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Suicidio, psicosis e ideal del yo: sus coordenadas psíquicas.

Suicidio, psicosis e ideal del yo: sus coordenadas psíquicas.

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Roberto Vargas Arreola.

Suicidio y psicosis son los temas centrales del presente trabajo. Mi propósito es aproximarme a los elementos psicodinámicos que están presentes en los actos suicidas, me apoyaré en la metapsicología freudiana, en la teoría de las necesidades del yo de Winnicott, así como en el discurso cultural contemporáneo. Sostengo la hipótesis de una participación fundamental del ideal del yo en ciertos casos de suicidio. Retomo los conceptos winnicottianos de “no vida” y “no integración” ya que considero que describen mejor la sensación de despersonalización e inexistencia que caracterizan los estados psicóticos. Las representaciones de muerte y desintegración conllevan, desde mi perspectiva, una elaboración simbólica a la que muchos pacientes psicóticos no acceden.

Freud (1914) estableció una íntima relación entre la melancolía y la psicosis. Desde su perspectiva, el melancólico está conformado por una escisión. Por un lado opera un yo crítico y punitivo, y por otro lado, un yo presa de la identificación con el objeto perdido. La naturaleza de la pérdida, a diferencia del duelo, obedece a una pérdida temprana, con características ambivalentes y de índole narcisista. En el momento en que aconteció, aún no se alcanzaba un nivel de diferenciación con el objeto. En otros casos, a pesar de haberse logrado, la impronta que deja en el desarrollo conlleva a una regresión en donde la pérdida del objeto se convierte en una pérdida del yo. También podríamos incluir casos en los que ha predominado un vacío en la constitución yoica, de modo tal que el objeto perdido viene a ser introyectado como una suerte de canibalismo en donde se le otorga vida a partir del yo.  

Freud (1914) advirtió que la suma de autorreproches que caracterizan al melancólico, en realidad, están dirigidos al objeto perdido. El autocastigo y la autodenigración son manifestaciones de un superyó sádico que se descargan sobre un yo masoquista en la dinámica intrapsíquica, sin olvidar que una parte del yo está identificada con el objeto perdido. En otras palabras, el yo y el objeto perdido están indiferenciados y  la pulsión de muerte se vuelca contra el sí mismo, desconociendo representaciones yoicas y objetales. El yo está cosificado, es un objeto digno de maltrato, de juicios y de sentencias morales. Es un yo despersonalizado, desencarnado y desprovisto de subjetividad.

Para Freud (1914), el revés de la melancolía es la manía. Un estado de triunfo sobre el objeto perdido en donde se goza impetuosamente de una aparente liberación de controlar y someter al objeto por el que se ha estado esclavizado. La pulsionalidad desligada del objeto actúa sobre el yo, condición previa a la consumación del acto suicida en donde se requiere, por un lado, la cosificación yoica, y por otro el desborde pulsional sobre el yo. Los autorreproches del melancólico sólo son la antesala del acto que priva la vida, en estos lamentos aún existen inscripciones psíquicas que buscan  cadenas significantes; en el acto suicida aparece el fantasma de desprenderse del objeto sin advertir que el desprendimiento es de uno mismo.

Pereña (2005) refiere que la melancolía conduce al suicidio cuando no se acompaña de la reclusión narcisista en la que el yo se hace actor y escenario de la representación sadomasoquista derivada de la culpa sádica o desvergonzada del superyó. En otras palabras, la melancolía puede llevar al suicidio, siempre y cuando, no funcione el sadismo proferido por el superyó. Frente a la manía, el sujeto actúa sin barreras para el acto ya que si no encuentra una mediación simbólica a través del síntoma, la represión o la palabra, es simple pulsión de muerte que brota como una hemorragia imparable.

Tubert (2005) plantea el suicidio es un acto que puede comprenderse, no sólo a partir de la dinámica psíquica del sujeto que lo realiza, sino en función del orden simbólico en que está inmerso. En China, por ejemplo, se aceptaba el suicidio como protesta por una ofensa, mientras que en Japón como una manera de purificación frente al deshonor; en la India se acostumbraba la cremación voluntaria de la viuda del difunto, así como en el budismo se ha aceptado la cremación voluntaria de los monjes. En Occidente, el Derecho romano lo consideraba lícito, aunque luego fue penalizado por el Derecho medieval. El acto suicida está penalizado por las legislaciones de influencia anglosajona, exceptuando los casos de perturbación mental. Las legislaciones inspiradas en el modelo napoleónico, como la española, sólo castigan la eutanasia o el suicidio asistido. Sociólogos como Durkheim consideraron que el suicidio, así como la criminalidad, son síntomas de disgregación social (Tubert, 2005).

López Arranz (2011) refiere que el phatos o la modalidad de goce, entendido éste como la satisfacción pulsional en lo real y tomando como soporte el cuerpo, varía no solamente en función de los avatares de la constitución subjetiva, sino también, en relación con los cambios culturales. El sujeto se constituye desde el inicio en el campo del Otro, el cual, también será afectado por el acontecer sociocultural. Al respecto, la autora refiere que, derivado de la declinación de la función paterna a nivel simbólico, han dominado las leyes del mercado y el capitalismo que ofrecen modos de negar la falta. Así, el mercado brinda la posibilidad de lograr la satisfacción pulsional, existiendo pocas manifestaciones de límites simbólicos que permitan la emergencia del deseo.

De acuerdo con el INEGI (2015), más de ochocientas mil personas mueren por suicidio cada año a nivel mundial. México, en el 2013, registró 5,909 suicidios, que representan 1% del total de las muertes registradas. Así, se coloca como la décima cuarta causa de muerte, presentando una tasa de 5 por cada 100 mil habitantes. El 40.8% de los suicidios ocurren en adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años. Entre ellos, la tasa alcanza 7.5 suicidios por cada 100 mil jóvenes. Del total de suicidios ocurridos en 2013, 81.7% fueron consumados por hombres y 18.2% por mujeres. El ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación es el principal método de suicidio al presentar un índice del 77.3%. El principal lugar donde ocurren los decesos es dentro de la vivienda particular con una tasa del 74%.

La hipótesis que se sostiene en este trabajo alude a que la culpa, los autorreproches y los castigos del melancólico efectuados por un superyó punitivo y sádico han mudado de sentido a una expresión narcisista de vergüenza frente a la pérdida. Desde mi perspectiva, ya no impera el sentimiento de culpa que daba lugar a la denigración y la rebaja del yo. En los reproches del melancólico, en la actualidad, se escucha un sentimiento de vergüenza en donde coexiste la imposibilidad de internalizar al objeto (sin la influencia de la libido narcisista) y dar continuidad al yo (sin la influencia de la libido objetal).

Frente a la incidencia de conflictos preedípicos en la psicopatología contemporánea, convergen los precursores del superyó como las instancias ideales en tanto fuerzas intrapsíquicas que están en interjuego con el yo, la realidad externa y lo pulsional. El superyó ha quedado sujeto a un tiempo, como ha ocurrido con el síntoma neurótico. Mi interés es precisar el papel que tiene el ideal del yo como instancia que participa, de manera determinante, en los actos suicidas.

El ideal del yo es una instancia psíquica que condensa una representación narcisista y una representación objetal. En términos libidinales, ya se ha renunciado al narcisismo primario de donde proviene la instancia mítica del “yo ideal”, aunque la elección de objeto sigue siendo narcisista ya que aún no se alcanza la diferenciación con el objeto y éste, en términos fantasmáticos, tiene el fin de satisfacer necesidades no cubiertas en el desarrollo psíquico. Desde ahí, se gesta una idealización del objeto, aunque su contracara resguarda siempre una devaluación.

El ideal del yo implica a una otredad y un paso estructurante al proceso secundario. No obstante, la libido narcisista resguarda el yo de experimentar una pérdida. Cuando ocurre ésta, el narcisismo propio se retrae, pero enseguida la libido objetal no ligada se vuelca contra el yo por no cumplir las exigencias y demandas de un ideal del yo insatisfecho ¿Cómo es posible que no se pudo retener al objeto? ¿Qué sucede con la libido que no tiene como destinatario al yo? Aparecen imperfecciones en el self o en la representación objetal, desde donde surgen una serie de reproches e injurias, donde el otro parece estar exento de sufrimiento. Así, opera una escisión. El yo presenta una pérdida inconmensurable, que no puede simbolizar; mientras que el otro, está exento de falta. Frente al otro, la vergüenza es lo único que se puede experimentar.

Pereña (2005) refiere que mientras la culpa se puede comprender como una respuesta subjetiva a un acaecer o un comportamiento, la vergüenza es una vivencia que afecta la intimidad y el cuerpo, y es insoportable en tanto que no permite mirar para otro lado o asistirse mediante un vínculo intersubjetivo. El narcisista experimenta vergüenza y humillación, las cuales adquieren una connotación fija en su memoria emocional, presa de síntomas y repeticiones. Desde la perspectiva del autor, el suicidio puede significar el acto que acalle esa desesperada repetición en donde los reproches y devaluaciones al yo, ya no provienen de un superyó rígido, sino de un ideal del yo insatisfecho.

Bergeret (1974) refiere que las a-estructuras u organizaciones límite se caracterizan por un Yo anaclítico que presenta un desdoblamiento en función de dos registros o dos sectores operacionales: Uno que se mantiene adaptado a la realidad externa y otro que está fijado en las necesidades narcisistas y anaclíticas internas. El autor aclara que esta dualidad de registros no se trata de una escisión yoica como en el caso de las psicosis. No obstante, el planteamiento que deseo formular es que este desdoblamiento operacional puede conllevar al suicidio en la medida en que exista una representación yoica identificada con los ideales insatisfechos y una representación objetal idealizada (que esté exenta de falta). La sentencia delirante se conforma de la siguiente manera: “El otro tiene lo que yo desearía tener” “Si me convierto en el objeto, entonces no tendré falta”. El yo, empobrecido, pierde contacto con la realidad, introduciéndolo en un episodio de psicosis y lo pulsional arremete sobre la instancia yoica, borrándola, difuminándola, aniquilándola.

La pérdida del yo puede ser comprendida desde diversos autores, aunque en particular considero que la perspectiva de Winnicott permite su planteamiento en términos de necesidades. El autor consideró que existen necesidades del yo y necesidades instintivas, otorgándole una mayor importancia psíquica a las primeras que a las segundas. El holding, el handling y la presentación del objeto son las funciones que caracterizan las necesidades del yo y las que permiten la integración, la personalización y la maduración del self.

Desde su perspectiva, la persona está constituida por un verdadero self que emerge del cuerpo, lo biológico y lo pulsional, como una energía vital, un gesto espontáneo, un desarrollo auténtico, que está a favor del crecimiento y la maduración. No obstante, cuando el verdadero self no es mirado por la madre, quien es su espejo, y por el contrario se convierte en el espejo donde la madre puede mirarse, el infante tiene que negar su verdadero self y crear una coraza defensiva que constituye el falso self.         

Para Winnicott, el falso self tiene como interés principal la búsqueda de condiciones que le posibiliten al self verdadero hacer valer sus méritos. Sin embargo, cuando estas condiciones no pueden encontrarse, es necesario organizar una nueva defensa contra la explotación del self verdadero y, si hay duda, el resultado clínico es el suicidio. “Cuando el suicidio es la única defensa que queda contra la traición al self verdadero, al self falso le toca organizar el suicidio”. Cabe señalar que el autor, prefirió a lo largo de su obra, utilizar el término “no vida” a “muerte”, así como “no integración” a desintegración.

En los actos suicidas, como en los actos psicóticos, no existe duda, el acto de privarse de la vida aparece como una certeza de la que el sujeto no se puede eludir. Pereña (2005) refiere que probablemente el suicidio no debe plantearse como pregunta sino como una conclusión irrebatible ante alguien que desprecia la vida, a pesar de la extrañeza y el asombro que genera en los allegados del enfermo.

La cultura cimbra certezas a partir de la intolerancia. Vivimos en un periodo histórico donde la diferencia presenta un estatuto de imposible. No es posible simbolizar lo ajeno, lo diferente, lo extraño. Incluso, lo que representa la propia falta y la falta del otro. Es un acto de negación a la castración simbólica. El sujeto se cosifica por los imperativos de la uniformidad, las exigencias del mercado y el declive de los límites simbólicos. En la clínica, cada vez con mayor frecuencia, se trabaja con pacientes que frente a la escasa referencia yoica (ante necesidades del yo no cubiertas) adoptan los imperativos del mercado a través de la introyección de ideales del yo que los someten y los convierten en objetos: objetos de consumo, de desecho, de admiración, de satisfacción sexual y narcisista.

Sanen (2016) refiere que la adolescencia está constituida por un estado melancólico que merma el intercambio intersubjetivo. De este modo, se acentúa el investimento yoico, en donde el adolescente busca encontrar un soporte ortopédico seguro. En la melancolía, de acuerdo con el autor, aún se preservan los recuerdos como asidero, se despliegan delirios del pasado por lo ya acontecido; en la acidia no, existe una desesperanza y pereza por el futuro. Por un lado, una tristeza por lo no acontecido; por otro lado, un futuro pleno de certezas que rompe con cualquier referencia de anhelo y posteridad. Así, se detiene la producción simbólica y el acto pulsional puede manifestarse en una violencia autodirigida o en francos actos de suicidio.

El psicoanálisis puede plantearse como una clínica de subjetivación, en los cada vez más estrechos caminos subjetivos donde el sujeto puede andar y experimentar. Cuando un paciente encuentra puras certezas está en riesgo de introducirse en un episodio psicótico, su panorama se bifurca entre una imagen empobrecida (del yo) y una imagen idealizada (del ideal del yo) que conlleva una mayor escisión. Al no cumplir los ideales narcisistas, siempre insatisfechos, estará latente la sensación de “no vida”, de imperfección, de vergüenza, de dolor psíquico y enseguida un acto pulsional que atente contra sí.

 

Referencias

Bergeret, J. (1974). La personalidad normal y patológica. España: Gedisa

Freud, S. (1914). Obras completas. Duelo y melancolía. Vol. XIV. Argentina: Amorrortu

INEGI (2013). Estadísticas a propósito del día mundial para la prevención del suicidio (10 de septiembre). México. Recuperado de: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2015/suicidio0.pdf

López Arranz, Z. (2011). Los modos de goce en la posmodernidad. Tesis psicológica No. 6. Colombia: Fundación Universitaria Los Libertadores. Recuperado de: http://www.redalyc.org/pdf/1390/139022629006.pdf

Painceira, A. (1997). Clínica psicoanalítica a partir de la obra de Winnicott. Argentina: Lumen.

Pereña, F. (2005). El suicidio y la vergüenza. Suicidas. Revista Átopos No. 4. Recuperado de: http://www.atopos.es/pdf_04/El%20suicidio%20y%20la%20vergüenza.pdf

Sanen, A. (2016). Acidia, melancolía y adolescencia. Blog Conversemos de Psic.mx: México Recuperado de: http://psic.mx/index.php/transiciones/foros-de-psicoterapia/item/152-acidia-melancolia-y-adolescencia

Tubert, S. (2005). El suicidio: Una perspectiva psicoanalítica. Suicidas. Revista Átopos. No. 4. Recuperado de: http://www.atopos.es/pdf_04/sucidio-perpectiva-psicoanalitica.pdf

Last modified onMiércoles, 09 Noviembre 2016 14:00
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