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Psicocriminogénesis en la obra de Daniel Lagache

Psicocriminogénesis en la obra de Daniel Lagache

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Antonio Penella Jean

 

Médico, psicoanalista y profesor de la Sorbona, nació el 3 de diciembre de 1903 en París, ciudad en la que falleció a los 69 años, el 3 de diciembre de 1972.

A los 24 años ingresó a la Escuela Normal Superior en la misma generación que Jean-Paul Sartre, durante la Segunda Guerra Mundial, sus conocimientos de Medicina Forense y Psiquiatría lo acercaron a la criminología y fue contemporáneo de Jacques Lacan.

Fue un autor con un pensamiento propio y expresó sus ideas más que citar e investigar a otros autores. En 1950 publicó el texto: "Psicocriminogénesis", parte de una psicología dinámica, clínica y psicoanalítica de la personalidad del criminal; para entender las diferentes personalidades criminales. Concluye, al igual que K. Friedlander, que estas personalidades presentan como denominador común, variaciones caracterológicas que no los hace muy distintos del resto de la población y el psicoanálisis tanto en su comprensión del criminal como en su tratamiento aún no puede ofrecer una solución amplia al problema ya que sólo puede tratar al delincuente neurótico.

El estudio de la psicocriminogénesis hace referencia a la formación de la personalidad de los criminales definida como sistema de condiciones de la conducta. Aún cuando la personalidad esté siempre en situación, Lagache considera decisiva la implicación subjetiva al concluir que el poder criminógeno de una situación es función de la personalidad.

El proceso individual de formación de la personalidad y la incorporación de valores de un grupo, dependen de la socialización entendida como evolución y separación de conflictos sucesivos. Su rol es fundamental en el enfrentamiento de los requerimientos individuales con las exigencias de los grupos sociales donde este participa, pues la resolución favorable de este conflicto implica que la sanción, el castigo corporal, o el retiro del amor, se internalice en el sujeto bajo las formas de la angustia, la culpa y la vergüenza. Asumiendo valores y creencias comunes e identificaciones con aquellos miembros significativos, el individuo tiende a incorporarse al grupo social. Según Lagache, la identificación descubierta por Freud en el curso del Complejo de Edipo, precedida por otras identificaciones más tempranas, aparece como la gran palanca de la socialización y formación de la personalidad, pues la conciencia moral es requisito básico para la conducta social adaptada. La resolución inapropiada del Complejo de Edipo, supone que se darán identificaciones desviadas de la norma con fijaciones pregenitales que constituyen el núcleo de futuras conductas disociales, por ello tanto el criminal como el delincuente son el testimonio de una falla en el proceso de socialización.

Esta hipótesis del origen de la delincuencia no puede aplicarse en todos los casos. Si bien, el egocentrismo, la falta de sentimientos y consideración hacia los otros, la incapacidad de responsabilidad y culpa, así como la inmadurez personal; son generalmente los rasgos atribuidos a los criminales que provienen del fracaso de las identificaciones moralizantes, Lagache subraya que también existen formas larvadas de criminalidad o " delincuencia privada ", en las que se aprecia una vida social y moral rica aunque opuesta al control social. De allí que la dinámica de la conducta criminal presuponga la consideración de los aspectos negativos y positivos de la personalidad. En la delincuencia privada no existe una carencia de la identificación normativa, sino de un devenir positivo de la misma. En tales casos, no se puede explicar la delincuencia por las identificaciones fallidas, sino por la existencia de " identificaciones heroicas" derivadas de un medio cultural que valora los comportamientos criminales.

De esta manera Lagache considera que el robo o el crimen, parecen funcionar para un sujeto de modo similar al pedigrí de los perros, hay hechos criminales que no son reacciones primarias porque demuestran su naturaleza ética tales como "la ley del ambiente" o " arreglo de cuentas "; siguiendo esta lógica un individuo movido pido una "necesidad de prestigio " puede matar para jugar un rol.

El ideal delictivo, con la fuerza de la insignia como empuje a conquistar el puro prestigio, no es la justificación de la agresividad imaginaria del "era él o era yo" y "fue en defensa propia", sino un accionar premeditado. Como atestiguan el acto suicida y el asesinato por el puro prestigio, la afirmación de la vida simbólica va más allá de la vida biológica. Frecuentemente se dice, a propósito de los delincuentes que se arriesgan en un robo o en una acción delictiva: "para ellos la vida no vale nada”. Sin embargo, la vida material es la apuesta para la conquista de un emblema amo. También se dice que para ellos "la vida de los demás no vale nada ", lo cual es más certero ya que el sujeto que apuesta su vida corporal para el prestigio en muchas ocasiones se lleva a la muerte un plus con la vida de otros.

No es de extrañar que los delincuentes se fascinen mirando la crónica insidiosa de estos delictivos y leyendo en los periódicos las noticias policiales. Los delincuentes no se identifican como "malos”, sino como héroes fuera de la ley que responden al prototipo de Robin Hood como ladrón con nobles sentimientos. La imagen de Robin Hood se resume en los siguientes puntos: el noble ladrón inicia su carrera fuera de la ley no a causa del crimen sino como víctima de la injusticia, o debido a la persecución de las autoridades por algún acto que éstas, pero no por la costumbre popular, consideran criminal; "corrige los abusos", roba al rico para dar al pobre, “no mata nunca si no es en defensa propia o en justa venganza ". Si sobrevive, se reincorpora a su pueblo como ciudadano honrado y miembro de la comunidad. En realidad nunca abandona su comunidad; es ayudado, admirado y apoyado por su pueblo; su muerte obedece única y exclusivamente a la traición, puesto que ningún miembro de la comunidad ayudaría a las autoridades en su contra; es cuando menos en teoría, invisible e invulnerable; y no es enemigo del rey o del emperador, fuentes de justicia, sino solo de la nobleza, el clero y otros opresores locales.

Chucho el Roto o el Gauchito Gil, son otras figuras arquetípicas de estos héroes del bandolerismo social que defienden el honor de una dama, aún a costa de su bienestar y apoyan a los desfavorecidos. Son héroes justo al negarse a pelear entre hermanos y, finalmente, son inocentes, porque roban a los que tienen y reparten el botín entre los más pobres. El ladrón noble encarna el ideal delictivo, y las canonizaciones transgresoras de los santos locales expresan el mundo espiritual de la delincuencia. Estas figuras redimidas legitiman una posibilidad trascendente a los perdedores del orden establecido para revertir la situación desfavorable.

El panteón de los delincuentes juveniles está lleno de figuras trascendentes que expresan los códigos de la ilegalidad en la juventud marginada. Desde esta perspectiva, un asesinato incomprensible realizado por un sujeto criminal posicionado sin ninguna culpa puede ser entendido como el saldo de una apuesta para "ser respetado y temido en la calle y en la cárcel" o, simplemente para acceder al panteón religioso de la delincuencia. Aquí la insignia delictiva oculta, la división subjetiva desterrando la angustia y la culpabilidad, en consecuencia, una posición subjetiva tal no puede considerarse neurótica. En la jerga delincuencial cuando son atrapados por la ley y enviados a prisión, muchos delincuentes lo primero dicen es "perdí".

Asimismo resulta falso el alarde por "el sabor del peligro", ya que la conquista bruta del lugar ideal implica una renuncia al goce corporal.

Con relación a la conducta criminal, Lagache distingue los aspectos interpersonales, que son la relación entre el criminal y los grupos en los que toma parte. Y los aspectos intrapersonales, que es la relación entre la persona del criminal y su acto. La conducta interpersonal del criminal implica la agresión de un individuo dirigida contra los valores de un grupo antagónico o para excluirse de su grupo de pertenecía. Lagache diferencia el crimen de los desórdenes de la personalidad o la conducta y los hechos delictivos no implican necesariamente una patología.

El crimen es un concepto axiológico que se define por la reacción del medio y no por lo que es en sí mismo, no es posible una definición objetiva del crimen y su significado, no es científico sino perteneciente al campo social por su vinculación con los valores y normas propias de cada sociedad. Por ello, es una ruptura al pacto social, Lagache plantea que "toda acción criminal constituye en cierto sentido una traición".

Con relación a los aspectos intrapersonales, debido a la presencia de actitudes variadas de naturaleza ética, Lagache rechaza la hipótesis de labilidad o ausencia de Superyó. Siguiendo a Melanie Klein, propone que la severidad y la persistencia del Superyó se encuentra entre tales individuos, así el acto criminal para Lagache es un ajuste adaptativo de la personalidad con respecto a la realidad. Lagache intenta superar las explicaciones psicológicas del crimen, no se trata de que sea voluntario o involuntario y las somáticas no son una descarga instintiva, para asentar su propia conceptualización basada en la unidad psicosomática del organismo y la unidad del par organismo-situación ampliada con la teoría psicoanalítica. Y desde su perspectiva armónica, todo acto debe reubicarse dentro de la propia dinámica de la personalidad que supone la totalidad de la historia subjetiva y de la persona en cada situación. Así los comportamientos criminales impresionan como desadaptados pero siguen siendo, por la personalidad, una forma de realizarse y resolver sus tensiones inconscientes. Si bien un acto delictivo puede ser un síntoma, como la expresión simbólica de un conflicto inconsciente, en gran medida es la expresión aloplástica de un conflicto inconsciente que conlleva una fuga hacia la realidad y una proyección de la personalidad sostenida por racionalizaciones.

Por último, la criminalidad al igual que la neurosis y la psicosis, puede asociarse con un proceso de dos tiempos intrapersonales: inicialmente ocurre el retiro de un sector de la realidad representado por sus padres y sus valores. El niño queda frustrado, no se lleva cabo la identificación socializante y al no poder identificarse con un padre al que odia, los valores morales no se incorporan. En un segundo momento o fase de restitución, ataca a la realidad para modificarla a través de una descarga aloplástica que se realiza sobre el modelo de identificaciones distorsionadas que rigieron su formación.

En resumen, valiéndose de una identificación heroica que le permite una vida social y moral al margen de la sociedad regular, el criminal se defiende de un conflicto inconsciente doloroso actuando hacia el exterior.

En 1952, en una conferencia titulada “El examen psicoanalítico en criminología", Lagache expuso los principios de la disciplina en relación con su acción terapéutica y ubica el "examen" psicoanalítico como la base científica del examen clínico, propone un examen clínico desde el lugar del observador inspirado en la teoría psicoanalítica. Al respecto de las modificaciones de la técnica psicoanalítica propuestas por Aichorn, Fiedlander y Eissler; estima que tiene dos inconvenientes, el peligro del paso a la acción de psicoanalista con el abandono del delincuente a sus síntomas, la explotación del psicoanalista y el peso que significa llevar adelante un tratamiento de tales características.

En el mismo año, en el texto "Introducción psicológica y psicoanalítica a la criminología", explica su aplicación de la psicología al estudio de la personalidad y la conducta del criminal e incorpora hipótesis psicoanalíticas.

Emplea el psicoanálisis como una herramienta, no la única pero si la principal, siendo el acto delictivo que aparece bajo la forma de "acting out" como equivalente de "paso al acto o dramatización" y tiene un significado inconsciente susceptible de ser descifrado, aunque al mismo tiempo es resolutivo de las tensiones de la personalidad. Lagache sugiere llevar a cabo una extensa y pormenorizada investigación del criminal desde varios enfoques como el clínico, el experimental, social y psicoanalítico, ubicando sus conductas, la relación con su medio y su propia historia. Las conductas criminales deben ser reconstruidas en detalle teniendo presente la actitud del criminal frente su propio acto, antes, durante y después del acontecimiento, además, es necesaria su participación y posición grupal para la significación de sus actos y la biografía debe ser lo mas completo posible en cuanto a la infancia y la adolescencia.

 

Referencias

Lagache, D. (1968). Acting out y acción, Revista de Psicoanálisis, 25, 3-4.

Lagache, D. (1982). Introducción psicológica y psicoanalítica a la criminología. En Obras Completas, Volumen 4. Buenos Aires: Paidós.

Lagache, D. (1982). El examen psicoanalítico en criminología. En Obras Completas, Volumen 4. Buenos Aires: Paidós.

Mollo, J.P. (2010), Psicoanálisis y criminología, estudios sobre la delincuencia. Buenos Aires: Paidós 

Last modified onViernes, 30 Junio 2017 01:51
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