Ultimas Transiciones http://psic.mx Wed, 22 Nov 2017 21:53:38 +0000 Joomla! - Open Source Content Management es-es Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos. http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-4/item/146-manual-dsm-5-clasificacion-arbitraria-y-carente-de-cientificidad-que-promueve-el-abuso-de-psicofarmacos http://psic.mx/index.php/transiciones/la-violencia-y-sus-multiples-manifestaciones-n-4/item/146-manual-dsm-5-clasificacion-arbitraria-y-carente-de-cientificidad-que-promueve-el-abuso-de-psicofarmacos Manual DSM 5: Clasificación arbitraria y carente de cientificidad que promueve el abuso de psicofármacos.

 

Georgel Moctezuma Araoz.

“Cuanto menos comprende una persona a otra, más le urge clasificarla –en términos de nacionalidad, religión, ocupación o status psiquiátrico. El trato íntimo con otra persona hace que tal clasificación sea innecesaria. Clasificar a las personas por categorías no es un medio para conocerlas mejor, sino una manera de asegurarnos de que no las conocemos demasiado bien. En resumen, el clasificar a otra persona convierte en innecesaria –e imposible- cualquier relación íntima con ella”.

“La psiquiatría es la cloaca dentro de la cual, las sociedades de la segunda mitad del siglo veinte, descargan todos sus problemas morales y sociales sin resolver. Del mismo modo que las cloacas que desembocan en ríos y océanos contaminan las aguas en las que descargan, así la psiquiatría, que desemboca en la medicina, contamina el cuidado y curación del enfermo”.

Thomas Szasz; Herejías.

Introducción.

Desde hace ya casi dos décadas, en diversos espacios y foros de discusión y crítica en el orden de la investigación, la enseñanza y la participación en la planeación e implementación de políticas públicas en materia de salud, así como desde el campo de la clínica, nos hemos implicado en una multiplicidad de problemas relacionados con una cuestión de fundamental importancia: la manera en que los sujetos sufren y las diversas formas que presenta el despliegue de esta condición de mal-estar en el mundo, así como de las experiencias de angustia y mortificación en la existencia de los mismos. Dentro de toda esta compleja articulación de problemáticas, hay una que al parecer la “ciencia” se ha encargado de “tratar” de tal forma que, a la fecha, existen fuertes debates y violentas críticas desde las ciencias médicas, de la salud, sociales, entre otras que, al parecer, revelan la presencia y efectos de una grave confusión epistemológica, clínica y política. Este problema es el concerniente a la psiquiatría y sus formas de clasificación de las así llamadas (por los psiquiatras) enfermedades mentales. En mayo de 2013 ha sido publicado el DSM en su quinta versión provocándose reacciones a nivel mundial en las comunidades científicas, así como en el orden social en general.

Nuestra posición es la siguiente: La práctica de la psiquiatría, tal como se lleva a cabo en la actualidad, así como la utilización del DSM en el campo de la clínica y de la investigación constituyen un mal innecesario. La psiquiatría y sus manuales, dentro del ámbito de la salud, conllevan unas marcas nefastas para los sujetos, las cuales podemos sintetizarlas con los referentes de nocividad, segregación y consumismo desbordado.

Esta postura se deriva de años de trabajo en el campo del psicoanálisis de orientación lacaniana, en el de las ciencias médicas y de la salud, así como de la clínica en instituciones; sin embargo es importante señalar nuestro vínculo y acuerdo en varios aspectos teórico-clínicos con la extensísima obra de Thomas Szasz quien falleció en el 2012. Szasz fue profesor-investigador emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York; la Universidad Francisco Marroquín le otorgó en 1979 un doctorado honoris causa por su labor excepcional dentro de la disciplina de la psiquiatría. Básicamente hay tres puntos que nos parecen fundamentales en la obra de Szasz, los cuales, en parte, aportan un sostén conceptual y epistemológico a nuestros planteamientos. Dichos puntos son los siguientes:

 

  1. A lo largo de toda su obra se burla y desprecia a la American Psychiatric Association (APA) debido, entre múltiples cuestiones, a que una enfermedad debe cumplir con los criterios y definiciones de la patología, en lugar de ser un resultado de votaciones (refiriéndose obviamente a las llamadas enfermedades mentales).
  2. La psiquiatría es una pseudociencia.
  3. La psiquiatría es un sistema de control social al servicio del estado (y al marketing añadimos nosotros).

 

El objetivo del presente texto se refiere a la realización de críticas y a la producción de argumentos que den cuenta de nuestra posición ante la práctica actual de la psiquiatría y a la manera que tienen los psiquiatras de clasificar su supuesto (falso-ideológico en términos epistemológicos) objeto de estudio; el texto básicamente se centra en críticas de orden epistemológico, sin embargo, también enunciaremos líneas de discusión relativas a lo político e incluso al ejercicio del marketing. En términos generales tres son los ejes que orientarán el presente trabajo: el problema de la cientificidad en la conformación y práctica de la psiquiatría, las “enfermedades” y trastornos “mentales” en tanto “objeto de estudio” de la disciplina psiquiátrica, así como la manera en la cual la psiquiatría se vincula con la psicofarmacología; todo esto tomando como referente (directa a veces indirectamente) al Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales en su quinta versión en tanto parte fundamental de un dispositivo que nada tiene que ver con la salud, siendo ésta (la salud) una noción que absolutamente tampoco tiene que ver con lo que la Organización Mundial de la Salud plantea. Preferimos situar a la salud en su dimensión significante.

Al respecto el lector puede consultar Allouch, J. (1984) donde podemos leer: “¿cómo definen ustedes, decía, la salud mental?...la salud mental, tal fue mi respuesta entonces, es pasar a otra cosa ¿Qué es entonces el encuentro del psiquiatra y su loco sino un intento del primero por volver operante, con respecto al segundo, el deseo de que pase a otra cosa…que no sea su alienación?”.

Cabe señalar que del lector no esperamos ni pedimos casi nada. No pedimos su adhesión a nuestros planteamientos, no buscamos su aprobación y mucho menos su simpatía. Si algo buscamos es enunciar argumentos consistentes que sean útiles para quien lee estas líneas, para así suscitar en y desde la subjetividad de cada quien, una toma de posición singular con relación al gravísimo problema que nos concierne.

Sobre la cientificidad de la psiquiatría. Trazos epistemológicos que pudieran dar cuenta de la falsedad, manipulación y confusión de una disciplina que, inevitablemente, se sitúa en un plano ideológico.

Nos disculpamos con el lector ante la siguiente muy larga trascripción del texto de Darian Leader ¿Qué es la locura?, sin embargo, la misma nos parece importante subrayar ya que, de manera anecdótica (e irónica) el pasaje incide en problemáticas que abiertamente y sin temor a equivocarnos, podemos ubicarlas como excesivamente graves en cuanto a las consecuencias en la práctica de la psiquiatría con relación a los efectos de su clasificación (DSM de por medio). La amplia cita es la siguiente:

…A principios del siglo XX, Pierre Janet dijo que, por regla general, un paciente rico recibiría un diagnóstico menos “grave” que uno supuestamente pobre, y posteriormente, en una serie de conocidos experimentos, se descubrió que las personas aquejadas de pensamientos e ideas extrañas que iban bien vestidas y que se expresaban bien tenían más posibilidades de que se les considerara simplemente excéntricas que si iban andrajosas y eran malhabladas, aunque sufrieran exactamente de los mismos síntomas. Estos últimos individuos tenían más posibilidades de que se les diagnosticase esquizofrenia, se les internara en un hospital y se les administrara medicación…En su famoso estudio, el profesor de psicología David Rosenhan dispuso que ocho personas “cuerdas” –tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y el mismo Rosenhan- consiguieran ser internadas en doce hospitales estadounidenses distintos. Ninguno de ellos presentaba ningún síntoma, pero Rosenhan les pidió que, al intentar que les internaran, se quejaran de oír voces que repetían las palabras “vacío”, “hueco” y “golpe”. Después, cuando las internaban, sencillamente debían comportarse como siempre e informar de que no habían vuelto a oír voces. Resultó ser mucho más fácil de lo que esperaban. Todos menos uno fueron internados con el diagnóstico de “esquizofrenia”, y todos fueron dados de alta con el diagnóstico de “esquizofrenia en remisión” tras pasar en el hospital entre una semana y caso dos meses. Se les recetaron casi 2100 pastillas de muchos tipos de fármacos diversos. Sorprendentemente, el personal del hospital no pareció darse cuenta de que eran “pseudopacientes”, pero los internos a menudo sí desconfiaban. Como dijo uno de ellos: “Tú no estás loco. Eres periodista”…Tras dar a conocer estos primeros hallazgos, Rosenhan informó al personal de un importante hospital clínico universitario de que realizaría el experimento otra vez en algún momento de los siguientes tres meses. Se pidió al personal que puntuara los ingresos de acuerdo a una escala de probabilidad de que los enfermos fueran pseudopacientes. Ochenta y tres pacientes fueron considerados como tal por uno o más miembros del personal cuando Rosenhan, continuando con el engaño, no había enviado a nadie al hospital. Sin embargo, se habían hecho todos esos diagnósticos. Sin querer negar la gravedad de la problemática mental, su estudio había cuestionado la presunción de que los cuerdos podían diferenciarse claramente de los locos. (Leader, 2013, p.p. 44-5).

Después de la realización de estas investigaciones, Rosenhan fue removido de sus actividades académicas y de investigación, siendo la razón de esta acción…la falta absoluta de ética y el engaño premeditado y ventajoso en los procedimientos referentes a sus estudios.

Cabe señalar que el mismo Leader (2013) nos recuerda que además de los factores económicos involucrados en la “dificultad” para ejercer un diagnóstico, también se encuentran los aspectos socioculturales. Durante las décadas de los 60 y 70 se llevaron a cabo diversos “experimentos sociales” (vinculados a la práctica y difusión del movimiento antipsiquiátrico) en los cuales se mostraban diferencias importantes al momento de diagnosticar; los psiquiatras estadounidenses eran doblemente proclives a diagnosticar esquizofrenia con relación a sus colegas británicos, sin embargo éstos, con mucha mayor frecuencia, referían trastornos maniaco-depresivos como resultado de sus evaluaciones diagnósticas…

En la actualidad, desde antes de la publicación del DSM 5, han habido controversias y fuertes críticas en contra tanto de los procedimientos metodológicos como de las perspectivas teóricas que respaldaban la conformación del mismo. A los pocos días de publicado, aparecieron declaraciones sorprendentes por parte de autoridades en el ámbito de la salud, siendo algunas de las más llamativas las siguientes. En una nota publicada por Psychology Today, The New Yorker en julio de 2013, leemos: El director del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) Thomas Insel declaró a dos semanas de que saliera publicada la quinta versión del DSM, que la agencia no financiará ningún proyecto de investigación que se sustente en los criterios de dicho manual…”

La debilidad del DSM reside en su falta de validez. A diferencia de las definiciones de la enfermedad isquémica del corazón, el linfoma o el sida, los diagnósticos del DSM se basan en un consenso acerca de conjuntos de síntomas clínicos y no de una medida objetiva de laboratorio. Aunque el DSM ha sido descrito como la biblia para el campo, es a lo sumo un diccionario y no es ni siquiera un buen diccionario. Los pacientes con “trastornos mentales” merecen algo mejor”…”Básicamente el NIMH se desliga de cualquier utilización y referencia al DSM 5 debido a su nulo valor científico”…A quince días de publicarse el DSM 5, el Instituto Nacional de Psiquiatría de la República de Argentina toma una postura similar…”la psiquiatría ha llegado a un punto crítico; nuestro instituto se desvincula del uso en cualquier sentido (de investigación, de enseñanza, de práctica clínica) del manual debido a una excesiva fragilidad e inconsistencia en materia de cientificidad”…dijo el director de dicha institución.

Preguntémonos, ¿cuál es el objeto de estudio de la psiquiatría? Tendremos que estar advertidos de que la respuesta orientará la práctica del psiquiatra, siendo indispensable también que exista claridad con relación a su soporte ontológico, epistemológico, teórico, metodológico, lógico, ético y social. Nos referimos al concepto de paradigma de investigación científica. En la actualidad no es aceptable hablar de cientificidad únicamente en términos de la “rigurosa aplicación del método científico”; respuestas que apuntan a ese exclusivo sentido nos parecen francamente ingenuas y absurdas. Parece que los psiquiatras se han dedicado al estudio de las enfermedades mentales, o a los síndromes y trastornos mentales que, ciertamente no son lo mismo. En el siguiente apartado apuntaremos con mayor precisión algunos aspectos relativos a la idea de enfermedad dentro del campo de la psiquiatría; aquí lo que nos interesa es definir y analizar el sustento epistemológico de la disciplina que venimos criticando.

Nos parece muy interesante e importante lo planteado por Izaguirre (2011) con relación a los paradigmas epistemológicos que han operado y sostenido a la práctica de la psiquiatría a partir del siglo XVIII. Este investigador refiere que han existido tres paradigmas en la psiquiatría de orden epistemológico y que podrían identificarse de la siguiente manera: El primer paradigma tuvo una vigencia desde el siglo XVIII hasta la mitad del XIX con la idea de que su campo está organizado por una afección única que fundamentalmente Pinel, pero también otros autores, llamaron “alienación mental”. Según este autor dicho período se extiende entre 1793 y 1854, año en que J.P. Falret publica el artículo “De la inexistencia de la monomanía”.

…”El segundo paradigma que Lantéri-Laura denomina de las “enfermedades mentales”, con lo que rompe con la idea de enfermedad o afección única y renuncia a constituir una extraterritorialidad respecto de la medicina, pasa a inscribirse de lleno y con pleno derecho dentro de ella. Es el tiempo en el que se desarrolla la exquisita descripción de las enfermedades mentales efectuadas por los alienistas y la organización de los grandes cuadros clasificatorios. Considera su terminación en el año 1926, momento en que en el Congreso realizado en Ginebra y en Lausana, Bleuler expone su concepción sobre el grupo de las esquizofrenias”. (Izaguirre, 2011, p.p. 21-2). Es dentro de este período donde, conviene subrayar, la psiquiatría asume y da por hecho que sin duda alguna pertenece a la medicina, siendo su objeto de estudio la enfermedad mental. Posteriormente se instala el tercer paradigma, surgiendo por la influencia de la Gestalttheorie de Koelher y Koffka, la neurobiología de Goldstein, la fenomenología, los formalistas rusos, la antropología, la semiología, la lingüística, las matemáticas y el psicoanálisis (aclarando que el relativo a la psicología del yo y de las relaciones objetales). En los últimos años del tercer paradigma (1977) aparecieron y se desarrollaron nuevos psicofármacos, hecho que suscitó la entrada de una nueva crisis que marcó la “necesidad” de establecer un paradigma distinto en términos epistemológicos. Es así como, desde nuestra perspectiva, en la actualidad y sin que sea posible referirnos a un cuarto paradigma dentro de la psiquiatría, aparece el vínculo entre genética, neurociencias y psicofarmacología como el conjunto de ejes nocionales que orientan la práctica de dicha disciplina. Cabe señalar que tanto la psiquiatría como la conformación y utilización del DSM 5 explícita o implícitamente, se apoyan en estas tres disciplinas en función de que así, quedaría garantizada la supuesta cientificidad de su práctica. Sin embargo, debe quedar claro que cada una de estas tres disciplinas tiene su propio objeto de estudio y también sus metodologías específicas, lo cual vuelve a interrogar a la psiquiatría con relación a la especificidad de su objeto de estudio.

Ante tal cantidad de interrogantes, los cuales producen incertidumbre nada conveniente para la “ciencia” de la psiquiatría, ha surgido desde ya varios años la (pseudo) teoría, o más bien la vaga noción e idea del “desequilibrio químico” que sentaría las bases para estudiar, investigar, tratar y medicar los trastornos psiquiátricos en su totalidad, siendo también lógicamente viable que la psiquiatría deba sustentar su supuesta cientificidad en la genética, las neurociencias y la psicofarmacología. Por nuestra parte nos parece muy importante considerar diversas puntualizaciones que, de manera frontal y tajante, desmienten la validez e incluso existencia de dicho desequilibrio químico a nivel cerebral, el cual establecería la definición de diversas causas para los trastornos que nos conciernen. Entre estos apuntes y planteamientos destaca lo publicado en la revista Nature (2011) en la cual, en términos generales, para todo trastorno psiquiátrico, y en particular el autismo, no es posible definir alteraciones a nivel neurobiológico no genético como causas específicas de los mismos; por otra parte, en un documental publicado por la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos, más de 60 psiquiatras en todo el mundo declaran abiertamente el hecho de no contar con ninguna prueba o test que dé cuenta de ninguna alteración genética y/o neurobiológica en el tratamiento de los trastornos psiquiátricos. Además de que en este documental aporta sus declaraciones Thomas Szasz, él mismo, hasta el año de su muerte (2012), afirma puntualmente la ausencia de comprobación de dicho desequilibrio químico en tanto causa definida y mucho menos en tanto ecuación del mismo con las así llamadas enfermedades y trastornos mentales.

Por otra parte los neurocientíficos (y ahora algunos autodenominados “neuropsiquiatras”) aducen y presentan resultados obtenidos mediante imágenes de resonancia magnética, estudios de neuroimagen, centellografía, etc. en tanto elementos y aspectos de comprobación empírica con referencia al hecho (supuesto por ellos) de que existe una relación a nivel orgánico y la presencia de los trastornos mentales (prácticamente de todo trastorno mental sin excepción). Nos referimos a los supuestos de la actividad y el correlato neuronal, donde las técnicas de neuroimagen serían útiles para controlar y evaluar la efectividad de las intervenciones clínicas, así como la pertinencia del uso de psicofármacos.

Por nuestra parte decimos que, el “dato observable” que se halla a partir del uso de estas técnicas consiste en el registro de un aflujo de oxígeno en algunas redes neuronales que, quizá, podrían dar cuenta de cierta actividad neuronal y que quizá podría relacionarse con la posibilidad de dar cuenta de cierta producción de pensamientos, imágenes, emociones, etc. (incluso, dicen algunos de estos neurocientíficos actividad de lo inconsciente). Es de fundamental importancia recalcar que todos estos “saltos” en la argumentación constituyen verdaderos obstáculos epistemológicos en los cuales, de la presencia registrada de un elemento químico (en este caso el oxígeno) se pasa a la “explicación de realidades” y objetos de orden psíquico o subjetivo, borrándose cualquier especificidad epistemológica en todas y cada una de las vicisitudes presentes en este tipo de planteamientos.

Finalmente, para concluir esta sección del texto, continuaremos con la crítica hacia un aspecto que parecería determinante e irrefutable en cuanto al soporte de todo abordaje clínico y de investigación relacionado con y derivado de las neurociencias y la psicofarmacología; nos referimos a lo genético en cuanto orden explicativo fundamental en el ámbito de los trastornos psiquiátricos. Básicamente y con un altísimo grado de certidumbre, podemos afirmar que, a pesar de que la cantidad económica invertida en investigación genética en materia de enfermedades en general, y en particular en el ámbito de los trastornos mentales es inmensa, a la fecha no ha sido posible determinar con precisión la etiología en términos genéticos de ningún trastorno de tipo psiquiátrico; a lo sumo se han identificado ciertas secuencias y combinaciones de este orden (genético) con relación a algunos trastornos, sin embargo la debilidad explicativa de estos hallazgos, así como la imposibilidad de definir las causas en estos términos es más que evidente (Maleval, 2013, Laurent, 2013, Insel, 2011, Szasz, 2011, Edelman-Tononi, 2010, Kandel, 2002).

Comúnmente en el ámbito de las ciencias médicas, biológicas y de la salud, se recurre a hipótesis y supuestos explicativos derivados de la genética presentándose de manera recurrente la creencia de que la erradicación de toda enfermedad, pero sobre todo la psiquiátrica, depende de la identificación de las causas genéticas que, insistentemente nos dicen, deben estar allí, siendo lo genético el orden que determinará y definirá no solamente todo aspecto orgánico, sino que incluso la construcción y despliegue de la subjetividad se halla subordinada a la genética. Por nuestra parte sólo hacemos algunos señalamientos que nos parecen de vital importancia y que, al parecer, los mismos genetistas y los neurocientíficos pasan por alto por alguna extraña razón.

Parecería que ciertos procesos biológicos y genéticos constituyen determinantes del objeto de estudio de la psiquiatría, sin embargo conviene atender lo siguiente: “…pero tales procesos no son la causa de los trastornos sino los que hacen posible la manifestación sintomática y sobre los que se puede, eventualmente, incidir por medios físicos o químicos. La investigación de parámetros biológicos se sustenta en una esperanza, la de encontrar en el cerebro la razón de las anormalidades de la mente, la personalidad o el comportamiento, la de “objetivar” una base material y natural. El mayor obstáculo que encuentra esa psiquiatría que pretende ser “organicista” es que el cerebro está involucrado, por supuesto, en la vida y en todas las actividades del ser humano (conciencia y conducta) pero él no es el productor sino el asiento de procesos que permiten y regulan la relación entre el organismo y el medio ambiente que le rodea, un umwelt que es, siempre, un medio social. Es en la relación del sujeto (el sujeto del inconsciente) con el Otro donde se encuentran las causas de su acuerdo o desviación respecto de la norma que no está en el cerebro sino en la estructura social, económica, antropológica, lingüística, política, etc. , que son las “circunstancias”, eso que rodea y condiciona al cerebro viviente y meganeuronal”. (Braunstein, 2013, p. 26-7).

Este mismo autor nos menciona algo importantísimo vinculado a la idea de que lo biológico y lo genético de ninguna manera determinan ni la conciencia, ni lo inconsciente, ni la subjetividad, ni la vida. Justamente es al contrario. “…las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad, no tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. (Marx, 1843, p. 32). De manera generalizada parece que a los neurocientíficos y genetistas, también por alguna extraña razón, no les son gratas las referencias filosóficas, ni las antropológicas, ni las políticas y menos aún las psicoanalíticas. Debido a esto, pero por razones de mucho mayor peso recurrimos a ciertos neurocientíficos cuyo nivel de crítica y lucidez nos parecen admirables. Comentemos lo siguiente.

En una conferencia de Miquel Bassols presentada en Granada, este nos recuerda la relevancia de un texto de Gerald Edelman y Giulio Tononi titulado A universe of consciesness. How matter becomes imagination (2000) donde, entre otras cuestiones que nuestras respuestas relacionadas con la conciencia, con nuestros recuerdos, con nuestros pensamientos no provienen del interior del cerebro, sino que surgen y se desarrollan de la interacción con otras personas y con el entorno (¿el Otro?); esto para nosotros es fundamental, ya que es totalmente necesario distinguir entre reacciones neurofisiológicas (que provienen y se ubican en un orden biológico) y las respuestas subjetivas, que nacen, se insertan y se despliegan en los registros de lenguaje, de lo sociocultural, de lo histórico, de lo simbólico, al momento de intentar “vincular” a las neurociencias con cualquier otra disciplina que se enfoque en problemas relativos a la subjetividad.

Estos autores refieren con absoluta seriedad y lucidez que lo subjetivo es incomparable de un sujeto a otro y que la historia de cada individuo, así como los enunciados que él mismo hace de ella no son objetos apropiados para el estudio científico; entendiéndose esto en el sentido tradicional-positivista, recurriéndose a los métodos experimentales propios de las ciencias médicas. En otras palabras, las funciones propias y relativas a la subjetividad no son objetos, sino que son un proceso y, añadimos nosotros, son un proceso referido a una singular manera de interpretar el propio ser y estar en el mundo.

Para terminar este apartado queda pendiente el trabajo de extraer las posibles implicaciones y consecuencias que, tanto en el estudio de las neurociencias como en el campo de la genética, deben considerarse al momento de dar “saltos epistemológicos” al terreno de la subjetividad, desconociéndose la total, absoluta y radical diferencia entre ambos núcleos y campos de conocimiento; es en extremo ilustrativa la siguiente cita de un texto de Eric Kandel, premio Nobel en neurociencias en el 2000: “…Aun cuando desde hace mucho se me enseñó que los genes del cerebro son los gobernantes de nuestra conducta, los amos absolutos de nuestros destinos, nuestro trabajo demostró que, tanto en el cerebro como en las bacterias, los genes son a su vez siervos del ambiente. Están guiados por los acontecimientos en el mundo exterior”. (Kandel, 2006, p. 264).

Nosotros nos preguntamos, ¿cuál es y en qué consiste este Otro de lo orgánico?, ¿no acaso este Otro nos remite a las consistencias y estructura de lo simbólico?, ¿no incluso este Otro tiene relaciones con la eficacia simbólica y la estructura de la magia de la que nos hablan algunos antropólogos y psicoanalistas? Desde nuestra perspectiva cualquier respuesta ante los interrogantes planteados por la subjetividad no se encuentran en los surcos del cerebro…se hallan extímicamente, es decir, dentro y fuera a la vez, de los surcos de lo simbólico. Terminemos: “…el cerebro es fundamental, sí, pues en él, se desarrollan los procesos que hacen posible el habla, la memoria, la comunicación, las emociones, los sentimientos, todo lo que es “subjetivo” y se tiende a llamar con el equívoco e indefinido nombre de conciencia. Pero el órgano que se aloja en el interior del cráneo no es la causa de la subjetividad sino su sustrato, el escenario de ciertos mecanismos que pueden ser objetivados, conocidos, activados o desactivados por medios físicos o químicos y que se van develando progresivamente ante la curiosidad de los científicos mediante técnicas cada vez más precisas de investigación”. (Braunstein, 2013, p. 27-8).

 

Referencias

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Leader, D. (2013). ¿Qué es la locura? México, Sexto piso.

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Maleval, J-C. (2011). El autista y su voz. España, Gredos.

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georgel@psic.mx (Georgel Moctezuma Araoz) La violencia y sus múltiples manifestaciones Sat, 16 Jul 2016 20:26:32 +0000
Panel sobre Diversidad sexual http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/97-panel-sobre-diversidad-sexual http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/97-panel-sobre-diversidad-sexual Panel sobre Diversidad sexual
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Diversidad Sexual Thu, 08 Oct 2015 22:25:36 +0000
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Juan Pablo Brand Barajas 

“…No es deseable ser asexual en una sociedad como la actual, no suele traer nada bueno ser diferente y, aunque lo asumo, no me agrada serlo. El tiempo, que se me escapa tantas veces de las manos, me deja sólo la sensación de pérdida que tantas veces mencioné en mi diario. Pocas cosas han cambiado con los años en esta vida estancada y la costumbre casi me hace sentir bien. Siento que no es fácil construir una vida individual, la sociedad nos acepta e incluye mejor de dos en dos. La célula y el pilar principal sigue siendo la familia fuera de la cual todo es más árido y costoso”. Son palabras de Lucía Lietsi (2012), primera autora en lengua española que publica un testimonio sobre su asexualidad.

En el libro “Diario de una asexual”, Lietsi (2012) narra su trayecto de los 10 a los 37 años, una ruta que inicia con la pubertad y concluye en la adultez en el momento en el cual llega al esclarecimiento de su asexualidad. Así, se suma al 1% de la población mundial que se ubica en esta orientación. Como toda persona que se ve impulsada a explorar sus raíces subjetivas para dilucidar una molestia profunda, sus conclusiones de tan personales se universalizan. “No es deseable ser asexual en una sociedad como la actual”, escribe Lietsi y toca la corteza de nuestros recientes malestares.

Nuestra sociedad es una comunidad que gira alrededor del cuerpo, de lo sano a lo patológico, todo es el cuerpo: ejercicio, alimentación equilibrada, prácticas de relajación, sexo multiformato, experiencias extremas, drogas y así hasta llegar al suicidio. Nuestra era no soporta la subjetividad, las mismas prácticas religiosas se llenan de juegos cinéticos; de esta manera, la negación del cuerpo es la peor de las transgresiones y los asexuales la protagonizan.

Fundada en 2001 por David Jay, la Red para la Educación y Visibilidad de la Asexualidad (AVEN, por sus siglas en inglés) conforma la comunidad asexual más grande del mundo y es la principal fuente de información sobre el tema. En su página oficial definen que “una persona asexual es alguien que no siente atracción sexual hacia otras personas. Contrariamente al celibato, que es una opción, la asexualidad es una parte intrínseca de la persona (www.asexuality.org).  Si bien personas que deciden ser célibes posiblemente sean asexuales, muchas sí experimentan fuerte atracción sexual hacia otras personas y hacen de esto una lucha que consideran que les hace crecer en algún sentido, sea espiritual o intelectualmente.

 Agregan que  “la asexualidad no hace que la vida sea peor ni mejor, sólo diferente de la vida de la mayoría de la gente sexual. La comunidad asexual es bastante diversa, y cada persona asexual tiene diferentes maneras de sentir cosas como las relaciones, la atracción, y la excitación física” (www.asexuality.org). Así el rasgo particular de los asexuales es la no atracción sexual por ninguna persona.

Lo anterior no excluye el deseo de vinculación, así la misma fuente citada refiere: “La gente asexual tiene las mismas necesidades emocionales que cualquier otra persona, e igual que en la comunidad sexual, los asexuales satisfacen esas necesidades de diferentes maneras. Alguna gente asexual está más feliz sola, otros están más felices con un grupo de amigos íntimos. Otros tienen el deseo de formar relaciones emocionales o amorosas, y buscan a alguien con quien formar una pareja estable. Una persona asexual puede formar una pareja con una persona sexual igual que con otra asexual”(www.asexuality.org). . Lo que predomina es el interés por las satisfacciones afectivas, éste puede expresarse de maneras diversas como: homorromanticismo, heterorromanticismo o bi-romanticismo.

Lucía Lietsi (2012), se ubica entre quienes se les dificulta la convivencia con una pareja, lo cual se ilustra claramente con sus propias referencias: “Nunca he buscado media naranja y es que, en el fondo, me siento una naranja completa; esto es lo que siempre contesto cuando alguien me pregunta por mi falta de novio”. Agrega: “Creo que nunca he estado realmente enamorada y temo que tal vez un espíritu tan independiente y racional como el mío no sepa discriminar tal emoción de entre todas las demás”. Este último fragmento parece propio de alguien alexitímico, esto es, incapaz de identificar, reconocer, nombrar o describir las emociones o los sentimientos propios, con especial dificultad para hallar palabras para describirlos. 

Un lugar común es pensar que los asexuales excluyen todo tipo de excitación, lo que refiere la página de AVEN, es que algunos disfrutan la masturbación concentrándose principalmente en su sensación física más no en fantasías en las que aparezcan otras personas. Una buena parte siente poca excitación o ninguna, lo cual ha sido una constante a través de su vida.

Como ejemplo de esto está una nota del diario de Lucía Lietsi (2012) del momento en que tenía 15 años: “Me gusta disfrutar de mi sexualidad. Descubrí muy pronto el placer y las múltiples formas de conseguirlo. Era tan niña, que disfrutaba aquellas sensaciones de mi cuerpo sin saber que eran sexuales”.

En cuanto a los encuentros sexuales, plantean que “la mayoría de los asexuales se sienten completamente neutrales hacia el sexo, o puede que lo hayan probado y que hayan quedado decepcionados. Para algunos, el concepto de participar en actividades sexuales puede ser repugnante”.

A los 28 años, Lucía Lietsi, escribe en su diario sobre el día en que conoció en un bar a un hombre con el que tuvo por primera vez relaciones sexuales, su reflexión posterior es la siguiente: “No tengo intención de repetir la experiencia. No fueron el deseo ni las ganas las que me impulsaron a hacerlo, no sé qué fue… Creo que en el fondo conozco la respuesta. De ningún modo ha sido una experiencia satisfactoria, más bien un experimento que no traerá consecuencias pues probablemente no volveré a ver a mi amante nunca más… Ahora solo quiero que desaparezca esta sensación que hace que no reconozca mi propio cuerpo como si una extraña metamorfosis se hubiera obrado en él”.

Son claras y explícitas las palabras de la autora, la experiencia sexual le causó una conmoción subjetiva que la acerca a la disociación, su cuerpo le resulta extraño, porque es como si hubiera actuado por su cuenta, mientras su mente estaba en otro lado.

Una vez contextualizada la asexualidad, tanto a nivel descriptivo como testimonial, resulta pertinente revisar algunos antecedentes de su definición.

Fue Alfred Kinsey (1948 y 1953, citado por Blanco y Tello, 2015) el primer autor que hizo referencia a personas que “no responden eróticamente ni a estímulos heterosexuales ni homosexuales ni tienen encuentros físicos de público conocimiento con individuos de ningún sexo en los que haya evidencia de cualquier respuesta”  (p. 8). Las designó con una X, correspondían al 1.5% de la muestra.

Como lo refiere Soria (2013), el primer estudio dedicado exclusivamente a la asexualidad es el de Myra T. Johnson (1977), el cual lleva como título “Asexual and Autoerotic Women: Two Invisible Groups”. En este trabajo  concibe a la asexualidad como una preferencia en la que hombres y mujeres  “quienes, independientemente de su condición física o emocional, historia sexual y estatus marital u orientación ideológica, parecen preferir no tomar parte en la actividad sexual” (Johnson, 1977, citada en Soria, 2013, p. 631). Los describe “como una minoría invisible, oprimida socialmente por el hecho básico de ser un impensable social y dejada a un lado tanto por la ‘revolución sexual’ como por los movimientos feministas coetáneos” (p. 631).

Posteriormente, un investigador crítico de Kinsey, Michael D. Storms (1980, citado por Blanco y Tello, 2015), replanteó la escala propuesta por el primero en sus investigaciones, tomando como referente dos categorías: heteroerostismo y homoerotismo. Los asexuales eran quienes puntuaban bajo en las dos escalas.

Los autores citados ubicaban la asexualidad dentro de las categorías patológicas.  Será Anthony F. Bogaert (2006 y 2012, citado por Blanco y Tello, 2015), quien iniciará investigaciones que llevarán a su despatologización. Como lo refieren Blanco y Tello (2015), Bogaert “observa que muchas personas que no tienen una vida sexual normativa son felices, no manifiestan ningún tipo de angustia psicológica por su condición, y que, además, hay una gran diversidad de proyección del deseo, de la atracción y del placer sexual. Este investigador señala también la importancia de la creación de una comunidad asexual y de no estigmatizarla, pues la exclusión sí que es un verdadero problema”(p. 33).

El hecho de que Bogaert ofrezca sustento para la despatologización de la asexualidad no significa que todos los investigadores coincidan con él. La postura en confrontación más representativa es el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5), dentro del cual se clasifican, en su apartado de Disfunciones Sexuales, tanto el Trastorno de deseo sexual hipoactivo en los hombres, como el Trastorno de interés/excitación sexual femenino.

En el caso del Trastorno de deseo sexual hipoactivo en los hombres, los signos y síntomas son los siguientes (DSM-5, 2013, pp. 440 – 441. Se consultó directamente el manual, pero las traducciones del inglés que se citan son de Blanco y Tello, 2015):

 

  • A) Fantasías o pensamientos sexuales o eróticos y deseo de actividad sexual reducidos o ausentes de forma constante o recurrente. La evaluación de esta deficiencia la hace el clínico teniendo en cuenta factores como la edad y los contextos generales y socioculturales de la vida del individuo.
  • B) Los síntomas del Criterio A persisten durante unos seis meses como mínimo.
  • C) Los síntomas del Criterio A provocan un malestar clínicamente significativo en el individuo.
  • D) La disfunción sexual no se explica por un trastorno no sexual como consecuencia de una alteración grave de la relación u otros factores y no se puede atribuir a los efectos de una sustancia o a otra afección médica.
  • E) Matiza la siguientes especificaciones: si es de por vida (el trastorno existe desde que el sujeto alcanza la madurez sexual) o adquirido (empieza tras un periodo de actividad sexual relativamente sexual); si es generalizado (no se limita a determinados tipos de estimulación, situaciones o parejas) o situacional (solo con determinados tipos de estimulación, situaciones o parejas); por último, si es leve (malestar suave), moderado (malestar medio) y grave (malestar extremo).

 

En el caso del Trastorno de interés/excitación sexual femenino los criterios son los siguientes (DSM-5, p.433):

  • A) Ausencia o reducción del interés/excitación sexual femenina que se manifiesta en: carencia o baja actividad sexual y habitualmente no receptiva a los intentos de la pareja por iniciarla, carencia o reducción de fantasías eróticas/sexuales y de excitación o placer sexual en casi todas o todas las ocasiones de actividad sexual de la pareja –invitaciones externas o internas- y carencia o bajas sensaciones o no genitales durante la actividad sexual con la pareja.
  • B) El resto de especificaciones siguen el mismo esquema que el trastorno anterior.

 

En la clasificación “Otra disfunción sexual especificada” el DSM-5 ubica “aquellos síntomas característicos de una disfunción sexual que causan un malestar significativo en el individuo, pero que no cumplen todos los criterios de ninguno de los trastornos de la categoría diagnóstica de disfunción sexual” (Blanco y Tello, 2015, p. 14). 

Como ha sucedido con la homosexualidad, la bisexualidad y el transgenerismo; el primer debate se libra en la frontera entre la normalidad de las orientaciones sexuales y la psicopatología.

No hay conclusiones hasta el momento, sólo  preguntas. La psicoanalista Lucía Soria (2013), en su trabajo “Asexualidad: primeras aproximaciones, primeros interrogantes”, propone  una serie de puntos de discusión que se pueden leer como una agenda para el psicoanálisis en lo que respecta a la investigación de la asexualidad:

 

  1. En primer lugar plantea: “Hablar de un sujeto asexuado constituye de entrada una contradicción con los desarrollos teóricos y clínicos medulares de la teoría psicoanalítica… En este sentido, suponer un ser humano asexuado nos haría pensar desde el punto de vista teórico en un psiquismo que no funcionara en la lógica del principio de placer” (p. 632).
  2. Otro punto es aunque “las categorías en las que suelen agruparse a los individuos de acuerdo a su ‘orientación sexual’ o ‘identidad sexual’ no constituyen un punto de partida del psicoanálisis, resulta interesante revisar en qué medida ellas nombran o intentan nombrar algo del sujeto deseante, de su posición sexuada, de las condiciones eróticas que exige al objeto o de su modalidad de goce. Sin embargo, como toda categorización, su ambición de generalidad hace que necesariamente se pierda lo más preciado a la clínica analítica: la dimensión singular, el modo en que cada uno se las arregla con lo sexual”.
  3. Un tercer punto es “al interior del psicoanálisis -venimos sosteniendo desde el inicio- la sexualidad ha sido objeto de múltiples debates en los últimos tiempos… Decíamos que los denominados cambios de época han llevado a algunos psicoanalistas a hablar de una ‘nueva economía psíquica’ (Melman: 2002), o incluso a plantear la necesidad de repensar la noción psicoanalítica de sexuación para tratar de responder más adecuadamente a los desafíos que la clínica impone (Morel: 2002; Laurent: 1981; Bleichmar: 1999)” (p. 632).
  4. La pregunta “que subyace es si la categoría de asexualidad puede aportar una vía de indagación en lo concerniente a este debate. Es decir, considerar si aquello que esta categoría nomina puede ser pensado como una modalidad de ejercicio de la sexualidad contemporánea e interpelar como novedad a una teoría y praxis analíticas que se pretendan vigentes. En este sentido, resulta necesario el esfuerzo por explorarla” (p. 633).
  5. Se suma el “que un abordaje clínico puede resultar sumamente enriquecedor para dilucidar matices que se jueguen en casos singulares de sujetos ‘asexuales’, y permitir visibilizar las dificultades halladas en el establecimiento de una definición compartida del constructo. Más aún cuando hemos considerado las múltiples e interesantes vías de análisis que se han abierto a partir de un primer abordaje: la problemática central del deseo/ausencia de deseo; la referida al concepto de identidad y su vínculo con el mundo virtual; la aparentemente creciente desterritorialización de la experiencia humana, entre otras posibles” (p.633).
  6. Finalmente la pregunta es: “¿Cuáles son los efectos de las variables de época y cuáles las coordenadas permanentes del funcionamiento psíquico?” (p. 635)

 

La Red AVEN afirma que “la asexualidad es una orientación, no es un indicio de inmadurez”. En este sentido, la agenda propuesta por Soria (2013), engrana con este planteamiento, los psicoanalistas tenemos el reto de indagar si la asexualidad es una manifestación de infantilismo, una intensa inhibición emanada de los traumas de los primeros años de vida o quizá una manifestación más, una posibilidad más, de nuestra condición sexuada. Mientras tanto, sería recomendable evitar cualquier juicio nacido del furor epistemológico y detenernos a observar, escuchar, reflexionar y sistematizar. Desde mi perspectiva, la asexualidad de un problema de investigación que nos puede llevar a interesantes replanteamientos teóricos y clínicos de alto impacto.

Por otro lado, testimonios como los de Lucía Lietsi, nos reservan de idealizar la diferencia como un automatismo e ingresar en la zona de confort de la apertura a toda novedad. Lo que la autora nos deja claro es que en su trayecto vital ha habido mucho sufrimiento y nos previene de caer en la euforia de la aceptación para invitarnos a una lectura empática, reconociendo que aún en pleno uso de sus derechos y su libertad, hay dolor y necesidad de curación.

Nota sobre las citas de “Diario de una asexual” de Lucía Lietsi (2012): Por no estar a la venta en México, compré el libro en versión electrónica a través de Amazon. Este formato no cuenta con números de página y por tanto no se pueden referir las mismas.

 

Referencias

American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Estatistical Manual of mental Disorders. 5. Edition (DSM-5). APA: USA.

AVENes. Red para la Educación y Visibilidad de la Asexualidad. Disponible en: http://asexuality.org

Blanco, I. y Bello, S. (2015). Asexualidad: La construcción biológica y cultural del deseo. Tesis de Periodismo. Universidad Complutense de Madrid. Disponible en: http://asexuality.org/sp/files/TFG%20DEFINITIVO%201-1.pdf

Lietsi, L. (2012). Diario de una asexual. España: Bubok Publishing [Versión electrónica].

Soria, L. (2013). Asexualidad: primeras aproximaciones, primeros interrogantes. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología XX Jornadas de Investigación Noveno Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología - Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires. Disponible en: http://www.aacademica.com/000-054/824.pdf

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juanpablobrand@psic.mx (Juan Pablo Brand Barajas) Diversidad Sexual Thu, 01 Oct 2015 22:36:04 +0000
Neosexualidades y multiplicidad del self: un estudio desde el psicoanálisis relacional. http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/93-neosexualidades-y-multiplicidad-del-self http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/93-neosexualidades-y-multiplicidad-del-self Neosexualidades y multiplicidad del self: un estudio desde el psicoanálisis relacional.

José Roberto Vargas Arreola

“Cada hombre en su complejidad psíquica es una obra maestra, cada análisis es una odisea”

Joyce McDougall

SELF MÚLTIPLE

La experiencia del self es múltiple y compleja, deviene de impresiones corporales que simbolizan zonas erógenas, imágenes, fantasías, ideas y palabras. Aun con la riqueza de estas representaciones, existen en el cuerpo humano inscripciones inconscientes no reprimidas que descansan en una memoria implícita, procedimental, no declarativa o relacional (Bleichmar, 2001). Los múltiples modos de dar cuenta de la existencia, por tanto, aluden a diferentes niveles de conciencia, de simbolización y de relación intersubjetiva.

La psicología del desarrollo es también un eje que complejiza la multiplicidad del self. La identidad es una construcción constante. Si bien en la adolescencia el trabajo psíquico de cohesionar una identidad se vuelve un factor fundamental de cuestionamientos y nuevas significaciones, la experiencia del self implica replanteamientos y redefiniciones constantes en cualquier etapa de la vida.

Stern (2002), haciendo un recorrido por distintos teóricos, plantea dos posturas en relación a la experiencia sélfica. Por un lado, la teoría del self unificado que alude al esfuerzo evolutivo hacia la integración y la unidad en la experiencia del self global. Por otro lado, la teoría del self múltiple que concibe al self no como algo unificado, sino múltiple; no como una entidad estática sino que fluctúa constantemente; no como un centro de iniciativa aislado sino constituido intersubjetivamente.

Para los psicoanalistas posmodernos, según Stern (2002), este paso de una experiencia unificada a una experiencia múltiple del self implica abandonar los modelos lineales jerárquicos y esencialistas, representados por las teorías freudiana y kohutiana, a favor de un modelo descentralizado, abierto y horizontal en el que se considera que la experiencia subjetiva está en constante fluctuación de acuerdo a la historia relacional del sujeto.

Stern (2002), haciendo una síntesis de ambos postulados, propone un modelo integrador donde en la experiencia del self interactúa una organización psicológica horizontal, múltiple y de sistemas dinámicos, y un modelo estructural vertical que brinda las cualidades de unidad, cohesión, autenticidad y regulación que caracterizan la teoría del self unificado. Desde su perspectiva, un individuo alcanza una complejidad de pensamiento más plena si retiene o integra las dimensiones horizontal y vertical de la estructura psíquica.

Stern (2002) plantea que a partir de los momentos intersubjetivos y las secuencias de interacción de la infancia, el niño tiene una experiencia subjetiva primaria que se encuentra con una respuesta o iniciativa por parte de sus cuidadores. Mediante numerosas repeticiones de momentos similares, el estado interno del niño es transformado por la interacción. De este modo conforma e internaliza las representaciones de estas secuencias, mismas que serán la base de su estructura psicológica y de la multiplicidad experiencial del self (Stern, 2002).

Al respecto, Benjamin (1997) propone una perspectiva relacional en la interacción del niño con sus cuidadores. Señala que el niño organiza y experimenta su subjetividad a través de la relación con otros sujetos. La madre, por ejemplo, no es sólo un objeto internalizado ya que el infante también es capaz de reconocer al otro como un sujeto diferente de sí y al mismo tiempo semejante. Por tanto, en la diada madre-hijo hay dos sujetos compartiendo, no únicamente un sujeto que introyecta, proyecta o se identifica con un objeto.

Sin embargo, aclara que su perspectiva relacional no se opone o excluye la teoría del conflicto intrapsíquico, sino la complementa. En su aportación, rescata la idea de que el otro debe ser reconocido como sujeto para que el infante experimente plenamente su subjetividad (Benjamin, 1997).

 

DIFERENCIAS SEXUALES MÚLTIPLES

La experiencia subjetiva sexual se encuentra en un continuo con la experiencia del self. El cuerpo humano es una fuente inagotable de libido desde donde se inscriben una amplia gama de sensaciones, imágenes y fantasías que constituyen las experiencias de placer y displacer en el propio cuerpo y en el encuentro con otros cuerpos.

Para McDougall (1998) la sexualidad es esencialmente traumática por los múltiples conflictos psíquicos que surgen del choque entre las pulsiones y la fuerza coactiva del mundo externo que inicia con el primer encuentro del bebé con el pecho. La experiencia sexual va complejizándose a través del desarrollo, dando lugar a una diversidad de experiencias que organizan la sexualidad humana y que conforman identidades e identificaciones múltiples.

En el marco de la teoría feminista, Benjamin (1997) propone que la identidad sexual no se constituye unilateralmente por el complejo de castración que, desde la teoría freudiana, determina las diferencias entre ambos sexos. Para la autora, la diferencia sexual es más multifacética que la lógica binaria de la exclusión mutua ya que la psique no sólo preserva en el inconsciente las identificaciones rechazadas, sino que también las expresa en las relaciones filiares y amorosas, independientemente de la elección de objeto.

Para Benjamin (1997), hasta hace poco tiempo, la teoría psicoanalítica había sido incapaz del ir más allá del nivel edípico para explicar la sexualidad humana. Si bien las identificaciones edípicas impregnan ciertos ideales genéricos, no forman una estructura sin fisuras, congruente y hegemónica (Benjamin, 1997).

Benjamin (1997) señala que el pensamiento feminista reciente ha preferido una noción de diferencias múltiples e identidades inestables ya que se necesita concebir algo más plural y descentrado que la reproducción simplista de un discurso de opuestos. Desde su perspectiva, cada objeto de amor corporiza múltiples posibilidades de igualdad y diferencia, de masculinidad y feminidad, y una relación amorosa puede efectuar una multitud de funciones (Benjamin, 1997).

Benjamin (1997) disiente, por tanto, que exista en el desarrollo libidinal la necesidad de renunciar al otro sexo y de abandonar las fantasías de la bisexualidad. Especula que la posibilidad de elaborar los sentimientos, conductas y actitudes del sexo opuesto bajo la cobertura del propio narcisismo es algo que persiste como una capacidad preconsciente o inconsciente durante toda la vida.

Considera que en el campo de las identificaciones múltiples y de las identidades sexuales inestables no es pertinente establecer una meta normativa de la identidad sexual. Del mismo modo, critica la psicología evolutiva al plantear un desarrollo lineal donde es deseable que todos los conflictos sean resueltos y donde las experiencias tempranas subsisten como estratos geológicos no modificados por las elaboraciones simbólicas ulteriores (Benjamin, 1997).

En su lugar, Benjamin (1997) propone que en la identidad sexual y genérica existen estructuras sobreinclusivas, más allá de los esquemas que diferencian a hombres y mujeres, y las nociones de lo masculino y femenino. Postula, en ese sentido, una heterodoxia genérica que comulga con la teoría cultural contemporánea y la teoría feminista, descentrando la concepción del desarrollo y reemplazando el discurso de la identidad por el de las identificaciones plurales.

 

NEOSEXUALIDADES

Una propuesta teórica sobre la multiplicidad del self y sobre las diferencias sexuales múltiples debe ser congruente con una teoría que estudie la construcción de las identidades sexuales con profundidad y desde un pensamiento complejo. La concepción de las “neosexualidades” (McDougall, 1998) desde mi perspectiva, atiende estos desafíos clínicos y permite la formulación de nuevos cuestionamientos.

McDougall (1998), refiere que las identidades sexuales son tan variadas y plurales que es necesario hacer uso de términos como “heterosexualidades”, “homosexualidades” y “sexualidades autoeróticas”. Para la autora, no hay relación alguna entre una identidad sexual y un diagnóstico clínico; incluso, las categorías de “neurótico”, “psicótico” o “perverso” deberían ser aplicables a los síntomas y no a los sujetos pues cada subjetividad presenta un infinito número de variantes (McDougall, 1998).

McDougall (1998) hace un replanteamiento de la concepción clásica de la perversión y propone el término “neosexualidades” para poner en relieve el carácter innovador y la investidura intensa que requieren estas creaciones eróticas. Con este término evoca algo semejante a las “neorrealidades” que ciertos sujetos crean para solucionar conflictos psíquicos dolorosos. Uno de sus principales postulados es que los síntomas psicológicos, incluida la sexualidad sintomática, son un intento de autocuración para huir del dolor psíquico.

Estos casos que inicialmente McDougall (1982) nombró “difíciles” por su propensión al acto y las soluciones adictivas que presentan, constituyen síntomas que sirven como escudo contra la indiferenciación, la pérdida de identidad, la implosión del otro, el derecho de existir, el temor de perderse, de hundirse en la depresión o de disolverse en la angustia.

McDougall (1982) refiere que las dificultades para ser humanos nos obligan a crear una infinidad de estructuras psíquicas destinadas a cicatrizar heridas o a permitirnos hacer frente al dolor físico y psíquico que inevitablemente padecemos. La capacidad para la simbolización es la que posibilita la formación de síntomas y en algunos casos la creación de corazas caracterológicas cuya función es proteger la vida y no sólo la sexualidad como sucede en la sintomatología neurótica.

En las neosexualidades o soluciones neosexuales, según McDougall (1998), se construyen guiones eróticos complejos e ineluctables para asegurar el sentimiento, no sólo de la propia identidad sexual sino también el sentimiento de la identidad subjetiva. Estas construcciones complicadas no sólo representan el único medio de expresión sexual, sino también una dimensión de su vida cotidiana, tan vital para su equilibrio psíquico como las actividades sublimatorias (McDougall, 1998).

Para McDougall (1982), la desviación que conforman estas identidades no es un simple desvío en el camino del placer, sino un deseo diferente que puede prescindir de la resolución orgiástica y de la relación amorosa. Surge de una angustia originaria del peligro de desaparecer en el otro y de desear –de algún modo- la desaparición, evocando desesperación, la necesidad vital de una existencia separada y de un pensamiento independiente.

McDougall (1998) opta por utilizar el término de “neosexualidades”, en lugar del término “perversión” ya que éste último tiene usualmente una connotación peyorativa. Los pacientes neosexuales, según la autora, consideran que sus actos amorosos y su elección de objeto concuerdan con la representación que tienen de sí mismos y de sus deseos, a pesar de quienes califican estos actos y elecciones como perversos. Propone que la predilección sexual de un paciente sólo se convierte en un problema clínico en la medida en que le provoca sufrimiento.

Sin embargo, reserva el término “perversión” para ciertas formas de relación donde hay un ejercicio de poder e imposición en la sexualidad, casos en los que no se consiente el acto sexual o no se cuenta con la responsabilidad para consentirlo. En este caso, la conducta perversa implica una indiferencia a la negativa o a las necesidades del otro.

Según McDougall (1998), el discurso parental sobre la sexualidad desempeña un papel fundamental en la organización sexual del niño; no obstante, desde su postura, las identificaciones y defensas se constituyen principalmente a partir de lo que el niño comprende sobre los deseos y temores inconscientes de sus progenitores.

En el caso de las neosexualidades se presentan algunos hechos clínicos que coinciden en la falta de representaciones parentales que aseguren o resguarden al sujeto en los momentos de tensión afectiva (McDougall, 1998). No es que haya representaciones o identificaciones negativas (entiéndase tóxicas o persecutorias), más bien no existen tales representaciones o se acentúa una experiencia de vacío en éstas.

De acuerdo con McDougall (1998), la incapacidad para la identificación de las funciones parentales lesiona la identidad sexual y perturba las representaciones edípicas, siendo dominantes los temores y necesidades narcisistas. Dado que no hay objetos internos aseguradores, predomina un vacío mental estructural (Lutenberg, 2005) que puede favorecer la creación de una solución sexual adictiva para disminuir las experiencias dolorosas.

McDougall (1998) utiliza el término “neonecesidades” para referirse a la cualidad adictiva que presentan las neosexualidades en donde el objeto sexual, como objeto parcial o práctica erótica, es incesantemente buscado a la manera de una droga. En ese sentido, se puede recurrir a objetos eróticos inanimados (látigos, esposas, zapatos) o a personas que corren el riesgo de ser tratadas como objetos inanimados o intercambiables.

En este contexto, los pacientes construyen rituales desviados complejos y compulsivos en donde un cambio de guion es inimaginable y terrorífico. McDougall (1998) recurre al objeto transicional de Winnicott para plantear que estos pacientes carecen de las introyecciones parentales necesarias para crear la ilusión que separa un ser del otro. El objeto se vuelve un “fetiche” en lugar de representar una transición de la dependencia a la independencia respecto a la madre (Casas de Pereda, 2000).

McDougall (1998) atestigua que en muchas ocasiones las neosexualidades involucran una defensa maniaca de triunfar sobre los objetos internos que son experimentados como muertos. Del mismo modo, la imagen internalizada del sí mismo puede estar amenazada y el acto compulsivo sexual representar la defensa de la propia imagen ante el peligro de la desintegración narcisista. En síntesis, el acto neosexual puede fungir como salvaguarda para impedir que los sentimientos de violencia se vuelvan contra sí mismo o apunten alguna representación objetal internalizada.

En estos casos, las neosexualidades no sólo sirven para reparar brechas en la construcción de la identidad sexual y subjetiva, sino también para proteger a los objetos internos frente al odio y la destrucción del sujeto. Por tanto, las confusiones dolorosas en torno de la identidad sexual, la rabia infantil y el sentimiento de muerte psíquica, a pesar de su lado implacable, pueden convertirse en juegos eróticos (McDougall, 1998).

 

APUNTES PERSONALES

  • Con base en los estudios sobre la multiplicidad del self (Stern, 2002) y las diferencias sexuales múltiples (Benjamin, 1997) se atestigua una riqueza y diversidad de experiencias subjetivas que resulta paradójica cuando se confronta con los restrictivos y exigentes guiones que los pacientes neosexuales presentan.
  • La disociación es, desde mi punto de vista, una defensa clave para comprender por qué hay una discontinuidad entre la experiencia neosexual y la experiencia sélfica. El acto neosexual, por lo general, es un acto-síntoma (McDougall, 1982) que actúa como descarga y está desprovisto de una actividad simbólica para el paciente.
  • Como se documentó, el self no está facultado para integrar la experiencia neosexual debido a que ésta se erige como una defensa caracterial que protege al paciente del vacío y la muerte psíquica. Sin embargo, la experiencia analítica puede constituir gradualmente una función parental que permita una mayor integración sélfica, con la posibilidad de generar un mayor “juego” libidinal en el ejercicio de la sexualidad.
  • El movimiento de la diversidad sexual en nuestros días convoca al reconocimiento de identidades lésbicas, gay, bisexuales, travestis, transgénero, transexuales e intersexuales. El movimiento queer da un paso más en la deconstrucción de las identidades al rechazar la clasificación de los individuos según su género u orientación sexual. Una postura clínica sobre el tema me parece fundamental.
  • La realidad social, desde el marco del construccionismo social, la construimos todos y en todo momento a través del lenguaje y las prácticas cotidianas. El movimiento de la diversidad sexual es un tema controversial que genera diversas respuestas respecto al derecho hacia el matrimonio igualitario y la adopción homoparental. Considero fundamental revisar nuestra propia postura, creencias personales y posibles prejuicios sobre el tema, especialmente en el trabajo clínico con un paciente neosexual.

REFERENCIAS

Bleichmar, H. (2001). El cambio terapéutico a la luz de los conocimientos actuales sobre la memoria y los múltiples procesamientos inconscientes. Aperturas psicoanalíticas: Revista internacional de psicoanálisis. No. 9

Benjamin, J. (1997). Sujetos iguales, objetos de amor: Ensayos sobre el reconocimiento y la diferencia sexual. Paidós: Argentina

Casas de Pereda, M. (2000). En el camino de la simbolización: Producción del sujeto psíquico. Paidós: Argentina

Lutenberg, J. (2005). Teoría clínica del vacío mental. En Revista de la Sociedad Psicoanalítica Peruana No. 4

McDougall, J. (1982). Alegato por una cierta anormalidad. Paidós: Argentina

McDougall, J. (1998). Las mil y una caras de Eros: La sexualidad humana en busca de soluciones. Paidós: Argentina

Stern, S. (2002). El self como una estructura relacional: Un diálogo con la teoría del self múltiple. Aperturas psicoanalíticas No. 13

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robertovargas@psic.mx (José Roberto Vargas Arreola) Diversidad Sexual Thu, 01 Oct 2015 23:05:20 +0000
Diversidad sexual: algunos conceptos relevantes. http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/92-diversidad-sexual-algunos-conceptos-relevantes http://psic.mx/index.php/transiciones/apego-y-perdida/item/92-diversidad-sexual-algunos-conceptos-relevantes Diversidad sexual: algunos conceptos relevantes.

 

 Karen Del Castillo Espadas

 

Cuando hablamos de “sexualidad humana” nos pueden venir a la cabeza muchas ideas, lo cual se acentúa cuando planteamos el término “diversidad” ya que se hace notar que cada persona es diferente y sus intereses y preferencias también.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) define la “sexualidad” como una dimensión fundamental del ser humano. Basada en el sexo, incluye el género, la identidad, la orientación sexual, el erotismo, el vínculo emocional, el amor y la reproducción. Se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, prácticas, roles y relaciones.

La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales.

En resumen, la sexualidad se practica y expresa en todo lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos, en nuestros gustos, forma de pensar y en nuestro actuar cotidiano.

El Dr. Eusebio Rubio propone que la sexualidad está formado de cuatro holones o subsistemas que son vínculos, erotismo, género  y reproductividad, los cuales se describen a continuación:

Erotismo: Es la capacidad humana de experimentar las respuestas subjetivas que evocan los fenómenos físicos percibidos como deseo sexual, excitación sexual y orgasmo, y que  por lo general se identifican con placer sexual. El erotismo se construye tanto a nivel individual como social con significados simbólicos que lo vinculan a otros aspectos del ser humano.

Vínculo Afectivo: Es la capacidad humana de establecer lazos con otros seres humanos que se construyen y mantienen mediante las emociones. El amor representa una clase particularmente deseable de vínculo afectivo.

Género: Es la suma de valores, actitudes, roles, prácticas o características culturales basadas en el sexo. El género, tal como ha existido de manera histórica, transculturalmente, y en las sociedades contemporáneas, refleja y perpetúa las relaciones particulares de poder entre el hombre y la mujer.

Reproductividad:  Se refiere a la posibilidad humana de dar vida a descendientes que sean similares (mas no idénticos) a los progenitores, así como a las representaciones mentales que se construyen socialmente acerca de esta posibilidad.

Cada persona es libre de vivir cada uno de estos aspectos y de disfrutarlos según sus ideas, valores y creencias siempre y cuando no se dañe a sí misma o a los demás. Independientemente de la orientacion sexual, existen estas cuatro potencialidades de la sexualidad humana que se interrelacionan entre sí e interactúan una con otra.

Kinsey y cols. (1949 y 1953), por su parte, efectuaron una serie de trabajos sobre las orientaciones y comportamientos sexuales a través del historial sexual de una persona o los episodios de su sexualidad en un tiempo dado.

La escala Kinsey establece seis grados de orientación sexual basada en los comportamientos de cada individuo, los cuales son:

  1. Exclusivamente heterosexual
  2. principalmente heterosexual con contactos esporádicos homosexuales
  3. predominantemente heterosexual (aunque con contactos homosexuales más que esporádicos)
  4. Bisexual
  5. predominantemente homosexual (aunque con contactos heterosexuales más que esporádicos)
  6. Principalmente homosexual con contactos heterosexuales esporádicos y
  7. exclusivamente homosexual

 

En color azul se indica la proporción de prácticas homosexuales

 En alusión a este estudio, se han efectuado diversos estudios sobre el origen de la orientación sexual encontrando que existen una serie de factores psicológicos, hormonales, neuroendócrinos y genéticos involucrados. Esto quiere decir que la orientacion sexual es multifactorial.

La orientación sexual puede manifestarse en forma de comportamientos, pensamientos, fantasías y deseos sexuales. La diversidad sexual alude a un marco heterogéneo en el que el ser humano experimenta su sexualidad.

Aspectos terapéuticos

Algunos pacientes acuden al espacio terapéutico buscando ayuda y acompañamiento para el descubrimiento de su orientación sexual, lo cual implica trabajar en torno a la aceptación de sí mismos. En algunos casos, el trabajo con los padres también es fundamental ya que se pueden encontrar confundidos o desconcertados.

En cuanto al terapeuta, es importante que tenga conocimientos y formación en el ámbito de la sexualidad, ya sea como terapeuta sexual o sexólogo clínico, que sea empático, que evite juicios de valor y acompañe al paciente en el proceso de aceptarse a sí mismo.

En la terapia es común que se requiera el uso de técnicas psicoeducativas ya que existen muchos mitos y falacias acerca de la sexualidad y cómo se experimenta. Se requiere un trabajo emocional debido a que este proceso de descubrimiento puede ocasionar confusión, contradicciones, miedos, inseguridades, ansiedad y depresión.

Es importante enfatizar que una terapia no tiene el objetivo de cambiar la orientación sexual del paciente. El terapeuta no está facultado para decidir sobre un aspecto tan importante y crucial, como es el ejercicio de la sexualidad.

Cada proceso terapéutico debe ser único y aplicado de manera específica, brindando un clima de seguridad y confianza emocional que les permita a los pacientes conocerse y resignificarse a sí mismos, promoviendo el ejercicio de una sexualidad plena e integrada.

Referencias

Fernández-Guasti, A. y Rodríguez-Manzo, G. (1998), La ‘eyaculación femenina’ y las bases biológicas de la homosexualidad: dos temas actuales en el campo de la sexualidad humana. En De la Fuente, R. y Álvarez Leefmans, F. J. (editores), Biología de la mente. El Colegio Nacional y Fondo de Cultura Económica: México.

Pérez, J. y Rubio, E. (2007). Antologia de la sexualidad humana. Porrúa: México.

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karen@psic.mx (Karen del Castillo Espadas) Diversidad Sexual Thu, 01 Oct 2015 22:45:49 +0000