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Reparando alas

Reparando alas

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Nadja Torres Cabrera

 

9:30 de la noche, termina una jornada más de consultorio, me subo al coche y en el trayecto evalúo mis intervenciones. Recuerdo los inicios y finales de cada sesión de psicoterapia del día, es un referente importante para mí. ¿Qué trajeron mis pacientes y qué se llevaron?, ¿llegaron con tristeza y consiguieron sosiego?, ¿arrastraban frustración y salieron con esperanza?, ¿entraron vacíos y partieron plenos?, ¿les invadía el desamor y encontraron luz en sus corazones?

Me gusta percibirme como alquimista, quien logra transformar lo impensable en oro, todo en la vida tiene un alto potencial de sentido, pero muchos lo dejan ir al no reconocer la oportunidad de cada vivencia, de cada sentir, de cada pensamiento, de cada malestar. 

He vivido mucho y he sido escucha de la vida de muchos, tengo claro que no hay ser humano libre de dolor y ninguno que no busque aceptación y amor. Todos estamos heridos y dedicamos una buena parte de nuestras vidas a ocultar nuestras cicatrices por temor a ser dañados de nuevo. Andamos cubiertos con nuestras corazas, proyectando una fortaleza que puede llegar hasta la arrogancia, con la única finalidad de encubrir la vulnerabilidad que nos habita.

Siendo muy joven supe que dentro de mí hervía una vocación, ayudaría a los demás a ayudarse, no tenía las respuestas pero sí las preguntas adecuadas para llegar a ellas. Esto me impulsó a estudiar Psicología, así entendí la complejidad del objetivo que me había propuesto, pero no fue suficiente, así que continué mis estudios hasta hacer psicoterapia gestalt y de frontera de contacto. Desde estas perspectivas pude organizar los diluvios que caían en cada sesión con mis pacientes y darles cauce por vías menos destructivas. El tiempo me mostró los límites de toda teoría, por eso ahora pienso que mi acción psicoterapéutica es 80% experiencia y 20% producto de mis estudios. Puedes haber estudiado con los mejores, pero si no aprendes de tu propia experiencia, te conviertes en una repetidora de contenidos incapaz de tener una verdadera incidencia en las personas.

Ya son muchos los años que mis pacientes ocupan lugares privilegiados en mi vida, no caeré en el cliché de afirmar que gracias a ellos soy la profesional que soy, pero me han ayudado a mostrarme la importancia de no ser una escultura inamovible de conceptos, sino un viento vivo de palabras y acciones que les empujan a ser la mejor versión de sí mismos.

No dejo de trabajar conmigo mí misma, exploro con detalle cada vestigio de infancia y adolescencia que me aparece en el camino, son fragmentos de mí misma que a cada instante completan el rompecabezas de eso que denomino “mi vida”. Esta convicción y perseverancia me permiten aportarles a mis pacientes los recursos para también integrarse, disminuir su dispersión para que logren enfocarse en sanar y desarrollar sus potenciales.

 

Es de noche, estoy cansada, pero sonrío. La única manera de ser en plenitud es ser con los otros, no hay verdadero crecimiento si no es compartido. No negaré que hay noches que de vuelta a casa me pregunto ¿por qué me sigo dedicando a esto? Ningún día es igual a otro, a veces la carga es demasiado pesada y los embates de los pacientes muy intensos. Pero siempre llega el día siguiente y me obsequio una nueva oportunidad para colaborar en la transformación, en ser el viento que impulsa el vuelo de tantas aves que llegan con sus alas rotas a mi consultorio.

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Convocatoria

Invita a psicoterapeutas dedicados a la investigación clínica a que publiquen en el Número 7 de la revista electrónica, de acuerdo con las siguientes bases:

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