José Roberto Vargas Arreola http://psic.mx Tue, 23 Jan 2018 05:56:23 +0000 Joomla! - Open Source Content Management es-es Pluralidad de ejercicios parentales en el contexto familiar actual http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/193-pluralidad-de-ejercicios-parentales-en-el-contexto-familiar-actual http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/193-pluralidad-de-ejercicios-parentales-en-el-contexto-familiar-actual Pluralidad de ejercicios parentales en el contexto familiar actual

Las transformaciones de las familias actuales han desafiado el concepto del ejercicio parental tradicional. Alizade (2010) propone que el panorama de la parentalidad se ha ido complejizando con los sucesivos divorcios e hijos de diferentes parejas que dan lugar a un nuevo tipo de hermandades, de filiaciones a medias, múltiples padrastros o madrastras, en suma, territorios grupales que el psicoanálisis de la familia investiga actualmente. Para la autora, los estudios sobre el vínculo efectuados por Pichón Rivière, Puget y Berenstein han contribuido a desarrollar dinámicas interactivas novedosas que impactan en las configuraciones familiares actuales.

 

Roberto Vargas Arreola

Las transformaciones de las familias actuales han desafiado el concepto del ejercicio parental tradicional. Alizade (2010) propone que el panorama de la parentalidad se ha ido complejizando con los sucesivos divorcios e hijos de diferentes parejas que dan lugar a un nuevo tipo de hermandades, de filiaciones a medias, múltiples padrastros o madrastras, en suma, territorios grupales que el psicoanálisis de la familia investiga actualmente. Para la autora, los estudios sobre el vínculo efectuados por Pichón Rivière, Puget y Berenstein han contribuido a desarrollar dinámicas interactivas novedosas que impactan en las configuraciones familiares actuales.

De acuerdo con Alkolombre (2010), si un hombre en nuestros días decide adoptar a un niño es visto con novedad, como también lo es un juez que le otorga la custodia a un travesti por considerarlo más adecuado para ejercer la crianza de un hijo. En nuestros días ya es común el alquiler de vientres como práctica socialmente instituida, no sólo para las mujeres que no pueden tener hijos, sino también para los hombres que quieren ser padres excluyendo una parentalidad compartida. En distintos medios vemos a hombres que han elegido la monoparentalidad como un modo de ejercer el rol paterno sin una figura femenina que los acompañe (Alkolombre, 2010).

Para Alkolombre (2010) la monoparentalidad femenina por elección, con la consecuente exclusión del hombre en el ejercicio del rol paterno, era la forma de monoparentalidad más frecuente hasta hace pocos años. Sin embargo, en los últimos tiempos se sumaron los hijos nacidos por inseminación con semen de banco, garantizando en ese acto el anonimato del padre, y también la adopción de embriones. Igualmente, en nuestros días está legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo en la Ciudad de México y en otros países, abriendo el campo de la legalización de las homoparentalidades junto con la adopción de niños y niñas en estas configuraciones familiares (Alkolombre, 2010).

Con ello, según Alkolombre (2010), ya no podemos decir que “madre hay una sola”, nos encontramos de golpe con una pluralidad de madres: madre gestante, madre genética, madre social. Lo cual nos lleva a la pregunta ¿quién es la madre?: ¿la que aporta el útero?, ¿la que dona el óvulo?, ¿o la que adopta? También podríamos preguntarnos ¿quién es el padre?: ¿el que aporta el esperma?, ¿el que cría? Este punto nos conduce al debate alrededor de la pluralidad de las funciones parentales y aquellos –hombres o mujeres– que las encarnan, como también a pensar en las diferencias entre progenitor y padre.

This (1980) plantea que con demasiada frecuencia el nacimiento de un niño sigue siendo un asunto exclusivo de una mujer y de un médico, siendo el padre eliminado y tratado como alguien ajeno. Para el autor, en realidad, el padre tiene un papel esencial que cumplir durante el embarazo de su mujer ya que ser padre es también participar en un acto natural, sentir amor por su hijo, querer protegerlo y ayudarlo en su desarrollo, incluso cuestionándose si habrá algún instinto paterno (This, 1980).

Según This (1980), el genitor no necesariamente es el padre simbólico ya que el primero da el engendramiento mientras que el segundo da un nombre, una palabra, un reconocimiento como sujeto de deseo, más que como objeto de fabricación. Para el autor, no hay cría humana que se constituya sin el nombramiento de una relación ternaria que una a la madre, al padre y al hijo (This, 1980).

El padre, de este modo, es el agente del corte simbólico humanizante, aunque no esté en primer plano en el momento del parto, está ahí, disponible, pronto a ayudar a dar a luz. Desde su punto de vista, ser padre es una función exclusivamente adoptiva ya que “adoptas” al hijo al momento en el que lo nombras, lo crías y lo insertas al orden social…

Nicoló (2008), por su parte, refiere que la experiencia de las diversas formas de parentalidad, permite la distinción entre varios tipos de genitorialidad: biológica, social, legal, del grupo familiar y finalmente aquella genitorialidad simbólica que coloca al niño en lo interno de una red de relaciones emotivas del genitor y de la pareja genitora, que lo constituye al mismo tiempo como sujeto – objeto del deseo tanto de la pareja como propio.

La autora plantea que la genitorialidad simbólica es aquella en la cual los padres se hacen cargo del crecimiento psicológico del hijo invistiéndolo de los contenidos simbólicos que corresponden a una filiación específica, tal como lo encontramos en las familias más clásicas, así como en las familias adoptivas, monoparentales, reconstituidas, homoparentales o en las familias de niños nacidos por reproducción asistida.

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Tue, 01 Aug 2017 01:06:08 +0000
Historias cruzadas: El sufrimiento psíquico en la pareja http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/188-historias-cruzadas-el-sufrimiento-psiquico-en-la-pareja http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/188-historias-cruzadas-el-sufrimiento-psiquico-en-la-pareja Historias cruzadas: El sufrimiento psíquico en la pareja

Existen pocas aproximaciones al estudio de la pareja desde el psicoanálisis. Sus formulaciones han estado influidas principalmente por el estudio del inconsciente individual. Para Willi (1978), los problemas concretos en la pareja se consideraban importantes exclusivamente cuando podían activar conflictos internos.

 

Roberto Vargas Arreola

 

Existen pocas aproximaciones al estudio de la pareja desde el psicoanálisis. Sus formulaciones han estado influidas principalmente por el estudio del inconsciente individual. Para Willi (1978), los problemas concretos en la pareja se consideraban importantes exclusivamente cuando podían activar conflictos internos. En la escucha clínica, el psicoanalista se preocupaba poco sobre la descripción fáctica del miembro de la pareja ya que las relaciones reales con el ambiente no se consideraban determinantes. Las relaciones con el objeto debían examinarse principalmente en el plano de la fantasía, ya que se partía de que éstas determinan la comprensión de la realidad. Fue hasta las formulaciones de la terapia de familia, que se puso en tela de juicio la vía de dirección única de sujeto a objeto ya que se descubrió que estas perturbaciones son recíprocas y no podían tratarse si no se atendía el medio patológico.

En un inicio, los conceptos de la terapia familiar se obtuvieron de las investigaciones de familias de esquizofrénicos. Se llegó a pensar que los padres creaban la psicosis en el niño y lo enviaban al médico como paciente identificado. No obstante, las manifestaciones sobre la influencia parental permitieron inferir que el paciente no es sólo el enfermo, sino que son los familiares quienes también se encuentran clínicamente afectados, aunque trasplantando su enfermedad. Estas ideas, nacidas en la terapia familiar sistémica, pueden ser igualmente estudiadas en la terapia de pareja.

En la escucha clínica de la pareja, ambos miembros hablan desde su subjetividad, sin embargo, también pueden situarse y hablar desde la entidad que inauguraron como pareja, su terceridad. Se trata de una historia en común, inscrita por el psiquismo de ambos, entrelazada por escenas y fantasmas, por continuidades y retornos, por encuentros y desencuentros; historia que puede percibirse abandonada, o herida, o amenazada, o frágil, pero siempre con un sustrato de dolor. Es paradójico que desde la mirada clínica impresione una unión perfecta, los laberintos de la subjetividad lograron encontrar una salida en el vínculo de amor, aunque ese descubrimiento no deja de ser doloroso. El amor y el dolor son constructos de cada época, aunque, independientemente del contexto social imperante, contienen dicotomías irreconciliables y generan emociones y sentimientos intensos e inestables.

Campuzano (2001) plantea que la representación de objeto de la pareja se construye desde el nacimiento tomando como prototipo a la pareja parental. Por efecto del tabú del incesto, se tiene que renunciar a las tendencias endogámicas. La renuncia, con su duelo inevitable, permitirá el pasaje a la exogamia para abandonar el lugar de hijo y ocupar el de un adulto sexual, con su consecuente cambio de representación. De los modelos originarios endogámicos se pasa a los objetos exogámicos bajo el tamiz selectivo de los amores parentales. El vínculo amoroso no puede escapar de un sustrato familiar y por ende ominoso.

Freud (1905, 1914) planteó que la elección del objeto amoroso puede efectuarse según dos modalidades de relación: 1) La elección anaclítica (que sigue los modelos parentales) y 2) La elección narcisista (que toma como modelo a la propia persona respecto a lo que fue, lo que es o lo que le gustaría ser). Un aporte psicoanalítico más, radica en el análisis de las modalidades pre-edípicas o edípicas de la relación de objeto, lo cual implica el grado de discriminación del vínculo desde un polo fusional a un polo diferenciado. Una pareja implica alcanzar otro destino libidinal posible. Freud planteó el camino de la libido que parte del autoerotismo, pasando por el narcisismo y llegando a la elección objetal. Ésta última puede ser explicada por la colonización de otro territorio conformado por un espacio compartido, la terceridad, lo que vincula a dos sujetos en una pareja.

En el grupo-pareja, de acuerdo con Campuzano (2001), se presenta una capacidad regresiva importante, en función de la capacidad evocadora que tiene por semejanza la relación con los objetos primarios. A estos hechos, se agrega que el enamoramiento se produce y mantiene mediante mecanismos regresivos, por lo que muchos ámbitos de intimidad de la pareja también tendrán ese matiz, implicando un cierto borramiento de las fronteras yo-no yo. La pareja sufre por las relaciones pasadas, su terceridad se extiende en una línea continua donde las historias anteriores son vividas como actuales. Por lo tanto, aparecen mecanismos primitivos de relación, comunicación y defensa como la proyección, introyección, negación e identificación proyectiva.

Sánchez Escárcega (en Campuzano, 2001) plantea que existe un self de pareja que funciona como una envoltura psíquica, con límites externos e internos, con una superficie que contiene y constriñe los intercambios vinculares, hacia dentro y hacia fuera, representa el locus de los fenómenos de pareja. Este espacio imaginario constituye la realidad psíquica de la pareja, el lugar de intercambios proyectivos e introyectivos de los objetos internos de la diada y de sus relaciones con el exterior. El mundo externo moviliza el mundo de representaciones internas de los miembros de la diada, así como sus representaciones de pareja. A su vez, la red interna de representaciones es susceptible de ser proyectada al exterior.

Campuzano (2011) señala que el vínculo de pareja estable tiende a cumplir con las siguientes funciones:

  1. Logro de un lugar, un estatus y un apoyo en la red social amplia.
  2. Apoyo e incremento de fuerza al unirse a un compañero, incluyendo lo económico.
  3. Satisfacción narcisista en el enamoramiento y formación de un sistema de confirmación e identidad en la pareja.
  4. Establecimiento de un sistema defensivo interpersonal -complementario y ligado a lo intrapsíquico- mediante la elección de la pareja.
  5. Depósito de la parte “psicótica” de la personalidad (esencialmente de lo simbiótico) en el sistema de pareja y familiar.

A partir de estos aportes se reconoce sistemáticamente la necesidad de cuestionar la noción individualista y de no atribuir el conflicto de pareja de manera unilateral, surgiendo la tendencia de considerar este tipo de vínculo como un “todo” o un “sistema” como lo enuncian las teorías de la comunicación. El vínculo de pareja es más que la suma de sus partes, es un sistema dentro de otros sistemas, mantenido por la dinámica, la inestabilidad y el equilibrio de las dependencias, las luchas de poder, las peleas, los distanciamientos, la actividad sexual, la organización de tareas, la relación con la familia de origen, entre otros.

La teoría de comunicación ha permitido observar que las relaciones de pareja son interdependientes en forma circular y se selecciona a la pareja sobre  la base de la complementariedad (ambos tienen necesidades opuestas pero complementarias) o la simetría (eligiendo quien tiene necesidades similares). Los miembros de la pareja parecen desempeñar recíprocamente funciones psíquicas y hacer alianzas inconscientes. Por otro lado, las personas tienden a vincularse amorosamente con quienes están en el mismo nivel de diferenciación psíquica, aunque paradójicamente, pueden tener pautas de organización defensiva opuestas.

Desde esta perspectiva, Campuzano (2001) refiere que suele predominar en las parejas la elección caracterológica complementaria defensiva (un hombre obsesivo con una mujer histérica); la elección caracterológica simétrica defensiva (un obsesivo con una fóbica) o la elección simétrica por debilidad (ambos cónyuges comparten una problemática semejante). Willi (1978) organiza una tipología de parejas con base en esta última modalidad, es decir, la tendencia de los seres humanos a ser atraídos por compañeros que poseen patrones opuestos de organización psíquica defensiva (progresiva o regresiva), aunque en un tema del desarrollo conflictivo para ambos.

El término de colusión puede ser sustentado bajo estas premisas. Colusión es un término utilizado por Willi (1978) para describir el juego conjunto no confesado, oculto recíprocamente, de dos o más compañeros a causa de un conflicto fundamental y similar no elaborado. Este conflicto actúa en diferentes papeles, lo que permite tener la impresión de que uno de los miembros es lo contrario del otro, pero se refiere sólo de variantes polarizadas del mismo conflicto. La pareja en el consultorio expone sus historias con ideas aparentemente incompatibles, en ocasiones las diferencias entre ambos se perciben inconmensurables. No obstante, la conexión en el conflicto fundamental y similar favorece los intentos de curación individual progresiva en uno de los miembros y regresiva en el otro, esperando que cada uno de ellos le libere de su propio conflicto. Ambos creen estar asegurados por su pareja en la defensa contra sus propias angustias, hasta tal punto que creen posible una satisfacción de la necesidad, no alcanzada hasta entonces. Las demandas al establecer un vínculo colusivo son altos. Los miembros de la pareja plantean demandas insostenibles e imposibles, sus raíces derivan de su historia familiar e infantil.

Las defensas progresivas y regresivas se fundamentan en los paralelos psicológicos que tiene el vínculo de pareja con la relación parental de la primera infancia. Como sujetos que establecen un vínculo amoroso, ya no están en una posición de niños, pero tampoco de adultos maduros. Por tanto, en la relación de pareja existe ambivalencia, apuntando por un lado a la regresión (retorno de la infancia) o a la progresión (comportamiento adulto). Las parejas atraviesan por regresiones y progresiones donde la ambivalencia desempeña un papel fundamental.

En las relaciones de pareja, unos se inclinan a fijarse en un comportamiento regresivo y a rechazar toda exigencia de conducta progresiva, esperando la satisfacción constante de sus necesidades de cuidado, dedicación, cariño y pasividad. En cambio, otros pretenden realizar una tarea superior al pretender “ser adultos”, evitan toda forma de comportamiento considerado infantil y se esfuerzan por parecer fuertes, maduros, superiores, con control de sus sentimientos, eludiendo la propia debilidad. Esta actitud sobrecompensadora no es más que una formación reactiva, por tanto, la actitud progresiva significa pseudo-madurez y no una madurez auténtica.

Algunos miembros de la pareja se fijan en la actitud regresiva por miedo al castigo y a que se le exija demasiado en el caso de que pretendan para sí formas de comportamiento más maduras; otros se fijan en la progresiva porque la regresiva les avergüenza. En los vínculos de pareja se encuentra con frecuencia la unión de un compañero que tiene necesidad de progresión con otro que precisa la satisfacción regresiva. Estas defensas se fortifican y fijan el uno ante el otro porque se necesitan mutuamente de esas funciones.

Para concluir, se precisa plantear algunas aproximaciones clínicas del sufrimiento en la pareja, muchas de ellas ya referidas anteriormente: Los miembros de la pareja sufren no sólo como individuos, sino como participantes de una terceridad; sus historias están cruzadas en diferentes coordenadas: el grado de diferenciación psíquica, las fijaciones libidinales, los conflictos preedípicos; desde trincheras diferentes se defienden pero comparten una angustia similar. Su drama consiste en el desconocimiento de los motivos inconscientes que los vinculan y que los hace aparecen fuera de escena, apelando a que el otro satisfaga una necesidad primaria imposible. Si las parejas se confrontan con la imposibilidad ¿qué hacen juntas?

Los miembros de la pareja encuentran una forma diferente de representarse a ellos mismos, desmienten la herida narcisista, la imagen devaluada y el contenido vergonzoso que deviene de la insatisfacción de sus ideales; la pareja encuentra modos diferentes de representar la realidad, el compañero aporta una mirada distinta de significarla y ello puede ser alentador para la repetición, el aislamiento y la muerte psíquica; la pareja encuentra modos de integrar una imagen de unión, de comunión, de fusión, desmintiendo con ello la muerte, los límites imaginarios y simbólicos; la pareja encuentra en esta unión una esperanza de salvación, ser liberado de sus conflictos, ser protegido ante sus amenazas, convenir con alguien más en sus utopías e ideales, en el supuesto de que ahora son más alcanzables…

Por supuesto, estos encuentros son confrontados por la imposibilidad, si existe una satisfacción de los mismos sólo es parcial. El efecto de ello puede ser doloroso, ya que genera insatisfacción y angustia que en los consultorios se traduce en reclamos y objeciones al otro. El ser humano no cesa de convocar la imposibilidad en sus actos, sus elecciones, motivaciones, deseos, ensoñaciones, vínculos, ideales, afectos. Quisiera todo para sí, la omnipotencia aguarda en cada acto una resolución final. Sin embargo, mientras estos encuentros se mantengan como necesidades irresolubles, mientras que haya un espacio para que el deseo pueda emerger, el sufrimiento psíquico de los miembros de la pareja se aloja en la condición de falta.

 

Referencias

Campuzano, M. (2001). La pareja humana, su psicología, sus conflictos, su tratamiento. Ciudad de México: AMPAG y Plaza y Valdés

Freud, S. (1905). Tres ensayos de una teoría sexual. Obras completas, tomo VII. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo. Obras completas, tomo XVII. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Willi, J. (1978). La pareja humana: relación y conflicto. Madrid, España: Morata.

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) El sufrimiento humano Fri, 30 Jun 2017 02:25:13 +0000
Nuevas parejas de padres, nuevas familias. http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/178-nuevas-parejas-de-padres-nuevas-familias http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/178-nuevas-parejas-de-padres-nuevas-familias Nuevas parejas de padres, nuevas familias.

En nuestro mundo actual, ya no puede pensarse en un sólo tipo de familia o en un único modelo de ser padres. Existen muchos modos de organización y funcionamiento en las familias y formas por las cuales se puede acceder y efectuar dicha función. Por tal motivo, se encuentra en debate y discusión cuáles son los elementos estructurantes para constituir una paternidad y el nivel de participación que tiene la genética, la gestación, la adopción o la función simbólica en ello.

 

Roberto Vargas Arreola

En nuestro mundo actual, ya no puede pensarse en un sólo tipo de familia o en un único modelo de ser padres. Existen muchos modos de organización y funcionamiento en las familias y formas por las cuales se puede acceder y efectuar dicha función. Por tal motivo, se encuentra en debate y discusión cuáles son los elementos estructurantes para constituir una paternidad y el nivel de participación que tiene la genética, la gestación, la adopción o la función simbólica en ello.

Brand (2008) plantea que el siglo XX estuvo, en buena medida, constituido por estructuras. La familia, considerada la célula de la sociedad, fue la base de esta estructura: Un movimiento en la familia implicaba un giro en la sociedad. El modelo sobre el cual se constituyeron estas familias, según Brand (2008), fue el patriarcal, estructurado con roles bien definidos para el hombre y la mujer. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, en la cual murieron en gran medida hombres jefes de familia, se hizo evidente que la estructura se conserva en el discurso, no así en la práctica, ya que las mujeres se vieron obligadas a cumplir una doble función. En un primer momento se luchó por conservar la estructura, pero al paso del tiempo y la sucesión de las generaciones se probó que los roles no son constitutivos sino construidos (Brand, 2008).

Brand (2008), por otra parte, plantea que los años sesenta y setenta sacudieron a la sociedad occidental, el discurso sobre la familia empezó a tambalearse, los años ochenta abrieron la compuerta a una avalancha de divorcios imposibles de evitar y con ello, desde la mitad del siglo XX, algunos teóricos previeron esta transición y propusieron una nueva epistemología: El enfoque sistémico ha caminado paralelamente al estructuralismo, los sistemas dinámicos han sustituido a las rígidas estructuras, ahora se piensa más en términos de organización que de institución y se han cuestionado los remotos orígenes estructurales proponiendo la actualidad de la auto-organización. De este modo, hablar de familias requiere un análisis casuístico en función de que los roles ya no dependen de atributos predeterminados, ni de características anatómicas, sino de funciones definidas y organizadas por los propios sistemas (Brand, 2008).

Para Alizade (2010) la familia nuclear basada en la madre y el padre como progenitores estables fue el modelo de crianza de los cien primeros años del psicoanálisis, siendo un modelo familiar inamovible. De este modelo se constituyó el mito de Edipo, siendo el hijo triangulado por el deseo y la prohibición impuesta por sus padres. Según la autora, la diada heterosexual era hegemónica y las teorías giraban en torno a la triangulación edípica y la narcisización en el desarrollo del niño.

Hoy en día este escenario es más complejo y es presa de cuestionamientos y debates: La visión romántica de la familia nuclear se confronta con una realidad multiforme (Alizade, 2010). La definición de la familia biológica fundada en el género, el sexo, en las leyes del parentesco y atravesada por el mito edípico, está siendo sustituida por un modelo contemporáneo múltiple y con relaciones familiares horizontales (Reyes, 2008).

Según la autora, desde los años sesenta, con la irrupción del movimiento hippie, el matrimonio heterosexual monogámico ha perdido el monopolio en la familia occidental y el cuidado de los hijos no ocurre siempre dentro de la llamada familia tradicional. La familia “nuclear o natural” ya no es el único modelo, haciéndose posible el cambio del término de la “Familia” a las “familias”.

Ferrández (2008) plantea que la transformación de la realidad social, en lo que concierne a las formas de parentesco y de filiación, está operando cambios en los últimos decenios que implican una dispersión y multiformidad de ensamblajes familiares. Para el autor, el viejo debate sobre las consecuencias de la separación y el divorcio parental en el desarrollo del niño, ha eclosionado en otro de mayor espectro, el cual pone en discusión la influencia y la determinación de los diferentes modelos familiares en el desarrollo del niño (Ferrández. 2008).

Nicoló (2008) propone que las nuevas formas familiares están también caracterizadas por procesos complejos y no automáticos, que requieren de tiempo propio y recursos específicos. Las clásicas organizaciones de la familia, basadas sobre los modelos relacionales pre-constituidos y orientados por las convenciones sociales y por exigencias normativas o morales se han puesto en discusión. Las motivaciones actuales se han hecho camino para orientar la elección consabida del partner como la afectividad en el vínculo, el deseo de experimentarse a sí mismo en modo autónomo y fuera de influencias culturales, institucionales o religiosas.

Alizade (2010) considera que tener un hijo se considera un derecho humano y el deseo de conformar una familia se expresa en grupos de personas neosexuales, diferentes, no sexualmente convencionales. Se trata de personas deseosas de armar un nido de vínculos primarios, más allá de sus identidades de género o de sus elecciones de objeto. Estas expresiones de constituir una organización familiar fuera del marco social y cultural establecido hace siglos, constituye un movimiento de liberación que Alizade (2010) denomina <<liberación de la parentalidad>>.

La liberación de la parentalidad, como lo anuncia Alizade (2010), se trata de una nueva liberación, tal como lo fuera la liberación femenina en el siglo XIX y como tal, produce conflictos y controversias. ¿Qué tipo de cambios sociales está provocando?

Desde mi punto de vista, el cambio en la parentalidad está conllevando a una mayor apertura en la diversidad de tipos de familias, sin embargo, dicha apertura presenta en sí misma una mayor complejidad ya que está conduciendo a la dificultad de trazar límites y fronteras, haciendo que las funciones parentales sean contingentes y se coloque en primer plano al sujeto (con la connotación narcisista que trae consigo) frente a los embates y desafíos del mundo global. De este modo, las fronteras del individuo con el sistema familiar y social son más débiles y permeables.

Según Alkolombre (2010) en la actualidad es necesario pensar no sólo en las nuevas configuraciones familiares –monoparentales, reconstruidas, homoparentales- que coexisten con las familias tradicionales, sino en los efectos de la ruptura que conlleva la implementación de las técnicas reproductivas. Esto implica, para la autora, cuestionarse quiénes serán los padres de los niños en el ejercicio de sus funciones parentales, aunque especialmente el modo en que éstos son gestados y llegan al mundo. Para Alkolombre (2010) en este hecho nos encontramos con elementos inéditos, nuevas formas de concebir, algo sin precedentes en la historia y que hacen visibles nuevas interrogantes y enigmas por resolver.

Alkolombre (2010) propone que son tantas y tan variadas las formas de nacer hoy que en el mundo contemporáneo somos testigos de la aceptación que ha adquirido la implementación de las técnicas de reproducción asistida. Desde hace treinta y dos años, cuando nacía Luise Brown, la primera bebé de probeta en el mundo, inició esta travesía donde el ser humano puede rebasar sus límites y crear vida en forma extra-corpórea, y de este modo diferir, modificar y combinar distintos modos de acceder a una parentalidad (Alkolombre, 2010).

Nicoló (2008) propone que todos estos elementos echan luz sobre la centralidad de la elección subjetiva. Para la autora ya no existen más ligaduras de sangre u obligaciones institucionales que constriñan en la mayor parte de los casos. Esto tiene naturalmente su contrapeso en ciertas formas de fragmentación familiar, como las repetidas separaciones conyugales, las familias pluri-reconstituídas, que también por el cambio pueden representar una renovación sustitutiva en el caso de carencias parentales, donde por ejemplo el nuevo compañero de uno de los genitores puede desplegar una función genitorial vicaria, carente en la pareja originaria.

La genitorialidad para Nicoló (2008) es un concepto que alude a la paternidad biológica e implica en sí misma un proceso de transformación. El embarazo, además de ser un evento físico, es también un evento psicológico que se suscribe a un proceso de preparación, para con ese niño próximo a nacer, donde se yuxtaponen afiliaciones, fantasías, proyecciones, deseos y expectativas de los padres. Ser padres tiene que ver con un trabajo, “una necesidad - oportunidad” decía Winnicott (en Nicoló, 2008), y llegar a ser padre es un proceso de transformación de la identidad.

 

Para consultar bibliografía:

Alizade, M. (2010, 1 de junio). La liberación de la parentalidad en el siglo XXI. Imago Agenda. Recuperado de: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1323

Alkolombre, P. (2010, junio). Neoparentalidades hoy ¿Qué hay de nuevo? Imago Agenda. Recuperado de: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1324

Brand, J. (2008, julio). Familias: pluralidad necesaria. Revista Intercontinental de Psicología y Educación, vol. 10 (2), pp. 5-8

Ferrández, E. (2008, 31 de mayo). Adopción y parentalidad. Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid. Recuperado de: http://centropsicoanaliticomadrid.com/index.php/revista/68-numero-16/135-adopcion-y-parentalidad

Nicoló, A. (2008, junio). ¿Nuevas formas de genitorialidad? Reflexiones a partir de un caso de procreación asistida. Psicoanálisis e intersubjetividad. Recuperado de: http://www.intersubjetividad.com.ar/website/articulo.asp?id=193&idd=3

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Thu, 06 Apr 2017 02:00:04 +0000
Ansiedades tempranas y creencias familiares subyacentes en el psicoanálisis de un niño. http://psic.mx/index.php/transiciones/los-sistemas-de-creencias-en-la-psicoterapia-n-5/item/172-ansiedades-tempranas-y-creencias-familiares-subyacentes-en-el-psicoanalisis-de-un-nino http://psic.mx/index.php/transiciones/los-sistemas-de-creencias-en-la-psicoterapia-n-5/item/172-ansiedades-tempranas-y-creencias-familiares-subyacentes-en-el-psicoanalisis-de-un-nino Ansiedades tempranas y creencias familiares subyacentes en el psicoanálisis de un niño.

Cuando recibimos a un niño en psicoterapia, no recibimos sólo su disposición para analizar sus ansiedades a través del juego. Recibimos al mismo tiempo las creencias que el infante y su familia tienen sobre el estado afectivo en el que se encuentra y el que se pretende alcanzar, haciendo uso del dispositivo psicoanalítico. A veces es confuso determinar quién está en terapia; por momentos, los padres también son sujetos que se cuestionan diferentes aspectos a partir del análisis de sus hijos. Estas creencias familiares son fundamentales ya que tienen un lugar en las entrevistas, pero también en el consultorio y en el proceso psicoanalítico mismo.

 

Roberto Vargas Arreola

 “Las condiciones bajo las cuales se puede dominar la ansiedad son tan específicas como las condiciones bajo las cuales se puede amar, y ambas están íntimamente ligadas”.

M. Klein

Cuando recibimos a un niño en psicoterapia, no recibimos sólo su disposición para analizar sus ansiedades a través del juego. Recibimos al mismo tiempo las creencias que el infante y su familia tienen sobre el estado afectivo en el que se encuentra y el que se pretende alcanzar, haciendo uso del dispositivo psicoanalítico. A veces es confuso determinar quién está en terapia; por momentos, los padres también son sujetos que se cuestionan diferentes aspectos a partir del análisis de sus hijos. Estas creencias familiares son fundamentales ya que tienen un lugar en las entrevistas, pero también en el consultorio y en el proceso psicoanalítico mismo. Los niños tienen una historia relatada por sus padres de las que, por momentos, se quisieran desprender, pero que también conforman los primeros esbozos de su imagen y su identidad. El peligro de no escuchar las creencias familiares consiste en “de-subjetivar” al niño y extraerlo de su contexto. En todo caso, habrá que comprender en qué están sostenidas estas creencias o qué función tienen en la problemática del niño.

Para ejemplificarlo, se presenta a continuación un caso:

Matías

Matías, niño de 5 años, acude a psicoterapia infantil por un asunto que, en palabras de sus padres, fue nombrado como “timidez” e “inseguridad”. En la exploración del motivo de consulta, Mariana y Juan Carlos, padres de Matías, relataron que el niño habla como “bebé” y en ocasiones también se comporta como tal. El padre planteó, entre sus expectativas a la terapia, que el niño pueda ser más “seguro de sí mismo” ya que quiere que haga deporte y sea competitivo, aspectos que él hizo en su infancia y adolescencia. La madre estuvo de acuerdo con ello, aunque señaló que Juan Carlos lo consiente y sobreprotege, por lo que él mismo tendría que hacer cambios para que Matías se comporte de manera más independiente y segura. La sobreprotección del padre a Matías es un tema central que conforma una serie de creencias en torno al niño.

Juan Carlos reconoció en algunos momentos ser sobreprotector ya que “no le gusta que otras personas regañen a Matías”; a su parecer, sólo él y la madre tienen la autoridad de hacerlo. Asimismo, también lo sobreprotege para defenderlo de Omar, medio hermano de Matías, quien –a decir del padre- le pega a escondidas y Mariana no se da cuenta o no hace nada. Así, descalifica a Mariana en su esfuerzo por poner límites, aduciendo a que se va a los “extremos” entre ser muy laxa o muy estricta.

Matías proviene de una familia reconstituida compuesta por sus padres, una hermana menor de 2 años (Alondra) y un medio hermano de 10 años (Omar), producto de una relación previa de Mariana. A su vez, Juan Carlos también tiene un hijo producto de una relación previa (Carlos), quien tiene 11 años y vive con su mamá.

Una de las principales dificultades para la familia de Matías es definir quiénes son los que componen el grupo familiar y especialmente los roles que se ejercen; por ejemplo, la relación entre Juan Carlos y Omar, padrastro e hijastro, ha sido ambigua, ríspida y conflictiva. Esto, a su vez ha conllevado a que Juan Carlos y Mariana tengan diversas discusiones ya que ésta le demanda que tenga una actitud más cercana con Omar.

Al momento de conformar una familia, Mariana y Juan Carlos establecieron que ella se haría cargo de las necesidades de Omar ya que era su hijo, sin embargo, conforme se fueron desarrollando éstas, surgió la necesidad de la figura de un padre, demandando la presencia de Juan Carlos. Sin embargo, el acuerdo previo los había llevado a que mientras Mariana se ocupaba de Omar, Juan Carlos se encargaba de Matías y éste no estaba de acuerdo en “soltar” a su hijo para responsabilizarse de alguien que no lo era.

Así, Matías llegó a terapia como un niño miedoso, sobreprotegido por su padre, tímido y retraído en la escuela.

Algunos apuntes clínicos

Para Klein (1926), el niño expresa sus fantasías, deseos y experiencias de un modo simbólico por medio de juegos y juguetes. Al hacerlo, utiliza los mismos medios de expresión arcaica y filogenética que es familiar en los sueños. Matías, de ese modo, utilizaba todos los medios que tenía a su alcance para competir conmigo en la terapia, buscando siempre vencerme y ganar. Hacía todo tipo de trampas y fantaseaba con tener “súper-poderes” de diferente naturaleza con los que intentaba situarse como vencedor.

Sin embargo, existía también un aspecto privado que contenía miedos primitivos y que representaba en monstruos escondidos en una caja arriba de un librero. Por momentos Matías hacía que la sesión se silenciara esperando que el monstruo hiciera algún ruido o diera algún indicio de su presencia. Los padres posteriormente relataron que Matías había tenido pesadillas con monstruos por lo que resolví en trabajar sobre esto, diciendo que dentro de esa caja existían sólo juguetes que lo aguardaban dormidos mientras él se iba a casa y que sólo en el consultorio podía él hacerlos despertar.

Igualmente los miedos eran representados en las “brujas”, muñecas a las que desnudaba y que lo atacaban intempestivamente, pero que siempre lograba ganarles a través de sus poderes mágicos. Las brujas, a su vez, eran la imagen devaluada que tenía de la mujer, introyecto del padre, ya que después de desatar su enojo hacia ellas pronunciaba sentencias como “vas a morir vieja chancluda”, haciendo referencia a un programa infantil de televisión.

La devaluación hacia las imagos femeninas también lo fue descolocando de una imagen pasiva de sí mismo, identificada con la madre, con ser un bebé, con la preconcepción de “pérdida”. De hecho, continuamente hacía alusión a que él era “el niño” y yo “la niña”, él era “el fuerte” y yo “el débil”, él era “el que gana” y yo “el que pierdo”. Así, se sostiene la premisa fundamental de Klein (1926) sobre el análisis de niños: En los juegos se actúa en lugar de hablar.

Klein (1926), por otro lado, plantea que las interpretaciones son fácilmente aceptadas por el niño y a veces con marcado placer debido a que la relación entre los estratos inconscientes y conscientes de su mente es estrecha y accesible, y el camino de regreso al inconsciente es más fácil de encontrar. Por tal motivo, ante los juegos de Matías  interpreté que por momentos puede sentirse tan incapaz de enfrentarse a sus miedos que necesita crear súper-poderes con los que pueda vencerlos, entre ellos recuperar su voz de niño para dejar a un lado su voz de bebé. 

El siguiente paso fue ponerle nombre a sus miedos. De este modo surgió la imagen de un medio hermano celoso que no lo dejaba ser el centro de atención de sus padres y con el que por la diferencia de edades (Matías de 5 años y Omar de 10) siempre le ganaba. Omar era una fuente importante de sus miedos ya que podía, principalmente, robarle el cariño de su mamá.

Para Klein (1926), a veces nos encontramos con resistencias difíciles de vencer lo que, por lo general significa que nos estamos enfrentando con la ansiedad y el sentimiento de culpa del niño, que pertenecen a la capas más profundas de su mente. Así, después de hacer todo tipo de ataques hacia mí, por competir con él como lo hace Omar, me protegía de su agresión dándome lo que a él le sobraba, apenas pequeños cubos para hacerme de una recámara mientras él gozaba de una mansión enorme y grandiosa.

Este juego gobernado por el sentimiento de culpa subyacente no era suficiente para disminuir su ansiedad ya que él seguía poseyendo todo lo que había a su paso. Así, opté por interpretarle el lugar en el que me colocaba como representación de Omar, (desprotegido y solo) y al reconocer estos sentimientos en él mismo, lograba atender a mi necesidad y darme más cosas para construir una casa como la de él.

Según Klein (1926), cuando el análisis ha comenzado y las interpretaciones han disminuido la ansiedad, el niño experimentará un gran alivio. Tendrá mayor capacidad en distinguir la realidad de la fantasía, distinguiendo por ejemplo entre su madre verdadera y la imaginaria, o entre su hermano real y el de juguete. En Matías, de tener miedos difusos y sin nombre, logró verbalizarlos y jugar con todos los miembros de su familia, presentándolos de la siguiente manera:

  • Papá representado como un hombre bueno, sin autoridad
  • Mamá representada como una mujer enojona y preocupada por Omar
  • Omar representado como un hermano mayor con más fuerza y libertad, pero solo y carente de cosas materiales
  • Alondra representada como un bebé y después como una niña traviesa
  • Abuelos representados como dos personas bondadosas, sin autoridad
  • y Matías, representado como un niño ganador, con una increíble capacidad de salir o escaparse de situaciones de control y de límites.

Así, en la psicoterapia con Matías comenzaron a avecinarse algunos cambios. Si bien había disminuido su ansiedad hacia los miedos, éste se había desplazado hacia la situación de control. Ya no dejaba que le pusieran límites, retaba a sus padres y actuaba de manera voluntariosa. En sus juegos hablaba de irse a un lugar lejos, tomaba un globo terráqueo y buscaba cualquier país diciendo que ahí se iba a vivir solo, ya que no se llevaría a su familia. Se hacía ver como un niño totalmente independiente y cuando le hablaba desde la preocupación de sus padres no se inmutaba e incluso disfrutaba del malestar que despertaba en ellos. Sólo por momentos se acordaba de Omar, con quien regresaba para competir o para salvarlo de una situación peligrosa.

Para Klein (1926), los niños neuróticos no pueden tolerar bien la realidad debido a que son incapaces de aceptar las frustraciones. Buscan protegerse de la realidad, negándola. Pero lo más importante y decisivo para su futura adaptación a la realidad es la mayor o menor facilidad con que toleran esas frustraciones surgidas de la situación edípica.

Al respecto, Matías restablecía esta situación edípica cuando salía del consultorio y buscaba a su padre, quien, en la fantasía, lo protegía de su agresión y su ansiedad. Con su madre no podía contar de modo suficiente ya que el padre no dejaba que ésta se cruzara en una relación donde él recibía una gratificación narcisista. Pese a eso, Matías fue buscando a su madre en la realidad, no así en el juego, a través de pelearse con su papá, ser “contestón” e irreverente, no aceptar los límites que le ponía, llegando incluso a la agresión. Así, buscaba “cobijarse” en su madre, sin embargo, la misma dinámica familiar conllevó a que Juan Carlos peleara con Mariana por el cariño de Matías.

Esta situación de agresión fuera del setting permitió que Juan Carlos reconociera la sobreprotección con la que estaba educando a Matías y que con ello no le estaba permitiendo crecer. Comenzó a acercarse más a Omar, saliendo con él al cine y comprándole las mismas cosas que le compraba a Matías. Esto facilitó que por un tiempo Matías y Mariana se acercaran más, pero casi inmediatamente volvieron a una situación anterior cuando Mariana descubre una posible infidelidad de Juan Carlos, volviendo a sus roles habituales donde Mariana se hace cargo de Omar y Juan Carlos de Matías, echándolos a pelear entre sí como manera de reproducir los ataques que existen entre ellos.

Matías entonces volvió a sus primeras inseguridades, tuvo dos episodios de enuresis debido a la ansiedad que sintió por esta situación. Lo vivió como una especie de despedida a la madre donde tenía que resignarse a ser protegido sólo por su padre. Juan Carlos comenzó a presionarlo en el ámbito de la escuela y del deporte, exigiéndole que destacara en el futbol más allá de que sintiera placer por jugar. Así, lo echaba a pelear con Omar, quien llevaba más tiempo de practicar el deporte y jugaba mejor.

Matías ante estas inseguridades se refugió en el juego con Alondra, con quien por edad  tenía más capacidad de ganar. Sin embargo, presentaba mucho enojo ante situaciones de presión y control, descargándolo en el juego a través de pegarme con una caja. Desde mi lugar como terapeuta, toleré su agresión para contenerlo y resolví que hablara sobre su enojo a través un muñeco con el que se identificaba. Le dije que éste me había revelado algunos secretos sobre cómo se sentía. Así pudo decirme que siente que no sabe hacer las cosas, lo cual le enoja y odia a quien cree que puede ser mejor que él.

Hicimos posteriormente un mándala que comenzó a recortar mal y ante mi observación siguió cortándolo de forma incorrecta diciendo que lo estaba haciendo bien. Entonces resolví en decirle que no estaba bien cortado, desatando su furia contra mí. Fue entonces que pude interpretarle que para sus papás las cosas que hace están mal y ya está harto de esa situación, pero tampoco se esfuerza por hacerlo de otra manera.

Para Klein (1926), el análisis del juego, no menos que el análisis de adultos, al tratar sistemáticamente la situación presente como una situación de transferencia y al establecer sus conexiones con la situación originariamente experimentada o fantaseada, da la posibilidad a los niños de liberar y elaborar la situación originaria en la fantasía, resolviendo fijaciones y corrigiendo errores del desarrollo que habían alterado la línea evolutiva. Considero que he fungido como el catalizador de los miedos, los enojos y las frustraciones de Matías con el fin de devolvérselos de una forma más elaborada.

Sin embargo, Klein (1926) refiere que aun cuando comienzan por manifestar una actitud positiva frente al análisis debemos prepararnos a la manifestación de una transferencia negativa tan pronto como aparece un material complejo. En estos casos, el analista debe asegurar la continuación del trabajo analítico y establecer la situación relacionándola a él mismo, retrotrayéndola al mismo tiempo a objetos y situaciones originarias por medio de interpretaciones, resolviendo así cierta cantidad de ansiedad.

En ocasiones, Matías ha presentado miedo hacia el espacio analítico, lugar donde explora sus ansiedades, temores y preocupaciones. Algunas veces, cuando lo recibo se esconde de mí, detrás de su papá. En algunas sesiones acude al baño para asegurarse que éste aún se encuentra ahí ya que es presa de la ansiedad que le provoca estar consigo mismo o conmigo -como su terapeuta-, fuente que le devuelve sentimientos de inseguridad, equivalente a que sus miedos lo puedan vencer.

Para Klein (1926), la interpretación puede gravitar en algún punto de urgencia y abrir una vía de entrada al inconsciente. Este punto de urgencia, para la autora, se hará evidente por la multiplicidad y frecuente repetición, a menudo bajo diversas formas, de las representaciones del mismo “pensamiento de juego”. Así, repite una situación en la que me “gana” como una necesidad de salvaguardar su narcisismo y dotarlo de fuerza, aunque a veces “olvida” la agresión que deposita sobre mí o sobre sus representaciones parentales internalizadas, como se olvida de sus padres cuando en el juego escapa a otro país.

De acuerdo con Klein (1926), la ansiedad provocada en el niño por sus impulsos agresivos destructivos opera de dos maneras: 1) lo hace temer ser exterminado por esos mismos impulsos, o 2) focaliza esos temores sobre su objeto externo, contra el cual se dirigen sus sentimientos sádicos, como origen del peligro. De esta segunda manera es como Matías exterioriza su agresión, apenas con algunos sentimientos de culpa y ciertas conductas reparatorias como “rescatar” a Omar (o rescatarme a mí) de sus ataques y olvidos.

Para Klein (1926), en los primeros estadíos del análisis, la proyección de las imágenes aterradoras en el mundo externo transforma este mundo en un lugar de peligro y a sus objetos en enemigos; mientras la introyección simultánea de objetos reales, bien dispuestos para con él, trabaja en dirección contraria y disminuye la fuerza de su temor. Esta dirección considero que es la fuerza de la psicoterapia ya que al tomar en cuenta las creencias que se presentan en el sistema familiar, Matías desea encontrar en el espacio de juego una fuerza que lo ayude a crecer y vencer sus miedos, pero también en reconocer sus límites y enfrentarse a la castración.

Klein (1926) señala que la razón por la cual el niño necesita tener siempre a la madre junto a sí, es no sólo para convencerse de que ella no muere, sino de que ella no es una madre “mala” que lo ataca. Requiere de la presencia de un objeto real para combatir el miedo a los aterradores objetos introyectados y a su superyó. A medida que avanza su relación con la realidad, el niño hace un uso creciente de sus relaciones con los objetos. Matías por ello necesita de un padre real que lo proteja, pero también de una madre que esté presente y a unos padres que no compitan por el amor de su hijo.

Igualmente considero que necesita de mí como su terapeuta para enfrentarse con una persona real y que gradualmente caigan las fantasías puestas en relación a la competencia fraterna y el triunfo del amor de mamá. Así, como pronuncia Klein (1926), la ansiedad estimula el desarrollo del yo como una función elaborativa y las condiciones bajo las cuales se puede dominar la ansiedad son tan específicas como las condiciones para amar, integrar y reparar a sus objetos. Finalmente, haciendo uso de las fantasías inconscientes, el niño puede elaborar y resarcir los imagos y los vínculos antes atacados.

Apunte final

La clínica psicoanalítica está sostenida de discursos, si bien el niño está en el proceso de acceder a la simbolización vía el lenguaje, encuentra en el juego una forma de hablar y habitarse a sí mismo. Escucharlo equivale a escuchar el discurso de sus padres, sus temores, obsesiones, deseos, creencias, conflictos y necesidades. Aún faltarán algunos años para que el niño pueda preguntarse sobre su deseo, más allá del deseo de los padres. Es por ello que las creencias familiares tienen un papel crucial en la psicoterapia infantil. En el caso de Matías, ¿en qué lugar está sostenido? Al parecer en un deseo paterno que demanda lealtad, que promueve la competición y el triunfo, un control del que quiere salir para acceder al amor de su madre, cuyo tránsito le genera miedo, desconcierto, inseguridad, culpa y ansiedad. Hay conflictos entre los padres que se manifiestan en la competencia entre los hermanos donde Matías desearía que al acceder al amor materno, no pierda el amor paterno; o bien, que al buscar a la madre, haya un lugar para él, y no encuentre a una madre absorbida por el amor a Omar; formas en las que los padres, hasta el momento, intentan resolver sus asuntos.

Referencias

Klein, M. (1975). Fundamentos psicológicos del análisis del niño. Obras completas, vol. II. Paidós: Argentina.

Klein, M. (1975). La técnica del análisis temprano. Obras completas, vol. II. Paidós: Argentina.

Klein, M. (1975). Primeros estadios del conflicto de Edipo y de la formación del Superyó. Obras completas, vol. II. Paidós: Argentina.

 

Klein, M. (1975). El significado de las situaciones tempranas de ansiedad en el desarrollo del Yo. Obras completas, vol. II. Paidós: Argentina.

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Los sistemas de creencias en la psicoterapia Sun, 19 Feb 2017 22:51:53 +0000
“Comunidad Terapéutica: Guía para el Consejero Terapéutico en Adicciones” de Simón Tavera: Una revisión de sus postulados principales. http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/166-comunidad-terapeutica-guia-para-el-consejero-terapeutico-en-adicciones-de-simon-tavera-una-revision-de-sus-postulados-principales http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/166-comunidad-terapeutica-guia-para-el-consejero-terapeutico-en-adicciones-de-simon-tavera-una-revision-de-sus-postulados-principales “Comunidad Terapéutica: Guía para el Consejero Terapéutico en Adicciones” de Simón Tavera: Una revisión de sus postulados principales.

Simón Tavera Romero, antropólogo social y psicoanalista, nos ofrece un interesante libro cuyo fin es brindar las bases metodológicas para implementar un  tratamiento en adicciones basado en un modelo de comunidad terapéutica. Recaba una extensa bibliografía que argumenta el éxito de los procesos participativos en la atención de esta problemática con base en evidencias derivadas de los grupos de ayuda mutua y del enfoque de salud comunitaria.

 

Roberto Vargas Arreola

Simón Tavera Romero, antropólogo social y psicoanalista, nos ofrece un interesante libro cuyo fin es brindar las bases metodológicas para implementar un  tratamiento en adicciones basado en un modelo de comunidad terapéutica. Recaba una extensa bibliografía que argumenta el éxito de los procesos participativos en la atención de esta problemática con base en evidencias derivadas de los grupos de ayuda mutua y del enfoque de salud comunitaria.

Tavera (2016) considera que las políticas públicas en materia de prevención y tratamiento de las adicciones deben orientarse hacia revertir los factores de riesgo al evitar, por ejemplo, que un sujeto con consumo experimental se sitúe en prácticas de abuso y dependencia. Asimismo, los tratamientos especializados deben estar encaminados hacia la reinserción social y la reducción del daño, acercándose a la población más afectada, como los sujetos en situación de calle o privados de su libertad. Desde su punto de vista, es importante modificar la representación social del tratamiento como “castigo” a la situación de dependencia y, por el contrario, promover la resignificación del tratamiento como una ayuda en donde el sujeto adicto participa y tiene un lugar activo en su proceso de cambio.

El autor está en desacuerdo con las acciones informativas como modelo de prevención, así como en los tratamientos basados en una intervención extraordinaria, una larga conversación o seis semanas de tratamiento. Desde su perspectiva, la intervención debe ser una acción persistente en el tiempo para favorecer el cambio a una nueva organización interna y de interacción familiar y social; asimismo, el tratamiento debe ser integral, complejo, basado en una mirada sistémica, ecológica y en marcos teóricos multidisciplinarios.

Tavera (2016) considera que la problemática de la adicción se conforma de diferentes factores como la psicopatología del sujeto, el funcionamiento sintomático de la familia, el sistema comunitario que normaliza los patrones de consumo, así como la falta de cumplimiento en el reconocimiento de los derechos humanos por parte del Estado. Respecto al grupo familiar, sitúa ciertas relaciones que conforman el patrón adictivo, por ejemplo, una relación sobreinvolucrada entre el hijo adicto y su madre, en donde el padre se mantiene periférico. Por un lado, recibe el consentimiento de una madre en un vínculo francamente codependiente; mientras que por el lado paterno no obtiene sanciones que le restrinjan la conducta de consumo. De este modo, los miembros de la familia se organizan de tal modo que el síntoma recae en el hijo adicto, dejando de lado otras problemáticas.

Desde el contexto social y comunitario, el autor refiere que, en general, se carecen de factores de protección como una adecuada infraestructura urbana, el ejercicio de la seguridad pública y la existencia de espacios de participación juvenil y comunitaria. Aunado a ello, los factores de riesgo involucran el tráfico de armas, la distribución de drogas, la violencia urbana y los códigos de pertenencia a un grupo juvenil que normaliza el consumo de drogas.

El modelo de cambio que adoptan las comunidades terapéuticas se sustenta en los procesos participativos con el objetivo común de la abstinencia. Se hace uso de confrontaciones, reflexiones y consejería terapéutica a través de conceptos y técnicas del psicodrama, de los grupos de encuentro de Rogers, del psicoanálisis freudiano y del enfoque médico. El tratamiento tiene un punto de partida en el diagnóstico de la problemática, un punto de llegada en el cumplimiento del objetivo y una ruta para alcanzar estos cambios a través de la ayuda mutua donde los miembros de la comunidad trabajan de manera colaborativa para vencer las dificultades en el proceso (Tavera, 2016).

Desde mi perspectiva, este libro es un gran hallazgo en mi práctica clínica como psicoterapeuta. Comprende los elementos más importantes con los que empíricamente (sin tener sustentos teóricos sólidos) empleé en las comunidades de tratamiento con adolescentes en conflicto con la ley y en suplencias en la Unidad Hospitalaria de Naucalpan, perteneciente a los Centros de Integración Juvenil (CIJ). Considero que es un libro imprescindible para los consejeros terapéuticos que trabajan con población adicta y para los psicoterapeutas que estamos ansiosos por ampliar nuestra mirada clínica hacia la integración de modelos y técnicas que tengan efectividad en los pacientes. Recomiendo ampliamente su lectura.

 

Referencias

 

Tavera, S. (2016). Comunidad Terapéutica: Guía para el Consejero Terapéutico en Adicciones. México: Fundación Gonzalo Río Arronte, I.A.P.

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Mon, 05 Dec 2016 01:31:54 +0000
Suicidio, psicosis e ideal del yo: sus coordenadas psíquicas. http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-5/item/161-suicidio-psicosis-e-ideal-del-yo-sus-coordenadas-psiquicas http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-5/item/161-suicidio-psicosis-e-ideal-del-yo-sus-coordenadas-psiquicas Suicidio, psicosis e ideal del yo: sus coordenadas psíquicas.

Suicidio y psicosis son los temas centrales del presente trabajo. Mi propósito es aproximarme a los elementos psicodinámicos que están presentes en los actos suicidas, me apoyaré en la metapsicología freudiana, en la teoría de las necesidades del yo de Winnicott, así como en el discurso cultural contemporáneo. Sostengo la hipótesis de una participación fundamental del ideal del yo en ciertos casos de suicidio. Retomo los conceptos winnicottianos de “no vida” y “no integración” ya que considero que describen mejor la sensación de despersonalización e inexistencia que caracterizan los estados psicóticos. Las representaciones de muerte y desintegración conllevan, desde mi perspectiva, una elaboración simbólica a la que muchos pacientes psicóticos no acceden.

 

Roberto Vargas Arreola.

Suicidio y psicosis son los temas centrales del presente trabajo. Mi propósito es aproximarme a los elementos psicodinámicos que están presentes en los actos suicidas, me apoyaré en la metapsicología freudiana, en la teoría de las necesidades del yo de Winnicott, así como en el discurso cultural contemporáneo. Sostengo la hipótesis de una participación fundamental del ideal del yo en ciertos casos de suicidio. Retomo los conceptos winnicottianos de “no vida” y “no integración” ya que considero que describen mejor la sensación de despersonalización e inexistencia que caracterizan los estados psicóticos. Las representaciones de muerte y desintegración conllevan, desde mi perspectiva, una elaboración simbólica a la que muchos pacientes psicóticos no acceden.

Freud (1914) estableció una íntima relación entre la melancolía y la psicosis. Desde su perspectiva, el melancólico está conformado por una escisión. Por un lado opera un yo crítico y punitivo, y por otro lado, un yo presa de la identificación con el objeto perdido. La naturaleza de la pérdida, a diferencia del duelo, obedece a una pérdida temprana, con características ambivalentes y de índole narcisista. En el momento en que aconteció, aún no se alcanzaba un nivel de diferenciación con el objeto. En otros casos, a pesar de haberse logrado, la impronta que deja en el desarrollo conlleva a una regresión en donde la pérdida del objeto se convierte en una pérdida del yo. También podríamos incluir casos en los que ha predominado un vacío en la constitución yoica, de modo tal que el objeto perdido viene a ser introyectado como una suerte de canibalismo en donde se le otorga vida a partir del yo.  

Freud (1914) advirtió que la suma de autorreproches que caracterizan al melancólico, en realidad, están dirigidos al objeto perdido. El autocastigo y la autodenigración son manifestaciones de un superyó sádico que se descargan sobre un yo masoquista en la dinámica intrapsíquica, sin olvidar que una parte del yo está identificada con el objeto perdido. En otras palabras, el yo y el objeto perdido están indiferenciados y  la pulsión de muerte se vuelca contra el sí mismo, desconociendo representaciones yoicas y objetales. El yo está cosificado, es un objeto digno de maltrato, de juicios y de sentencias morales. Es un yo despersonalizado, desencarnado y desprovisto de subjetividad.

Para Freud (1914), el revés de la melancolía es la manía. Un estado de triunfo sobre el objeto perdido en donde se goza impetuosamente de una aparente liberación de controlar y someter al objeto por el que se ha estado esclavizado. La pulsionalidad desligada del objeto actúa sobre el yo, condición previa a la consumación del acto suicida en donde se requiere, por un lado, la cosificación yoica, y por otro el desborde pulsional sobre el yo. Los autorreproches del melancólico sólo son la antesala del acto que priva la vida, en estos lamentos aún existen inscripciones psíquicas que buscan  cadenas significantes; en el acto suicida aparece el fantasma de desprenderse del objeto sin advertir que el desprendimiento es de uno mismo.

Pereña (2005) refiere que la melancolía conduce al suicidio cuando no se acompaña de la reclusión narcisista en la que el yo se hace actor y escenario de la representación sadomasoquista derivada de la culpa sádica o desvergonzada del superyó. En otras palabras, la melancolía puede llevar al suicidio, siempre y cuando, no funcione el sadismo proferido por el superyó. Frente a la manía, el sujeto actúa sin barreras para el acto ya que si no encuentra una mediación simbólica a través del síntoma, la represión o la palabra, es simple pulsión de muerte que brota como una hemorragia imparable.

Tubert (2005) plantea el suicidio es un acto que puede comprenderse, no sólo a partir de la dinámica psíquica del sujeto que lo realiza, sino en función del orden simbólico en que está inmerso. En China, por ejemplo, se aceptaba el suicidio como protesta por una ofensa, mientras que en Japón como una manera de purificación frente al deshonor; en la India se acostumbraba la cremación voluntaria de la viuda del difunto, así como en el budismo se ha aceptado la cremación voluntaria de los monjes. En Occidente, el Derecho romano lo consideraba lícito, aunque luego fue penalizado por el Derecho medieval. El acto suicida está penalizado por las legislaciones de influencia anglosajona, exceptuando los casos de perturbación mental. Las legislaciones inspiradas en el modelo napoleónico, como la española, sólo castigan la eutanasia o el suicidio asistido. Sociólogos como Durkheim consideraron que el suicidio, así como la criminalidad, son síntomas de disgregación social (Tubert, 2005).

López Arranz (2011) refiere que el phatos o la modalidad de goce, entendido éste como la satisfacción pulsional en lo real y tomando como soporte el cuerpo, varía no solamente en función de los avatares de la constitución subjetiva, sino también, en relación con los cambios culturales. El sujeto se constituye desde el inicio en el campo del Otro, el cual, también será afectado por el acontecer sociocultural. Al respecto, la autora refiere que, derivado de la declinación de la función paterna a nivel simbólico, han dominado las leyes del mercado y el capitalismo que ofrecen modos de negar la falta. Así, el mercado brinda la posibilidad de lograr la satisfacción pulsional, existiendo pocas manifestaciones de límites simbólicos que permitan la emergencia del deseo.

De acuerdo con el INEGI (2015), más de ochocientas mil personas mueren por suicidio cada año a nivel mundial. México, en el 2013, registró 5,909 suicidios, que representan 1% del total de las muertes registradas. Así, se coloca como la décima cuarta causa de muerte, presentando una tasa de 5 por cada 100 mil habitantes. El 40.8% de los suicidios ocurren en adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años. Entre ellos, la tasa alcanza 7.5 suicidios por cada 100 mil jóvenes. Del total de suicidios ocurridos en 2013, 81.7% fueron consumados por hombres y 18.2% por mujeres. El ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación es el principal método de suicidio al presentar un índice del 77.3%. El principal lugar donde ocurren los decesos es dentro de la vivienda particular con una tasa del 74%.

La hipótesis que se sostiene en este trabajo alude a que la culpa, los autorreproches y los castigos del melancólico efectuados por un superyó punitivo y sádico han mudado de sentido a una expresión narcisista de vergüenza frente a la pérdida. Desde mi perspectiva, ya no impera el sentimiento de culpa que daba lugar a la denigración y la rebaja del yo. En los reproches del melancólico, en la actualidad, se escucha un sentimiento de vergüenza en donde coexiste la imposibilidad de internalizar al objeto (sin la influencia de la libido narcisista) y dar continuidad al yo (sin la influencia de la libido objetal).

Frente a la incidencia de conflictos preedípicos en la psicopatología contemporánea, convergen los precursores del superyó como las instancias ideales en tanto fuerzas intrapsíquicas que están en interjuego con el yo, la realidad externa y lo pulsional. El superyó ha quedado sujeto a un tiempo, como ha ocurrido con el síntoma neurótico. Mi interés es precisar el papel que tiene el ideal del yo como instancia que participa, de manera determinante, en los actos suicidas.

El ideal del yo es una instancia psíquica que condensa una representación narcisista y una representación objetal. En términos libidinales, ya se ha renunciado al narcisismo primario de donde proviene la instancia mítica del “yo ideal”, aunque la elección de objeto sigue siendo narcisista ya que aún no se alcanza la diferenciación con el objeto y éste, en términos fantasmáticos, tiene el fin de satisfacer necesidades no cubiertas en el desarrollo psíquico. Desde ahí, se gesta una idealización del objeto, aunque su contracara resguarda siempre una devaluación.

El ideal del yo implica a una otredad y un paso estructurante al proceso secundario. No obstante, la libido narcisista resguarda el yo de experimentar una pérdida. Cuando ocurre ésta, el narcisismo propio se retrae, pero enseguida la libido objetal no ligada se vuelca contra el yo por no cumplir las exigencias y demandas de un ideal del yo insatisfecho ¿Cómo es posible que no se pudo retener al objeto? ¿Qué sucede con la libido que no tiene como destinatario al yo? Aparecen imperfecciones en el self o en la representación objetal, desde donde surgen una serie de reproches e injurias, donde el otro parece estar exento de sufrimiento. Así, opera una escisión. El yo presenta una pérdida inconmensurable, que no puede simbolizar; mientras que el otro, está exento de falta. Frente al otro, la vergüenza es lo único que se puede experimentar.

Pereña (2005) refiere que mientras la culpa se puede comprender como una respuesta subjetiva a un acaecer o un comportamiento, la vergüenza es una vivencia que afecta la intimidad y el cuerpo, y es insoportable en tanto que no permite mirar para otro lado o asistirse mediante un vínculo intersubjetivo. El narcisista experimenta vergüenza y humillación, las cuales adquieren una connotación fija en su memoria emocional, presa de síntomas y repeticiones. Desde la perspectiva del autor, el suicidio puede significar el acto que acalle esa desesperada repetición en donde los reproches y devaluaciones al yo, ya no provienen de un superyó rígido, sino de un ideal del yo insatisfecho.

Bergeret (1974) refiere que las a-estructuras u organizaciones límite se caracterizan por un Yo anaclítico que presenta un desdoblamiento en función de dos registros o dos sectores operacionales: Uno que se mantiene adaptado a la realidad externa y otro que está fijado en las necesidades narcisistas y anaclíticas internas. El autor aclara que esta dualidad de registros no se trata de una escisión yoica como en el caso de las psicosis. No obstante, el planteamiento que deseo formular es que este desdoblamiento operacional puede conllevar al suicidio en la medida en que exista una representación yoica identificada con los ideales insatisfechos y una representación objetal idealizada (que esté exenta de falta). La sentencia delirante se conforma de la siguiente manera: “El otro tiene lo que yo desearía tener” “Si me convierto en el objeto, entonces no tendré falta”. El yo, empobrecido, pierde contacto con la realidad, introduciéndolo en un episodio de psicosis y lo pulsional arremete sobre la instancia yoica, borrándola, difuminándola, aniquilándola.

La pérdida del yo puede ser comprendida desde diversos autores, aunque en particular considero que la perspectiva de Winnicott permite su planteamiento en términos de necesidades. El autor consideró que existen necesidades del yo y necesidades instintivas, otorgándole una mayor importancia psíquica a las primeras que a las segundas. El holding, el handling y la presentación del objeto son las funciones que caracterizan las necesidades del yo y las que permiten la integración, la personalización y la maduración del self.

Desde su perspectiva, la persona está constituida por un verdadero self que emerge del cuerpo, lo biológico y lo pulsional, como una energía vital, un gesto espontáneo, un desarrollo auténtico, que está a favor del crecimiento y la maduración. No obstante, cuando el verdadero self no es mirado por la madre, quien es su espejo, y por el contrario se convierte en el espejo donde la madre puede mirarse, el infante tiene que negar su verdadero self y crear una coraza defensiva que constituye el falso self.         

Para Winnicott, el falso self tiene como interés principal la búsqueda de condiciones que le posibiliten al self verdadero hacer valer sus méritos. Sin embargo, cuando estas condiciones no pueden encontrarse, es necesario organizar una nueva defensa contra la explotación del self verdadero y, si hay duda, el resultado clínico es el suicidio. “Cuando el suicidio es la única defensa que queda contra la traición al self verdadero, al self falso le toca organizar el suicidio”. Cabe señalar que el autor, prefirió a lo largo de su obra, utilizar el término “no vida” a “muerte”, así como “no integración” a desintegración.

En los actos suicidas, como en los actos psicóticos, no existe duda, el acto de privarse de la vida aparece como una certeza de la que el sujeto no se puede eludir. Pereña (2005) refiere que probablemente el suicidio no debe plantearse como pregunta sino como una conclusión irrebatible ante alguien que desprecia la vida, a pesar de la extrañeza y el asombro que genera en los allegados del enfermo.

La cultura cimbra certezas a partir de la intolerancia. Vivimos en un periodo histórico donde la diferencia presenta un estatuto de imposible. No es posible simbolizar lo ajeno, lo diferente, lo extraño. Incluso, lo que representa la propia falta y la falta del otro. Es un acto de negación a la castración simbólica. El sujeto se cosifica por los imperativos de la uniformidad, las exigencias del mercado y el declive de los límites simbólicos. En la clínica, cada vez con mayor frecuencia, se trabaja con pacientes que frente a la escasa referencia yoica (ante necesidades del yo no cubiertas) adoptan los imperativos del mercado a través de la introyección de ideales del yo que los someten y los convierten en objetos: objetos de consumo, de desecho, de admiración, de satisfacción sexual y narcisista.

Sanen (2016) refiere que la adolescencia está constituida por un estado melancólico que merma el intercambio intersubjetivo. De este modo, se acentúa el investimento yoico, en donde el adolescente busca encontrar un soporte ortopédico seguro. En la melancolía, de acuerdo con el autor, aún se preservan los recuerdos como asidero, se despliegan delirios del pasado por lo ya acontecido; en la acidia no, existe una desesperanza y pereza por el futuro. Por un lado, una tristeza por lo no acontecido; por otro lado, un futuro pleno de certezas que rompe con cualquier referencia de anhelo y posteridad. Así, se detiene la producción simbólica y el acto pulsional puede manifestarse en una violencia autodirigida o en francos actos de suicidio.

El psicoanálisis puede plantearse como una clínica de subjetivación, en los cada vez más estrechos caminos subjetivos donde el sujeto puede andar y experimentar. Cuando un paciente encuentra puras certezas está en riesgo de introducirse en un episodio psicótico, su panorama se bifurca entre una imagen empobrecida (del yo) y una imagen idealizada (del ideal del yo) que conlleva una mayor escisión. Al no cumplir los ideales narcisistas, siempre insatisfechos, estará latente la sensación de “no vida”, de imperfección, de vergüenza, de dolor psíquico y enseguida un acto pulsional que atente contra sí.

 

Referencias

Bergeret, J. (1974). La personalidad normal y patológica. España: Gedisa

Freud, S. (1914). Obras completas. Duelo y melancolía. Vol. XIV. Argentina: Amorrortu

INEGI (2013). Estadísticas a propósito del día mundial para la prevención del suicidio (10 de septiembre). México. Recuperado de: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2015/suicidio0.pdf

López Arranz, Z. (2011). Los modos de goce en la posmodernidad. Tesis psicológica No. 6. Colombia: Fundación Universitaria Los Libertadores. Recuperado de: http://www.redalyc.org/pdf/1390/139022629006.pdf

Painceira, A. (1997). Clínica psicoanalítica a partir de la obra de Winnicott. Argentina: Lumen.

Pereña, F. (2005). El suicidio y la vergüenza. Suicidas. Revista Átopos No. 4. Recuperado de: http://www.atopos.es/pdf_04/El%20suicidio%20y%20la%20vergüenza.pdf

Sanen, A. (2016). Acidia, melancolía y adolescencia. Blog Conversemos de Psic.mx: México Recuperado de: http://psic.mx/index.php/transiciones/foros-de-psicoterapia/item/152-acidia-melancolia-y-adolescencia

Tubert, S. (2005). El suicidio: Una perspectiva psicoanalítica. Suicidas. Revista Átopos. No. 4. Recuperado de: http://www.atopos.es/pdf_04/sucidio-perpectiva-psicoanalitica.pdf

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Psicosis y Salud Mental Sat, 29 Oct 2016 18:24:28 +0000
Las pérdidas en la infancia http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/154-las-perdidas-en-la-infancia http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/154-las-perdidas-en-la-infancia Las pérdidas en la infancia

Frente a lo indecible, siempre existe un modo de expresar el sufrimiento, la angustia y el dolor psíquico. En los casos de pérdidas acontecidas en la infancia, ha existido un debate sobre si los niños y niñas pueden efectuar un duelo. En mi opinión sí, aunque en la mayoría de las ocasiones el duelo infantil tiene particularidades con respecto a la pérdida en el adulto.

 

Roberto Vargas Arreola

Frente a lo indecible, siempre existe un modo de expresar el sufrimiento, la angustia y el dolor psíquico. En los casos de pérdidas acontecidas en la infancia, ha existido un debate sobre si los niños y niñas pueden efectuar un duelo. En mi opinión sí, aunque en la mayoría de las ocasiones el duelo infantil tiene particularidades con respecto a la pérdida en el adulto.

Darian Leader (2008), psicoanalista inglés, señala que ante las pérdidas en la infancia, los niños y niñas comúnmente pueden continuar con sus actividades cotidianas, sin llorar ni retraerse de preocupación. También parecen estar de buen humor, no obstante, en opinión del autor, sentirse bien puede ser la versión afectiva de la negación. Sólo tiempo después, en su adolescencia o juventud, experimentan un profundo dolor, habitualmente sin ninguna conexión consciente con la pérdida original. Una ruptura romántica u otra muerte dentro de su círculo de amigos o familia encenderán el dolor que había sido bloqueado en la niñez.

Algunos investigadores creen que los niños no pueden hacer un duelo, ya que no han adquirido todavía un verdadero concepto de la muerte (Leader, 2008); sin embargo, se pueden encontrar muchos adultos afligidos que no muestran señales de dolor o duelo. Después de una pérdida continúan con sus vidas como si nada hubiera pasado; van al trabajo como siempre, continúan con sus pasatiempos e intereses y evitan hablar acerca de lo que ha sucedido. De este modo, podría enunciarse que la inhibición del duelo no es propio de las pérdidas en la infancia.

Las opiniones sobre el duelo en la niñez permanecen divididas. Algunos dices que el duelo sí se produce, señalando que tal vez nosotros no notemos las sutiles maneras en las que los niños viven el duelo. Otros argumentan que a tan a corta edad el niño no permitirá el verdadero dolor. No puede decirse que están en duelo por un objeto hasta que de hecho tienen una idea de lo que es un objeto –o una persona- (Leader, 2008).

Donzino (2003) refiere que los duelos en la infancia no se presentan como en el adulto, es decir, no se manifiesta el abatimiento moral o la tristeza que caracterizan los procesos de duelo. En lugar de ello aparecen “equivalentes depresivos” que comprometen el cuerpo del niño bajo la forma de:

a) Desaparición brusca de adquisiciones en su desarrollo intelectual, afectivo o  motor.

b) Retracción autoerótica: chupeteo, aislamiento, balanceo, apatía hacia el ambiente seguida de un período de llanto inconsolable.

c) Trastornos del sueño y de la alimentación (pesadillas y anorexias tempranas).

d) Distracción escolar, descenso del nivel escolar.

e) Manifestaciones de ansiedad: tics, rituales, fobias, miedos (a extraños, a la soledad, a la oscuridad); parloteo incesante, voracidad o agitación incontrolable.

f) Sobreadaptación o retraimiento silencioso.

g) Enfermedades recurrentes: otitis, anginas, trastornos gastrointestinales.

h) Transformaciones de lo sufrido pasivamente a su forma activa: niños que se posicionan como perdedores crónicos, o se exponen a riesgos y accidentes.

Los niños y niñas se encuentran en un proceso de subjetivación encaminado a brindar un lugar psíquico a la pérdida y elaborar un duelo. Mientras este proceso se efectúe, la angustia va manifestarse a través de síntomas somáticos, de detenciones en el desarrollo, de regresiones libidinales, de actings, de desvinculación social, entre otros. En otras palabras, los infantes están recurriendo a un modo de comunicación preverbal para hacer manifiesto que aconteció una pérdida, con el fin de que el otro (padres, educadores, terapeuta) le ayuden a nombrar y simbolizar.

 

Referencias

Donzino, G. (2003). Duelos en la infancia, características, estructura y condiciones de posibilidad. UCES. Recuperado de: http://dspace.uces.edu.ar:8180/xmlui/bitstream/handle/123456789/282/Duelos_en_la_infancia.pdf?sequence=1

Leader, D. (2008). La moda negra. Ciudad de México, México: Sexto piso

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Tue, 20 Sep 2016 00:18:17 +0000
El inusual sentido del tiempo que corre http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/151-el-inusual-sentido-del-tiempo-que-corre http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/151-el-inusual-sentido-del-tiempo-que-corre El inusual sentido del tiempo que corre

En diversas ocasiones he identificado en mis pacientes la importancia que le otorgan al tiempo. Tiempo puesto en el envejecimiento, en un futuro poco esperanzador, en miedos e incertidumbres al percibir el curso de los años, en repeticiones que cuestionan sus motivaciones más íntimas, en ensoñaciones donde se asoman sus deseos sobre los tiempos venideros...

 

José Roberto Vargas Arreola

En diversas ocasiones he identificado en mis pacientes la importancia que le otorgan al tiempo. Tiempo puesto en el envejecimiento, en un futuro poco esperanzador, en miedos e incertidumbres al percibir el curso de los años, en repeticiones que cuestionan sus motivaciones más íntimas, en ensoñaciones donde se asoman sus deseos sobre los tiempos venideros... Ello me conduce a pensar en el sentido que tiene marchar, caminar, orientarse, descubrirse… y lo que el psicoanálisis puede ofrecer. Frente al paso del tiempo, percibo una cierta insatisfacción en sus discursos, cuya escucha me hace pensar que las cosas marchan bien ya que el dolor psíquico es el principal vehículo para no quedarse inmovilizados y conformes con las circunstancias que viven. Sin embargo, al mismo tiempo, me cuestiono sobre el lugar desde donde se miran y son mirados, donde constituyen su imagen, sitio que remite al deseo del otro; que, de quedarse ahí, podrían aniquilar su propio deseo.

Al respecto, una paciente en análisis se sentía atormentada por la recriminación de su pareja amorosa que le decía: “Eres muy pasiva”, refiriéndose al poco apoyo que recibía por parte de ella en la organización de la casa y el dinero. Al mismo tiempo, su madre, fallecida meses antes del inicio del análisis, había pronunciado palabras que la perseguían y torturaban: “Tus relaciones de pareja serán fracasadas, nadie te va a querer”. Estos pronunciamientos conformaban un aspecto muy esencial en el discurso de la paciente, no obstante, aludían a un imposible: la sujeción de la imagen de una mujer pasiva que tiene relaciones de pareja que no prosperan, sin poder hacer nada. Sin embargo, lo inconsciente impugnaba estos preceptos porque no aludían a su deseo, sino al deseo del otro. Había que buscar lo que remitía a su propio deseo, aunque se tenía que sacrificar la imagen y el tiempo como elementos constitutivos de su identidad.

Desde mi experiencia clínica considero que el deseo no se pronuncia hasta que el sujeto se encuentra en marcha, puede hablar sobre la insatisfacción que le brinda estar sujeto al deseo del otro, puede hablar sobre la búsqueda de su propio deseo, y encontrar un sinnúmero de caminos inútiles, callejones sin salida, enlaces falsos. Sin embargo, no habrá un descubrimiento o un “hallazgo” hasta que pueda descolocarse de ese lugar y buscar fuera de su imagen y del paso del tiempo, los elementos que le dan forma a su deseo.

Hace algún tiempo escuché a una colega referir que como psicoanalistas lo único que deseamos es que nuestros pacientes asocien libremente. Viene al caso retomar la célebre frase bioniana: “sin memoria y sin deseo”, para dar cuenta que el analista se presenta en un estado de suspensión a la expectativa de que el paciente surja, sin poner de su parte una idea previa de lo que puede ser, hacer, pensar, sentir, creer. Ello me parece fundamental, especialmente cuando se trata de recibir al paciente tal como es, y no esperando que se adecúe a un formato analítico ya previamente pensado. Estoy de acuerdo, aunque también considero que asociar no es suficiente. También hay que hablar para marchar, hay que hablar para escucharse.

El análisis se convierte en la extrapolación de los núcleos inconscientes de los pacientes, donde se concatenan ideas condensadas, figuradas y desplazadas que son reeditadas en la transferencia y puestas a trabajar en el material analítico. Sus elementos crudos conllevan líneas discontinuas y sinsentido. Si el paciente habla se sujeta a su discurso y el “estar ahí” o el “ser ahí” tiene un amarre simbólico.

El tiempo y la imagen de los pacientes, la edad de la vejez, el declive de los anhelos…, si bien son elementos que hay que escucharse y hay que darles su lugar, conforman el inusual sentido del tiempo que corre, aluden a una nostalgia difícil de sustraer. Son elementos que fungen como revestimientos del narcisismo, que se adhieren a los preceptos de estabilidad, constancia, adaptación, funcionalidad, mismidad, cohesión, pero donde el deseo inconsciente es más o menos sacrificado. En otras palabras, de eso no se trata el análisis. El deseo hay que escucharse, hay que darle un lugar y otorgarle la función singular y privilegiada de la orientación.

 

 

 

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Mon, 15 Aug 2016 02:59:46 +0000
Actividad pictográfica, violencia secundaria y abuso sexual: Repensar a Piera Aulagnier http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-4/item/143-actividad-pictografica-violencia-secundaria-y-abuso-sexual-repensar-a-piera-aulagnier http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-4/item/143-actividad-pictografica-violencia-secundaria-y-abuso-sexual-repensar-a-piera-aulagnier Actividad pictográfica, violencia secundaria y abuso sexual: Repensar a Piera Aulagnier

La actividad de representación, para Aulagnier (1975), es equivalente a un trabajo de metabolización que caracteriza la actividad orgánica. En función de este proceso, se rechaza un elemento heterogéneo respecto de la estructura celular, mientras que otros elementos se transforman para ser homogéneos y potencialmente metabolizados. En la actividad de representación, a diferencia de la actividad orgánica, no se metabolizan cuerpos físicos, sino elementos de información catectizados que se suceden temporalmente en términos de su complejidad y de la exigencia pulsional que imponen al infans y que conforman los procesos originarios, primarios y secundarios con sus diferentes representaciones en pictogramas, fantasías e ideas, respectivamente.

 

José Roberto Vargas Arreola

“Vivir es experimentar en forma continua lo que se origina en una situación de encuentro”

Piera Aulagnier

Origen de la representación

La actividad de representación, para Aulagnier (1975), es equivalente a un trabajo de metabolización que caracteriza la actividad orgánica. En función de este proceso, se rechaza un elemento heterogéneo respecto de la estructura celular, mientras que otros elementos se transforman para ser homogéneos y potencialmente metabolizados. En la actividad de representación, a diferencia de la actividad orgánica, no se metabolizan cuerpos físicos, sino elementos de información catectizados que se suceden temporalmente en términos de su complejidad y de la exigencia pulsional que imponen al infans y que conforman los procesos originarios, primarios y secundarios con sus diferentes representaciones en pictogramas, fantasías e ideas, respectivamente.

La actividad pictográfica plantea el cuestionamiento sobre el origen de la actividad de representar. Sus antecesores son el nacimiento y el encuentro entre dos zonas: la boca y el pecho materno. Con este encuentro que, Aulagnier (1975) nombró “zona-objeto complementario”, el infans busca reestablecer el equilibrio perdido y retornar a un estado de quietud, de no-deseo, de afánasis, recurriendo inicialmente a la satisfacción alucinatoria del deseo. El proceso originario está conformado, asimismo, por el principio del autoengendramiento: El infans, aún indiferenciado del mundo, no puede delimitar los campos de la representación pictográfica por lo que el encuentro (en donde participa el pecho materno) se experimenta como una situación creada por él.

El concepto de “especularidad”, en Aulagnier (1975), alude a que en el pictograma se ignora la dualidad de un órgano sensorial que perciba un objeto y un mundo exterior. Así, el objeto exterior (pecho) y la zona erógena (boca) son una unidad. Ante la falta de satisfacción, se percibe una inadecuación o defecto de la zona, lo que conduce al deseo de eliminar la zona erógena. Este elemento es, para la autora, el prototipo de la castración, reinterpretado posteriormente en los procesos primario y secundario. Sin embargo, el alcance de este descubrimiento permite comprender las manifestaciones de la pulsión de muerte, especialmente imbricadas en el ataque al cuerpo.

La actividad pictográfica está conformada por sensaciones somáticas difusas y desorganizadas; texturas, sonidos y formas que hacen una composición de las vivencias originarias y la memoria temprana; inscripciones corporales de dolor, desintegración, difusión y muerte; así como de sostenimiento, cuidado, contacto, proximidad física, alimentación y afecto. Estas huellas mnémicas son fundantes en la actividad de representación posterior (en los procesos primario y secundario). Existe una sucesión temporal y espacial de los pictogramas, fantasías e ideas que remiten a una circularidad constante y a fuerzas regresivas y progresivas en función de la actividad pulsional y las demandas existentes en el Yo, en su relación con el mundo.

Cuando las representaciones pictográficas conllevan demasiado dolor y sufrimiento, ataque de la zona, escaso sostenimiento afectivo (proximidad y contacto) o dificultad para traducir las necesidades físicas del infans en palabras, dan lugar a afecciones psicosomáticas, trastornos del espectro autista, ciertos estados psicóticos con delirios somáticos e hipocondriacos, así como a patologías del acto donde se experimentaron episodios traumáticos y deficitarios en la temprana infancia. Este último caso ilustra los efectos psíquicos acaecidos en el abuso sexual.

 

Fantasías e ideas

En la clínica se puede atestiguar que las representaciones de los pacientes tienen una sucesión temporal y espacial, una lógica significante que trastoca la afluencia de lo inconsciente. Las representaciones pictográficas, correspondientes al proceso originario, conforman sucesivamente representaciones más complejas a partir de los requerimientos vinculares con la madre como “portavoz de la cultura” (Aulagnier, 1975) y de la realidad, entendida ésta como el conjunto de las definiciones que proporciona el discurso cultural.

En la fantasía, el infans es objeto de las proyecciones maternas y de los otros significativos; en otras palabras, las representaciones de todo lo existente deviene del deseo del Otro (Aulagnier, 1975). A partir de la sucesión del pictograma al proceso primario se constituyen las fantasías originarias planteadas por Freud (1915) sobre la vida intrauterina, la escena primaria, la seducción y la castración, así como las representaciones de la posición esquizoparanoide propuestas por Klein (1928) donde opera una escisión del objeto en función de la satisfacción o insatisfacción del deseo.

La satisfacción alucinatoria del deseo puede considerarse un concepto intermedio entre el proceso originario y el proceso primario, dado que se superpone un elemento perceptual cada vez más sofisticado que sienta las bases de la fantasía. Los fenómenos transicionales de Winnicott (1971), aluden a zonas intermedias de experiencia entre lo interno y lo externo, entre el yo y el no-yo, entre lo que está adentro y afuera. Las fantasías permiten delimitar a un sujeto y un marco externo a él, una extra-territorialidad, una extra-temporalidad y una extra-relacionalidad. El otro funge como espejo desde el cual el infans se mira y constituye su imagen.

La sucesión de la fantasía a la representación de las ideas se constituye a partir de la creación de un espacio psíquico de subjetivación. Las ideas, aunque sostenidas en fantasías y en pictogramas, alcanzan una imagen definida de la realidad y del mundo que lo rodea.  Para Aulagnier (1975), el Yo es la esfera del proceso secundario y se caracteriza por el establecimiento de un orden de causalidad entre los elementos que hacen inteligibles la existencia del Yo y la existencia del mundo.

De esta manera, “la actividad de representación se convierte para el Yo en sinónimo de una actividad de interpretación” (Aulagnier, 1975, pag. 22). La subjetividad se constituye con base en las interpretaciones y los significados culturales que permiten brindar nuevas lecturas y narrativas a la realidad donde se inserta el sujeto. El yo es un eslabón más de la cadena significante, de una cadena histórica, una sucesión temporal y espacial, de un orden generacional. Por otro lado, esta sucesión posibilita la emergencia y la apropiación del deseo, ya no el deseo del Otro, sino el propio deseo entendido éste como el advenimiento de representaciones que sustituyen la noción de encuentro a partir de la búsqueda, siempre inagotable, de las fuentes de satisfacción.

 

Violencia secundaria

El punto nodal de la identificación primaria es la incorporación de la madre en el psiquismo del infans. Aulagnier (1975) plantea, como violencia primaria, a una primera imposición que ocurre desde el exterior al campo psíquico que obedece a una acción necesaria, siendo un tributo que la actividad psíquica paga para preparar el acceso a un modo de organización que constituirá la instancia llamada Yo. En otras palabras, el deseo del Otro constituye una primera violación al espacio psíquico, acción ineludible, ya que plantea la conformación de la imagen en el espejo a partir de las proyecciones maternas y de los otros significativos.

La violencia secundaria se apoya en la violencia primaria, de la que representa un exceso generalmente perjudicial e innecesario. Se trata de una violencia que se ejerce contra el Yo, ya sea un conflicto entre Yoes o de un conflicto entre un Yo y el diktat de un discurso opresivo y autoritario que se opone a todo cambio en los modelos instituidos por él. Fundamentalmente la violencia secundaria refleja un conflicto en el ejercicio del poder. Desde la perspectiva de Aulagnier (1975), si la violencia secundaria es tan amplia como persuasiva, hasta el punto de ser desconocida por sus propias víctimas, se debe a que logra apropiarse abusivamente de los calificativos de “necesaria” y “natural”.

La naturalización de la violencia, así como las justificaciones en torno a su incidencia, denotan una tendencia actual de negar el impacto, la gravedad y las repercusiones físicas y emocionales de los actos violentos. Las relaciones de género, construidas a partir de significados y creencias en torno a la identidad masculina y femenina, denotan una forma, ampliamente reproducida en nuestra generación, de ejercer relaciones de poder, control y sometimiento.

El sistema familiar es la matriz fundante de transmisión sobre lo prohibido y lo permitido, y configura los principales rasgos de la identidad sexual a partir de la elaboración de desafíos evolutivos como abdicación de la simbiosis y el narcisismo primario, la separación-individuación y el conflicto edípico. Desde los vínculos primarios comienza a conformarse la experiencia personal de ser hombre o mujer, la vinculación con personas del mismo sexo y del sexo opuesto, así como las jerarquías y los ejercicios de poder entre los sexos. Por supuesto, lo familiar es trastocado en todo momento por la cultura y, en un momento posterior del desarrollo, los vínculos extrafamiliares pueden tener mayor peso simbólico que los vínculos primarios.

En nuestros días, coexisten roles de género tradicionales y ejercicios reelaborativos que apuntan a relaciones más cercanas a la equidad entre hombres y mujeres. No obstante, la mujer, aún en nuestros días, puede ser representada familiar y culturalmente como una persona desvalorizada, cosificada, rebajada a un objeto sexual y vulnerable al sexismo, la misoginia, la discriminación, el rechazo y el odio. Aún en nuestros días, algunas mujeres construyen su identidad sexual experimentando rechazo a su cuerpo, a su sexualidad y a la vinculación sexual y afectiva con el sexo opuesto. Aun también en nuestros días, está vigente el ejercicio del machismo, los roles tradicionales de identificación masculina a partir de la devaluación de la mujer y la justificación de actos de violencia que, incluso, pueden alcanzar el feminicidio.

La violencia secundaria (Aulagnier, 1975), manifestada en las relaciones de género a través de creencias, prejuicios y dogmas que violentan el espacio psíquico del infans en relación a su cuerpo sexuado, pueden ilustrarse en el siguiente caso.

 

“Margarita”: La presentación

Margarita es una mujer de 46 años, soltera, estudió Informática y actualmente estudia una maestría en Informática administrativa. Se desempeña como responsable de un organismo que ofrece diplomados y cursos de actualización docente. Vive con sus padres y dos hermanos.

Proviene de una familia nuclear conformada por sus padres y seis hermanos, ella ocupa el cuarto lugar. En un inicio, nacieron los primeros cuatro hijos hasta ella, siendo la menor de esa camada y después de seis años nacieron otros tres hijos. La menor de todos los hermanos falleció hace seis años en un accidente de moto con su pareja. Margarita relata que el evento ocurrió meses después de que su hermana saliera de la casa familiar para vivir con su novio. La madre refiere que esto le pasó por “desobedecerla” ya que no debió irse con él a tan corta edad (17 años). El mensaje que la madre construye es: “Si te vas de la casa te pueden pasar cosas malas, la casa es el único lugar seguro”.

La relación de Margarita con su madre es ambivalente, especialmente por las dificultades que presentan en la fase de separación-individuación. Madre e hija construyen un espacio compartido donde la madre se implica en decisiones y opiniones de Margarita, en donde se transmite la idea de que los hombres son peligrosos, poco confiables y que sólo buscan satisfacer sus necesidades sexuales. Por otro lado, la transmisión familiar también involucra la experiencia del cuerpo y la sexualidad, significados como sucios y pecaminosos. Disfrutar de una relación sexual es prohibido.

Esta transmisión psíquica obedece a tradiciones, valores y creencias familiares, aunque fundamentalmente a un ejercicio de control materno. Margarita fue “elegida” por su madre para acompañarla en la vejez y asumir el lugar de pareja. Mientras tanto, el padre está desdibujado, no tiene crédito para la madre ni para el sistema familiar. El rol parental masculino (desde el ejercicio de roles tradicionales), es asumido por la paciente ya que es quien sustenta económicamente el hogar.

Madre e hija se sostienen de un ejercicio de violencia secundaria (Aulagnier, 1975). Desde el contrato narcisista (Aulagnier, 1975) entendido como un contrato simbólico que muestra el encadenamiento generacional enlazado por el infans, la familia y el grupo social, se sientan las bases para que el espacio psíquico de Margarita sea invadido por intrusiones maternas que la condicionan a estar al lado de ella. Desobedecer a la madre representa morir, interpretación que se dio a los hechos ante el accidente y fallecimiento de su hermana menor.

En un apartado posterior se establecerán los puntos de relación y anclaje con el abuso sexual que padeció la paciente en al menos dos episodios de su historia.

 

Abusos sexuales

Margarita ha relatado al menos dos eventos de abuso sexual, el primero acontecido cuando tenía 6 años, el segundo entre los 12 y 13 años. En el primer caso refiere que fue enviada por su madre a la tienda de abarrotes y en el camino encontró a un señor mayor quien le dijo que había perdido sus llaves y le pedía que lo ayudara a saltarse por una ventana ya que él no cabía. La llevó por calles hasta un terreno baldío donde la desvistió, frotó el pene en su clítoris y la forzó a hacerle sexo oral. Años más tarde, Margarita se dio cuenta que esa acción “no había estado bien”. Además, se culpó a sí misma y se sintió merecedora del evento ocurrido dado que quiso desobedecer a su madre al ser enviada a la tienda. Por querer desobedecerla, recibió un castigo.

Derivado del abuso sexual, sintió que perdió valor como mujer, creyó por muchos años que como consecuencia de este hecho había perdido su virginidad y por ese motivo se negó por ocho años a tener relaciones con su primera pareja (ya que descubriría que había estado con otro hombre). La primera vez que tuvieron relaciones sexuales, éste le dijo “ahora sé que soy el primero”, lo cual en un inicio la desconcertó, pero después entendió que como no hubo penetración en el abuso sexual, no había perdido su virginidad.

Con respecto al segundo episodio de abuso, comenta que su papá se dedicaba al oficio de hojalatería y ella y sus hermanos lo ayudaban a realizar esta labor. En una ocasión, su padre le pidió apoyarlo en un trabajo, encontrándose los dueños del camión adentro de la caja del mismo, lugar donde la tocaron e intentaron abusar de ella. Ella logró escapar y correr por calles aledañas hasta llegar a un metro cercano. Este segundo episodio fue recordado durante el análisis a partir de un sueño recurrente en donde Margarita es tocada por varias manos mientras ella está cuclillas, logrando escapar y correr por calles oscuras hasta llegar a un lugar donde hay luz.

Después de elaborar este segundo evento de abuso, comprendió por qué tiene tanto rechazo hacia los hombres, siendo hostil y evasiva, y por qué se ha involucrado afectivamente con hombres que la han maltratado. Ha advertido lo paradójico de sus elecciones ya que, haciendo un intento por protegerse de un nuevo abuso, se ha situado en relaciones que la han hecho sentir vulnerable.

Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D. (2011), refieren que lo traumático en un abuso sexual se origina en un proceso de inversión tópica de lo simbólico a lo somático, producido por el hecho abusivo corporal. De este modo se ocasiona un daño al psiquismo que impide el desarrollo simbólico o produce su regresión. Las características de la actividad pictográfica muestran a un psiquismo frágil, en el que irrumpe con frecuencia el malestar del cuerpo, los síntomas somáticos, los actings y los desbordes afectivos.

A través de la transformación en lo contrario, la vuelta sobre sí mismo y la compulsión a la repetición, Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D. (2011) proponen que el niño (o la niña) perpetúan en forma activa o pasiva, el vínculo abusivo. El sometimiento de un niño a una excitación prematura y continua establece bases para una posible estructuración perversa de tipo sado-masoquista. Ello coincide con las relaciones vinculares que establece la paciente. En éstas se sitúa “ingenuamente” en el lugar de víctima, permite que “abusen” de ella y posteriormente se reprocha a sí misma por haberlo permitido. Ella, sin ser plenamente consciente de ello, también adopta rasgos de sadismo, especialmente con las personas que la han lastimado o que han actuado de manera abusiva. Posteriormente refiere que desconoce los motivos por los que la gente actúa así con ella, sin darse cuenta que está sostenida en relaciones de víctima-victimario.

Considero importante mencionar que se ha acotado la descripción de dos episodios de abuso, aclarando que, en términos concretos, han sido los referidos por la paciente. No obstante, sus asociaciones la han llevado a significar la violencia ejercida por la madre con una connotación de abuso sexual. Desde ese lugar, la violencia secundaria (Aulagnier, 1975) ejercida por la madre, conllevó a experimentar la sexualidad como culposa, restrictiva y prohibida. Los varones son representados como objetos persecutorios, aspecto que se confirma con los abusos de los que fue víctima y con los esfuerzos de elaboración que hace a partir de la repetición de patrones vinculares donde se sitúa en un lugar de desprotección, de inseguridad y de “abuso” frente a su madre, sus parejas sentimentales, sus amistades y sus compañeros de trabajo.

Desde esta perspectiva, la clínica de la violencia hacia el niño (o la niña) sitúa a familias cuyos vínculos intrafamiliares reproducen traumas y carencias en el vínculo con el objeto primario y son expresión de conflictos preedípicos y edípicos no resueltos (Kuitca, M. Berezin, J. y  Felbarg, D., 2011). De este modo se puede destacar la dificultad en la fase de separación-individuación y la transmisión generacional de la identidad femenina como desvalorizada y sujeta a las apetencias y la violencia masculina.

Sin duda, hay diversos elementos de la historia de Margarita que resultaría importante relatar y analizar. Sin embargo, se prefiere hacer uso únicamente de estos datos ya que son los principales referentes para comprender la actividad pictográfica de la paciente, tomando como ejes la violencia secundaria y los abusos sexuales.

 

Pictogramas en el abuso sexual

La actividad pictográfica de Margarita está constituida por un rechazo al cuerpo masculino y a su cuerpo sexuado. A través del relato que hace en el proceso analítico sobre los abusos sexuales que padeció, experimenta asco, repulsión, deseo de vomitar, dolor de cabeza, escalofríos, encogimiento de su cuerpo, debilidad y miedo. Cuando establece un patrón vincular entre sus victimarios y las elecciones de pareja que ha tenido, se culpa y reprocha a sí misma por involucrarse afectivamente con hombres que la maltratan y abusan de ella. Por entonces deviene un estado de despersonalización y desdoblamiento del yo donde la representación internalizada de la madre la responsabiliza de lo ocurrido y repite: “Margarita, no has aprendido nada, de qué te sirve que te pasen cosas malas, si nunca aprendes”.

Margarita experimenta el sadismo y la intrusión de la madre que ejerce control y violencia hacia ella. Cuando establece límites con la madre, ésta se victimiza y ocasiona que la paciente experimente culpa. Este patrón vincular ocurre en otras relaciones donde cede frente a las peticiones y demandas de otros, aunque después se enoja con ella misma porque permite que las personas abusen de ella.

La culpa se experimenta en el cuerpo ya que deviene un monto pulsional que se dirige a ella misma a través del autocastigo. La despersonalización sigue operando y conduce al maltrato y al sadismo: “Ya ves Margarita, te mereces todo lo malo que te pasa”. El autocastigo se presenta en una serie continua, en donde no encuentra modos de responsabilizar al otro de los eventos traumáticos que padece, en el entendido de que los hombres que abusaron de ella son ahora desconocidos y que su madre, sostenida en la victimización, no permite que Margarita la pueda responsabilizar del control ejercido hacia ella. La pulsión, irremediablemente, se vuelca contra sí misma.

A través de los sueños se puede analizar un pictograma que alude al arrinconamiento y el sometimiento ejercido por un hombre. Los tocamientos de manos masculinas a su cuerpo, estar en cuclillas y cubriéndose su cuerpo son formas que reproduce en los vínculos que establece con hombres donde se protege de un nuevo abuso. Sin embargo, la compulsión a la repetición y su fuerza reelaborativa, la conduce a situase frente a un hombre violento donde se escenifica nuevamente la confianza inicial de entablar una relación con él, la apertura de su cuerpo en un sentido físico pero especialmente simbólico, el abuso sexual, la culpa, el autorreproche y la actitud defensiva.

Un elemento pictográfico que resulta fundamental en el proceso analítico de Margarita es la sensación que experimenta al lograr escapar de sus victimarios relatados en el segundo abuso sexual. En su sueño, llega a un lugar iluminado mientras que en el relato de la realidad fáctica, alcanzó a llegar a una estación del metro. Logra escapar de la violencia y el abuso, aspecto que se ha considerado sustancial para el proceso reelelaborativo en el que se encuentra. Cuando se presentan síntomas graves, la paciente suele reconfortarse a sí misma, refiriendo: “Sé que saldré adelante, ya he estado en una situación como ésta, y siempre he salido de ahí”.

El proceso analítico está sostenido en la sucesión temporal y espacial de pictogramas que puedan consecutivamente convertirse en fantasías e ideas. Está sostenido en favorecer la separación-individuación de la paciente con respecto a su madre, sin que ello represente un contenido de muerte. Está sostenido en la relación con ella misma, en vías de que la pulsión pueda tener un destino distinto a la vuelta contra sí mismo, a través de la culpa, el autorreproche y el masoquismo. Está sostenida en su cuerpo con el fin de que experimente sus límites, su apertura, su cierre y pueda gradualmente disfrutar de la sexualidad. Finalmente, está sostenida en la relación con los varones donde, desde lo transferencial, se procura la construcción de un vínculo distinto a los que conoce, posibilitando que pueda situarse en otro lugar.

 

Referencias

Aulagnier, P. (1975). La violencia de la interpretación. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Freud, S. (1915). Pulsión y destinos de pulsión. Obras completas, tomo XIV. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Klein, M. (1928). Estadíos tempranos del complejo edípico. Obras completas, tomo I. Buenos Aires, Argentina: Paidós.

Kuitca, M., Berezin, J. y Felbarg, D. (2011). ¿Cómo enfocar el abuso sexual infantil? El psicoanálisis en la interdisciplina. Psicoanálisis - Vol. XXXIII - Nº 2, pp. 291-306

Winnicott, D. (1971). Realidad y juego. Barcelona, España: Gedisa

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) La violencia y sus múltiples manifestaciones Fri, 15 Jul 2016 01:37:10 +0000
Sobre la violencia en las calles de la Ciudad de México. http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/135-sobre-la-violencia-en-las-calles-de-la-ciudad-de-mexico http://psic.mx/index.php/transiciones/el-sufrimiento-humano-n-6/item/135-sobre-la-violencia-en-las-calles-de-la-ciudad-de-mexico Sobre la violencia en las calles de la Ciudad de México.

Durante algunos años escuché las historias de jóvenes (adolescentes en conflicto  con la ley) que atravesaban por un proceso legal debido a la comisión de un delito. A partir de esta escucha, descubrí que la violencia en las calles es un factor importante para constituir la conducta delictiva, aunque también, y en un sentido amplio, la construcción de la subjetividad. 

 

José Roberto Vargas Arreola

Durante algunos años escuché las historias de jóvenes (adolescentes en conflicto  con la ley) que atravesaban por un proceso legal debido a la comisión de un delito. A partir de esta escucha, descubrí que la violencia en las calles es un factor importante para constituir la conducta delictiva, aunque también, y en un sentido amplio, la construcción de la subjetividad. Encontré diferencias significativas entre el discurso de un joven que se ha constituido entre las perplejidades e irresoluciones de la calle y otro que se ha estructurado fundamentalmente en contextos familiares e institucionales. Desde mi experiencia el joven que se ha desenvuelto en las calles suele utilizar su cuerpo como instrumento de comunicación. No habla, no piensa, sólo actúa. Con su cuerpo se defiende de la hostilidad de su contexto, con su cuerpo muestra las inscripciones de la violencia, el abuso, la injusticia, el exceso, el desdén, y se conduce con el llamamiento de sus sensaciones corporales que por momentos se convierten en imperativos de goce.

Un joven atravesado por el discurso social y cultural, contenido por la familia y las instituciones, encuentra formas simbólicas para representar la angustia. La calle es sólo un tránsito para acceder a marcos continentes (la casa, la escuela, el empleo formal). Al no ser el principal medio de contención, el cuerpo puede estar latente mientras la palabra es pronunciada y resignificada a través del vínculo intersubjetivo. ¿Qué efecto psicodinámico conlleva utilizar el cuerpo como instrumento de comunicación? Que el cuerpo se convierte en el principal encuadre para soportar la angustia, donde los afectos se desbordan, se actúan, se proyectan. El cuerpo es usado para representar la indiferenciación con los objetos y la búsqueda de subjetivación por medio de la violencia. En estos casos no hay otro medio posible para acceder a la subjetividad.

Con la representación del joven trasgresor, el adolescente en conflicto con la ley se sitúa frente a un estigma, es vulnerable a los prejuicios, la discriminación y la violencia social; sin embargo no se ubica en un vacío representacional que lo podría conducir a una psicosis franca. El acting lo subjetiva, aún con lo paradójico que resulta ello. Su subjetividad descansa en el rompimiento de la ley y funge como signo identitario y contención del cuerpo mientras el adolescente está internado o atravesado por un tratamiento. Al salir a la calle nuevamente, en consideración de Winnicott, apela a los límites que no fueron estructurantes en los padres, en la familia extensa, en los educadores, ni en otras instituciones. Las calles de la Ciudad de México se vuelven el continente de su personalidad, lo que soporta su subjetividad y le devuelve quién es en un marco que reproduce la violencia, la inseguridad, la persecución policiaca, el asedio, la discriminación, la corrupción de las autoridades, pero también las redes de apoyo construidas en la calle con amigos, pareja, instituciones de asistencia social, conformando una alteridad siempre necesaria.

Considero que la vida en las calles envuelve una atmósfera de atemporalidad. La dimensión del tiempo se diluye en un marco de sinsentido. El orden del tiempo, o dicho de otro modo, la historización se construye conforme al acting y al esfuerzo de subjetivación que implica. Para estos jóvenes su condición de ser sujetos involucra actuar. Sin embargo, al momento de otorgar la palabra, los psicoanalistas construimos el marco del pensamiento que nuestra ciudad (y sus habitantes) tanto necesitamos. Con el pensamiento podemos acceder al lenguaje y con el lenguaje a la simbolización. Vías estructurantes diferentes a la sobrecatectización del cuerpo como encuadre de los afectos (angustias, dolores psíquicos) que no puede soportar.

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Conversemos Fri, 17 Jun 2016 01:58:53 +0000