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Los murmullos

Los murmullos

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Juan Alberto Sanen Luna

 

Hablar o escribir del Rulfo de Pedro Páramo o viceversa, es un lugar común, existen grandes análisis (literarios y psicoanalíticos) sobre “Él”, pero existe otro nombre para la novela, uno que por antiguo olvidado, “los Murmullos”.

El pueblo, la devastación y los espectros se mueven en un mundo colérico, lleno de vida y muerte, eros y tánatos transportan los ruidos que nos cimbran. Recorren las calles y hacen saber a quién allí se encuentra que nunca se está solo. Entre casa y casa están los agujeros por donde lo no revelable, lo casi inaudible tiene lugar son grandes espacios de nada donde crece de todo, es lo íntimo, el epicentro indistinguible.

Voces indiscernibles, frases aisladas que en su conjunto hablan de la vida desde la muerte, pegado a las paredes, como cochambre, está la marca del “llanto que empapo las paredes” desde donde se levantan ruidos que remiten a un mundo fantástico.

No hablo de la psicosis, de los fenómenos elementales, de lo que “retorna murmurante desde el exterior” (Zacarías, s.f.), lo que es una cualidad de los murmullos, a saber, tornarse audibles por el sujeto y posteriormente ser discernibles, primero murmullos (sonidos).

No son las palabras, es el aliento lo que da sentido, la dirección hacia donde se desplazan, es el viento que durante la novela esta constante, atraviesa Cómala y empuja a la Media Luna. En el aliento se produce un sonido casi imperceptible, dando cabida  a las musitaciones y en su conjunto a los murmullos, es lo que se mueve en el viento, tal como la danza fractal de los estorninos se da la murmuración de los objetos sonoros.

Estos objetos forman parte del “registro sonoro” (Schenquerman, 1999)  que nos conforma, sus desplazamientos producen cavernas, universo, nunca estático, floreciente y en destrucción. Sonidos que emergen en cada palabra, que dan el volumen y timbre a nuestro decir, murmullos en el discurso, son ese otro algo que emerge al decir “Vine a Cómala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” (Rulfo, 1996). Allí hay unos cuantos, varios cientos o sólo dos, “los que dicen”, los que “dijeron”. Está un alguien que ya no vive, que “vivía”, un no muerto, un no vivo. Y hay un “tal” que puede ser cualquier otro, semejante, extranjero, extraño u otro absoluto.

“Espejo sonoro” (Anzieu, 2002) que no deja de reflejar en nosotros los rastros más primitivos de nuestra constitución, no tiene la categoría de voz, por ello les reconocemos en el “murmullo de la lluvia” o en el “murmullo de la noche”. Si nos golpea salvajemente la novela, si es un verdadero acontecimiento su lectura, se debe a que, los murmullos que son “una lengua extranjera dentro de la lengua” (Deleuze, 1996), están en cada uno de los lectores, pues antes de ser palabras que nos habitan, son sonidos que nos hacen habitar.

 

Referencias

Anzieu, D. (2002) El yo- piel. Madrid: Biblioteca Nueva

Deleuze, G. (1996). Crítica y clínica. Barcelona: Anagrama.

Marco, Z. (s.f.). Cuando el murmullo en vez de habitarnos retorna desde afuera.

Disponible en: https://zacariasmarcopsicoanalista.com/personal/articulos/cuando-el-murmullo-en-vez-de-habitarnos-retorna-desde-afuera/

Rulfo, J. (1996). Pedro Páramo. México: Fondo de Cultura Económica. 

 

Schenquerman, N. (1999). La trama sonora de la interpretación. Buenos Aires: Ediciones PubliKar.

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