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Asexualidades

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Juan Pablo Brand Barajas 

“…No es deseable ser asexual en una sociedad como la actual, no suele traer nada bueno ser diferente y, aunque lo asumo, no me agrada serlo. El tiempo, que se me escapa tantas veces de las manos, me deja sólo la sensación de pérdida que tantas veces mencioné en mi diario. Pocas cosas han cambiado con los años en esta vida estancada y la costumbre casi me hace sentir bien. Siento que no es fácil construir una vida individual, la sociedad nos acepta e incluye mejor de dos en dos. La célula y el pilar principal sigue siendo la familia fuera de la cual todo es más árido y costoso”. Son palabras de Lucía Lietsi (2012), primera autora en lengua española que publica un testimonio sobre su asexualidad.

En el libro “Diario de una asexual”, Lietsi (2012) narra su trayecto de los 10 a los 37 años, una ruta que inicia con la pubertad y concluye en la adultez en el momento en el cual llega al esclarecimiento de su asexualidad. Así, se suma al 1% de la población mundial que se ubica en esta orientación. Como toda persona que se ve impulsada a explorar sus raíces subjetivas para dilucidar una molestia profunda, sus conclusiones de tan personales se universalizan. “No es deseable ser asexual en una sociedad como la actual”, escribe Lietsi y toca la corteza de nuestros recientes malestares.

Nuestra sociedad es una comunidad que gira alrededor del cuerpo, de lo sano a lo patológico, todo es el cuerpo: ejercicio, alimentación equilibrada, prácticas de relajación, sexo multiformato, experiencias extremas, drogas y así hasta llegar al suicidio. Nuestra era no soporta la subjetividad, las mismas prácticas religiosas se llenan de juegos cinéticos; de esta manera, la negación del cuerpo es la peor de las transgresiones y los asexuales la protagonizan.

Fundada en 2001 por David Jay, la Red para la Educación y Visibilidad de la Asexualidad (AVEN, por sus siglas en inglés) conforma la comunidad asexual más grande del mundo y es la principal fuente de información sobre el tema. En su página oficial definen que “una persona asexual es alguien que no siente atracción sexual hacia otras personas. Contrariamente al celibato, que es una opción, la asexualidad es una parte intrínseca de la persona (www.asexuality.org).  Si bien personas que deciden ser célibes posiblemente sean asexuales, muchas sí experimentan fuerte atracción sexual hacia otras personas y hacen de esto una lucha que consideran que les hace crecer en algún sentido, sea espiritual o intelectualmente.

 Agregan que  “la asexualidad no hace que la vida sea peor ni mejor, sólo diferente de la vida de la mayoría de la gente sexual. La comunidad asexual es bastante diversa, y cada persona asexual tiene diferentes maneras de sentir cosas como las relaciones, la atracción, y la excitación física” (www.asexuality.org). Así el rasgo particular de los asexuales es la no atracción sexual por ninguna persona.

Lo anterior no excluye el deseo de vinculación, así la misma fuente citada refiere: “La gente asexual tiene las mismas necesidades emocionales que cualquier otra persona, e igual que en la comunidad sexual, los asexuales satisfacen esas necesidades de diferentes maneras. Alguna gente asexual está más feliz sola, otros están más felices con un grupo de amigos íntimos. Otros tienen el deseo de formar relaciones emocionales o amorosas, y buscan a alguien con quien formar una pareja estable. Una persona asexual puede formar una pareja con una persona sexual igual que con otra asexual”(www.asexuality.org). . Lo que predomina es el interés por las satisfacciones afectivas, éste puede expresarse de maneras diversas como: homorromanticismo, heterorromanticismo o bi-romanticismo.

Lucía Lietsi (2012), se ubica entre quienes se les dificulta la convivencia con una pareja, lo cual se ilustra claramente con sus propias referencias: “Nunca he buscado media naranja y es que, en el fondo, me siento una naranja completa; esto es lo que siempre contesto cuando alguien me pregunta por mi falta de novio”. Agrega: “Creo que nunca he estado realmente enamorada y temo que tal vez un espíritu tan independiente y racional como el mío no sepa discriminar tal emoción de entre todas las demás”. Este último fragmento parece propio de alguien alexitímico, esto es, incapaz de identificar, reconocer, nombrar o describir las emociones o los sentimientos propios, con especial dificultad para hallar palabras para describirlos. 

Un lugar común es pensar que los asexuales excluyen todo tipo de excitación, lo que refiere la página de AVEN, es que algunos disfrutan la masturbación concentrándose principalmente en su sensación física más no en fantasías en las que aparezcan otras personas. Una buena parte siente poca excitación o ninguna, lo cual ha sido una constante a través de su vida.

Como ejemplo de esto está una nota del diario de Lucía Lietsi (2012) del momento en que tenía 15 años: “Me gusta disfrutar de mi sexualidad. Descubrí muy pronto el placer y las múltiples formas de conseguirlo. Era tan niña, que disfrutaba aquellas sensaciones de mi cuerpo sin saber que eran sexuales”.

En cuanto a los encuentros sexuales, plantean que “la mayoría de los asexuales se sienten completamente neutrales hacia el sexo, o puede que lo hayan probado y que hayan quedado decepcionados. Para algunos, el concepto de participar en actividades sexuales puede ser repugnante”.

A los 28 años, Lucía Lietsi, escribe en su diario sobre el día en que conoció en un bar a un hombre con el que tuvo por primera vez relaciones sexuales, su reflexión posterior es la siguiente: “No tengo intención de repetir la experiencia. No fueron el deseo ni las ganas las que me impulsaron a hacerlo, no sé qué fue… Creo que en el fondo conozco la respuesta. De ningún modo ha sido una experiencia satisfactoria, más bien un experimento que no traerá consecuencias pues probablemente no volveré a ver a mi amante nunca más… Ahora solo quiero que desaparezca esta sensación que hace que no reconozca mi propio cuerpo como si una extraña metamorfosis se hubiera obrado en él”.

Son claras y explícitas las palabras de la autora, la experiencia sexual le causó una conmoción subjetiva que la acerca a la disociación, su cuerpo le resulta extraño, porque es como si hubiera actuado por su cuenta, mientras su mente estaba en otro lado.

Una vez contextualizada la asexualidad, tanto a nivel descriptivo como testimonial, resulta pertinente revisar algunos antecedentes de su definición.

Fue Alfred Kinsey (1948 y 1953, citado por Blanco y Tello, 2015) el primer autor que hizo referencia a personas que “no responden eróticamente ni a estímulos heterosexuales ni homosexuales ni tienen encuentros físicos de público conocimiento con individuos de ningún sexo en los que haya evidencia de cualquier respuesta”  (p. 8). Las designó con una X, correspondían al 1.5% de la muestra.

Como lo refiere Soria (2013), el primer estudio dedicado exclusivamente a la asexualidad es el de Myra T. Johnson (1977), el cual lleva como título “Asexual and Autoerotic Women: Two Invisible Groups”. En este trabajo  concibe a la asexualidad como una preferencia en la que hombres y mujeres  “quienes, independientemente de su condición física o emocional, historia sexual y estatus marital u orientación ideológica, parecen preferir no tomar parte en la actividad sexual” (Johnson, 1977, citada en Soria, 2013, p. 631). Los describe “como una minoría invisible, oprimida socialmente por el hecho básico de ser un impensable social y dejada a un lado tanto por la ‘revolución sexual’ como por los movimientos feministas coetáneos” (p. 631).

Posteriormente, un investigador crítico de Kinsey, Michael D. Storms (1980, citado por Blanco y Tello, 2015), replanteó la escala propuesta por el primero en sus investigaciones, tomando como referente dos categorías: heteroerostismo y homoerotismo. Los asexuales eran quienes puntuaban bajo en las dos escalas.

Los autores citados ubicaban la asexualidad dentro de las categorías patológicas.  Será Anthony F. Bogaert (2006 y 2012, citado por Blanco y Tello, 2015), quien iniciará investigaciones que llevarán a su despatologización. Como lo refieren Blanco y Tello (2015), Bogaert “observa que muchas personas que no tienen una vida sexual normativa son felices, no manifiestan ningún tipo de angustia psicológica por su condición, y que, además, hay una gran diversidad de proyección del deseo, de la atracción y del placer sexual. Este investigador señala también la importancia de la creación de una comunidad asexual y de no estigmatizarla, pues la exclusión sí que es un verdadero problema”(p. 33).

El hecho de que Bogaert ofrezca sustento para la despatologización de la asexualidad no significa que todos los investigadores coincidan con él. La postura en confrontación más representativa es el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5), dentro del cual se clasifican, en su apartado de Disfunciones Sexuales, tanto el Trastorno de deseo sexual hipoactivo en los hombres, como el Trastorno de interés/excitación sexual femenino.

En el caso del Trastorno de deseo sexual hipoactivo en los hombres, los signos y síntomas son los siguientes (DSM-5, 2013, pp. 440 – 441. Se consultó directamente el manual, pero las traducciones del inglés que se citan son de Blanco y Tello, 2015):

 

  • A) Fantasías o pensamientos sexuales o eróticos y deseo de actividad sexual reducidos o ausentes de forma constante o recurrente. La evaluación de esta deficiencia la hace el clínico teniendo en cuenta factores como la edad y los contextos generales y socioculturales de la vida del individuo.
  • B) Los síntomas del Criterio A persisten durante unos seis meses como mínimo.
  • C) Los síntomas del Criterio A provocan un malestar clínicamente significativo en el individuo.
  • D) La disfunción sexual no se explica por un trastorno no sexual como consecuencia de una alteración grave de la relación u otros factores y no se puede atribuir a los efectos de una sustancia o a otra afección médica.
  • E) Matiza la siguientes especificaciones: si es de por vida (el trastorno existe desde que el sujeto alcanza la madurez sexual) o adquirido (empieza tras un periodo de actividad sexual relativamente sexual); si es generalizado (no se limita a determinados tipos de estimulación, situaciones o parejas) o situacional (solo con determinados tipos de estimulación, situaciones o parejas); por último, si es leve (malestar suave), moderado (malestar medio) y grave (malestar extremo).

 

En el caso del Trastorno de interés/excitación sexual femenino los criterios son los siguientes (DSM-5, p.433):

  • A) Ausencia o reducción del interés/excitación sexual femenina que se manifiesta en: carencia o baja actividad sexual y habitualmente no receptiva a los intentos de la pareja por iniciarla, carencia o reducción de fantasías eróticas/sexuales y de excitación o placer sexual en casi todas o todas las ocasiones de actividad sexual de la pareja –invitaciones externas o internas- y carencia o bajas sensaciones o no genitales durante la actividad sexual con la pareja.
  • B) El resto de especificaciones siguen el mismo esquema que el trastorno anterior.

 

En la clasificación “Otra disfunción sexual especificada” el DSM-5 ubica “aquellos síntomas característicos de una disfunción sexual que causan un malestar significativo en el individuo, pero que no cumplen todos los criterios de ninguno de los trastornos de la categoría diagnóstica de disfunción sexual” (Blanco y Tello, 2015, p. 14). 

Como ha sucedido con la homosexualidad, la bisexualidad y el transgenerismo; el primer debate se libra en la frontera entre la normalidad de las orientaciones sexuales y la psicopatología.

No hay conclusiones hasta el momento, sólo  preguntas. La psicoanalista Lucía Soria (2013), en su trabajo “Asexualidad: primeras aproximaciones, primeros interrogantes”, propone  una serie de puntos de discusión que se pueden leer como una agenda para el psicoanálisis en lo que respecta a la investigación de la asexualidad:

 

  1. En primer lugar plantea: “Hablar de un sujeto asexuado constituye de entrada una contradicción con los desarrollos teóricos y clínicos medulares de la teoría psicoanalítica… En este sentido, suponer un ser humano asexuado nos haría pensar desde el punto de vista teórico en un psiquismo que no funcionara en la lógica del principio de placer” (p. 632).
  2. Otro punto es aunque “las categorías en las que suelen agruparse a los individuos de acuerdo a su ‘orientación sexual’ o ‘identidad sexual’ no constituyen un punto de partida del psicoanálisis, resulta interesante revisar en qué medida ellas nombran o intentan nombrar algo del sujeto deseante, de su posición sexuada, de las condiciones eróticas que exige al objeto o de su modalidad de goce. Sin embargo, como toda categorización, su ambición de generalidad hace que necesariamente se pierda lo más preciado a la clínica analítica: la dimensión singular, el modo en que cada uno se las arregla con lo sexual”.
  3. Un tercer punto es “al interior del psicoanálisis -venimos sosteniendo desde el inicio- la sexualidad ha sido objeto de múltiples debates en los últimos tiempos… Decíamos que los denominados cambios de época han llevado a algunos psicoanalistas a hablar de una ‘nueva economía psíquica’ (Melman: 2002), o incluso a plantear la necesidad de repensar la noción psicoanalítica de sexuación para tratar de responder más adecuadamente a los desafíos que la clínica impone (Morel: 2002; Laurent: 1981; Bleichmar: 1999)” (p. 632).
  4. La pregunta “que subyace es si la categoría de asexualidad puede aportar una vía de indagación en lo concerniente a este debate. Es decir, considerar si aquello que esta categoría nomina puede ser pensado como una modalidad de ejercicio de la sexualidad contemporánea e interpelar como novedad a una teoría y praxis analíticas que se pretendan vigentes. En este sentido, resulta necesario el esfuerzo por explorarla” (p. 633).
  5. Se suma el “que un abordaje clínico puede resultar sumamente enriquecedor para dilucidar matices que se jueguen en casos singulares de sujetos ‘asexuales’, y permitir visibilizar las dificultades halladas en el establecimiento de una definición compartida del constructo. Más aún cuando hemos considerado las múltiples e interesantes vías de análisis que se han abierto a partir de un primer abordaje: la problemática central del deseo/ausencia de deseo; la referida al concepto de identidad y su vínculo con el mundo virtual; la aparentemente creciente desterritorialización de la experiencia humana, entre otras posibles” (p.633).
  6. Finalmente la pregunta es: “¿Cuáles son los efectos de las variables de época y cuáles las coordenadas permanentes del funcionamiento psíquico?” (p. 635)

 

La Red AVEN afirma que “la asexualidad es una orientación, no es un indicio de inmadurez”. En este sentido, la agenda propuesta por Soria (2013), engrana con este planteamiento, los psicoanalistas tenemos el reto de indagar si la asexualidad es una manifestación de infantilismo, una intensa inhibición emanada de los traumas de los primeros años de vida o quizá una manifestación más, una posibilidad más, de nuestra condición sexuada. Mientras tanto, sería recomendable evitar cualquier juicio nacido del furor epistemológico y detenernos a observar, escuchar, reflexionar y sistematizar. Desde mi perspectiva, la asexualidad de un problema de investigación que nos puede llevar a interesantes replanteamientos teóricos y clínicos de alto impacto.

Por otro lado, testimonios como los de Lucía Lietsi, nos reservan de idealizar la diferencia como un automatismo e ingresar en la zona de confort de la apertura a toda novedad. Lo que la autora nos deja claro es que en su trayecto vital ha habido mucho sufrimiento y nos previene de caer en la euforia de la aceptación para invitarnos a una lectura empática, reconociendo que aún en pleno uso de sus derechos y su libertad, hay dolor y necesidad de curación.

Nota sobre las citas de “Diario de una asexual” de Lucía Lietsi (2012): Por no estar a la venta en México, compré el libro en versión electrónica a través de Amazon. Este formato no cuenta con números de página y por tanto no se pueden referir las mismas.

 

Referencias

American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Estatistical Manual of mental Disorders. 5. Edition (DSM-5). APA: USA.

AVENes. Red para la Educación y Visibilidad de la Asexualidad. Disponible en: http://asexuality.org

Blanco, I. y Bello, S. (2015). Asexualidad: La construcción biológica y cultural del deseo. Tesis de Periodismo. Universidad Complutense de Madrid. Disponible en: http://asexuality.org/sp/files/TFG%20DEFINITIVO%201-1.pdf

Lietsi, L. (2012). Diario de una asexual. España: Bubok Publishing [Versión electrónica].

Soria, L. (2013). Asexualidad: primeras aproximaciones, primeros interrogantes. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología - Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. Disponible en: http://www.aacademica.com/000-054/824.pdf

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