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El padre suficientemente bueno: "La marentalidad de los hombres"

El padre suficientemente bueno: "La marentalidad de los hombres"

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 Juan Pablo Brand Barajas

En los años sesentas del siglo XX una grieta empieza a marcar el confín de la Edad Moderna, no habrá más crítica a las instituciones, se intentará derruirlas. Ante la afrenta, la fuerza de las instituciones se hace sentir, pero cual David frente a Goliat, las nuevas generaciones lanzarán la piedra directamente a la cabeza del gigante, es decir, a la razón que lo sostenía, a su estructura, empoderando en su lugar a la imaginación. 

Para Maffesoli (2001) el agotamiento de la razón traslada la condición del ser humano de lo dramático a lo trágico, esto es, al perder fuerza las instituciones el futuro se vuelve incierto y por tanto el presente, el instante, se constituye en el único contrafuerte frente a la inquietud existencial. Este autor afirma que:

“En efecto, estar atento a la necesidad, a la propensión de las cosas, al destino, todo eso nos obliga a considerar al individuo en su carácter global, en su contexto. Es decir, que no lo rige únicamente la razón, como fue el caso en la modernidad, sino que lo mueven, igualmente, los sentimientos, los afectos, los humores, todas las dimensiones no racionales de lo dado en el mundo” (p. 33). 

Al debilitarse los discursos institucionales, la familia atenúa su fuerza transmisora. La radical delimitación que la modernidad hacía de lo masculino y lo femenino se difumina y junto con ella las funciones de maternaje y paternaje. La mujer sale de la vida familiar repartiendo su tiempo entre la maternidad y las actividades laborales o sociales. El hombre es convocado a participar en las funciones del hogar. Tanto unas como otros pierden el rumbo al no existir referencias explícitas en sus ancestros mediatos y no tan mediatos.

Mientras que las mujeres se replantean si lo importante de su función es en cuanto a cantidad o calidad, los hombres se ven obligados a redefinir su función puesto que los ideales de la modernidad y de las instituciones se habían ensamblado siguiendo el proyecto de la supremacía masculina.

Al perderse la referencia de la historia lineal, del plan maestro que parecía tener infinitas indicaciones evolutivas y cobrar ímpetu la desconfianza en el futuro y en las promesas progresistas, el discurso de lo modernamente masculino que conllevaba un concepto enérgico de la paternidad, queda sin asideros. No así la maternidad que conserva su característica de incesante actualidad e innovación, pues el sostén afectivo solo es posible en esos términos. Muy diferente a la función paterna, cuya versión moderna se sustentaba en la promulgación de la Ley, teniendo como prototipo la prohibición del incesto de las hijas e hijos con su madre. La Ley no puede crearse en cada momento, el incesto no ha dejado de ser un referente de prohibición, regulación y organización. Es por esto que en el contexto institucional la función paterna fluía soberanamente.

La traducción de la prohibición del incesto es que la madre tenga un deseo más allá de su hijo o su hija. Durante la modernidad este deseo estaba encarnado por el padre de esos hijos, pero en la actualidad el deseo atraviesa a ese hombre del cual se espera tenga todas las características racionales del padre moderno, es decir de su propio padre, sumadas a las no-racionales, señaladas por Maffesoli (2001). El padre debe ser racional y afectivo, proveedor y guardián, insondable  y frívolo, protector y desprendido, fuerte y cariñoso, en fin, debe constituirse en un absoluto, condición inalcanzable que acentúa la fractura  del padre hasta hacer su función insostenible.

Estamos en una transición cultural y mi objetivo con este trabajo es realizar una aportación al análisis de esta transición, en la convicción de que el psicoanálisis tiene pendiente la tarea de resignificar al padre más allá de su función estructurante, es necesario acercarse al padre de la vida cotidiana, hay que bosquejar la silueta del padre suficientemente bueno. Esto nos empuja ineludiblemente al insondable mar de lo inconsciente, donde no hay amarres que soporten el fascinante canto de las sirenas, telar incesante de las redes deseantes de nuestra subjetividad. Desplegar la paternidad desde un posicionamiento diferente al establecido por la modernidad no es labor sencilla, las estructuras resisten sustentadas en el desasosiego provocado por un horizonte que anuncia cambios, la incertidumbre es fuente de fantasías caóticas, es la angustia del ser frente al por-venir.

Un padre se constituye en el momento en que asume su vínculo genuino con una hija o un hijo, la paternidad es posible en cuanto ese padre se legitima como responsable de funciones necesarias en el devenir humano del ser pre-subjetivo. Es en este punto donde se abren los caminos, pues surgen las preguntas: ¿Qué quieres de ese hijo?, ¿cuando miras sus ojos, qué observas?, ¿qué pasos habrá de dar para que no se conforme con el ser,  sino que aspire a una inagotable posibilidad de ser?, ¿cómo podrá ser yo, siendo simultáneamente tú y nosotros? ¿cómo le harás para dejar de ser tú para que surja él?

No hay una sola respuesta y por tanto cada padre se constituye en el vínculo particular con cada una de sus hijas o de sus hijos. Cuando la mirada del padre se posa en su vástago le abre el portón del hogar donde habitan los espectros ancestrales, quienes a través de la sucesión generacional han compilado la herencia simbólica que definirá su lugar en el mundo. El padre es habitado por estos espíritus, más no determinado necesariamente por ellos, dependerá de la calidad del diálogo que haya establecido con ellos como se definirá la transmisión de los mismos a su hijo o a sus hijos.

Los nuevos padres son hijos de padres que sufrieron el desengaño de la modernidad, fueron depositarios de una promesa imposible, de una herencia vacía. Sus bocas están plenas de palabras pero ausentes de sentido, pues lo que les daba dirección se perdió en el derrumbe de las ideologías. Sin embargo, hay temor, la imagen de un padre portando su hijo en una cangurera sin que a su lado lo acompañe la madre, causa inquietud, se escuchan ansiosas voces preguntando por la ubicación de la genitora. Si ella está trabajando, él será  foco del descrédito y la alienación pues los afectos han sido propiedad casi exclusiva de las madres, tesoro que sostuvo su poder sobre los hijos. Los cambios súbitos agitan hasta la conciencia más imperturbable y por tanto las nuevas posibilidades tienden a crear numerosas huestes dispuestas a todo por conservar el pasado. El énfasis de algunos grupos en su deseo de retornar a la familia tradicional es sólo un síntoma de la incapacidad de convivir con la alteridad.

Planteado de manera breve el contexto en que madres y padres ejercen sus funciones, es posible aportar los referentes para sustentar la viabilidad de la marentalidad de los hombres.

Con respecto a la paternidad, Barudy, Dantagnan, Comas y Vergara (2014) plantean en su libro La inteligencia maternal lo siguiente:

“Es importante señalar que los cuidados paternales, comparados con los de la maternidad, son más volubles. Tal vez no estén tan determinados por la biología. Es posible que los factores culturales influyan más sobre la biología cuidadora de los padres en relación a la de las madres. Faltan aún muchos años de investigación científica al respecto que nos podrán aclarar estos aspectos entre biología, ambiente y cuidados paternales” (p. 46).

Aún con este señalamiento, los autores proponen que un hombre puede cumplir las funciones de marentalidad, la cual definen como: “conjunto de emociones, conductas y representaciones que se traducen en prácticas de cuidados, estimulación, educación y socialización de las crías humanas y que garantizan el desarrollo infantil” (p. 10). Prueba de ello son los cada vez más frecuentes casos de padres que se encargan por sí solos del cuidado de hijas o hijos. Pero no se trata solamente de estos llamados “padres solteros” sino de hombres que cada día se comprometen más en la crianza de sus hijos, cumpliendo ellos en muchas ocasiones las funciones de maternaje.

Barudy y colaboradoras (2014) refieren un sustrato fisiológico en esta capacidad de apego de los hombres hacia sus crías y es la hormona vasopresina, la cual les predispone a conductas de cuidado hacia los demás, particularmente en situaciones de estrés. Agregan que la función que cumple la oxictocina en las madres, la cubre la vasopresina en los padres y las dos comparten su origen común en la oxitodicina.

Las propuestas antes descritas aportan la base para afirmar que las características que Donald Winnicott atribuyó a “La madre suficientemente buena”, también pueden ser atribuidas los padres. Quizá la diferencia es que para que éstas se exprensen en los hombres se requieren de ciertas condiciones socioculturales, como las que se cuentan en la actualidad en varios países con un adecuado nivel de desarrollo.

Para Winnicott la función materna se compone de tres categorías: el sostenimiento o sostén (holding), la manipulación o manejo (handling) y la mostración de objetos o realización (object-presenting). 

En cuanto al sostenimiento, Winnicott (1995) plantea:

“La forma en que la madre toma en sus brazos al bebé está muy relacionada con su capacidad para identificarse con él. El hecho de sostenerlo de manera apropiada constituye un factor básico del cuidado… Aquí cualquier falla provoca una intensa angustia en el niño, puesto que no hace sino cimentar:

la sensación de desintegrarse,

la sensación de caer interminablemente,

el sentimiento de que la realidad externa no puede usarse como reaseguración,

y otras ansiedades que en general se describen como ‘psicóticas’.” (p. 33)

Dos condiciones suelen obstaculizar en las madres su capacidad de sostén de sus bebés, madres con un intenso narcisismo que les impide “sumergirse en ese extraordinario estado [maternaje] que casi parece una enfermedad, aunque constituya un signo de salud” (p. 30) o madres patológicamente preocupadas que no logran superar la etapa que Winnicott denomina la “preocupación maternal primaria”, la cual consiste en una identificación temporal con el bebé para lograr conectar con sus necesidades, pero que debe ser superada para permitir al bebé la separación y la posibilidad de que se identifique con la madre y posteriormente con el padre.

Este es el primer escenario donde es posible que se manifieste la marentalidad de los padres, cuando la madre no ha desarrollado las capacidades suficientes para el sostén, el padre puede cubrir esas funciones, de manera parcial o total. Lo único que no podrá hacer es amamantar al bebé, pero aún así puede alimentarlo con un holding  similar al amamantamiento. Otra posibilidad, la cual también será propia de las otras categorías son las parejas de hombres homosexuales que adoptan bebés, uno de ellos o los dos pueden cargar a su hija o hijo con el cuidado y la empatía suficientes para transmitirle al lactante seguridad y confianza.

Para Winnicott (1995), el manejo o manipulación (entiéndase en su acepción de actividad que se realiza con las manos):

“Contribuye a que se desarrolle en el niño una asociación psicosomática que le permite percibir lo ‘real’ como contrario a lo ‘irreal’. La manipulación deficiente milita contra el desarrollo del tono muscular y contra lo que llamamos ‘coordinación’, y también contra la capacidad del niño para disfrutar de la experiencia del funcionamiento corporal y de la experiencia de SER” (pp. 33-34).

Barudy y colaboradoras (2014) señalan que hay menor probabilidad de que los padres atiendan la alimentación o la higiene de sus bebés con la empatía que lo haría una buena madre y que es más frecuente que sean “organizadores y animadores de los juegos de sus hijos. Son más estimulantes, vigorosos y perturbadores con los bebés que las madres” (p. 44). Esto es cierto, una vez pasado el periodo más frágil de los primeros meses de vida, los padres suelen dar muestras de su habilidad para “manejar” al bebé. Lo que es un hecho es que la supuesta falta de empatía para la alimentación y la higiene de los bebés, es quizá por influencia sociocultural y no por alguna incapacidad innata.

Todavía se promueven mucho más en las mujeres que en los hombres los comportamientos de cuidado del otro desde que son niñas. Por tanto, al enfrentarse al handling del bebé, los hombres pueden mostrar mayor inseguridad y temor. Pero un padre que decida comprometerse en el cuidado de su bebé o que de antemano tenga un bagaje para su manejo, manifestará la misma fluidez que se puede observar en las madres suficientemente buenas.

La mostración de objetos, en palabras de Winnicott (1995):

“Promueve en el bebé la capacidad de relacionarse con objetos. Las fallas en este sentido bloquean el desarrollo de la capacidad del niño para sentirse real al relacionarse con el mundo concreto de los objetos y los fenómenos” (p. 34).

El encuentro con los objetos y el uso de los mismos es el primer paso en la ruta de la creatividad infantil, la capacidad de madres y padres para ofrecerle a los bebés objetos diversos y acordes a su proceso de maduración es lo que favorece u obstaculiza lo que Winnicott denomina los fenómenos transicionales y la capacidad de juego en los infantes. Es un hecho que a más personas en el entorno del bebé, los objetos y su mostración pueden ser más diversos, es aquí donde el padre tiene un lugar protagónico, puesto que los objetos son una representación de los productos culturales con los cuales el padre puede compensar la falta de recursos biológicos que la naturaleza ha dado a las mujeres para el cuidado de las crías. La capacidad de una madre o un padre para jugar con su bebé, dependerá de sus propias vivencias de juego infantiles, así que si fuera el caso de que una madre estuviera imposibilitada para el juego o fuera poco empática con los momentos de desarrollo del bebé, el padre puede compensar esa falencia de la función materna.

En conclusión, puedo afirmar que las condiciones socioculturales para que los hombres manifiesten sus capacidades de marentalidad están dadas en varias regiones del mundo actual, incluida buena parte de los países de Latinoamérica. Es muy probable que uno de los grandes cambios efecto de la llamada Revolución Sexual de las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, sea el de la distribución de la marentalidad, la cual ya no es exclusiva de las mujeres, como solía asumirse en la modernidad. En el caso de las parejas heterosexuales, los padres se incluyen más en el sostén, manejo y presentación de objetos con sus hijas e hijos. Por otro lado, las parejas de hombres que adoptan bebés, también dan cuenta de sus recursos para manifestar la “preocupación maternal primaria” y desarrollar las competencias marentales. Se afirma de manera constante que “madre sólo hay una”, lo cual es cierto si nos ajustamos a la representación de la mujer que parió un bebé, sin embargo, si pensamos en términos de madre como esa constelación de cuidados que constituyen la función materna, en muchos casos la afirmación resulta falsa, pues no sólo hubo una madre sino dos o más que sostuvieron, manejaron y presentaron los objetos del mundo a los bebés.                  

 

Referencias

Barudy, J., Dantagnan, M., Comas, E. y Vergara, M. (2014). La inteligencia maternal. Manual para apoyar la crianza bien tratante y promover la resiliencia de madres y padres. México: Gedisa.

Maffesoli, M. (2001). El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas. Argentina: Paidós.

Winnicott, D. (1995). La familia y el desarrollo del individuo. Argentina: Lumen-Hormé. 

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