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Algunas reflexiones sobre la familia del adolescente suicida

Algunas reflexiones sobre la familia del adolescente suicida

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 Miguel Romero Medina
Narcedalia Carranza Martínez

“Si yo fuera valiente me suicidaría,
pero he esperado tanto tiempo que es cuestión de jugar un rato más y que el tiempo me suicide” – J. L. Borges 

 

El presente trabajo tiene como fuente de experiencia entrevistas e intervenciones terapéuticas con familias, en las cuales ocurrió una muerte por suicidio de un adolescente. Gracias a la oportunidad de trabajar en una institución gubernamental de atención a víctimas inmiscuidas en actos violentos de este tipo, pudimos explorar las estructuras de las familias e intentar realizar "necropsias psicológicas”.

Presentaremos algunas viñetas y se abordarán dos aspectos: por un lado, características que aporten al estudio y la comprensión del fenómeno suicida respecto a las estructuras familiares, por otro, aspectos contratransferenciales en relación al contacto con estas familias. Consideramos de antemano lo ya pregonado por algunos autores referente a la relatividad de la respuesta contratransferencial en cuanto a la estructura de personalidad del terapeuta, las circunstancias existenciales, los momentos del proceso y aspectos técnicos intrínsecos.

Comencemos:

     “De verdad doctor, admiro mucho a mi hijo, no cualquiera tiene el valor de pegarse un tiro en la cabeza (…)”, así hablaba ante la mirada atónita y angustiada de su esposa el padre de un joven de 17 años, que cuatro días antes se había suicidado después de un disgusto con la novia y de haber dado un rayón al auto del padre. El joven se dirigió a su casa, bebió una cerveza, subió a la recámara y con una pistola, que el propio padre orgullosamente le había enseñado a manejar, se disparó enfrente de la abuela paterna. La madre relata la dureza del trato del padre hacia el hijo, el padre argumentaba que sólo de esta manera se convertiría en un hombre fuerte. El suicidio del joven fue probablemente el último intento de lograr ser amado por un objeto exigente y perseguidor.

Otra madre decía: “No comprendo por qué hizo esa estupidez, siempre le enseñé y demostré que las cosas debían hacerse bien, que debía ser fuerte (…) me da mucho coraje lo que hizo (…)”. La hija de 14 años tomó una sobredosis de medicamento que la llevó a la muerte. Ese día la madre le negó el permiso para asistir a un concierto de rock, al cual iría con un joven “no grato”, con arete, pantalones deslavados, botas, etc. La joven lloró, le gritó a la madre, subió a su cuarto, azotó la puerta, y al cabo de unos minutos, entre fuertes convulsiones, pidió ayuda. Más tarde entró en coma y murió tres días después. La madre a partir de entonces rechaza a la hija menor de seis años de edad, “no la soporto a mi lado, no puedo aguantar sus acercamientos (…)”.

La defensa de evitación hacia la hija, representaba una forma de protegerla de la muerte, la madre se percataba de que algo que estaba en sus manos podría provocar un nuevo suicidio en otra hija. Acerca de esta mujer mencionamos que la ausencia de su padre en la infancia, aunado al severo y frío cuidado materno, la llevaron a ser desde niña responsable de sí misma.

Un caso más: Venus murió de 22 años, a los 17 había tenido su primer intento de suicidio, tomó pastillas y fue salvada en el hospital. La familia no encontraba las razones que la motivaron, “tenía todo”. Los padres se habían encargado de trabajar arduamente para otorgar comodidades materiales a ella y a sus hermanos, se consideraban a sí mismos como un ejemplo de esfuerzo y dedicación coronado por el éxito económico. Incluso uno de los hermanos, unos cuantos años mayor que Venus, tenía un próspero negocio; este hombre sólo tenía un problema, era alcohólico, “aunque eso sí, nunca faltaba al trabajo”, decía la madre.

Respecto a Venus la madre refería “es verdad que ella no era tan buena para el manejo de los negocios, pero tendría que aprenderlo (…), quizá el problema era que nunca había tenido novio, pero no parecía necesitarlo (…), lo que sí le afectaba eran los rompimientos con las amigas, eso la entristecía (…)”. En el proceso terapéutico de la madre se descubrió la inminencia de la homosexualidad de la hija, negada por la madre. Venus se mató con el arma que un tío le obsequió años antes, curiosamente a pesar del primer intento, la familia olvidó la existencia de dicha arma hasta que Venus la utilizó.

En este caso la terapia fue con la madre ya que el padre estaba muy ocupado para asistir. En el proceso terapéutico la madre menciona que fue primogénita, resultado de un embarazo no deseado, suceso que la marcó y que la llevó a justificar ante sus padres su derecho a vivir, su argumento era “soy autosuficiente, no causo problemas a mis padres, por lo tanto se justifica mi existencia”. Esta capacidad le permitió conseguir logros personales importantes. Llegó a ser exigente consigo misma y con la misma dureza trataba a los hijos.

La elaboración de la muerte de la hija se dio lenta y dolorosamente, el sentimiento de culpa de la madre exigía castigo y a la vez perdón, la terapeuta se contraidentificaba con el muerto, no sabía qué hacer, sentía que la madre tenía razón al sentirse tan mal, es más se lo merecía, la familia tenía la responsabilidad de la muerte de Venus, el muerto tenía razón. Lo anterior paralizaba a la terapeuta y la hacía callar. Venus se presentaba en cada sesión por medio de fotografías, discos grabados y de objetos personales. Al cabo de un tiempo, terapeuta y paciente lograron exorcizarla de la mente de la madre. Venus se hizo presente en forma explosiva y violenta, la agresión depositada ahora entre las grietas familiares se externó.

El hermano, después de un serio accidente automovilístico a causa de su embriaguez, entró en psicoterapia para tratar su alcoholismo. El padre vino a sesión y la familia inició un nuevo manejo de la agresión, antes disfrazada de exigencias de éxito para cada uno de los miembros de la familia. Ahora se preocupaban por las conductas y emociones de los demás y comenzaron un nuevo estilo de comunicación. Reconocieron los contenidos negados de sus vínculos, ellos mismos se perdonaron. El Ideal cambió, fue más importante mantenerse vivos.

En los dos primeros casos comentados observamos superficialmente los motivos triviales que aparentan ser detonadores del acto suicida de estos adolescentes. Lo característico del hecho es que no hay un evento contiguo aparentemente importante para la familia, los miembros son sorprendidos ante el acto suicida imposible de seguir negando.

En torno a estos elementos, podemos explicar los actos fatales en el mundo del suicida desde dos perspectivas: La individual, interpretando el suicidio como un homicidio, como un asesinato del objeto interno, de un yo desprotegido y perseguido por el superyó, el cual está poseído por tánatos. El yo idealizado reviste al verdadero yo de fealdad y fracaso, o también podemos interpretarlo como el último incesto, el deseo de fusión.

Respecto a la perspectiva social, Durkheim (2011) refiere que cada grupo, en cada época, elige las circunstancias propias para morir. Con base en algunos datos trata de definir horarios, días de la semana, estaciones del año y situaciones sociales contingentes con el suicidio. Respecto al sujeto, analiza el sexo, la edad, estado civil y el medio utilizado para llevar a cabo el acto.

De acuerdo con ello, los datos hallados nos informan sobre la magnitud del problema del suicidio. En México se suicidan alrededor de 6,000 personas (INEGI, 2011), considerando la “cifra negra” se calcula que al año existen en la República entre 10,000 y 12,000 personas de todas las edades involucradas como protagonistas directos en intentos de suicidio o suicidios consumados. Si pensamos que cada una de estas personas pertenece a un grupo familiar, son alrededor de 50 mil individuos los que enfrentan emocionalmente el problema de un acto autodestructivo en su entorno familiar.

Hay datos que indican que de las personas que logran matarse, la tercera parte son jóvenes y en estos casos es frecuente que sean miembros de la familia los que descubren el cadáver. Otros datos dan cuenta de que en la mayoría de los casos el suicidio se consumó en la casa familiar. Respecto a los jóvenes, en los hombres entre los 15 y 24 años, el suicidio es la tercera causa de muerte y en las mujeres en el mismo rango de edad, es la cuarta causa de defunción (INEGI, 2013). Se encuentran ciertas constantes, por ejemplo: los hombres lo intentan menos pero mueren más, mientras las mujeres lo intentan más pero lo consiguen menos. Asimismo, los hombres eligen medios más violentos y las mujeres más estéticos y falibles. Esto es, que se encuentran constantes comportamentales por características como el género.

 Volviendo al material clínico, queremos señalar ciertos hallazgos acerca de la dinámica familiar de los suicidas que confirman observaciones de diversos autores y otros que abren camino para la reflexión e investigación futura.

Freud (1910) sugería que en algunos casos, la escuela o el medio del individuo adolescente debería de ofrecerse como sustituto nuevo de la familia para evitar que el joven se matara, la posibilidad de nuevos objetos a idealizar (profesores, compañeros) puede equilibrar las pérdidas objetales internas del niño que ingresa a la adolescencia. De alguna manera Freud consideraba la potencialidad del medio como factor importante para el suicidio.

Abundando al respecto, sabemos del poder mortífero que representa el doble vínculo en la génesis de la esquizofrenia, especie de suicidio de la psique (Bateson, 1991). Asimismo tenemos conocimiento de los mecanismos defensivos interpersonales, precursores del acting negativo que es preestructural, tanático, auto y heterodestructivo, estructurante de la folie à deux (locura de dos) (Solís, 2004), la cual pensamos puede ampliarse a tres o venir en tamaño familiar.

 Además de ello, el imperio de la identificación proyectiva marca las reglas patológicas familiares[1]. No hay que olvidar la banda de goma de Wynne,  la masa indiferenciada de egos, ni el espectro simbiótico familiar que utiliza mecanismos para y preestructurales en la familia, en cuyo sistema el depositario será aquel que por diversas razones necesita absorber estos contenidos, los llamados chivos expiatorios, pacientes identificados, o los que desempeñan roles o papeles idiosincrásicos (Ongay y Salinas, 1984).  En estos casos los hijos adolescentes.

Con lo anterior, podemos decir que en un acto de esta naturaleza, como ya se dijo alguna vez, pero refiriéndose a la sexualidad, participa más de una persona. En estos casos los miembros de la familia que apoyan activa o pasivamente el conflicto objetal interno del suicida.

La familia no soporta la re-introyección de lo depositado en sus vástagos, es decir, los padres depositan expectativas en los hijos y éstos ante la carga de lo depositado se rebelan a través del intento o consumación de la inexistencia, situación que es negada por los padres hasta que ocurre el suicidio, acto que devuelve la agresión no verbalizada de los hijos. En este sentido, los objetos sujetan, premiando o castigando, liberando o condenando; los objetos pervierten una parte de sí mismos en el sujeto.

Los padres transmiten un ideal del yo inalcanzable, apabullante por la exigencia, (recordemos el padre orgulloso del suicidio del hijo) y conforman un superyó insoportable para ellos mismos, con rasgos sádicos. Implantan la religión de un “Dios salvaje” al cual hay que ofrecerle un sacrificio (Álvarez, 2003). Reviven en el nuevo adolescente la relación interna filicida que sufrieron ellos mismos. Esto alude a la teoría de las tres generaciones necesarias para el surgimiento de la esquizofrenia. En el grupo familiar el peso de los objetos transgeneracionales llega a ser un lastre, el adolescente tiene un doble campo de confrontación, no sólo están adentro los objetos, también allá afuera esperándole.

En estas familias el manejo de la agresión es complejo, el adolescente se convierte en el vértice del equilibrio, en él se condensan ideales exigentes que le son transmitidos a manera de fidelidad de una estirpe, algunos adolescentes son los héroes sacrificados. La familia y en particular los padres niegan la hostilidad hacia sus hijos disfrazándola de severa benevolencia. Si el hijo logra desarrollar la suficiente sintomatología, la familia tratará de curarlo y en algunos casos ellos mismos son beneficiarios, curarlo a él es curarse a sí mismos.

En otras ocasiones, los padres llegan a convertirse en vouyeristas ante el “llamado de auxilio” que puede representar la depresión o el intento suicida, no hay respuesta, la estructura familiar no cambia, la pareja parental sigue observando. El adolescente que ya intentó matarse y, ante la falta de respuesta a su exigencia de ser rescatado, lo más seguro es que lo repita una vez más. Hasta que un “error de cálculo del yo lo lleve al éxito” (Fenichel, 1991). Después de todo, la familia puede cambiar, desintegrarse o buscar una nueva víctima.

En la psicoterapia con los sobrevivientes de la familia, en especial los padres, el terapeuta confirma la herencia arcaica del superyó, no es fácil soportar la inflexible rigidez de lo considerado “bueno”. Debido a la agresión manejada, el terapeuta se contraidentifica con el objeto perdido de la familia y se percibe a alguno de los padres como necio, terco, rígido, exigente y poco expresivo desde el punto de vista afectivo. Al otro miembro de la pareja parental se le percibe débil y enojado, pero pasivo, disfrutando secretamente la culpa inconsciente del primero por la muerte del hijo y sintiéndose al mismo tiempo culpable.  Ayudar a soportar lo re-introyectado por la muerte del hijo y liberarse de su propia herencia es la labor terapéutica con los padres y la familia para evitar que otro miembro ocupe el lugar del muerto. 

Conclusiones:

Como conclusiones podemos afirmar que en la estructura de las familias de adolescentes suicidas existe un padre o madre, rígido, dominante, exigente, ya sea abierta o sutilmente. Es obvio que la herencia de objetos internos conformantes del superyó paterno es manejada en los hijos, un superyó que se traslada por tres generaciones. Mecanismos más primitivos como la escisión, la identificación proyectiva y la negación son utilizados patológicamente por la familia en el manejo de la agresión.

Los padres utilizan a los hijos como depositarios simbióticos de partes tempranamente introyectadas de sus propios progenitores, ahora proyectadas en la tercera generación. Si pensamos con Bleger (1984) sobre el tema del manejo de los núcleos aglutinados, podríamos tener idea del vínculo familiar establecido.

El adolescente, no como el más débil, sino como el más sensible dado su estado psicológico de cambio, es afectado por el manejo de las cargas agresivas de la familia, las condensa y tiene la posibilidad de actuarlas por su propia tendencia al acting out.

Los intentos suicidas del adolescente son un llamado de auxilio y pueden preceder a un suicidio consumado próximo o sobrevenido en la adultez si la familia no tiene la capacidad para enfrentar el cambio exigido. Esto por no soportar la re-introyección de la agresión que el adolescente provoca en los padres. Finalmente con su muerte, el adolescente devuelve a la familia la agresión depositada en él. Depende de la estructura familiar si la soporta o se desmorona.

En el proceso terapéutico con la familia del suicida, contratransferencialmente el terapeuta puede identificar los impulsos agresivos que llevaron al adolescente a actuar contra sus objetos internos, se puede contraidentificar con la parte inconsciente del muerto, que ahora los sobrevivientes tratan de re-proyectar. Los padres van a en-cargarle el muerto al terapeuta. Los suicidas adolescentes son generalmente un emergente familiar. El suicidio es también el último intento de ser amado (por el superyó).

No pretendemos que esta exposición termine como una película de horror, en donde sugiere que el monstruo sigue vivo, que ahí está su germen. El suicidio no se da por generación espontánea, padres e hijos son eslabones de una cadena, de una larga cadena, en ella el parricidio y el filicidio se dan la mano, los padres sufrieron su propia historia, es labor de la terapia romper la cadena que los ata.

Referencias

Álvarez, A. (2003). El Dios salvaje: Un estudio del suicidio. Barcelona: Emecé.

Bateson, G. (1991). Hacia una teoría de la esquizofrenia. Madrid: Almagesto-Rescate.

Bleger, J. (1984). Simbiosis y ambigüedad. Madrid: Paidós Ibérica.

Durkheim, E. (2011). El suicidio. México: Grupo Editorial Tomo.

Fenichel, O. (1991). Teoría psicoanalítica de las neurosis. México: Paidós.

Freud, S. (1910/1991). Contribuciones para un debate sobre el suicidio. En Obras completas Vol. 11 [231-232]. Buenos Aires: Amorrortu.

INEGI. (2011). Estadística de suicidios de los Estados Unidos Mexicanos. Recuperado de: http://www.inegi.org.mx/prod_serv/contenido/espanol/bvinegi/productos/continuas/sociales/suicidio/2011/702825047436.pdf.

INEGI. (2013). Principales causas de mortalidad por grupo de edad y sexo del fallecido de los Estados Unidos Mexicanos. Recuperado de:

http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/registros/vitales/mortalidad/tabulador/consultaMortalidad.asp.

Ongay, R. y Salinas, J.L. (1984). El espectro simbiótico familiar y su relación con la psicosis. Cuadernos de Psicoanálisis, 7 (1 y 2), 41-53.

Solís, H. (2004). Los que se creen Dioses: Estudio sobre el narcisismo. México: Plaza y Valdés.

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