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Sobre la despersonalización

Sobre la despersonalización

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Juan Alberto Sanen Luna

Nos pensamos siempre ciertos, a saber, somos quienes somos. Sin embargo, existen fenómenos que si bien orientan con relación a cuestiones clínicas, ponen en entredicho nuestras certezas. Lo que impera en estos fenómenos, es “un intento de desautorizar un fragmento de la realidad objetiva” (Freud, 1936, p. 217), el cual “nos aparece ajeno [fremd] o bien lo es uno del propio yo” (p. 218). En ellos se pone en marcha un movimiento interno enajenante, la despersonalización.

 

El término es introducido en el ámbito de la clínica y la psicopatología por Dugas en 1898, tras abstraerle y desarrollarle a partir de un texto del filósofo Amiel; “todo me es extraño, podría estar fuera de mi cuerpo, de mi individualidad; estoy despersonalizado ajeno, lejano”. Dugas no dudará en aplicarlo al campo del naciente estudio de la psicosis, sobre todo en el punto de “no saberse” engarzado a la certeza subjetiva de Magnan, pero ello no evitara que se observe en sujetos “portadores” de otras entidades nosográficas como las histerias crepusculares (Luque, Villagrán, Vals y Díez, 1995).

Clínicamente se describe como “una vivencia de irrealidad, una pérdida de la convicción en la propia identidad y el sentido de control sobre el propio cuerpo. Cenestesia quebrada, extrañeza rayana en un automatismo robótico, mundo acromático y congelado, perplejidad ante el súbito sinsentido” (Harari), constatación de la vida

Por tanto, un examen cercano revela que puede ser considerada como fenómeno (en el sentido que Husserl maneja) relativo al “ser”, donde se involucra “decir que se es”, “sentir que se es” y “ser”. Desde esta perspectiva resulta lógica la propuesta de Lacan “debiese de sustituir por el término trastornos de la personalización el de trastornos de la personalidad”, basa su apreciación en el carácter inacabado del ser y la farsa de la personalidad (cuya etimología remite a la máscara teatral griega). De allí que el analista que tiende a “reconstruir al ego, no teme sumir al analizante en benéficos estados transitorios rayanos en la despersonalización”  (Harari).

A este juego de la construcción y de-construcción de uno, se suma el uso de los artefactos y ortopedias que sobrevienen a nuestro cuerpo, y que imponen una erótica que vela la crudeza de la bolsa que nos contiene; vestidos, lentes, relojes, etc. Son parte del artilugio de la personalidad vehículos para establecernos en el mundo, “medios de expresión de la persona, pero también de protección, algunas veces de mentira” (Bernard).

Más allá del hecho clínico, la despersonalización es la marca de lo inacabado, indicio del movimiento constante surgido de la discordancia fundamental, señal de la posibilidad de surgimiento del sujeto, camino, vereda y continuidad al infinito, es un “siento que no soy yo”, que nos coloca de ante nuestro intimo  ¿Quién soy?,

Nos ubica, como señala Hocquengeim, a “la mitad de camino entre el recuerdo y el descubrimiento”, a saber, nos impacta y desarticula volviéndonos en el mismo movimiento nosotros.

 

Referencias

Freud, S. (1936/1990). Carta a Romain Rolland (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis). En Obras completas V. 22 (pp. 209-221). Argentina: Amorrortu.

Luque, R., Villagrán, J.M.,  Vals, J.M. y Díez, A. (1995). Despersonalización: aspectos históricos, conceptuales y clínicos. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 22 (4), 443-459.

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