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Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos. Parte II

Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos. Parte II

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Georgel Moctezuma Araoz.

La primera parte del artículo se puede consultar en el número 4 de “Transiciones: Diálogos interdisciplinarios en psicoterapia” con el tema “Violencia y sus múltiples manifestaciones”.

El problema de las falsas enfermedades en la psiquiatría.

El lector disculpe la extensión de esta cita:

: “…De un modo que podría considerarse irónico un psiquiatra angloparlante, Richard P. Bentall, de la Universidad de Liverpool, hizo una propuesta muy interesante que, a mi parecer, cuestiona todo el andamiaje clasificatorio de este manual. Publicada en 1992 en el Journal of Medical Ethics bajo el título “A proposal to classify happiness as a psychiatric disorder” esta curiosa propuesta lanzaría, de ser tomada con seriedad (y no hay ninguna razón para que no se la tome así) un polémico debate sobre el manual. Dice en el resumen que el propósito es que la felicidad sea clasificada como un trastorno psiquiátrico e incluido en las próximas ediciones del manual diagnóstico y clasificatorio bajo un nuevo nombre: major affective disorder, pleasant type porque se ha visto en la literatura relevante que la felicidad es estadísticamente anormal, consiste en un discreto conjunto de síntomas, está asociada con un nivel de anormalidades cognitivas y probablemente refleje un funcionamiento anormal del sistema nervioso central. Una posible objeción es que no se considera un valor negativo, pero constituye una objeción científicamente irrelevante. La felicidad sería un estado neurofisiológico de desinhibición; sostiene que hay cierta relación entre felicidad y manía –probablemente se encuentre un cierto disturbio del sistema nervioso central- ; es indudable que se puede inducir la felicidad estimulando centros subcorticales- se han encontrado con cierta frecuencia relaciones de la felicidad con la obesidad y la ingestión de alcohol-; confiere alguna desventaja biológica, implica una mala adaptación a la realidad, pone en juego determinados centros nerviosos que afectan al sistema nervioso central, presenta síntomas específicos y se relaciona con anormalidades cognitivas. El autor señala una consecuencia a partir de que sea aceptada su propuesta y es que los psiquiatras intenten algún tratamiento para la felicidad. Las referencias bibliográficas consultadas por el autor son relevantes y numerosas; cita 32 trabajos, todos de lengua inglesa y de importantes revistas científicas”. (Izaguirre, 2011, p. 29-30).

Es necesario recordar que desde la medicina, desde la ciencias médicas, una enfermedad para que sea definida como tal debe forzosamente presentar ciertas condiciones; las enfermedades son tumorales, infecciosas e inflamatorias y degenerativas, por otra parte debemos tomar en consideración que las nociones tanto de normalidad como de adaptación que tienen un peso muy importante en la clasificación de los trastornos psiquiátricos, mantienen diferencias radicales con la concepción y uso de dichas nociones en el campo de la medicina:

“…Una diferencia esencial entre la medicina y la psiquiatría y la medicina general deriva de la relación de una y otra con las nociones de normalidad y adaptación. La normalidad biológica no se define solamente en términos estadísticos (las enfermedades son “normales” desde un punto de vista cuantitativo; por ejemplo, las caries dentales o los resfriados) sino en términos de integridad de los tejidos y conservación de la capacidad de modificación funcional entre variaciones ambientales (por ejemplo, el aparato cardiorrespiratorio en condiciones de esfuerzo, cambio de la altitud, etc.). Pero esas “normalidades” estadística y fisiológica son ampliamente cuestionables, peligrosas y portadoras de prejuicios ampliamente sospechosos de colusión con el poder establecido cuando se trata del “funcionamiento” personal y social. ¿Quién es el normal y a partir de cuándo “tiene” un “trastorno” de la personalidad o de cualquier otra variable psicológica? Los criterios de la medicina general son los rangos evaluables en términos fisiológicos; los de la psiquiatría son rangos sociológicos, culturales, y, para decirlo rápidamente, políticos pues, en este caso, la atribución de “enfermedad” es un acto de la polis a través de uno de sus dispositivos, el dispositivo psi al que nadie escapa, ni siquiera sus agentes”. (Braunstein, 2013, p.44-5).

Los trastornos psiquiátricos no son enfermedades; justo al momento en que para éstos se identifica la etiología y la especificidad biológica u orgánica salen del campo de la psiquiatría y entran en el terreno de la medicina, ya sea a la neurología, la genética, etc. Si existe una verdadera enfermedad entonces hay verdaderos enfermos, y si ese es el caso entonces también necesitamos verdaderos médicos… es decir, ya no necesitamos a la psiquiatría. Tal es el caso por ejemplo del síndrome de Down; la psiquiatría del siglo XIX clasificaba diversas clases y subclases de idiotismo (incluso uno de ellos nombrado como desorden mongólico o en 1846, Seguin describe la “idiocia furfurácea”) unos años más tarde, en Londres, Langdon Down plantea la “idiocia mongólica”; hoy día los anglosajones la nombran síndrome de Down, mientras que en Francia es más común nombrarla trisomía 21. En ese momento esta entidad sale de la psiquiatría, ya que se aisló el origen genético de la misma ubicándose la mutación cromosómica en tanto causa de la enfermedad. También es el caso del síndrome de Rett; hasta la vigencia del DSM IV se consideraba uno de los trastornos del desarrollo infantil, junto con el autismo y el síndrome de Asperger, actualmente se ha identificado la base genética de la enfermedad la cual únicamente es padecida por niñas y es por esta razón, es decir que ahora es una enfermedad verdadera, por lo cual ya no aparece en el DSM V Ahora el síndrome de Rett será estudiado y atendido por médicos verdaderos.

Nos queda claro que la existencia de estos trastornos y pseudoenfermedades, su materialidad únicamente depende de una prescripción clasificatoria que a su vez se halla subordinada a un momento histórico determinado así como a declaraciones políticas. Por ejemplo, en 1973 la APA, por votación de los psiquiatras y bajo la presión de grupos y organizaciones lésbico-gays, la homosexualidad dejaba de ser un trastorno y, por lo tanto quedaba fuera de la brillante, rigurosa y científica conformación del DSM “…es la prueba más palmaria de la arbitrariedad de las clasificaciones en psiquiatría. Millones de personas que hasta entonces eran trastornados dejaban de serlo por una decisión administrativa aprobada por métodos “democráticos” y no por un resultado surgido de la ciencia o por la acción sanitaria como se dio cuando sucedió por finiquitada la viruela como enfermedad: es que la viruela era una enfermedad en serio y no una construcción prejuiciosa como todos los diagnósticos “deseeme”. Los psiquiatras estadounidenses se adelantaron así a la batalla que hubiera representado enfrentarse con las organizaciones de gays, batalla que sabían perdida de antemano, que hubiese puesto en peligro no sólo la caracterización trastornada de la homosexualidad sino al conjunto del sistema taxonómico centrado en definiciones igualmente endebles”. (Braunstein, 2013, p. 28-9). De todo esto y más se deriva la imperiosa necesidad de inventar enfermedades, de inventar causas orgánicas y genéticas con apoyo de las neurociencias y de inventar curas milagrosas (de lo que ya quedó claro no existe) con el apoyo de la psicofarmacología. Y como veremos a continuación, estrategias de marketing mediante.

Psiquiatría, marketing y psicofarmacología.

De manera legítima habrá que preguntarnos sobre el destino de la psiquiatría, de no existir esa disciplina técnica que es la mercadotecnia. A nuestro parecer la práctica actual de la psiquiatría es insostenible sin la psicofarmacología la cual, a su vez es insostenible sin el marketing. Mucho se ha escrito al respecto y, sin embargo siguen utilizándose estos recursos de manera indiscriminada y abusiva en la totalidad de la población del mundo entero en donde dos mil millones de personas toman psicofármacos (ciento ochenta millones solo [RVA1] en Estados Unidos) cuatro de estas sustancias tóxicas reúnen al año 8 billones de dólares por su consumo y, cuando una persona acude a un psiquiatra, entrará a su consulta con el 99.7% de probabilidades de salir con la prescripción de tomar psicofármacos. Además, por si fuera poco se estima que, cualquier ser humano observado y evaluado con el DSM “caerá” en mínimo, cinco categorías incluidas en el científico manual. Queda claro que no hay escapatoria posible…o claro que la hay.

Vayamos, para finalizar, a realizar unos breves comentarios acerca del esquema y protocolo básico de cualquier investigación relacionada con la posibilidad de “sacar al mercado” cualquier psicofármaco, el cual supuestamente debe ser aplicado, evaluado y controlado a nivel mundial, cuestión que de ninguna manera se contempla ni se lleva a cabo. De manera esquemática dicho protocolo consiste en lo siguiente:

 

Esquema básico de investigación en psicofarmacología

FASE 1

FASE 2

FASE 3

FASE 4

Tolerancia y toxicidad

Efectividad

Comparación contra placebos

Documentación de efectos colaterales postmarketing

20-100 participantes voluntarios

100-1000 pacientes

1000-5000 pacientes

10000 o más pacientes

Cualquiera pensaría que, debido a las implicaciones en la salud de millones de personas (principalmente) y a la relevancia en materia de gasto público a nivel mundial con relación a la medicalización de la vida cotidiana y la existencia de la totalidad de la población, estas investigaciones sobre psicofarmacología se realizarían durante un tiempo largo dadas las circunstancias y situaciones que están en juego. Si consultamos los escasísimos reportes y publicaciones al respecto encontraremos que estos estudios “científicos”, en promedio duran entre cuatro y ocho semanas. La fase tres nunca se publica, es decir que no se reportan los resultados de la efectividad del psicofármaco en comparación con la “sugestión” que provocó la utilización de placebos; por otra parte, la instancia encargada de regular, vigilar y evaluar la efectividad de todo medicamento (los psicofármacos no lo son) recomendó desde el año 1996 el no “consumir” ningún psicofármaco que haya sido comercializado durante, mínimo siete años de ser usado, ya que la cuarta fase del protocolo obviamente continúa siendo una fase experimental donde, entre otras cuestiones, se evalúan los posibles efectos nocivos del fármaco estudiado en poblaciones específicas. El lector, por su parte, puede llevar a cabo la revisión y análisis de los reportes de investigación “científica” que fundamentan la utilización de los psicofármacos más “efectivos y específicos”. Básicamente no existen.

Si partimos del hecho indiscutible de que la locura es inherente y estructural de todos y cada uno de los sujetos y que, dentro de toda configuración familiar la misma se presenta de múltiples y diversas maneras, entonces habría que cuestionarnos sobre el lugar específico que le daremos al tratamiento de dicha locura. Desde la psiquiatría, hemos visto, no conviene. La psiquiatría es un mal innecesario al cual, todo y cualquier loco nunca jamás deberá recurrir…a menos que su familia registre la imperiosa necesidad de aniquilarlo.

Referencias

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Last modified onLunes, 31 Octubre 2016 05:06
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