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¿Qué medicamentos tomaba James Holmes “El Guasón”? : A propósito de un multihomicidio

¿Qué medicamentos tomaba James Holmes “El Guasón”? : A propósito de un multihomicidio

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Edwin Sánchez Ausucua

 La información noticiosa y periodística estadounidense presentó un evento de alto rating televisivo con hechos dispersos y confusos, sobre un asesinato más en aquella nación. Sí, también allá. También en los Estados Unidos se puede observar cómo el lenguaje noticioso blanquea la realidad, la hace tolerable, digerible, aceptable, incluso entretenida. Un joven de 24 años decide presentarse a una función de Batman en julio del 2012, matar a 12 personas y herir a 58, como si estuviese dentro de la filmación y se hubiese incorporado a la lógica de los héroes y villanos, hasta perder la línea que lo mantenía separado de las representaciones y el escenario. El presunto asesino se identifica con el villano ‘‘Guasón’’ y atribuye a los ahí reunidos una simpatía por Batman, así que decide darles un merecido de manera brutal y sangrienta, con la misma frialdad que en las películas de Hollywood. Con la diferencia de que esta vez Batman no llegó a tiempo para evitar el multihomicidio.

Las notas periodísticas no indican en qué momento de la función el enloquecido villano inició el tiroteo, quizá para no dar al suceso una narrativa de mayores alcances sobre la irracionalidad socialmente compartida. Se gesta así una narrativa del horror al interior de una sociedad donde adquirir armas es algo accesible para cualquier ciudadano. La lógica democrática del consumo no distingue entre los trastornados y las personas “morales” que adquieren armas para su propia protección ante los invasores, extranjeros, delincuentes, negros, mexicanos, latinos. De hecho, una de las consecuencias del tiroteo sangriento en la función de Batman fue el incremento masivo de licencias solicitadas para portar armas en el estado de Colorado. Ahora los indecisos han elegido: Hay que estar armados para una eventual y cada vez más probable defensa contra ataques de enloquecidos ciudadanos estadounidenses criminales.

¿Pero qué ocurrió con Holmes para haberse precipitado de esa manera en semejante locura criminal? No se puede reducir el suceso a una pérdida de la razón propiciada por la versión de la realidad a la que tienen acceso la media estadística de los ciudadanos estadounidenses, a través del cine y de lo que llamamos su ‘’cultura’’. Por más que los estadounidenses ‘’promedio’’ vivan sin un parámetro confiable sobre la ‘’realidad’’, debe existir más información que nos ayude a entender el caso del violento y joven asesino. ¿Es un suceso más que se suma al caso de Harris y Klebold en Columbine donde los jóvenes protagonistas inician en 1999 la serie de actos de locura asesina de adolescentes con historial psiquiátrico? ¿Existe algún hilo conductor entre estos casos que nos permita articular un planteamiento lógico y coherente a lo que ocurre tras estos repetidos actos de locura de sujetos singulares?

En primer término tendríamos que preguntarnos qué causa la locura. La pregunta por sí misma no garantiza que las respuestas nos conduzcan hacia la verdad pues existen distintas explicaciones y no hay posibilidad de una comprobación científica de laboratorio como puede ocurrir en las ciencias duras. En este caso no existe una explicación teórica paradigmática que se ostente bajo el criterio de la falsación científica. Todo parece indicar que se trata más bien de una controversia de interpretaciones encontradas donde se halla en juego la verdad de aquello que es auténticamente humano.

No sabemos a ciencia cierta qué es la locura aunque tengamos nuestras hipótesis. También puede ocurrir que la explicación científica no sea sino una versión ideológica manipulada por intereses políticos para orientar y conducir a los que salen de los parámetros de la normalidad psíquica y son sujetos políticamente inconvenientes.

De inicio los científicos norteamericanos nos dicen que la locura se haya motivada por anomalías en el funcionamiento cerebral cuya fisiología deficitaria se halla correlacionada con aspectos genéticos y hereditarios. Existen diversas hipótesis que se refieren al hipotálamo y la manera en que su mal funcionamiento genera diversos tipos de problemas, incluyendo el ‘’cerebro deprimido’’. En este caso, ya no se trata de una persona deprimida sino de un cerebro deprimido o de ideas violentas generadas por el cerebro enfermo. El sujeto humano, desde esta perspectiva desaparece del campo de explicación científica. Hay que tratar al cerebro enfermo no a la persona.

Como se sabe, el cerebro enfermo y el hipotálamo deficitario no producen las sustancias neurotransmisoras en cantidades adecuadas, por lo cual el estrés ordinario puede llegar a generar grandes problemas conductuales. En consecuencia, el tratamiento consiste en restablecer la producción y el metabolismo de esas sustancias y el malfuncionamiento del sistema nervioso central. Este tipo de sustancias y medicamentos son producidos por las empresas farmacéuticas de los Estados Unidos cuyos ingresos crecen día a día y generan cantidades multimillonarias.

Con respecto a Holmes no se trató de un suicida como si lo fueron Harris y Klebold en Columbine. De este modo, se hizo necesario que el sistema judicial decidiera si el asesino merecía la pena de muerte, o se le otorgaba el derecho a vivir en una cárcel por el resto de su vida, con la administración de psicofármacos. La instancia acusadora se halla ante la posibilidad de condenarlo a muerte si su defensa no logra demostrar su condición de “enfermo mental” y, por tanto, haber actuado sin plena posesión de sus facultades mentales. En otras palabras, ser ‘‘mentalmente incompetente’’.

Sin embargo, existen otras características únicas y probablemente irrepetibles que distinguen a Holmes y lo definen como un personaje verdaderamente sintomático de la cultura estadounidense y, al mismo tiempo, un modelo de la cultura occidental que determina nuestra concepción de la realidad.

En primer lugar tenemos su condición de estudiante de neurociencias cuyos objetivos son el estudio de los procesos fisiológicos, microscópicos, neuronales y sus trastornos bioquímicos que generan sufrimiento y anomalías en la conducta, así como las pautas de tratamiento que se requieren. Holmes buscaba una explicación de su propia locura que lo conducía a buscar en sus estudios de neurociencias, una explicación científica, y una respuesta para sí mismo. Esto se confirma con la solicitud de ayuda que Holmes realizó a la psiquiatra Lynne Fenton que ocupa el cargo de Directora Médica de Salud Mental de la Universidad de Colorado, la universidad donde Holmes estudiaba neurociencias.

De esta manera la urdimbre de implicaciones éticas y legales, médicas y farmacológicas empiezan a tomar una complejidad similar a la trama de una novela de realismo extremo, hilvanada en el contexto de una película de ficción. La conjunción de elementos e información disponible, que distribuye las posibles responsabilidades, incluye el alegato judicial de no dar a conocer ante la opinión pública el contenido de un cuaderno que el paciente Holmes hizo llegar a su psiquiatra en el cual se presupone que detalla la anticipación del terrible acto criminal. Hasta la fecha esa información permanece inaccesible. La fuente informativa Mail on line, detalla que la doctora Fenton, se prescribía a sí misma, en el 2005, un ansiolítico de nombre Xanax y a su marido le prescribía también medicamentos para dormir. Ante este hecho, las autoridades de la universidad hicieron una amonestación a la doctora, por no indicar en un registro médico la prescripción que estaba dándose a sí misma y a su esposo. El suceso fue documentado por la cadena 7NEWS a partir de los estremecedores acontecimientos.

La psiquiatría es una práctica de medicación que forma parte de una robusta actividad empresarial que contiene el mapa de la cultura de la salud mental de los estadounidenses, que incluye también a sus especialistas, neurólogos, médicos y psiquiatras. En ese escenario estaba Holmes estudiando neurología, buscando explicaciones para sus propios impulsos agresivos, en relación a una función deficitaria en fisiología cerebral y el sistema nervioso central.

Uno de los temas de especial cuidado sobre el caso se refiere a los medicamentos que tomaba Holmes, pues existe información previa, documentada por el congreso estadounidense sobre los efectos de Prozac ampliamente asociados con las conductas homicidas y suicidas de los pacientes que las ingieren, en un tratamiento psiquiátrico. Así, en esta narrativa de sucesos se incluye con seguridad al gobernador del Estado de Colorado, y desde luego a los abogados que acusan y defienden al inculpado y a los representantes legales de las farmacéuticas para quienes el ingreso de millones de dólares es realmente un asunto para tomarse en serio.

¿No se dieron a conocer qué medicamentos estaba tomando Holmes?  Hasta hoy no se conoce esa información. Difícilmente se informará masivamente en la televisión “Sí, Holmes tomaba Prozac antes de su crimen’’. Es de imaginarse la caída vertical del producto farmacéutico durante las siguientes semanas de la improbable noticia.

Como en otros casos, los abogados especializados de las farmacéuticas maniobran con pericia para que el tema no se centre en la prescripción legal de fármacos que generan conducta violenta, suicida y homicida. También estaba presente una historia de medicación psiquiátrica en el caso de Columbine de los adolescentes Klebold y Harris que fue cuidadosamente omitida. No se trata de casos aislados, sino de sucesos acallados por los poderosos medios de “in-comunicación”. Se sabe también de lamentables suicidios en otras instituciones no educativas como en el ejército estadounidense, la US Army, donde soldados tratados psiquiátricamente han terminado por suicidarse. Desde luego se trata de información confidencial. El porvenir de Holmes se definió en el 2014, en donde, una de las coartadas posibles será señalar a la Dra. Fenton como posible responsable en cuanto a la prescripción de dosis inadecuadas del medicamento. Si las dosis o el medicamento no fueron los adecuados, se dirá, la prescripción precisa hubiese dado resultados distintos.

Para finalizar, se señalará que Holmes no sólo buscó ayuda, sino que en ciertos momentos manifestó sus inclinaciones destructivas. Al respecto existe una prueba importante. Se trata de un paquete que contiene, entre otras cosas, un cuaderno que Holmes había enviado a su psiquiatra la Dra. Lynne Fenton en el campus de la universidad, poco antes de anunciar que dejaría sus estudios de neurociencias. El paquete fue incautado por las autoridades el 23 de julio, tres días después del terrible suceso. La autoridad señala que esa información debe permanecer confidencial y protegida en función de que se trata de  una relación privada de médico paciente. Las partes en conflicto no han apelado a esa solicitud de confidencialidad.

En el caso de Columbine, también existe información confiscada por parte de la policía, que consiste en un cuaderno de uno de los adolescentes involucrados, pues se ha considerado que no es conveniente dar a conocer los contenidos de los cuadernos de una persona trastornada y enferma. En la nación estadounidense, donde hay una gran libertad para la compraventa de armas, esa información privilegiada sobre los sujetos, la singularidad de sus vidas y padecimientos, permanece inaccesible al público.

Una nota de las que circularon sobre el desafortunado Holmes anotaba lacónicamente lo siguiente: ‘’El joven procesado estudiaba Neurología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Colorado y podría haber tenido una vida muy feliz’’.