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El deseo de ser padre: vicisitudes con la pareja amorosa, narcisismo y sentido existencial.

El deseo de ser padre: vicisitudes con la pareja amorosa, narcisismo y sentido existencial.

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Roberto Vargas Arreola 

El deseo de ser padre.

La relación entre las pasiones humanas y el orden establecido resulta conflictiva y contradictoria, el psicoanálisis ha dado muestra de ello. Sin embargo, desde hace algunas décadas las generaciones actuales venimos atestiguando la decadencia de la ley y de la función simbólica del padre. Ello ha traído consigo que muchas necesidades de satisfacción pulsional no encuentren intermediación a través de la palabra y hasta podría decirse que la palabra misma ha perdido su fuerza significante. En su lugar, la praxis, el ejercicio cotidiano de una función, el estar sostenido en un proyecto personal, el estar habitado por un deseo propio, ha tenido mayor referencia simbólica y un ejemplo de ello es el ejercicio actual de la paternidad.

¿Qué se desea cuando se desea ser padre? Asumirse padre es acceder a una función de legitimar a un hijo, nombrarlo, reconocerlo, inscribir en él una historia que le dará identidad, pertenencia, sostén y de la que en algún momento se podrá desprender. Ser padre implica un compromiso psíquico con la otredad, una renuncia a la satisfacción sexual y narcisista con los hijos, una capacidad para asumir un lugar psíquico fundamental en relación con los descendientes.

Ejercer la paternidad no obedece a un requisito para convenir con la vida adulta, cada vez existe menos presión social hacia la decisión de acceder a la paternidad como en generaciones anteriores ocurría. Es común que las parejas contemporáneas retrasen la decisión de concebir hijos, priorizando sus necesidades como pareja y sus proyectos personales. Como refiere Alizade (2014), las nuevas parejas se organizan en función de legitimar proyectos y sostener un deseo más que en función de cumplir con reglas sociales establecidas.

La paternidad y la maternidad tampoco son condiciones naturales de ser hombre o mujer. El ejercicio de ser padres remite a construcciones sociales, históricas y políticas de la subjetividad humana, donde no hay dependencia con alguna noción naturalista o de orden biológico. Para Rotenberg (2014), ser padre o madre no son atributos esenciales, sino que se constituyen en una realidad cotidiana, en el seno de una sociedad con modos de relación específicos y con los avatares de las influencias materiales de existencia como la economía, la educación, el trabajo y la recreación.

¿Hay un tiempo para desear el acceso a la paternidad? En algunos casos puede emerger como un deseo de la sexualidad infantil, derivado del Complejo de Edipo, o bien como un deseo narcisista que tiene otras particularidades que más adelante mencionaré. El deseo de ser padre es independiente también de las condiciones biológicas en términos de la  fertilidad o de la edad reproductiva para hacerlo. Las técnicas de reproducción asistida y la adopción son algunas alternativas cuando se presentan dificultades en estas áreas.

El deseo de ser padre, por otro lado, está íntimamente vinculado a la relación que sostuvimos con nuestros propios padres. Para Solis Pontón (en Rotenberg, 2014), la parentalidad comienza con el deseo del hijo durante el embarazo y continúa a partir del nacimiento y crecimiento del niño, no obstante el deseo de acceder a la paternidad se puede pesquisar en estadíos tempranos del desarrollo.

Para Rotenberg (2014), desear un hijo es la aceptación, en forma activa, del deseo de nuestros padres de habernos traído al mundo. Ello implica un reconocimiento del deseo parental que sostiene una historia familiar que nos es transmitida, pero de la que también nos podemos desasir. Es la operación fundante del pasaje de la dependencia a la independencia donde la paternidad es un acto de afirmación.

En consecuencia, ser padre no implica un lazo de consanguinidad, ni tiene una relación necesaria con el sexo biológico o el rol de género. Se puede ejercer una función paterna en la maternidad (como en las familias monoparentales), en la adopción de un hijo sin un vínculo filial de por medio (como en las familias adoptantes, reconstituidas y homoparentales), cuando no hay un vínculo de pareja (como en la co-parentalidad) o incluso con los niños institucionalizados o que viven en situación de calle, quienes pertenecen a grupos “familiares” donde se ejercen ciertas funciones parentales.

Para Alizade (2014), los criterios que determinan la filiación son múltiples y se relacionan con fundamentos genéticos, biológicos, psicológicos, familiares, sociales, culturales, religiosos y legales.

Burin y Meler (2000) plantean el surgimiento de una nueva noción de paternidad constituida por una opción subjetiva y por una relación vivida. Ya no es la sangre o el linaje lo que hace a un padre como ocurría en la pre-modernidad. Tampoco es el amor o el deseo hacia la madre como ocurrió en la modernidad. En la paternidad contemporánea, los aspectos subjetivos y vinculares toman la delantera y reafirman la individuación: “El padre no es el espermatozoide y tampoco lo es el apellido. Padre es el que ama, cuida y disfruta la relación con sus hijos” (p. 258).

Estos mismos autores (Burin y Meler, 2000) proponen que en la actualidad es necesario referirse a “paternidades” en plural más que al término en singular de “paternidad”, ya que éste último alude a un vínculo universal y predeterminado de los hombres con sus hijos, mientras que en el mundo contemporáneo se asiste a una pluralidad y diversidad de ejercicios de la paternidad, y al tratarse de un vínculo históricamente variable, sufre de condiciones peculiares de transformación en nuestros días.

La parentalidad, por su parte, es un término utilizado por Racamier en 1961 que alude a la función materna y paterna. Para Rotenberg (2014), también pueden conceptualizarse como la función “de sostén” y “de terceridad” para no adjudicarlo al sexo biológico. La parentalidad, de acuerdo con Agrest Weiner (2014), es un proceso madurativo que se define como el conjunto de reajustes psíquicos y afectivos que permiten a los adultos la posibilidad de llegar a ser padres y responder a las necesidades corporales, afectivas y psíquicas de sus hijos.

Finalmente, asumir esta función es independiente del deseo de ser (o estar en) pareja como en el caso de dos adultos que comparten un hijo por común acuerdo pero no conviven ni tienen lazos amorosos entre ellos.

La separación con la pareja amorosa.

Piskorz (2014) señala que el modo en el que cada pareja tiene y lleva a cabo los proyectos personales y compartidos configura un equilibrio inestable entre múltiples factores y muchos de éstos suelen presentarse en una serie de desencuentros que conducen a una separación emocional, antes del divorcio.

Burin y Meler (2000) plantean que la paternidad como institución y como práctica social se encuentra en crisis por un progresivo proceso de mutación de las familias. En opinión de las autoras, la posmodernidad ha conllevado a que se diversifiquen y emerjan contradicciones en las conductas parentales ya que los padres empobrecidos y desesperados por la exclusión posmoderna huyen de sus hogares y se retiran en soledad buscando alternativas de vida, lejos de aquellos seres que prometieron vanamente proteger.

Por tanto, la crisis del divorcio suele acompañarse de claudicaciones en el ejercicio de las funciones parentales. Existen historias frecuentes que aluden a una desvinculación del padre biológico como efecto de la separación con la pareja amorosa, especialmente cuando dejó secuelas traumáticas (Minsky, 2000; Piskorz, 2014).

Desde la perspectiva de Minsky (2000), la segunda mitad del siglo XX ha presenciado importantes cambios en la percepción del papel social, en buena medida como resultado de las transformaciones sociales en la posición de las mujeres. Sin embargo, la concepción moderna de la mujer como constitucionalmente vulnerable ha contribuido a la ocultación del sentimiento de vulnerabilidad y carencia de muchos hombres arribando a una contemporaneidad donde es difícil sostener el rol de protector y sostén del padre.

Según Piskorz (2014), como parte de la soledad que el divorcio hace sentir a sus participantes, está la creencia de poder “dar vuelta a la hoja”. Sin embargo, se trata de un duelo difícil donde se muestran las ilusiones perdidas y la vulnerabilidad de la propia integridad. Por esta razón, muchos padres vuelvan a reconstruir el vínculo amoroso con otra pareja casi inmediatamente de la separación, con el fin de no contactar con sus sentimientos de pérdida, y quizá resarcir, en estas nuevas relaciones, el daño ocasionado (Minsky, 2000).

¿Qué necesidades se buscan satisfacer con la pareja? Apego, amparo, compensaciones en la autoestima (Piskorz, 2009), así como necesidades infantiles no satisfechas por nuestros padres: dependencia, sostén afectivo, contacto físico, reafirmación narcisista, erotización, manifestación de la agresión, entre otras. Sin embargo, asistimos a un tiempo en el que la vida en pareja se encuentra en un proceso de transformación, misma que inició con la alta incidencia de divorcios en la década de 1960 hasta llegar a acuerdos de convivencia con implicaciones afectivas, materiales y legales diferentes, como se experimenta en la actualidad.

En este escenario, es preciso reconocer que pueden existir motivaciones y deseos hacia el ejercicio de la paternidad en una persona, mas no necesariamente hacia la implicación de la vida en pareja.

Las familias co-parentales tienen estas características: Ambos padres ejercen su función parental pero no comparten un vínculo de pareja. Existen acuerdos sobre los días de convivencia, la manutención económica, la implicación afectiva, la educación de los hijos, entre otros temas, pero no hay ningún compromiso o responsabilidad con el otro miembro parental.

En la co-parentalidad derivada de un divorcio, los acuerdos con estas particularidades pueden distar significativamente de las situaciones comunes donde el padre se desliga de su función o persiste una relación conflictiva en la pareja de padres que conlleva a una triangulación del síntoma en el hijo o a una alienación parental.

Si bien se ha referido que el deseo de ser padre puede derivar de la sexualidad infantil y el Complejo de Edipo, también puede tener su impronta en los deseos narcisistas.  

Los deseos narcisistas

Para Vives (2013), ciertos deseos están representados por los requerimientos de orden narcisista y establecidos a partir de la investidura libidinal del yo. Se trata de deseos de gratificación, real o fantasmática, de una serie de fantasías relacionadas con la omnipotencia, la omnisciencia y la invulnerabilidad; con la adquisición de un poder que sitúa al sujeto más allá de cualquier eventualidad que le remita a su indefensión originaria y lo coloque a salvo de la enfermedad, la vejez y la muerte.

El deseo de ser padre, desde esta perspectiva, tiene un carácter compensatorio. Aparece con fuerza la idea de que no se puede ser pareja, pero… sí padre. La herida narcisista está íntimamente relacionada con la falla efectuada por sus propios padres. Su indefensión alude a la falta de sostén emocional, de contención afectiva, de cuidados parentales. Por tal motivo, compensa esta herida ejerciendo su paternidad en una relación diádica con su descendiente para que éste sea quien lo contenga emocionalmente y haga la función que sus padres no ejercieron.

¿Qué implicaciones tiene este deseo en la vida psíquica del descendiente? Sin duda estará marcado por el deseo de su padre y por efectuar funciones parentales que no se llevaron a cabo, pero esta operación será fundamental para la constitución de la identidad infantil, misma que como efecto de la “confrontación generacional” (Kancyper, 2003), más común en la adolescencia, podrá atravesar por un desasimiento de la autoridad parental y constituir su propio deseo.

¿Qué desea el hombre?, se pregunta Vives (2013), tomando como referencia la pregunta enigmática de Freud a Marie Bonaparte sobre qué desea la mujer. El hombre es lo que desea, es sus deseos; el hombre es lo que sueña, lo que desea desde su inconsciente. Y si los sueños son realizaciones de deseo, preguntar sobre lo que el hombre desea es plantear la pregunta sobre ¿qué es el hombre?

Nada más enigmático que preguntarse sobre el deseo, es lo que conduce y moviliza el encuentro que muchos pacientes tienen con la paternidad. En la práctica del psicoanálisis hay que atender a esa escucha dado que la función paterna puede estar inscrita en una serie de llamados al padre para que intervenga y ponga orden a la crisis de sentido que vivimos en la actualidad.

Como refiere Recalcati (2014), plantear el tema del ocaso de la imago paterna no significa añorar el mito del padre-amo, del pater familias ya que su tiempo está agotado. El problema no se encuentra en cómo restaurar su antigua y perdida potencia simbólica, sino más bien en interrogar lo que queda del padre en la época de su disolución.

Desde esta perspectiva, la demanda del padre que invade ahora el malestar de la juventud no es una demanda de poder y de disciplina, sino de testimonio. No es una demanda de modelos ideales, de dogmas, de héroes legendarios, de jerarquías inmodificables, de una autoridad represiva, sino de actos, de decisiones, de pasiones capaces de testimoniar, de cómo se puede estar en este mundo con deseo, y al mismo tiempo, con responsabilidad. Capaz de mostrar, a través del testimonio de su propia vida, que la vida puede tener sentido (Recalcati, 2014).

Desde mi punto de vista estos llamados al padre son cada vez más comunes en la práctica clínica del psicoanálisis, los pacientes demandan que el padre intervenga, se haga presente, dé nombre a lo que hay a su alrededor, restaure los daños que se han suscitado y permita que el paciente se sujete a un orden social que le brinde un sentido existencial. Para ello, el padre mismo, su deseo y su proyecto, tienen que existir.

 

Referencias

Agrest, B. (2014). Padres del mismo sexo y parentalidad. En Rotenberg, E. (Comp.). Parentalidades, interdependencias transformadoras entre padres e hijos [XX-XX]. Argentina: Lugar editorial.

Alizade, A. (2014). Género y función familia. Contribuciones teórico-clínicas. En Rotenberg, E. (Comp.). Parentalidades, interdependencias transformadoras entre padres e hijos [XX-XX]. Argentina: Lugar editorial.

Burin, M. y Meler, I. (2000). Varones: Género y subjetividad masculina. Argentina: Paidós.

Kancyper, L. (2003) La confrontación generacional. Argentina: Lumen.

Minsky, R. (2000). Psicoanálisis y cultura. España: Cátedra.

Piskorz, S. (2014). La familia en el divorcio. En Rotenberg, E. (Comp.). Parentalidades, interdependencias transformadoras entre padres e hijos [XX-XX]. Argentina: Lugar editorial.

Recalcati, M. (2014). El complejo de Telémaco: padres e hijos tras el ocaso del progenitor. España: Anagrama.

Rotenberg, E. (2014). La función parental verdadero self, base de la integración del yo. En Rotenberg, E. (Comp.). Parentalidades, interdependencias transformadoras entre padres e hijos [XX-XX]. Argentina: Lugar editorial.

Vives, J. (2013). Lo Irreparable y otros ensayos psicoanalíticos. México: Asociación Psicoanalítica Mexicana y Editores de Textos Mexicanos

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