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Intervención con adolescentes

Intervención con adolescentes

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Juan Alberto Sanen Luna

 

Tenemos una imagen de la intervención como algo impositivo, es lógico, se desprende de nuestra mirada general del mundo. En nuestro tiempo cuando señalamos intervención, ecos de los horrores de la guerra y del coloniaje llegan a nuestros oídos. Su constancia implica, por una parte, el acostumbrarnos a la indiferencia y por otra el rechazo inmediato a ser partícipes, pocas veces incluye una re-flexión sobre ello y sobre nosotros.

Sin embargo, una posible definición etimológica de intervención puede lograr un pequeño cambio de vía, al remitirnos a la palabra “Interveniere” la cual se puede situar como un “Venir a ponerse entre dos cosas o más”, tendremos nuevos caminos.

En nuestro quehacer podríamos pensar cómo a partir de nuestra presencia y palabra entre el adolescente y el deseo que le habita, entendiendo que esto comporta un acto de cierta belicosidad, se puede abrir un pequeño espacio para reflexión de uno sobre el otro y viceversa.

Esta abrupta irrupción de lo exterior en su campo psíquico, no es algo planeado por él, así que no se trata de un acto solicitado, la agresividad y la violencia se conjuntan y su no trámite puede conducir a consecuencias funestas.

El adolescente en sí, ya está colocado entre dos puntos de su existencia, su infancia y su adultez, dos modos de ver su trama y su drama vivencial, otra vez la misma etimología, la pasión de las y por las palabras (Bourdelois), nos da la razón “Adolescere”, verbo de donde parte la palabra, es referencia al “que está creciendo”.

Así, se da sentido a que, por supuesto el adolescente no es fijo, en primera instancia es acción, un movimiento que se gesta desde su interior marca su estancia en el mundo y, casi siempre, es un ritmo dispar al exterior.

Considerando estas cuestiones es fácil comprender que, al iniciar un trabajo, analítico o terapéutico o ambos, las sesiones toman una dimensión temporo-espacial distinta, los ritmos, el beat se transforma aparatosamente. Por lo que se requieren de ajustes en cuanto al trabajo a realizar.

No es bajo el signo de la quietud, de la simulación del sueño que se logra aproximar uno a ese otro universo, del cual uno sabe y ha olvidado, las premisas que suponemos y replicamos (regularmente sin análisis de ellas) que operan en lo denominado “psicoanálisis clásico u ortodoxo”. No operan, tal como en la psicosis, las herramientas del lenguaje, las cuales no están carentes, sino francamente pobres para su acción.

Considerar que el diván y la escucha flotante, con algunos señalamientos encriptados en muchos casos (sin que sean interpretaciones tal cual) es aproximarse psicoanalíticamente al adolescente, solo nos habla de un intento de ajuste del mundo adulto a otro tiempo. No hay reinvención en ello, el analista debe abandonar primero la pose y no solo hacer semblante de su presencia, es estar presente, tal como indica Winnicott (1965), es posible acompañar, pero a condición de estar.

Entonces se vuelve necesario re-conceptualizar qué está ocurriendo en el punto de la adolescencia, con Mannoni es posible reconfigurar nuestro pensamiento relativo a una crisis. La crisis es un punto de deliberación, es el instante también en que nuestras condiciones psíquicas han sido rebasadas por el primado del principio de realidad y no se alcanza a simbolizar lo que acontece. Ahora bien, la crisis es un punto preciso, lo más álgido de un recorrido biográfico, el resto es crítico, a saber, es punto para la reflexión o para el esfuerzo de expulsión de todo lo que no tiene lugar en uno mismo.

La crisis adolescente regularmente se centra sobre el “ser” en un continuo (Levinas, 2006), esto impacta en nosotros justamente porque, digamos coloquialmente “cala hasta los huesos”, hemos pasado tanto tiempo en ello que en nuestra adultez consideramos que esto ya está resuelto. En los analistas subsiste la costumbre de creer que como se ha “atravesado el fantasma”, “se ha subvertido al deseo del otro”, y otras fórmulas-clichés, y por ello ahora somos “Analistas”.

Lo anterior no funciona en el marco de la adolescencia, como señala Fromm-Reichmann (2013). Si para con los esquizofrénicos se requiere de un tipo particular de analista, para trabajar con adolescentes se requiere lo mismo. No estamos tomando la adolescencia como una psicopatología, pero si consideramos las tendencias antisociales (Winnicott, 1965) que le incluyen a sí mismo, podemos decir que se necesita un analista, lo suficientemente analista para dejar de serlo cuando así se requiere.

Este tipo de analista no tiene problemas de ser por instantes, orientador vocacional, promotor de salud, revisor curricular, etc., nunca amo sino siempre desde su lugar de acompañante y, tampoco tiene problemas con que no se le ubique como analista, sino con “mi psicólogo”, “mi loquero”, “mi psicoterapeuta” y, a veces “mi analista”. Se dice así con el “mi”, anteponiéndose la posesión y la pertenencia, porque en un momento donde uno siente que no tiene nada y que no tiene a nadie, es inapreciable saber que no es así.

En una perspectiva de este tipo, no puede darse el análisis por el análisis, es su finalidad terapéutica, esa que siempre mantuvo Freud desde el inicio de su obra y hasta su muerte, la que insiste, la que mantiene la dinámica, la que lleva al encuentro de dos sujetos. Lo terapéutico no es lo confortable, lo inocuo, lo superficial, es aquello que en su recorrido permite un reordenamiento ontológico de mí mismo. Sin duda, si existe un tiempo (prolongado) de reordenamiento, de cuestionamiento y de aproximación solo a mí mismo, es en la adolescencia.

El analista, si es conocedor y sabedor de algo de sí y algo del mundo, pero además con los adolescentes también es “valedor”, debe comprender que “vale” (a veces mucho y a veces madres) y por ello no puede pasar por alto que algunas demandas y necesidades es menester que tengan una respuesta e incluso en algunos casos se conceda una parte de lo solicitado, siempre con miras de poder construir algo más. Sin embargo, existen ciertas respuestas que no damos pues únicamente les vemos como una imposición; “debes de hacer”, “deja de hacer”, “tienes que hacer”. Nos dan miedo, les tememos pues consideramos que eso no es un análisis, y sin embargo en ciertas ocasiones son necesarias. Para tranquilidad de todos, no están prohibidas, no están señaladas en un manual oculto del psicoanálisis, solo viven de esa manera en nosotros pues estamos demasiado apegados a el imaginario de lo que es o no es un análisis y un analista.

Colocarse en medio lleva a transformar esa herm-ética posición de analista, ya que es justamente el cómo se hace cargo de su falta y su carencia, lo que puede lograr que este adolescente, vislumbre modos de un poder hacer con él alguna otra cosa que la que viene haciendo.

Lo anterior va contrario a como se han entendido las “grandes enseñanzas” y por si esto fuera poco, también implica, saber que tampoco esas “sabias palabras” tienen las respuestas, citar textos reiteradamente no es la clínica, la clínica es un quehacer.

Desde este marco, la intervención apunta a colocarse, como señalamos anteriormente entre dos cosas, dos visiones e incluso cosmovisiones, para por vía de la palabra (en acto o enunciada) un adolescente pueda reorientarse en sí. Pero también es estar atentos a que durante el dispositivo estamos en medio de un duelo y de la nostalgia, pero también de la incertidumbre y la angustia, la del adolescente y la nuestra. Indispensable es considerarse allí, no como un analista, sino como un sujeto que ha vivido el ser adolescente. Por supuesto que no en gustos sino en los dilemas en la crisis, en la angustia, no alguien que lo ha teorizado como manera de defensa, sino en el que se ha atemperado a manera de salud mental, tomando ésta como lo mencionado por Jean Allouch (1984), la salud mental “es pasar a otra cosa”.

 

Referencias

ALLOUCH, J. (1984) Lettre pour Lettre, Francia: Eres

BOURDELOIS, I. (2007) Etimología de las pasiones, España: Zorzal

FROMM-REICHMANN, F. (2013) Principios de psicoterapia intensiva, España: Horme-Paidós

LEVINAS E, (2006) Humanismo del otro hombre, México: Siglo XXI Editores

MANNONI, M, (2009) La crisis de la adolescencia, España: Gedisa

WINNICOTT, D. (1965) El proceso de maduración en el niño; Estudios para una teoría del desarrollo emocional, España: Laia

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