. El delirio impone límites y formas desde lo más arcaico de su exterioridad. La apuesta clínica incluye producir un territorio fuera del corpus delirante. Este territorio exterior aparece desde de las apuestas terapéuticas de los acompañantes de situaciones que instituyan al paciente. Esta es una estrategia constante del AT donde los actos tienen la palabra, para una gran cantidad de sujetos delirantes, salir de casa es la primera frontera hacia la exogamia. El AT puede apostar a producir acontecimientos, como aquello que tiene una inscripción inconsciente. Estos movimientos tienen un valor de aquello que replantea la historia como efecto de la aparición de esa lógica del dos. La lógica de la historia, del amor, de la cura.

La escucha abismal del delirio: Tiempo de no entender.

La formación del AT, del analista y del músico comparte el hecho de que se puede enseñar la técnica de su instrumento pero el verdadero desafío es la manera de escuchar. El clínico y el músico, comparten el hecho de que, para escuchar es necesario dejar de pensar, dos no caben, escuchar y entender no pueden aparecer al mismo tiempo. Lo importante es la manera de habitar ese silencio interior; en el universo de los objetos las formas hablan. En el músico y en el clínico el trabajo es escuchar y en esa intimidad inventar y producir otras formas. Para el músico, solamente escuchando puede intervenir, al igual que el clínico. Escuchar objetos, que hablan por sus formas, sin interponer un juicio o un saber. Desde Freud se plantea desde esa atención flotante que prescinde del saber y en sí mismo una forma del saber contenido en esa fórmula de un saber que no se sabe; y sin embargo existe, se sabe, se mueve.

Para el saber del clínico, escuchar con el cuerpo un delirio, no necesita palabras, el hecho de estar habla por sus formas, pues esa construcción es un texto hermético, no está escrito para ser leído sino descifrado, para llegar a ese momento es necesario dejarse habitar la incertidumbre de nuestra propia ignorancia, hasta que el cuerpo resuelva. Lo Real grita por sus formas pero no conoce las palabras, se escucha desde la musicalidad del delirio, desde su mirada, hasta en la corporeidad con la que escuchamos a los sujetos atrapados en el delirio. El estilo en la escucha, produce además diferentes formas del silencio, ahí los objetos toman la palabra, en tanto representación-objeto; así, los silencios marcan un vector en la escucha desde el trabajo cuerpo a cuerpo del equipo clínico.

La clínica en extensión en la que se desarrolla una cura tiene, además, la posibilidad de trabajar a partir de actos, ahí se juega una parte importante de sus apuestas. La lógica del proceso primario da espacio a una clínica del acto donde el puro estar ya es un acontecimiento de escucha, un lugar de testigo. Los actos constituyen una dimensión donde es posible llamar al otro, por ejemplo; caminar mientras conversan. Este es ya un evento social donde la soledad empieza a ceder con la aparición de la palabra. Como clínica del acto, la llegada de un AT a la escena en conflicto en una discusión familiar que normalmente acabaría en un pasaje al acto violento; la presencia y la escucha del AT puede invitar al sujeto a apalabrar, a resolver de otra manera la situación; esa función de testigo y articulador es fundamental en el regreso a lo social.

El eje de la clínica se juega en la manera en la que nuestros pacientes se escuchen, no sólo a través de sus palabras, sino también de sus silencios, de sus actos. La vivencia de escuchar un delirio nos lleva a los abismos de lenguaje, donde la mirada de lo simbólico no llega a la profundidad del fantasma, de las maneras de fantasear. Escucharlo, es no dejarlo solo, acompañarlo, aun en su propia ausencia, que es la mas profunda soledad. Esto es un goce clínico, es el reflejo de una pequeña porción de lo que nuestro delirante sufre, pero ahora ya no está solo y eso cuenta en su dignidad. Lo acompañamos sin entender, pues el paciente se encuentra en donde no se puede pensar, se obedece. En este sentido la manera de estar de un AT es crucial por el efecto que produce en el universo de las formas. Acompañar desde cualquier lugar del equipo, es para los clínicos también un goce; donde tenemos una cierta fe en el sujeto que nos permite apostar como hace el poeta al apalabrar desde los abismos del lenguaje. Así el estilo se inventa, como el músico que comparte los laberintos del arte en la invención de la escucha, que también implica inventar una voz generalmente discreta, que pueda lidiar con los demonios, a veces, sólo con el arma de dejarlos hablar, hasta que se escuchen.

Podemos apostar a incluir en el tratamiento un poco de poesía como política, que se convierte en una forma de restituir, como una carta de un poeta a la psiquiatría clásica, cansada de la ciencia. Arte-cnica, significa poder confiar en los efectos terapéuticos, neurolépticos y sociales de la poesía.  Les dejo una receta:

 

La luna

Jaime Sabines

La luna se puede tomar a cucharadas

o como una cápsula cada dos horas.

Es buena como hipnótico y sedante

y también  alivia

a los que se han intoxicado de filosofía.

 

Un pedazo de luna en el bolsillo

es mejor amuleto que la pata de conejo:

sirve para encontrar a quien se ama

para ser rico sin que lo sepa nadie;

y para alejar a los médicos y las clínicas.

Se puede dar de postre a los niños

cuando no se han dormido.

y unas gotas de luna en los ojos

de los ancianos  ayudan a bien morir.

 

Pon una hoja tierna de la luna

Debajo de tu almohada

Y mirarás lo que quieras ver.

Lleva siempre un frasquito de aire de la luna

Para cuando te ahogues,

y dale la llave de la luna

a los presos, y a los desencantados.

Para los condenados a la vida

Y para los condenados a muerte,

No hay mejor estimulante que la luna

En dosis precisas y controladas.

 

 

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