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Acidia: melancolía y adolescencia

Acidia: melancolía y adolescencia

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Juan Alberto Sanen Luna

 

En la adolescencia observamos que la melancolía merma el intercambio de los sujetos, acentuándose el investimento yoico. Las lamentaciones, arrepentimientos y remordimientos por lo no realizado (aún cuando ello se sepa imposible de realizar), hacen que todo opere en una vuelta hacia sí mismo, lo que justifica su denominación como “neurosis narcisistas” (Freud, 1988/1924), instalándo al sujeto en una autoreferencia incesante, en una “sujeción exclusiva a coordenadas personales” (Castilla de Pino, 1969, p. 33). Es decir sólo es posible localizar al adolescente, en sí mismo, aún cuando no se encuentre dentro de sí. El desgano por lo circundante, la pérdida de aura de los objetos (en el sentido de Walter Benjamín) producen una variación del “melankolos”.

Sin embargo, hay ocasiones en que la tristeza por el pasado también “contagia” lo posible del devenir. La desaparición del futuro conlleva la desintegración del porvenir de una ilusión, simplemente se ha perdido cualquier ilusión de un porvenir y se presentifica una suerte de certeza mortífera, ya no habrá más y por tanto aferrarse al instante y a lo instantáneo resulta la única vía de obtención de placer.

El adolescente (aunque bien cabría extenderlo a todos los melancólicos) suele aferrarse a sí mismo, el repliegue narcisista se impone como medio de aporte libidinal a la dinámica psíquica que busca encontrar un soporte ortopédico seguro, sus propios pensamientos entonces son los que brindan líneas discursivas apropiadas para dicho propósito. Este apartamiento del mundo, sin un rompimiento del lazo social, obtura la mirada del futuro, la vuelta que ejecuta el joven sobre sus propios pasos y los intentos para re-anudar la marcha es un ritual obsesivo (por ello es fácil comprender la cercanía entre entidades psicopatológicas), allí se instala lo que “Casiano menciona como hija de la tristeza” como menciona Marinas (2011) es la acidia, la pereza, la tristeza por lo aún no acaecido.

Este movimiento psíquico ha anulado la posibilidad de lo posterior, todo es inalcanzable, lo que le circunda no tiene un más allá y sin esta cualidad se vuelve prescindible lo que aparece en el horizonte, donde el primer destello que irradia no es suficiente para intentar conservarlo, retenerlo o repetirlo (la insistencia de un placer que ya ha escapado).

Pero, ¿qué hacer frente a un futuro, no incierto, sino por el contario pleno de certeza?, ¿cómo lograr poner en movimiento algo que se petrifica?, ¿de qué manera elaborar un duelo por ese muerto que soy yo? Sólo una reacción furibunda, agresiva puede movilizar al adolescente. No se trata de las imágenes en que se ve o de las miradas en que se encuentra, esta cautivo en el entrampamiento de su manera de mirar el mundo. Él se ha concentrado en eso que lanza y que termina siendo reflejo de la nada que por un instante con la gran variación de tiempo que este tiene, le llena. La violencia contra de si, no es violencia contra otros, no siempre, es también un medio de sentir que al estar vivo, lo que le rodea también lo está y por tanto seguirá vivo, tendrá futuro

Este momento, en que puede observarse y sentirse tiene la inusitada condición del peligro. Sabemos que los estados depresivos encuentran su letalidad cuando el interés se moviliza, pues se revela como estrategia para vencer el congelamiento, el  “no estar”.  E incluso es posible que al encontrarse sumido en la melancolía se establece paulatina y entrañablemente una relación con el pasado, donde los sujetos ven emerger en el horizonte el sol negro de Baudelaire, desde esa luz obscura se impone las ideas de indignidad, los temas de la hipocondría, las ideas de negación de órganos. Pero si algo caracterizaría el sistema psicótico en el que puede convertirse la melancolía es que los delirios que se despliegan son “delirios del pasado” (Bernard, 1978, p. 207). A saber, se observa una tendencia hacia lo ya acontecido; esta paralización del tiempo instala una desconexión de la temporalidad, dando por resultado que no se habite en el propio tiempo.

A diferencia de la plena melancolía, en la cual aún se tienen los recuerdos como asidero y por supuesto el goce que de ellos emana, en la acidia, en la pereza por el futuro y la desesperanza, en la tristeza de un “no hay más”, no se tiene nada.

La Acidia, hija menor, violenta y furiosa aniquila el dinamismo de la esperanza melancólica, su ruptura con cualquier referencia de posterioridad (sea un segundo u otra vida), ella detiene la producción simbólica, ni el pasado ni el futuro tienen el empuje necesario para la continuidad del ser, un estado de desazón, de futilidad hace grietas, de donde pueden llegar a emerger los fenómenos elementales ya caracterizados por Clérambault y retomados por Lacan, y sin un síntoma no hay asidero. Aún cuando podría considerarse en sí esta situación sintomática, habrá que recordar que no refleja trámite alguno, pues es con mayor precisión la instauración de un tiempo sin tiempo.

 

Referencias

Allouch, J. (2001). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. México: Epeele

Bernard C. (1978). Semiología psiquiátrica. España: Masson.

Castilla de Pino, C. (1969). Un estudio sobre la depresión. España: Península.

Freud, S. (1988/1924). Neurosis y psicosis. En  Obras completas, Vol. 19 [151-159] Argentina: Amorrortu.

Freud, S. (1988/1927). El porvenir de una ilusión. En Obras completas, Vol. 21     [1-55] Argentina: Amorrortu

Lacan, J. (1993). Seminario 3. Las Psicosis. Argentina: Paidós. 

Marinas, J.L. (2011). Pequeño tratado de los grandes vicios. España: Anagrama.

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