Menu
Actividad pictográfica, violencia secundaria y abuso sexual: Repensar a Piera Aulagnier

Actividad pictográfica, violencia secundaria y abuso sexual: Repensar a Piera Aulagnier

Featured

 

José Roberto Vargas Arreola

“Vivir es experimentar en forma continua lo que se origina en una situación de encuentro”

Piera Aulagnier

Origen de la representación

La actividad de representación, para Aulagnier (1975), es equivalente a un trabajo de metabolización que caracteriza la actividad orgánica. En función de este proceso, se rechaza un elemento heterogéneo respecto de la estructura celular, mientras que otros elementos se transforman para ser homogéneos y potencialmente metabolizados. En la actividad de representación, a diferencia de la actividad orgánica, no se metabolizan cuerpos físicos, sino elementos de información catectizados que se suceden temporalmente en términos de su complejidad y de la exigencia pulsional que imponen al infans y que conforman los procesos originarios, primarios y secundarios con sus diferentes representaciones en pictogramas, fantasías e ideas, respectivamente.

La actividad pictográfica plantea el cuestionamiento sobre el origen de la actividad de representar. Sus antecesores son el nacimiento y el encuentro entre dos zonas: la boca y el pecho materno. Con este encuentro que, Aulagnier (1975) nombró “zona-objeto complementario”, el infans busca reestablecer el equilibrio perdido y retornar a un estado de quietud, de no-deseo, de afánasis, recurriendo inicialmente a la satisfacción alucinatoria del deseo. El proceso originario está conformado, asimismo, por el principio del autoengendramiento: El infans, aún indiferenciado del mundo, no puede delimitar los campos de la representación pictográfica por lo que el encuentro (en donde participa el pecho materno) se experimenta como una situación creada por él.

El concepto de “especularidad”, en Aulagnier (1975), alude a que en el pictograma se ignora la dualidad de un órgano sensorial que perciba un objeto y un mundo exterior. Así, el objeto exterior (pecho) y la zona erógena (boca) son una unidad. Ante la falta de satisfacción, se percibe una inadecuación o defecto de la zona, lo que conduce al deseo de eliminar la zona erógena. Este elemento es, para la autora, el prototipo de la castración, reinterpretado posteriormente en los procesos primario y secundario. Sin embargo, el alcance de este descubrimiento permite comprender las manifestaciones de la pulsión de muerte, especialmente imbricadas en el ataque al cuerpo.

La actividad pictográfica está conformada por sensaciones somáticas difusas y desorganizadas; texturas, sonidos y formas que hacen una composición de las vivencias originarias y la memoria temprana; inscripciones corporales de dolor, desintegración, difusión y muerte; así como de sostenimiento, cuidado, contacto, proximidad física, alimentación y afecto. Estas huellas mnémicas son fundantes en la actividad de representación posterior (en los procesos primario y secundario). Existe una sucesión temporal y espacial de los pictogramas, fantasías e ideas que remiten a una circularidad constante y a fuerzas regresivas y progresivas en función de la actividad pulsional y las demandas existentes en el Yo, en su relación con el mundo.

Cuando las representaciones pictográficas conllevan demasiado dolor y sufrimiento, ataque de la zona, escaso sostenimiento afectivo (proximidad y contacto) o dificultad para traducir las necesidades físicas del infans en palabras, dan lugar a afecciones psicosomáticas, trastornos del espectro autista, ciertos estados psicóticos con delirios somáticos e hipocondriacos, así como a patologías del acto donde se experimentaron episodios traumáticos y deficitarios en la temprana infancia. Este último caso ilustra los efectos psíquicos acaecidos en el abuso sexual.

 

Fantasías e ideas

En la clínica se puede atestiguar que las representaciones de los pacientes tienen una sucesión temporal y espacial, una lógica significante que trastoca la afluencia de lo inconsciente. Las representaciones pictográficas, correspondientes al proceso originario, conforman sucesivamente representaciones más complejas a partir de los requerimientos vinculares con la madre como “portavoz de la cultura” (Aulagnier, 1975) y de la realidad, entendida ésta como el conjunto de las definiciones que proporciona el discurso cultural.

En la fantasía, el infans es objeto de las proyecciones maternas y de los otros significativos; en otras palabras, las representaciones de todo lo existente deviene del deseo del Otro (Aulagnier, 1975). A partir de la sucesión del pictograma al proceso primario se constituyen las fantasías originarias planteadas por Freud (1915) sobre la vida intrauterina, la escena primaria, la seducción y la castración, así como las representaciones de la posición esquizoparanoide propuestas por Klein (1928) donde opera una escisión del objeto en función de la satisfacción o insatisfacción del deseo.

La satisfacción alucinatoria del deseo puede considerarse un concepto intermedio entre el proceso originario y el proceso primario, dado que se superpone un elemento perceptual cada vez más sofisticado que sienta las bases de la fantasía. Los fenómenos transicionales de Winnicott (1971), aluden a zonas intermedias de experiencia entre lo interno y lo externo, entre el yo y el no-yo, entre lo que está adentro y afuera. Las fantasías permiten delimitar a un sujeto y un marco externo a él, una extra-territorialidad, una extra-temporalidad y una extra-relacionalidad. El otro funge como espejo desde el cual el infans se mira y constituye su imagen.

La sucesión de la fantasía a la representación de las ideas se constituye a partir de la creación de un espacio psíquico de subjetivación. Las ideas, aunque sostenidas en fantasías y en pictogramas, alcanzan una imagen definida de la realidad y del mundo que lo rodea.  Para Aulagnier (1975), el Yo es la esfera del proceso secundario y se caracteriza por el establecimiento de un orden de causalidad entre los elementos que hacen inteligibles la existencia del Yo y la existencia del mundo.

De esta manera, “la actividad de representación se convierte para el Yo en sinónimo de una actividad de interpretación” (Aulagnier, 1975, pag. 22). La subjetividad se constituye con base en las interpretaciones y los significados culturales que permiten brindar nuevas lecturas y narrativas a la realidad donde se inserta el sujeto. El yo es un eslabón más de la cadena significante, de una cadena histórica, una sucesión temporal y espacial, de un orden generacional. Por otro lado, esta sucesión posibilita la emergencia y la apropiación del deseo, ya no el deseo del Otro, sino el propio deseo entendido éste como el advenimiento de representaciones que sustituyen la noción de encuentro a partir de la búsqueda, siempre inagotable, de las fuentes de satisfacción.

 

Violencia secundaria

El punto nodal de la identificación primaria es la incorporación de la madre en el psiquismo del infans. Aulagnier (1975) plantea, como violencia primaria, a una primera imposición que ocurre desde el exterior al campo psíquico que obedece a una acción necesaria, siendo un tributo que la actividad psíquica paga para preparar el acceso a un modo de organización que constituirá la instancia llamada Yo. En otras palabras, el deseo del Otro constituye una primera violación al espacio psíquico, acción ineludible, ya que plantea la conformación de la imagen en el espejo a partir de las proyecciones maternas y de los otros significativos.

La violencia secundaria se apoya en la violencia primaria, de la que representa un exceso generalmente perjudicial e innecesario. Se trata de una violencia que se ejerce contra el Yo, ya sea un conflicto entre Yoes o de un conflicto entre un Yo y el diktat de un discurso opresivo y autoritario que se opone a todo cambio en los modelos instituidos por él. Fundamentalmente la violencia secundaria refleja un conflicto en el ejercicio del poder. Desde la perspectiva de Aulagnier (1975), si la violencia secundaria es tan amplia como persuasiva, hasta el punto de ser desconocida por sus propias víctimas, se debe a que logra apropiarse abusivamente de los calificativos de “necesaria” y “natural”.

La naturalización de la violencia, así como las justificaciones en torno a su incidencia, denotan una tendencia actual de negar el impacto, la gravedad y las repercusiones físicas y emocionales de los actos violentos. Las relaciones de género, construidas a partir de significados y creencias en torno a la identidad masculina y femenina, denotan una forma, ampliamente reproducida en nuestra generación, de ejercer relaciones de poder, control y sometimiento.

El sistema familiar es la matriz fundante de transmisión sobre lo prohibido y lo permitido, y configura los principales rasgos de la identidad sexual a partir de la elaboración de desafíos evolutivos como abdicación de la simbiosis y el narcisismo primario, la separación-individuación y el conflicto edípico. Desde los vínculos primarios comienza a conformarse la experiencia personal de ser hombre o mujer, la vinculación con personas del mismo sexo y del sexo opuesto, así como las jerarquías y los ejercicios de poder entre los sexos. Por supuesto, lo familiar es trastocado en todo momento por la cultura y, en un momento posterior del desarrollo, los vínculos extrafamiliares pueden tener mayor peso simbólico que los vínculos primarios.

En nuestros días, coexisten roles de género tradicionales y ejercicios reelaborativos que apuntan a relaciones más cercanas a la equidad entre hombres y mujeres. No obstante, la mujer, aún en nuestros días, puede ser representada familiar y culturalmente como una persona desvalorizada, cosificada, rebajada a un objeto sexual y vulnerable al sexismo, la misoginia, la discriminación, el rechazo y el odio. Aún en nuestros días, algunas mujeres construyen su identidad sexual experimentando rechazo a su cuerpo, a su sexualidad y a la vinculación sexual y afectiva con el sexo opuesto. Aun también en nuestros días, está vigente el ejercicio del machismo, los roles tradicionales de identificación masculina a partir de la devaluación de la mujer y la justificación de actos de violencia que, incluso, pueden alcanzar el feminicidio.

La violencia secundaria (Aulagnier, 1975), manifestada en las relaciones de género a través de creencias, prejuicios y dogmas que violentan el espacio psíquico del infans en relación a su cuerpo sexuado, pueden ilustrarse en el siguiente caso.

 

“Margarita”: La presentación

Margarita es una mujer de 46 años, soltera, estudió Informática y actualmente estudia una maestría en Informática administrativa. Se desempeña como responsable de un organismo que ofrece diplomados y cursos de actualización docente. Vive con sus padres y dos hermanos.

Proviene de una familia nuclear conformada por sus padres y seis hermanos, ella ocupa el cuarto lugar. En un inicio, nacieron los primeros cuatro hijos hasta ella, siendo la menor de esa camada y después de seis años nacieron otros tres hijos. La menor de todos los hermanos falleció hace seis años en un accidente de moto con su pareja. Margarita relata que el evento ocurrió meses después de que su hermana saliera de la casa familiar para vivir con su novio. La madre refiere que esto le pasó por “desobedecerla” ya que no debió irse con él a tan corta edad (17 años). El mensaje que la madre construye es: “Si te vas de la casa te pueden pasar cosas malas, la casa es el único lugar seguro”.

La relación de Margarita con su madre es ambivalente, especialmente por las dificultades que presentan en la fase de separación-individuación. Madre e hija construyen un espacio compartido donde la madre se implica en decisiones y opiniones de Margarita, en donde se transmite la idea de que los hombres son peligrosos, poco confiables y que sólo buscan satisfacer sus necesidades sexuales. Por otro lado, la transmisión familiar también involucra la experiencia del cuerpo y la sexualidad, significados como sucios y pecaminosos. Disfrutar de una relación sexual es prohibido.

Esta transmisión psíquica obedece a tradiciones, valores y creencias familiares, aunque fundamentalmente a un ejercicio de control materno. Margarita fue “elegida” por su madre para acompañarla en la vejez y asumir el lugar de pareja. Mientras tanto, el padre está desdibujado, no tiene crédito para la madre ni para el sistema familiar. El rol parental masculino (desde el ejercicio de roles tradicionales), es asumido por la paciente ya que es quien sustenta económicamente el hogar.

Madre e hija se sostienen de un ejercicio de violencia secundaria (Aulagnier, 1975). Desde el contrato narcisista (Aulagnier, 1975) entendido como un contrato simbólico que muestra el encadenamiento generacional enlazado por el infans, la familia y el grupo social, se sientan las bases para que el espacio psíquico de Margarita sea invadido por intrusiones maternas que la condicionan a estar al lado de ella. Desobedecer a la madre representa morir, interpretación que se dio a los hechos ante el accidente y fallecimiento de su hermana menor.

En un apartado posterior se establecerán los puntos de relación y anclaje con el abuso sexual que padeció la paciente en al menos dos episodios de su historia.

 

Abusos sexuales

Margarita ha relatado al menos dos eventos de abuso sexual, el primero acontecido cuando tenía 6 años, el segundo entre los 12 y 13 años. En el primer caso refiere que fue enviada por su madre a la tienda de abarrotes y en el camino encontró a un señor mayor quien le dijo que había perdido sus llaves y le pedía que lo ayudara a saltarse por una ventana ya que él no cabía. La llevó por calles hasta un terreno baldío donde la desvistió, frotó el pene en su clítoris y la forzó a hacerle sexo oral. Años más tarde, Margarita se dio cuenta que esa acción “no había estado bien”. Además, se culpó a sí misma y se sintió merecedora del evento ocurrido dado que quiso desobedecer a su madre al ser enviada a la tienda. Por querer desobedecerla, recibió un castigo.

Derivado del abuso sexual, sintió que perdió valor como mujer, creyó por muchos años que como consecuencia de este hecho había perdido su virginidad y por ese motivo se negó por ocho años a tener relaciones con su primera pareja (ya que descubriría que había estado con otro hombre). La primera vez que tuvieron relaciones sexuales, éste le dijo “ahora sé que soy el primero”, lo cual en un inicio la desconcertó, pero después entendió que como no hubo penetración en el abuso sexual, no había perdido su virginidad.

Con respecto al segundo episodio de abuso, comenta que su papá se dedicaba al oficio de hojalatería y ella y sus hermanos lo ayudaban a realizar esta labor. En una ocasión, su padre le pidió apoyarlo en un trabajo, encontrándose los dueños del camión adentro de la caja del mismo, lugar donde la tocaron e intentaron abusar de ella. Ella logró escapar y correr por calles aledañas hasta llegar a un metro cercano. Este segundo episodio fue recordado durante el análisis a partir de un sueño recurrente en donde Margarita es tocada por varias manos mientras ella está cuclillas, logrando escapar y correr por calles oscuras hasta llegar a un lugar donde hay luz.

Después de elaborar este segundo evento de abuso, comprendió por qué tiene tanto rechazo hacia los hombres, siendo hostil y evasiva, y por qué se ha involucrado afectivamente con hombres que la han maltratado. Ha advertido lo paradójico de sus elecciones ya que, haciendo un intento por protegerse de un nuevo abuso, se ha situado en relaciones que la han hecho sentir vulnerable.

Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D. (2011), refieren que lo traumático en un abuso sexual se origina en un proceso de inversión tópica de lo simbólico a lo somático, producido por el hecho abusivo corporal. De este modo se ocasiona un daño al psiquismo que impide el desarrollo simbólico o produce su regresión. Las características de la actividad pictográfica muestran a un psiquismo frágil, en el que irrumpe con frecuencia el malestar del cuerpo, los síntomas somáticos, los actings y los desbordes afectivos.

A través de la transformación en lo contrario, la vuelta sobre sí mismo y la compulsión a la repetición, Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D. (2011) proponen que el niño (o la niña) perpetúan en forma activa o pasiva, el vínculo abusivo. El sometimiento de un niño a una excitación prematura y continua establece bases para una posible estructuración perversa de tipo sado-masoquista. Ello coincide con las relaciones vinculares que establece la paciente. En éstas se sitúa “ingenuamente” en el lugar de víctima, permite que “abusen” de ella y posteriormente se reprocha a sí misma por haberlo permitido. Ella, sin ser plenamente consciente de ello, también adopta rasgos de sadismo, especialmente con las personas que la han lastimado o que han actuado de manera abusiva. Posteriormente refiere que desconoce los motivos por los que la gente actúa así con ella, sin darse cuenta que está sostenida en relaciones de víctima-victimario.

Considero importante mencionar que se ha acotado la descripción de dos episodios de abuso, aclarando que, en términos concretos, han sido los referidos por la paciente. No obstante, sus asociaciones la han llevado a significar la violencia ejercida por la madre con una connotación de abuso sexual. Desde ese lugar, la violencia secundaria (Aulagnier, 1975) ejercida por la madre, conllevó a experimentar la sexualidad como culposa, restrictiva y prohibida. Los varones son representados como objetos persecutorios, aspecto que se confirma con los abusos de los que fue víctima y con los esfuerzos de elaboración que hace a partir de la repetición de patrones vinculares donde se sitúa en un lugar de desprotección, de inseguridad y de “abuso” frente a su madre, sus parejas sentimentales, sus amistades y sus compañeros de trabajo.

Desde esta perspectiva, la clínica de la violencia hacia el niño (o la niña) sitúa a familias cuyos vínculos intrafamiliares reproducen traumas y carencias en el vínculo con el objeto primario y son expresión de conflictos preedípicos y edípicos no resueltos (Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D., 2011). De este modo se puede destacar la dificultad en la fase de separación-individuación y la transmisión generacional de la identidad femenina como desvalorizada y sujeta a las apetencias y la violencia masculina.

Sin duda, hay diversos elementos de la historia de Margarita que resultaría importante relatar y analizar. Sin embargo, se prefiere hacer uso únicamente de estos datos ya que son los principales referentes para comprender la actividad pictográfica de la paciente, tomando como ejes la violencia secundaria y los abusos sexuales.

 

Pictogramas en el abuso sexual

La actividad pictográfica de Margarita está constituida por un rechazo al cuerpo masculino y a su cuerpo sexuado. A través del relato que hace en el proceso analítico sobre los abusos sexuales que padeció, experimenta asco, repulsión, deseo de vomitar, dolor de cabeza, escalofríos, encogimiento de su cuerpo, debilidad y miedo. Cuando establece un patrón vincular entre sus victimarios y las elecciones de pareja que ha tenido, se culpa y reprocha a sí misma por involucrarse afectivamente con hombres que la maltratan y abusan de ella. Por entonces deviene un estado de despersonalización y desdoblamiento del yo donde la representación internalizada de la madre la responsabiliza de lo ocurrido y repite: “Margarita, no has aprendido nada, de qué te sirve que te pasen cosas malas, si nunca aprendes”.

Margarita experimenta el sadismo y la intrusión de la madre que ejerce control y violencia hacia ella. Cuando establece límites con la madre, ésta se victimiza y ocasiona que la paciente experimente culpa. Este patrón vincular ocurre en otras relaciones donde cede frente a las peticiones y demandas de otros, aunque después se enoja con ella misma porque permite que las personas abusen de ella.

La culpa se experimenta en el cuerpo ya que deviene un monto pulsional que se dirige a ella misma a través del autocastigo. La despersonalización sigue operando y conduce al maltrato y al sadismo: “Ya ves Margarita, te mereces todo lo malo que te pasa”. El autocastigo se presenta en una serie continua, en donde no encuentra modos de responsabilizar al otro de los eventos traumáticos que padece, en el entendido de que los hombres que abusaron de ella son ahora desconocidos y que su madre, sostenida en la victimización, no permite que Margarita la pueda responsabilizar del control ejercido hacia ella. La pulsión, irremediablemente, se vuelca contra sí misma.

A través de los sueños se puede analizar un pictograma que alude al arrinconamiento y el sometimiento ejercido por un hombre. Los tocamientos de manos masculinas a su cuerpo, estar en cuclillas y cubriéndose su cuerpo son formas que reproduce en los vínculos que establece con hombres donde se protege de un nuevo abuso. Sin embargo, la compulsión a la repetición y su fuerza reelaborativa, la conduce a situase frente a un hombre violento donde se escenifica nuevamente la confianza inicial de entablar una relación con él, la apertura de su cuerpo en un sentido físico pero especialmente simbólico, el abuso sexual, la culpa, el autorreproche y la actitud defensiva.

Un elemento pictográfico que resulta fundamental en el proceso analítico de Margarita es la sensación que experimenta al lograr escapar de sus victimarios relatados en el segundo abuso sexual. En su sueño, llega a un lugar iluminado mientras que en el relato de la realidad fáctica, alcanzó a llegar a una estación del metro. Logra escapar de la violencia y el abuso, aspecto que se ha considerado sustancial para el proceso reelelaborativo en el que se encuentra. Cuando se presentan síntomas graves, la paciente suele reconfortarse a sí misma, refiriendo: “Sé que saldré adelante, ya he estado en una situación como ésta, y siempre he salido de ahí”.

El proceso analítico está sostenido en la sucesión temporal y espacial de pictogramas que puedan consecutivamente convertirse en fantasías e ideas. Está sostenido en favorecer la separación-individuación de la paciente con respecto a su madre, sin que ello represente un contenido de muerte. Está sostenido en la relación con ella misma, en vías de que la pulsión pueda tener un destino distinto a la vuelta contra sí mismo, a través de la culpa, el autorreproche y el masoquismo. Está sostenida en su cuerpo con el fin de que experimente sus límites, su apertura, su cierre y pueda gradualmente disfrutar de la sexualidad. Finalmente, está sostenida en la relación con los varones donde, desde lo transferencial, se procura la construcción de un vínculo distinto a los que conoce, posibilitando que pueda situarse en otro lugar.

 

Referencias

Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Freud, S. (1915). Pulsión y destinos de pulsión. Obras completas, tomo XIV. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Klein, M. (1928). Estadíos tempranos del complejo edípico. Obras completas, tomo I. Buenos Aires, Argentina: Paidós.

Kuitca, M., Berezin, J. y Felbarg, D. (2011). ¿Cómo enfocar el abuso sexual infantil? El psicoanálisis en la interdisciplina. Psicoanálisis - Vol. XXXIII - Nº 2, pp. 291-306

Winnicott, D. (1971). Realidad y juego. Barcelona, España: Gedisa