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El dolor de amar y el duelo corporal

El dolor de amar y el duelo corporal

 

Juan Pablo Brand Barajas

El amor es presencia dolorosa, amar es el solaz de los osados, de aquellos dispuestos a extraviarse por el gozo de la exaltación. No amar es vivir en ausencia, es deleite árido, incesante duplicación de la propia imagen, falaz abrazo, ergástulo onanista.   

Amar es la antesala de la pérdida, la cual puede durar días, meses, años o décadas; pero nunca dejará de ser antesala. A diferencia de los principios, los finales siempre llegan.

Cuanto más se ama, más se sufre, afirma Nasio (2007a). Pero ¿será que la llanura con su horizonte huidizo ofrece mayor placer que la accidentada pero tangible cordillera? Antonio Machado nos dice, en su poema Yo voy soñando caminos: “En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón… Aguda espina dorada, quién te pudiera sentir en el corazón clavada" (Machado,1980, pp. 30-31). El temor a la espina petrifica a quien la ha padecido intensamente o a quien nadie sabe de ella.

Discurrir sobre el amor y la pérdida nos remite necesariamente al duelo, el cual a muchos resulta insoportable y por tanto intentan reconfortar al sufriente, sin entender que olvidar la pérdida del ser amado es perderlo dos veces. El dolor psíquico es interminable océano de congoja, pero es la última muralla frente a la locura (Nasio, 2007a). El dolor todavía vincula con el otro, más allá de los linderos del dolor, más allá del territorio de lo soportable, esperan la enajenación y la muerte.

Freud (1917/1992) conceptualiza el duelo como un trabajo y en el texto Duelo y melancolía afirma lo siguiente:

“El examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda la libido de sus enlaces con ese objeto. A ello se opone una comprensible renuencia; universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal, ni aun cuando su sustituto ya asoma. Esa renuencia puede alcanzar tal intensidad que produzca un extrañamiento de la realidad y una retención del objeto por vía de una psicosis alucinatoria  de deseo. Lo normal es que prevalezca el acatamiento a la realidad. Pero la orden que ésta imparte no puede cumplirse enseguida. Se ejecuta pieza por pieza con una gran gasto de tiempo y de energía de investidura, y entretanto la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que a libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido… Una vez cumplido el trabajo de duelo el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido” (p. 243).

Las reacciones que suceden a la pérdida y que constituyen el cuadro del duelo pesaroso son:

  • Talante dolido.
  • La pérdida de interés por el mundo exterior – en todo lo que no recuerde al muerto.
  • La pérdida de la capacidad de escoger algún  nuevo objeto de amor – en reemplazo del llorado.
  • El extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto.
  • Fácilmente se comprende que esta inhibición y este angostamiento del yo expresan una entrega incondicional al duelo que nada deja para otros propósitos y otros intereses.

La melancolía es similar, pero se suma ”una rebaja en el sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo” (Freud, 1917/1992, p. 242).

Jean Allouch (1995, citado en Colín, 2005), en su texto de Erótica del duelo en tiempos de muerte seca, propone un replanteamiento de la teoría del duelo, partiendo de que el paradigma del duelo de Freud estaba sustentado en la pérdida del padre y ahora el modelo del duelo es el de la muerte del hijo. Araceli Colín (2005), resume en las siguientes tesis la revisión de Allouch:

  1. El duelo implica subjetivar una pérdida, más algo suplementario. Ese algo es un trozo de sí que ha de sacrificarse. “se está en duelo no porque una persona cercana (término oscurantista) haya muerto, sino porque quien ha muerto se llevó con él en su muerte un pequeño trozo de sí” (Allouch, 1995, en Colín 2005, pp. 140-141).
  2. El acto por sí mismo es susceptible de efectuar en el sujeto una pérdida sin ninguna compensación, una pérdida a secas.”Ante el progresivo decaimiento del rito en el mundo moderno, el que está en duelo se ve compelido a efectuar un acto, un acto sacrificial y público. Ese acto que pondría fin a su duelo porque daría cuenta del sacrificio (renuncia radical) a ese trozo de sí que el muerto se llevó. Situación completamente contraria a aquella que considera al duelo como una sustitución, sustitución de un objeto perdido por otro reemplazante” (p. 142)
  3. El paradigma del duelo ya no es el del padre sino el del hijo.
  4. Un hijo muerto constituye lo medular de la locura entre varios.
  5. Un duelo no realizado, no asumido, produce un desplazamiento en las generaciones.
  6. El duelo pone en juego la cuestión de la transmisión, tesis íntimamente ligada con la anterior. “Alguien que ha vivido, deja al morir millones de huellas” (Foucault, citado en Colín, 2005, p.144)
  7. El duelo implica persecución. ”La persecución… regula la relación con la muerte” (Allouch, 215, en 145).
  8. El duelo tiende a expresar la dimensión de lo cómico. Lo cómico es el registro del duelo.
  9. El duelo subjetivo tiene un compromiso con la erótica.

Juan David Nasio (2007a) señala que el dolor psíquico “se puede resumir en una fórmula sencilla: un amor demasiado grande dentro de nosotros por un ser que no existe fuera” (p. 80), agregando que  “el dolor es un goce que hay que descargar” (p. 83). Para este autor existen varios tipos de dolor psíquico:

  • Duelo: Cuando sufrimos la muerte de un ser querido.
  • Abandono: Cuando el ser amado nos retira súbitamente su amor.
  • Humillación: Cuando alguien nos hiere profundamente en nuestro amor propio.
  • Mutilación: Cuando perdemos una parte de nuestro cuerpo (pp. 22-23).

También propone diferentes dimensiones del dolor:

  • Afecto: El afecto último. “Es como un sobresalto final que da testimonio  de la vida y de nuestra capacidad de recobrarnos. Uno no muere de dolor. Mientras hay dolor, contamos con las fuerzas necesarias para combatir el mal y continuar viviendo” (pp. 24- 25).
  • Síntoma: Como “la manifestación exterior y sensible de una pulsión inconsciente y reprimida” (p. 25).
  • Perversión: El dolor en cuanto objeto del placer perverso sadomasoquista.   

Para Nasio (2007a), el dolor psíquico tendría tres tiempos: ruptura, conmoción y reacción defensiva del yo. Al ser atravesado por el dolor, el yo experimenta diversos estados simultáneamente: el yo que sufre la conmoción, el yo que observa su conmoción, el yo que experimenta el dolor y el yo que reacciona a la conmoción.

Para este autor el dolor psíquico es el dolor de amar, para el cual ofrece dos definiciones:

1ª. Definición: “El dolor de amar es una lesión del vínculo íntimo con el otro, una separación brutal de lo que naturalmente está destinado a vivir unido… Es el afecto que resulta de la ruptura brutal del vínculo que nos une al ser amado [en una nota a pie de página el autor aclara: “Decimos ‘amado’, pero el otro al que nos sentimos ligados, y cuya separación nos genera dolor, también es un ser odiado y angustiante]” (p. 31).

2ª. Definición, desde el punto de vista metapsicológico: “El dolor es el afecto que expresa, en la conciencia, la percepción que tiene el yo –percepción hacia adentro- del estado de conmoción pulsional (trauma) provocado por la efracción no ya del envoltorio corporal del yo – como sucede en el dolor físico- sino provocado por la ruptura súbita del vínculo que nos une a nuestro elegido. El dolor del amar es, pues, un dolor traumático” (P. 32)

El desbaratamiento de las pulsiones por la pérdida del objeto, lleva al yo a concentrarse en un solo punto: La representación psíquica del ser perdido. El yo “se confunde casi totalmente con esta imagen soberana y vive amando – a veces odiando- la efigie del que ya no está, efigie que atrae hacia sí toda la energía del yo y hace que éste sufra  una aspiración medular violenta que le deja exangüe e incapaz de interesarse por el mundo exterior” (Nasio, 2007a, p. 36)

Sin el yo no habría dolor, sin embargo, el dolor está en el ello, no en el yo. Lo que posibilita que haya dolor es que el yo: “acredite la irremediable realidad de la pérdida del ser amado, que perciba el maremoto pulsional desencadenado en el ello –verdadera fuente del dolor- y que traduzca esta endopercepción en sentimiento doloroso” (Nasio, 2007a, p. 75).

La propuesta de Nasio (2007a) con respecto al duelo se encontraría en un posicionamiento intermedio entre Freud y Allouch. Para este autor, hacer un duelo significa “desinvertir poco a poco la representación saturada del amado perdido con objeto de hacerla nuevamente conciliable con el conjunto de la red de representaciones del yo. El duelo no es otra cosa que una redistribución muy lenta de la energía psíquica hasta entonces concentrada en una única representación que había llegado a ser dominante y ajena al yo” (p. 38).

Coincide con Freud en que el duelo implica un trabajo de sustitución, sin embargo, es un reemplazar sin olvidar.  El duelo radica en aceptar que “él no está allí, pero está en mí” (p.112). La similitud con la propuesta de Allouch se encuentra en la afirmación de Nasio con respecto a la intensificación del amor por el que se ha ido, “lo que hace sufrir no es la pérdida del ser amado, sino continuar amándolo más que nunca ahora que sabemos que lo hemos perdido irremediablemente” (p. 39). Para él, la falta es “aguijón del deseo, es síntoma de vida” (p. 45).

El deseo por la continuidad del amado, puede manifestarse como negación de la ausencia, lo cual “confina a la locura pero mitiga el dolor” (Nasio, 2007a, p. 40). Es de esta forma que Nasio nos habla del  “amado fantasma”, una experiencia que puede ser cercana a la alucinación, aclarando que  “sólo podemos alucinar algo que nos es esencial, algo de lo que no se nos puede privar sin correr el riesgo de trastornar nuestra psique” (p. 43)

El otro camino, es iniciar un lento y árido proceso de desamor, para después aprender a  amar a la persona desaparecida de otra manera, prescindiendo de su presencia viva.

Si el amor se congela frente a la imagen del ausente o se expresan sentimientos de odio es posible pensar en un duelo patológico.

En su artículo El objeto del duelo, Josafat Cuevas (2005) señala la importancia de distinguir entre el objeto de amor y el objeto de la pulsión, en el análisis del duelo y de todo aquello que se vincule a la pérdida. Sustenta su propuesta en textos de Freud, los cuales citaré de la fuente original, esto es las Obras Completas y agregaré algunos otros que no son citados por Cuevas.

En Tres ensayos de teoría sexual, Freud (1905/1990) afirma lo siguiente:

“Cuando la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a  ser, regularmente, autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la relación originara. No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño el pecho de su madre se vuelve paradigmático de todo vínculo de amor. El hallazgo [encuentro] de objeto  es propiamente un reencuentro” (pp. 202-203).

Retomo la frase “la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio”, pues me parece un planteamiento central para establecer la naturaleza y función del primer objeto. Esto es, desde mi perspectiva, la cual considero sustentada en los planteamientos de Freud, la primera relación es de tipo químico-orgánica. La pulsión tiene su fuente en el cuerpo y antes de la posibilidad de representación esa pulsión solamente se puede dirigir a otro cuerpo, que a su vez dirige su pulsión al bebé. Ese primer vínculo es cuerpo a cuerpo y por tanto es irrepetible puesto que al paso del tiempo la condición anatomo-fisiológica se modifica, pero sobre todo al aparecer la capacidad de representación en el bebé será arrancado súbitamente de la posibilidad de establecer una relación como esa primera, esto es, exclusivamente corporal.

Con respecto a este punto, Cuevas (2005) refiere lo siguiente:

“Lo que Freud plantea es que, como resultado de las primeras percepciones del objeto real, se inscriben una serie de huellas mnémicas, registradas primero simultáneamente. Estas huellas, dice Freud, sufren de tanto en tanto una serie de ordenamientos, de retranscripciones (Umschrift) diversas, de acuerdo con varios criterios: analogía, causalidad, etc. Son estas huellas mnémicas sujetas a las condensaciones y desplazamientos de la energía psíquica (que después llamará libidinal), las que a justo título pueden ser llamadas representaciones. La huella mnémica en sí, como mero registro pasivo de una impresión, no es aún una representación en el sentido freudiano; es preciso el concurso de la movilidad de la energía, cargándolas y descargándolas. Es esta noción de carga y contracarga lo que distingue la concepción de representación en Freud, de la tradición clásica que abarca un amplio periodo histórico”. Agrega que  esto lleva al entrecruzamiento de imaginario y simbólico que en Freud “no están suficientemente distinguidos”.

Esto es, que esa relación cuerpo a cuerpo permanece como huella mnémica que puede sufrir retranscripciones, sin embargo, su molde original no podrá ser modificado, en adelante, solo serán posibles las variaciones con respecto a las huellas originales y estas variaciones son las que viabilizan las representaciones.

Freud plantea que los primeros vínculos sexuales son los más importantes y después de que la actividad sexual se divorcia de la nutrición resta una parte considerable que ayuda a preparar la elección de objeto y restaurar dicha pérdida. Lo que significa que los primeros vínculos permanecerán como referencia fija, mientras que la experiencia de pérdida, de falta, será la dinámica. Lo cual permitiría afirmar que lo que es susceptible de movimiento es la posición frente a la falta del objeto y esta posibilidad movimiento es la condición de lo humano. Con respecto a esto, Lacan (1955/1997) afirma “El sujeto no vuelve a hallar los carriles preformados de su relación natural con el mundo exterior. El objeto humano se constituye siempre por la mediación de una primera pérdida. Nada fecundo le sucede al hombre sino por la mediación de una pérdida del objeto” (pp. 207-208).

Por su parte, Winnicott (1971/2001) plantea que la posibilidad de separación del primer objeto, el apartamiento del cuerpo que ha procurado la continuidad orgánica, implica un proceso, durante el cual se necesita un sustituto al cual llama objeto transicional, ese objeto representará al primer objeto  al tiempo que será el punto de partida de toda representación simbólica. El objeto concreto, a través del juego se va constituyendo en un espacio en el cual el objeto se convierte en un medio para la manifestación subjetiva y creativa. Este espacio es el nombrado como potencial, el cual es para Winnicott “la zona disponible para maniobrar en términos de la tercera manera de vivir (donde está la experiencia cultural o el juego creador) es muy variable de un individuo a otro. Esto es así porque esta tercera zona es el producto de las experiencias de las personas… en el ambiente que predomina” (1971/2001, p. 142). Esto es, el espacio potencial ”no está dentro del individuo, ni afuera, en el mundo de la realidad compartida”  (p.146) y su fundamento es la confianza del bebé en la madre. La existencia de este espacio llevaría a la afirmación de que “en el caso de los seres humanos no hay separación, sino solo una amenaza de ella; y la amenaza es traumática al mínimo o al máximo según las experiencias de las primeras separaciones” (p.143), la calidad en los cuidados del bebé definirán la calidad y amplitud de este espacio potencial.

De esta forma, Freud, Lacan y Winnicott coinciden en que la base de la estructuración psíquica así como toda relación de objeto remitirán a las huellas dejadas por la primera relación, por el vínculo cuerpo a cuerpo de los primeros días de la vida, por “el objeto real, radicalmente perdido” (Cuevas, 2005).

Esta transición marcaría también  el paso al  principio de realidad, a la constitución del yo:

“Esta es una de las consecuencias radicales del planteamiento de Freud. El primado del funcionamiento del aparato psíquico corresponde al proceso primario y al principio del placer, lo paradójico y complicado en su ubicación no es este principio, sino el proceso secundario y principio de realidad, ligado con el yo y la conciencia, y con todas las ‘pruebas de realidad’ como se quiera… Pero precisamente no la hay cuando esa realidad colma la satisfacción, y en este sentido para Freud son equivalentes la satisfacción que procura el objeto real, y la huella de su satisfacción. Es justamente cuando falla esa satisfacción por ausencia del objeto, cuando se impone  la paradójica e imposible ‘prueba’ de esa realidad” (Cuevas, 2005).

Mi propuesta con respecto a este movimiento de la relación del primer objeto, la cual se da en términos de proceso primario y es guiada por el principio del placer, al proceso secundario y el principio de realidad, es que esta definido por la experiencia de dolor físico, esto es, las experiencias de dolor (no confundir con displacer) serían las que llevarían al bebé a un distanciamiento del cuerpo que lo provee, puesto que el dolor en cierta manera fuerza a autodirigir las pulsiones y por tanto constituye, paradójicamente, la base del autoerotismo.   Freud (1905/1992) plantea que “el psicoanálisis enseña que existen dos caminos para el hallazgo de objeto; en primer lugar, el mencionado en el texto, que se realiza por apuntalamiento en los modelos de la temprana infancia, y en segundo lugar, el narcisista, que busca al yo propio y lo reencuentra en otros. Este último tiene particular importancia para  los desenlaces patológicos”          (p. 203).

Una vez transitado hacia la representación, la relación con quien cumple la función materna será la que abrirá las vertientes de la red de ligaduras pulsionales, donde los nodos son constituidos por los objetos de la pulsión: 

“Cuando [una madre] enseña al niño a amar, no hace sino cumplir su cometido; es que debe convertirse en un hombre íntegro, dotado de una enérgica necesidad sexual, y consumar en su vida todo aquello hacia lo cual la pulsión empuja a los seres humanos… A lo largo de todo el período de latencia, el niño aprende a amar a otras personas que remedian su desvalimiento y satisfacen sus necesidades. Lo hace siguiendo en todo el modelo de sus vínculos de lactante con la nodriza… prosiguiéndolos... El trato del niño con la persona que lo cuida es para él una fuente continua de excitación y de satisfacción sexuales a partir de las zonas erógenas, y tanto más por el hecho de que esa persona –por regla general, la madre- dirige sobre el niño sentimientos que brotan de su vida sexual, lo acaricia, lo besa y lo mece, y claramente lo toma como sustituto de un objeto sexual de pleno derecho” (Freud, 1905/1992, p. 204)

Por tanto, el cambio de posición implica también modificación en los procesos sexuales del organismo, los cuales se cambian del “quimismo particular” de la nutrición a “un quantum de libido a cuya subrogación psíquica llamamos libido yoica; la producción de esta, su aumento o su disminución, su distribución y su desplazamiento, están destinados a ofrecernos la posibilidad de explicar los fenómenos psicosexuales observados” (p. 198).

Esta libido yoica:

“Sólo se vuelve cómodamente accesible al estudio analítico cuando ha encontrado empleo psíquico en la investidura de objetos sexuales, vale decir, cuando se ha convertido en libido de objeto. La vemos concentrarse en objetos, fijarse a ellos o bien abandonarlos, pasar de unos a otros y, a partir de estas posiciones, guiar el quehacer sexual del individuo, el cual lleva a la satisfacción, o sea, a la extinción parcial y temporaria de la libido… Además, podemos conocer, en cuanto a los destinos de la libido de objeto, que es quitada de los objetos, se mantiene fluctuante en particulares estados de tensión y, por último, es recogida en el interior del yo,  con lo cual se convierte de nuevo en libido yoica. A esta última, por oposición a la libido de objeto, la llamamos también libido narcisista. Desde el psicoanálisis atisbamos, como por encima de una barrera que no nos está permitido franquear en el interior de la fábrica de la libido narcisista; así nos formamos una representación acerca de la relación entre ambas. La libido narcisista o libido yoica se nos aparece como el gran reservorio desde el cual son emitidas las investiduras de objeto y al cual vuelven a replegarse; y la investidura libidinal narcisista del yo, como el estado originario realizado en la primera infancia, que es sólo ocultado por los envíos posteriores de la libido, pero se conserva en el fondo tras ellos” (pp. 198-199).

Freud concluye “una teoría de la libido en el campo de las perturbaciones neuróticas y psicóticas tendría como tarea expresar todos los fenómenos observados y los procesos descubiertos en los términos de la economía libidinal.” (p. 199).

Estas largas citas las conservo en su versión original para subrayar que las relaciones de objeto y su rompimiento, deben entenderse entonces en términos económicos y no con respecto a las características de la representación del objeto. Lo anterior daría sustento al hecho de que cuando se tiene una pérdida, el nivel de la representación es secundario con respecto a la redirección de las pulsiones, lo cual es la base para afirmar que no solamente se hace duelo por la representación de la persona sino también por el cuerpo de la persona y si retomamos la idea de que la primera pérdida no es de una representación sino de un cuerpo, el duelo por este último tiene mayor impacto que el otro y explica el duelo vivido en el propio cuerpo que es la base del dolor psíquico.

 

Referencias

Colín, A. (2005). Antropología y Psicoanálisis. Un diálogo posible a propósito del duelo por un hijo en Malinalco. México: Universidad Autónoma del Estado de México.

Cuevas, J. (2005). El objeto del duelo. Carta psicoanalítica, 6 [Revista electrónica]. Disponible en: http://cartapsi.org/spip.php?article149. 

Freud, S. (1905/1990). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras Completas.  Vol. 7. [109-224]. Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1917/1992). Duelo y melancolía. En Obras Completas. Vol. 16. [235-256]. Argentina: Amorrortu.

Lacan, J. (1955/1997). Seminario 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Argentina: Paidós.

Machado, A. (1980). Poesía. España: Alianza.

 

 

 

Nasio, J.D. (2007a). El dolor de amar (1ª reimp.). Argentina: Gedisa.

 

Nasio, J.D. (2007b). El dolor físico. Argentina: Gedisa.

 

 

Winnicott, D.W. (1971/2001). Realidad y juego. España: Gedisa.