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Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos.

Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos.

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Georgel Moctezuma Araoz.

“Cuanto menos comprende una persona a otra, más le urge clasificarla –en términos de nacionalidad, religión, ocupación o status psiquiátrico. El trato íntimo con otra persona hace que tal clasificación sea innecesaria. Clasificar a las personas por categorías no es un medio para conocerlas mejor, sino una manera de asegurarnos de que no las conocemos demasiado bien. En resumen, el clasificar a otra persona convierte en innecesaria –e imposible- cualquier relación íntima con ella”.

“La psiquiatría es la cloaca dentro de la cual, las sociedades de la segunda mitad del siglo veinte, descargan todos sus problemas morales y sociales sin resolver. Del mismo modo que las cloacas que desembocan en ríos y océanos contaminan las aguas en las que descargan, así la psiquiatría, que desemboca en la medicina, contamina el cuidado y curación del enfermo”.

Thomas Szasz; Herejías.

Introducción.

Desde hace ya casi dos décadas, en diversos espacios y foros de discusión y crítica en el orden de la investigación, la enseñanza y la participación en la planeación e implementación de políticas públicas en materia de salud, así como desde el campo de la clínica, nos hemos implicado en una multiplicidad de problemas relacionados con una cuestión de fundamental importancia: la manera en que los sujetos sufren y las diversas formas que presenta el despliegue de esta condición de mal-estar en el mundo, así como de las experiencias de angustia y mortificación en la existencia de los mismos. Dentro de toda esta compleja articulación de problemáticas, hay una que al parecer la “ciencia” se ha encargado de “tratar” de tal forma que, a la fecha, existen fuertes debates y violentas críticas desde las ciencias médicas, de la salud, sociales, entre otras que, al parecer, revelan la presencia y efectos de una grave confusión epistemológica, clínica y política. Este problema es el concerniente a la psiquiatría y sus formas de clasificación de las así llamadas (por los psiquiatras) enfermedades mentales. En mayo de 2013 ha sido publicado el DSM en su quinta versión provocándose reacciones a nivel mundial en las comunidades científicas, así como en el orden social en general.

Nuestra posición es la siguiente: La práctica de la psiquiatría, tal como se lleva a cabo en la actualidad, así como la utilización del DSM en el campo de la clínica y de la investigación constituyen un mal innecesario. La psiquiatría y sus manuales, dentro del ámbito de la salud, conllevan unas marcas nefastas para los sujetos, las cuales podemos sintetizarlas con los referentes de nocividad, segregación y consumismo desbordado.

Esta postura se deriva de años de trabajo en el campo del psicoanálisis de orientación lacaniana, en el de las ciencias médicas y de la salud, así como de la clínica en instituciones; sin embargo es importante señalar nuestro vínculo y acuerdo en varios aspectos teórico-clínicos con la extensísima obra de Thomas Szasz quien falleció en el 2012. Szasz fue profesor-investigador emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York; la Universidad Francisco Marroquín le otorgó en 1979 un doctorado honoris causa por su labor excepcional dentro de la disciplina de la psiquiatría. Básicamente hay tres puntos que nos parecen fundamentales en la obra de Szasz, los cuales, en parte, aportan un sostén conceptual y epistemológico a nuestros planteamientos. Dichos puntos son los siguientes:

 

  1. A lo largo de toda su obra se burla y desprecia a la American Psychiatric Association (APA) debido, entre múltiples cuestiones, a que una enfermedad debe cumplir con los criterios y definiciones de la patología, en lugar de ser un resultado de votaciones (refiriéndose obviamente a las llamadas enfermedades mentales).
  2. La psiquiatría es una pseudociencia.
  3. La psiquiatría es un sistema de control social al servicio del estado (y al marketing añadimos nosotros).

 

El objetivo del presente texto se refiere a la realización de críticas y a la producción de argumentos que den cuenta de nuestra posición ante la práctica actual de la psiquiatría y a la manera que tienen los psiquiatras de clasificar su supuesto (falso-ideológico en términos epistemológicos) objeto de estudio; el texto básicamente se centra en críticas de orden epistemológico, sin embargo, también enunciaremos líneas de discusión relativas a lo político e incluso al ejercicio del marketing. En términos generales tres son los ejes que orientarán el presente trabajo: el problema de la cientificidad en la conformación y práctica de la psiquiatría, las “enfermedades” y trastornos “mentales” en tanto “objeto de estudio” de la disciplina psiquiátrica, así como la manera en la cual la psiquiatría se vincula con la psicofarmacología; todo esto tomando como referente (directa a veces indirectamente) al Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales en su quinta versión en tanto parte fundamental de un dispositivo que nada tiene que ver con la salud, siendo ésta (la salud) una noción que absolutamente tampoco tiene que ver con lo que la Organización Mundial de la Salud plantea. Preferimos situar a la salud en su dimensión significante.

Al respecto el lector puede consultar Allouch, J. (1984) donde podemos leer: “¿cómo definen ustedes, decía, la salud mental?...la salud mental, tal fue mi respuesta entonces, es pasar a otra cosa ¿Qué es entonces el encuentro del psiquiatra y su loco sino un intento del primero por volver operante, con respecto al segundo, el deseo de que pase a otra cosa…que no sea su alienación?”.

Cabe señalar que del lector no esperamos ni pedimos casi nada. No pedimos su adhesión a nuestros planteamientos, no buscamos su aprobación y mucho menos su simpatía. Si algo buscamos es enunciar argumentos consistentes que sean útiles para quien lee estas líneas, para así suscitar en y desde la subjetividad de cada quien, una toma de posición singular con relación al gravísimo problema que nos concierne.

Sobre la cientificidad de la psiquiatría. Trazos epistemológicos que pudieran dar cuenta de la falsedad, manipulación y confusión de una disciplina que, inevitablemente, se sitúa en un plano ideológico.

Nos disculpamos con el lector ante la siguiente muy larga trascripción del texto de Darian Leader ¿Qué es la locura?, sin embargo, la misma nos parece importante subrayar ya que, de manera anecdótica (e irónica) el pasaje incide en problemáticas que abiertamente y sin temor a equivocarnos, podemos ubicarlas como excesivamente graves en cuanto a las consecuencias en la práctica de la psiquiatría con relación a los efectos de su clasificación (DSM de por medio). La amplia cita es la siguiente:

…A principios del siglo XX, Pierre Janet dijo que, por regla general, un paciente rico recibiría un diagnóstico menos “grave” que uno supuestamente pobre, y posteriormente, en una serie de conocidos experimentos, se descubrió que las personas aquejadas de pensamientos e ideas extrañas que iban bien vestidas y que se expresaban bien tenían más posibilidades de que se les considerara simplemente excéntricas que si iban andrajosas y eran malhabladas, aunque sufrieran exactamente de los mismos síntomas. Estos últimos individuos tenían más posibilidades de que se les diagnosticase esquizofrenia, se les internara en un hospital y se les administrara medicación…En su famoso estudio, el profesor de psicología David Rosenhan dispuso que ocho personas “cuerdas” –tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y el mismo Rosenhan- consiguieran ser internadas en doce hospitales estadounidenses distintos. Ninguno de ellos presentaba ningún síntoma, pero Rosenhan les pidió que, al intentar que les internaran, se quejaran de oír voces que repetían las palabras “vacío”, “hueco” y “golpe”. Después, cuando las internaban, sencillamente debían comportarse como siempre e informar de que no habían vuelto a oír voces. Resultó ser mucho más fácil de lo que esperaban. Todos menos uno fueron internados con el diagnóstico de “esquizofrenia”, y todos fueron dados de alta con el diagnóstico de “esquizofrenia en remisión” tras pasar en el hospital entre una semana y caso dos meses. Se les recetaron casi 2100 pastillas de muchos tipos de fármacos diversos. Sorprendentemente, el personal del hospital no pareció darse cuenta de que eran “pseudopacientes”, pero los internos a menudo sí desconfiaban. Como dijo uno de ellos: “Tú no estás loco. Eres periodista”…Tras dar a conocer estos primeros hallazgos, Rosenhan informó al personal de un importante hospital clínico universitario de que realizaría el experimento otra vez en algún momento de los siguientes tres meses. Se pidió al personal que puntuara los ingresos de acuerdo a una escala de probabilidad de que los enfermos fueran pseudopacientes. Ochenta y tres pacientes fueron considerados como tal por uno o más miembros del personal cuando Rosenhan, continuando con el engaño, no había enviado a nadie al hospital. Sin embargo, se habían hecho todos esos diagnósticos. Sin querer negar la gravedad de la problemática mental, su estudio había cuestionado la presunción de que los cuerdos podían diferenciarse claramente de los locos. (Leader, 2013, p.p. 44-5).

Después de la realización de estas investigaciones, Rosenhan fue removido de sus actividades académicas y de investigación, siendo la razón de esta acción…la falta absoluta de ética y el engaño premeditado y ventajoso en los procedimientos referentes a sus estudios.

Cabe señalar que el mismo Leader (2013) nos recuerda que además de los factores económicos involucrados en la “dificultad” para ejercer un diagnóstico, también se encuentran los aspectos socioculturales. Durante las décadas de los 60 y 70 se llevaron a cabo diversos “experimentos sociales” (vinculados a la práctica y difusión del movimiento antipsiquiátrico) en los cuales se mostraban diferencias importantes al momento de diagnosticar; los psiquiatras estadounidenses eran doblemente proclives a diagnosticar esquizofrenia con relación a sus colegas británicos, sin embargo éstos, con mucha mayor frecuencia, referían trastornos maniaco-depresivos como resultado de sus evaluaciones diagnósticas…

En la actualidad, desde antes de la publicación del DSM 5, han habido controversias y fuertes críticas en contra tanto de los procedimientos metodológicos como de las perspectivas teóricas que respaldaban la conformación del mismo. A los pocos días de publicado, aparecieron declaraciones sorprendentes por parte de autoridades en el ámbito de la salud, siendo algunas de las más llamativas las siguientes. En una nota publicada por Psychology Today, The New Yorker en julio de 2013, leemos: El director del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) Thomas Insel declaró a dos semanas de que saliera publicada la quinta versión del DSM, que la agencia no financiará ningún proyecto de investigación que se sustente en los criterios de dicho manual…”

La debilidad del DSM reside en su falta de validez. A diferencia de las definiciones de la enfermedad isquémica del corazón, el linfoma o el sida, los diagnósticos del DSM se basan en un consenso acerca de conjuntos de síntomas clínicos y no de una medida objetiva de laboratorio. Aunque el DSM ha sido descrito como la biblia para el campo, es a lo sumo un diccionario y no es ni siquiera un buen diccionario. Los pacientes con “trastornos mentales” merecen algo mejor”…”Básicamente el NIMH se desliga de cualquier utilización y referencia al DSM 5 debido a su nulo valor científico”…A quince días de publicarse el DSM 5, el Instituto Nacional de Psiquiatría de la República de Argentina toma una postura similar…”la psiquiatría ha llegado a un punto crítico; nuestro instituto se desvincula del uso en cualquier sentido (de investigación, de enseñanza, de práctica clínica) del manual debido a una excesiva fragilidad e inconsistencia en materia de cientificidad”…dijo el director de dicha institución.

Preguntémonos, ¿cuál es el objeto de estudio de la psiquiatría? Tendremos que estar advertidos de que la respuesta orientará la práctica del psiquiatra, siendo indispensable también que exista claridad con relación a su soporte ontológico, epistemológico, teórico, metodológico, lógico, ético y social. Nos referimos al concepto de paradigma de investigación científica. En la actualidad no es aceptable hablar de cientificidad únicamente en términos de la “rigurosa aplicación del método científico”; respuestas que apuntan a ese exclusivo sentido nos parecen francamente ingenuas y absurdas. Parece que los psiquiatras se han dedicado al estudio de las enfermedades mentales, o a los síndromes y trastornos mentales que, ciertamente no son lo mismo. En el siguiente apartado apuntaremos con mayor precisión algunos aspectos relativos a la idea de enfermedad dentro del campo de la psiquiatría; aquí lo que nos interesa es definir y analizar el sustento epistemológico de la disciplina que venimos criticando.

Nos parece muy interesante e importante lo planteado por Izaguirre (2011) con relación a los paradigmas epistemológicos que han operado y sostenido a la práctica de la psiquiatría a partir del siglo XVIII. Este investigador refiere que han existido tres paradigmas en la psiquiatría de orden epistemológico y que podrían identificarse de la siguiente manera: El primer paradigma tuvo una vigencia desde el siglo XVIII hasta la mitad del XIX con la idea de que su campo está organizado por una afección única que fundamentalmente Pinel, pero también otros autores, llamaron “alienación mental”. Según este autor dicho período se extiende entre 1793 y 1854, año en que J.P. Falret publica el artículo “De la inexistencia de la monomanía”.

…”El segundo paradigma que Lantéri-Laura denomina de las “enfermedades mentales”, con lo que rompe con la idea de enfermedad o afección única y renuncia a constituir una extraterritorialidad respecto de la medicina, pasa a inscribirse de lleno y con pleno derecho dentro de ella. Es el tiempo en el que se desarrolla la exquisita descripción de las enfermedades mentales efectuadas por los alienistas y la organización de los grandes cuadros clasificatorios. Considera su terminación en el año 1926, momento en que en el Congreso realizado en Ginebra y en Lausana, Bleuler expone su concepción sobre el grupo de las esquizofrenias”. (Izaguirre, 2011, p.p. 21-2). Es dentro de este período donde, conviene subrayar, la psiquiatría asume y da por hecho que sin duda alguna pertenece a la medicina, siendo su objeto de estudio la enfermedad mental. Posteriormente se instala el tercer paradigma, surgiendo por la influencia de la Gestalttheorie de Koelher y Koffka, la neurobiología de Goldstein, la fenomenología, los formalistas rusos, la antropología, la semiología, la lingüística, las matemáticas y el psicoanálisis (aclarando que el relativo a la psicología del yo y de las relaciones objetales). En los últimos años del tercer paradigma (1977) aparecieron y se desarrollaron nuevos psicofármacos, hecho que suscitó la entrada de una nueva crisis que marcó la “necesidad” de establecer un paradigma distinto en términos epistemológicos. Es así como, desde nuestra perspectiva, en la actualidad y sin que sea posible referirnos a un cuarto paradigma dentro de la psiquiatría, aparece el vínculo entre genética, neurociencias y psicofarmacología como el conjunto de ejes nocionales que orientan la práctica de dicha disciplina. Cabe señalar que tanto la psiquiatría como la conformación y utilización del DSM 5 explícita o implícitamente, se apoyan en estas tres disciplinas en función de que así, quedaría garantizada la supuesta cientificidad de su práctica. Sin embargo, debe quedar claro que cada una de estas tres disciplinas tiene su propio objeto de estudio y también sus metodologías específicas, lo cual vuelve a interrogar a la psiquiatría con relación a la especificidad de su objeto de estudio.

Ante tal cantidad de interrogantes, los cuales producen incertidumbre nada conveniente para la “ciencia” de la psiquiatría, ha surgido desde ya varios años la (pseudo) teoría, o más bien la vaga noción e idea del “desequilibrio químico” que sentaría las bases para estudiar, investigar, tratar y medicar los trastornos psiquiátricos en su totalidad, siendo también lógicamente viable que la psiquiatría deba sustentar su supuesta cientificidad en la genética, las neurociencias y la psicofarmacología. Por nuestra parte nos parece muy importante considerar diversas puntualizaciones que, de manera frontal y tajante, desmienten la validez e incluso existencia de dicho desequilibrio químico a nivel cerebral, el cual establecería la definición de diversas causas para los trastornos que nos conciernen. Entre estos apuntes y planteamientos destaca lo publicado en la revista Nature (2011) en la cual, en términos generales, para todo trastorno psiquiátrico, y en particular el autismo, no es posible definir alteraciones a nivel neurobiológico no genético como causas específicas de los mismos; por otra parte, en un documental publicado por la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos, más de 60 psiquiatras en todo el mundo declaran abiertamente el hecho de no contar con ninguna prueba o test que dé cuenta de ninguna alteración genética y/o neurobiológica en el tratamiento de los trastornos psiquiátricos. Además de que en este documental aporta sus declaraciones Thomas Szasz, él mismo, hasta el año de su muerte (2012), afirma puntualmente la ausencia de comprobación de dicho desequilibrio químico en tanto causa definida y mucho menos en tanto ecuación del mismo con las así llamadas enfermedades y trastornos mentales.

Por otra parte los neurocientíficos (y ahora algunos autodenominados “neuropsiquiatras”) aducen y presentan resultados obtenidos mediante imágenes de resonancia magnética, estudios de neuroimagen, centellografía, etc. en tanto elementos y aspectos de comprobación empírica con referencia al hecho (supuesto por ellos) de que existe una relación a nivel orgánico y la presencia de los trastornos mentales (prácticamente de todo trastorno mental sin excepción). Nos referimos a los supuestos de la actividad y el correlato neuronal, donde las técnicas de neuroimagen serían útiles para controlar y evaluar la efectividad de las intervenciones clínicas, así como la pertinencia del uso de psicofármacos.

Por nuestra parte decimos que, el “dato observable” que se halla a partir del uso de estas técnicas consiste en el registro de un aflujo de oxígeno en algunas redes neuronales que, quizá, podrían dar cuenta de cierta actividad neuronal y que quizá podría relacionarse con la posibilidad de dar cuenta de cierta producción de pensamientos, imágenes, emociones, etc. (incluso, dicen algunos de estos neurocientíficos actividad de lo inconsciente). Es de fundamental importancia recalcar que todos estos “saltos” en la argumentación constituyen verdaderos obstáculos epistemológicos en los cuales, de la presencia registrada de un elemento químico (en este caso el oxígeno) se pasa a la “explicación de realidades” y objetos de orden psíquico o subjetivo, borrándose cualquier especificidad epistemológica en todas y cada una de las vicisitudes presentes en este tipo de planteamientos.

Finalmente, para concluir esta sección del texto, continuaremos con la crítica hacia un aspecto que parecería determinante e irrefutable en cuanto al soporte de todo abordaje clínico y de investigación relacionado con y derivado de las neurociencias y la psicofarmacología; nos referimos a lo genético en cuanto orden explicativo fundamental en el ámbito de los trastornos psiquiátricos. Básicamente y con un altísimo grado de certidumbre, podemos afirmar que, a pesar de que la cantidad económica invertida en investigación genética en materia de enfermedades en general, y en particular en el ámbito de los trastornos mentales es inmensa, a la fecha no ha sido posible determinar con precisión la etiología en términos genéticos de ningún trastorno de tipo psiquiátrico; a lo sumo se han identificado ciertas secuencias y combinaciones de este orden (genético) con relación a algunos trastornos, sin embargo la debilidad explicativa de estos hallazgos, así como la imposibilidad de definir las causas en estos términos es más que evidente (Maleval, 2013, Laurent, 2013, Insel, 2011, Szasz, 2011, Edelman-Tononi, 2010, Kandel, 2002).

Comúnmente en el ámbito de las ciencias médicas, biológicas y de la salud, se recurre a hipótesis y supuestos explicativos derivados de la genética presentándose de manera recurrente la creencia de que la erradicación de toda enfermedad, pero sobre todo la psiquiátrica, depende de la identificación de las causas genéticas que, insistentemente nos dicen, deben estar allí, siendo lo genético el orden que determinará y definirá no solamente todo aspecto orgánico, sino que incluso la construcción y despliegue de la subjetividad se halla subordinada a la genética. Por nuestra parte sólo hacemos algunos señalamientos que nos parecen de vital importancia y que, al parecer, los mismos genetistas y los neurocientíficos pasan por alto por alguna extraña razón.

Parecería que ciertos procesos biológicos y genéticos constituyen determinantes del objeto de estudio de la psiquiatría, sin embargo conviene atender lo siguiente: “…pero tales procesos no son la causa de los trastornos sino los que hacen posible la manifestación sintomática y sobre los que se puede, eventualmente, incidir por medios físicos o químicos. La investigación de parámetros biológicos se sustenta en una esperanza, la de encontrar en el cerebro la razón de las anormalidades de la mente, la personalidad o el comportamiento, la de “objetivar” una base material y natural. El mayor obstáculo que encuentra esa psiquiatría que pretende ser “organicista” es que el cerebro está involucrado, por supuesto, en la vida y en todas las actividades del ser humano (conciencia y conducta) pero él no es el productor sino el asiento de procesos que permiten y regulan la relación entre el organismo y el medio ambiente que le rodea, un umwelt que es, siempre, un medio social. Es en la relación del sujeto (el sujeto del inconsciente) con el Otro donde se encuentran las causas de su acuerdo o desviación respecto de la norma que no está en el cerebro sino en la estructura social, económica, antropológica, lingüística, política, etc. , que son las “circunstancias”, eso que rodea y condiciona al cerebro viviente y meganeuronal”. (Braunstein, 2013, p. 26-7).

Este mismo autor nos menciona algo importantísimo vinculado a la idea de que lo biológico y lo genético de ninguna manera determinan ni la conciencia, ni lo inconsciente, ni la subjetividad, ni la vida. Justamente es al contrario. “…las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad, no tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. (Marx, 1843, p. 32). De manera generalizada parece que a los neurocientíficos y genetistas, también por alguna extraña razón, no les son gratas las referencias filosóficas, ni las antropológicas, ni las políticas y menos aún las psicoanalíticas. Debido a esto, pero por razones de mucho mayor peso recurrimos a ciertos neurocientíficos cuyo nivel de crítica y lucidez nos parecen admirables. Comentemos lo siguiente.

En una conferencia de Miquel Bassols presentada en Granada, este nos recuerda la relevancia de un texto de Gerald Edelman y Giulio Tononi titulado A universe of consciesness. How matter becomes imagination (2000) donde, entre otras cuestiones que nuestras respuestas relacionadas con la conciencia, con nuestros recuerdos, con nuestros pensamientos no provienen del interior del cerebro, sino que surgen y se desarrollan de la interacción con otras personas y con el entorno (¿el Otro?); esto para nosotros es fundamental, ya que es totalmente necesario distinguir entre reacciones neurofisiológicas (que provienen y se ubican en un orden biológico) y las respuestas subjetivas, que nacen, se insertan y se despliegan en los registros de lenguaje, de lo sociocultural, de lo histórico, de lo simbólico, al momento de intentar “vincular” a las neurociencias con cualquier otra disciplina que se enfoque en problemas relativos a la subjetividad.

Estos autores refieren con absoluta seriedad y lucidez que lo subjetivo es incomparable de un sujeto a otro y que la historia de cada individuo, así como los enunciados que él mismo hace de ella no son objetos apropiados para el estudio científico; entendiéndose esto en el sentido tradicional-positivista, recurriéndose a los métodos experimentales propios de las ciencias médicas. En otras palabras, las funciones propias y relativas a la subjetividad no son objetos, sino que son un proceso y, añadimos nosotros, son un proceso referido a una singular manera de interpretar el propio ser y estar en el mundo.

Para terminar este apartado queda pendiente el trabajo de extraer las posibles implicaciones y consecuencias que, tanto en el estudio de las neurociencias como en el campo de la genética, deben considerarse al momento de dar “saltos epistemológicos” al terreno de la subjetividad, desconociéndose la total, absoluta y radical diferencia entre ambos núcleos y campos de conocimiento; es en extremo ilustrativa la siguiente cita de un texto de Eric Kandel, premio Nobel en neurociencias en el 2000: “…Aun cuando desde hace mucho se me enseñó que los genes del cerebro son los gobernantes de nuestra conducta, los amos absolutos de nuestros destinos, nuestro trabajo demostró que, tanto en el cerebro como en las bacterias, los genes son a su vez siervos del ambiente. Están guiados por los acontecimientos en el mundo exterior”. (Kandel, 2006, p. 264).

Nosotros nos preguntamos, ¿cuál es y en qué consiste este Otro de lo orgánico?, ¿no acaso este Otro nos remite a las consistencias y estructura de lo simbólico?, ¿no incluso este Otro tiene relaciones con la eficacia simbólica y la estructura de la magia de la que nos hablan algunos antropólogos y psicoanalistas? Desde nuestra perspectiva cualquier respuesta ante los interrogantes planteados por la subjetividad no se encuentran en los surcos del cerebro…se hallan extímicamente, es decir, dentro y fuera a la vez, de los surcos de lo simbólico. Terminemos: “…el cerebro es fundamental, sí, pues en él, se desarrollan los procesos que hacen posible el habla, la memoria, la comunicación, las emociones, los sentimientos, todo lo que es “subjetivo” y se tiende a llamar con el equívoco e indefinido nombre de conciencia. Pero el órgano que se aloja en el interior del cráneo no es la causa de la subjetividad sino su sustrato, el escenario de ciertos mecanismos que pueden ser objetivados, conocidos, activados o desactivados por medios físicos o químicos y que se van develando progresivamente ante la curiosidad de los científicos mediante técnicas cada vez más precisas de investigación”. (Braunstein, 2013, p. 27-8).

 

Referencias

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