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Sobre la libido en la teoría freudiana y su relación con el sufrimiento

Sobre la libido en la teoría freudiana y su relación con el sufrimiento

 

Alejandra del Ángel Ramos 

El centenario de la publicación del texto Duelo y melancolía (Freud, 1917) nos convoca a recordar la importancia de este trabajo en la construcción del psicoanálisis y también para discutir las causas que sostienen al sufrimiento humano. En este trabajo recorro brevemente la construcción de la teoría de la libido en Freud para acercarnos al tema de las crisis afectivas de nuestro tiempo y su relación con la libido.

1. La libido en la teoría freudiana

La teoría de la libido es una de las piezas primordiales del psicoanálisis, sin ella no sería posible acercarnos a la comprensión del concepto de inconsciente propuesto por Freud, ni tampoco a su abordaje clínica. Podemos definir de manera breve a  la libido como la energía de vida que arranca a la sexualidad humana de la meta exclusiva de la reproducción.

Sobre el origen de la libido, Roudinesco y Plon (1998) refieren que es un término que proviene del latín lívido, que significa deseo. La palabra libido fue retomada por los fundadores de la sexología a mediados del siglo XIX para denominar a la energía propia de la sexualidad. Freud extrajo de la ciencia sexual el término y lo usó para designar la manifestación de la pulsión en la sexualidad humana.

La evolución de la teoría de la libido en Freud no fue lineal, tuvo lugar a partir de contradicciones, rupturas y ambigüedades. En un principio, Freud conceptualizó a la libido como la manifestación en la vida psíquica de la pulsión sexual y esta idea lo conduciría a la redefinición de la libido en la que se aleja de la actividad energética para convertirse en la fuente de deseo que alimenta al Eros (Assoun, 2002).

La función de esta fuente de deseo libidinal consiste en investir a los objetos para después desplazarse tanto hacia otros objetos, como  hacia otros fines que no son sexuales. De esta manera, la libido sexual es sublimada; es decir, la libido desemboca en un fin no sexual al investir objetos socialmente valorizados. Aún cuando los objetos y el fin de la libido sean desplazados, su carácter sexual y deseante se conserva. Es este carácter deseante de la libido lo que nos procura el placer en actividades apartadas del encuentro sexual, como pueden ser las artes o las producciones intelectuales.

Hasta 1920, para Freud (1920) el aparato psíquico para Freud se regía mediante el principio de placer, el cual tendía a la descarga para reducir tensión. Sin embargo, desde 1915 Freud comenzó a plantearse un problema con relación a la tendencia a la descarga, problema que atraviesa Más allá del principio de placer y que desemboca en la concepción del superyó de 1923. En este periodo, Freud trabaja la paradójica satisfacción de la libido por medio de los objetos y también introduce el problema del yo con relación al narcisismo.

En Más allá del principio de placer, Freud da cuenta de que la descarga no genera vida, sino repetición y que esta repetición conduce a la muerte. La tendencia hacia la muerte avanza en silencio y queda encubierta por una paradójica forma de  satisfacción de tipo masoquista. Freud (1923) opone la tendencia a la muerte frente al Eros, ese “alboroto” de la vida. Así, el sufrimiento humano, bajo la cara de la melancolía es fundamentalmente un distanciamiento del eros. Hacia el final de su obra, Freud propuso que la energía del eros y la libido se referirían a lo mismo.

2. La libido en Duelo y Melancolía

En Duelo y melancolía de 1917, Freud bosquejó la instancia crítica que después designará como superyó. Este texto nos introduce al complejo papel que juega la libido narcisista en la constitución del yo. La libido puesta al servicio del yo encierra al sujeto en sí mismo y le impide investir, y por lo tanto disfrutar de los objetos del mundo. Así, la libido que se dirige hacia el yo produce estados melancólicos. Esta libido narcisista no provee satisfacción, ni amor, sino un silencioso sufrimiento. Sin embrago, Freud (1917) señala que la libido narcisista conlleva necesariamente un sufrimiento gozoso, es decir, a una forma de satisfacción que se logra mediante el dolor.

Para Freud, la melancolía se asemeja al duelo en la medida en que también se experimenta la pérdida del objeto de amor. Al perder el objeto, emerge un vaciamiento libidinal que impide investir a otros objetos. El problema es, ¿qué se hace con la libido ligada al objeto perdido? El duelo busca restaurar la distribución libidinal. Hacia el final del duelo, se renuncia al objeto y de esta forma la libido vuelve a circular para convertir a otros objetos en objetos de amor.

En la melancolía, sin embargo, esta re-distribución está impedida. Lo impide por un lado la libido dirigida y retenida en el yo, y por otro, la relación con la culpa alimentada por esa instancia crítica que atormenta al yo. La melancolía para Freud se produce en la medida en que el yo quede ligado al objeto por medio de la identificación narcisista. Freud (1917) señala que “en  la identificación narcisista con el objeto, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo [el yo] insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica” (p. 47).

El componente sádico del yo es la paradoja del amor de objeto. Cuando el yo se toma a sí mismo como objeto de amor narcisista, no produce amor sino que deviene un estado melancólico. En el yo y el ello de 1923, Freud elabora el concepto de la instancia del superyó. Aquí Freud nos dice que el Ello, como lugar de lo inconsciente, tramita necesidades eróticas o libidinales por diversos caminos. En primer lugar, cede con la mayor rapidez posible a la satisfacción de las aspiraciones directamente sexuales. Así la compulsión queda vinculada con la precipitación de la búsqueda de una satisfacción inmediata.

Esto nos lleva a preguntarnos sobre lo que vivimos actualmente en términos de inmediatez de la satisfacción. ¿Qué consecuencias tendrá el dejar de lado el camino complejo y alborotado del eros por una relación directa, no sublimada del encuentro sexual?

3. La agonía del Eros

Así llegamos a la propuesta contemporánea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han (2014), quien en sus escritos trabaja ampliamente la relación entre el eros y la inmediatez. Uno de sus textos se titula Melancolía y nos interesa en este contexto ya que establece la relación que hemos venido trabajando entre el yo y la melancolía. Está relación está dada además en el contexto del sistema capitalista que rige nuestras formas de consumo actuales.

Byung-Chul Han enfatiza que el erotismo solo tiene lugar en la medida en que el sujeto se dirija a otro, es decir, que tome distancia de la satisfacción narcisista. El problema que nos plantea es que en la actualidad los objetos que consumimos no parten del eros sino que están al servicio del yo.

El amor resulta del erotismo, es efecto de que se introduzca una diferencia entre el yo y el otro. El narcisismo, en tanto yo indiferenciado, nos impide disfrutar del otro y por lo tanto, nos impide amar. Este filósofo reitera que la depresión es una enfermedad fundamentalmente narcisista. Nos dice que lo que conduce a la depresión es una relación exagerada y patológicamente recargada del yo con sí mismo. El sujeto narcisista-depresivo está agotado y fatigado de sí mismo; carece de mundo. Ha sido abandonado y es abandonado por el otro. Eros y depresión se excluyen mutuamente. El Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce hacia fuera, en la vía de la relación con el otro. En cambio, la depresión lleva al sujeto a derrumbarse en sí mismo.

En este sentido, nuestras afecciones actuales pueden pensarse desde el narcisismo. Un narcisismo que nuestra cultura fomenta en la medida en que compromete nuestros lazos sociales y la relación con los otros. Efectivamente, al hacer creer que nuestro deseo puede saciarse con los objetos que ahora tenemos al alcance de nuestros dedos, se fortalece la ilusión de que el deseo, la libido, se satisface con el objeto. Tenemos entonces que se limita el recorrido necesario para la vida y se introduce el silencio mortificante vía la melancolía.

Para terminar, retomemos la relevancia del duelo para asumir la pérdida y redistribuir la libido. El duelo nos permite resignar al objeto perdido y nos posibilita volver a amar a otros. Cabe preguntarnos si el sufrimiento narcisista de nuestro época no es efecto de no dar lugar a la pérdida, sino a la identificación, produciendo así sociedades melancólicas concentradas en sí mismas. A la luz de nuestro tiempo, miramos en retrospectiva Duelo y melancolía para dar cuenta de que lo  que impera es la concentración en la imagen narcisista, imagen que hace caer al Eros y que deja al sujeto suspendido en un limbo que se resiste a perder.  

 

Referencias

Assoun, P-L. (2002). La metapsicología. México: Siglo XXI.

Freud, S. (1917/1992). Duelo y melancolía. En Obras Completas. Vol. 16. [235-256]. Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1920/1992). Más allá del principio del placer. En Obras Completas. Vol. 18. [1-62]. Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1923/1992). El yo y el ello. En Obras Completas. Vol. 19. [1-66]. Argentina: Amorrortu.

Han, B-C. (2014). La agonía del eros. Barcelona: Herder.

Roudinesco, É. y Plon, M. (1998). Diccionario de Psicoanálisis. Argentina: Paidós.