Menu
Fantasías de muerte y abandono en niños con problemas de conducta

Fantasías de muerte y abandono en niños con problemas de conducta


Jesús Cisneros Herrera

Existen numerosos antecedentes históricos y culturales relacionados con el filicidio que guardan correspondencia con las fantasías infantiles que con frecuencia surgen en el trabajo clínico. Siguiendo a Bleichmar (1999), estas fantasías no son expresiones de una vida pulsional ahistórica ni producto de momentos míticos en la vida del niño, sino que pueden rastrearse en la intersubjetividad que estructura el aparato psíquico.

Este artículo se desprende del trabajo doctoral "Miedos y fantasías de muerte y abandono en niños con problemas de conducta" (Cisneros Herrera, 2016). En la investigación participaron 5 niños varones de entre 4 y 6 años de edad llevados a un centro comunitario por problemas de conducta.

El infanticidio y, particularmente, el filicidio, se practicaron con frecuencia en la Antigüedad, y cuando las leyes los prohibieron, socialmente seguían siendo permitidos, es decir, no eran mal vistos (De Mause, 1994). Esta historia ha dejado sus huellas en cuentos, canciones y otros elementos de la cultura, como las amenazas con que los padres buscan la obediencia o el sometimiento de sus hijos. Filicidio e infanticidio perduran no sólo en el folclor, sino también en lo real; la noticia de un niño asesinado por sus padres despierta una fuerte reacción de horror que quizá, en parte, obedece a las mociones agresivas dirigidas hacia los niños que yacen reprimidas en lo inconsciente aunque con ramificaciones que les deparan satisfacciones parciales.

Los problemas de la conducta infantil tienen un fuerte impacto social, al grado que forma parte del Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia anunciado en febrero del 2013 por Enrique Peña Nieto (Vargas, 2013). Dichos problemas sólo pueden entenderse en el contexto de una historia en la que los padres, o sus sustitutos, tienen un papel determinante. Ellos crean las condiciones intersubjetivas en que eventualmente se estructura el aparato psíquico (Bleichmar, 1999); si un niño se comporta de una manera excesivamente agresiva, nos debemos preguntar por qué tiene pulsiones agresivas tan intensas o por qué no puede descargarlas por medios más elaborados. Las fantasías de estos niños suelen mostrar una faceta que no siempre se toma en cuenta: el miedo. Por ello, en esta investigación me propuse explorar la historia de cinco niños con problemas de conducta, así como las fantasías que despliegan en sus juegos, dibujos o historias.

Para esta investigación trabajé con cinco casos de niños con problemas de conducta de entre 4 y 6 años de edad, cuyos padres acudieron a un centro comunitario en busca de ayuda psicológica. Los cinco niños fueron varones; los problemas de conducta de cuatro eran externalizados, y sólo de uno, internalizado. De estos cuatro, tres se comportaban de manera francamente agresiva (uno, en casa y dos, en la escuela); el otro simplemente no podía estarse quieto.

La información sobre la historia de los niños se obtuvo mediante entrevistas, en todos los casos, a la madre; sólo en dos casos, el padre también asistió a las entrevistas. Con los niños se llevaron a cabo tres sesiones en las que se usaron distintas técnicas: dibujo de la figura humana, CAT-A y juego libre. Cada entrevista con los padres y de observación participante con los niños se grabó en audio y video, respectivamente, y después se transcribieron para poder analizarse.

 Análisis de resultados y conclusiones.

Las primeras experiencias de estos niños estuvieron determinadas por una madre con serias dificultades para ser sensibles a sus necesidades. Una se desesperaba cuando no podía lograr que su hijo dejara de llorar de inmediato, así que le gritaba, lo regañaba y lo dejaba llorando solo. Otra mujer, que entonces vivía en Estados Unidos, mandó a su hijo de un año de edad a México durante un mes al cuidado de la abuela materna para que el resto de la familia lo pudiera conocer, a pesar de que hasta ese momento había sido incapaz de destetarlo.

Otra madre francamente agresiva con sus dos hijos, decide marcharse de su casa cuando el menor tenía dos años y estaba gravemente enfermo. Una más, madre a los 15 años, no deseaba tener a su hijo, de modo que lo cuidó los primeros meses obligada por su propia madre para después desentenderse de él y dejar que la abuela tomara su papel, no sólo en la práctica sino en lo legal; ahora que el niño tiene 5 años de edad desea ser reconocida como su madre. En el último caso, del niño con problemas internalizados, la madre no podía mantener en lo inconsciente su sexualidad al cuidar a su bebé y se sentía incómoda ante el contacto con él; además lo expuso a la violencia que desde su nacimiento hubo entre ella y el padre del niño.

A pesar de que estas mujeres se mueven entre la ambivalencia y la agresión o el no deseo en relación con sus hijos, fueron capaces de implantar en ellos la sexualidad y, por lo tanto, echar a andar un nuevo aparato psíquico. Sin embargo, el niño que no fue deseado tenía problemas precisamente en la estructuración de su psiquismo: falta de orientación temporal, de diferenciación entre yo y no-yo, de distinción entre el adentro y el afuera, y, por supuesto, falta del predominio del proceso secundario y de su función inhibitoria de la descarga inmediata de las tensiones.

Esa sexualidad, esa vida pulsional, que paulatinamente se impregna en la necesidad biológica, que pervierte al instinto, diría Laplanche (1971), aunque sólo busca la descarga o la satisfacción inmediata, es la fuerza que permite ligar los elementos que pueblan el aparato psíquico y que constituyen las vías colaterales de descarga (Bleichmar, 1993). Pero para que esto último ocurra, es necesaria la intervención de una madre “provista de un  yo, capaz de investir narcisísticamente al bebé” (p.42), pues ella reconoce sus necesidades, puede soportar su llanto y consolarlo no sólo calmando la necesidad o eliminando la causa del malestar, sino hablándole, cargándolo, estando con él. De este modo crea vías colaterales por donde la energía que se desprende de la vida pulsional o la necesidad puede circular y se descarga parcialmente.

Ahora bien, la sexualidad no es la única fuente de energía que necesita descargarse; también la agresión lo es. Para el aparato psíquico en ciernes, la necesidad y la pulsión implican una invasión, un ataque, el cual, sin embargo, pueden tolerar cada vez más en la medida en que la madre ayuda a crear vías colaterales de descarga. No obstante, las ausencias de ésta la convierten en el agente atacante en virtud de que su representación se inviste en el psiquismo del niño al momento en que aparece el estado de tensión. Su ausencia, entonces, se convierte en presencia atacante que provoca en el niño impulsos agresivos que, en condiciones idóneas, la madre puede tolerar y ayudar al niño a metabolizarlos, es decir, poner al servicio del bebé su capacidad de reverie, diría Bion (1962).

En los casos de mi investigación, se combinaron en distintas proporciones las siguientes situaciones: las madres no crearon suficientes vías colaterales de descarga, o éstas no fueron suficientes porque los estados de tensión fueron demasiado intensos debido a separaciones prolongadas o a la propia agresión de la madre. En este último caso, la madre se convierte en atacante debido no sólo a la dinámica interna del aparato psíquico, sino a elementos de la realidad que intensifican tanto el carácter atacante de la representación materna como los impulsos agresivos del niño dirigidos contra ella (Klein, 1946). Por cierto, los padres de estos niños, con excepción de uno, fluctúan entre la ausencia absoluta y la presencia ornamental con respecto a la mediación de la agresión materna o de las omisiones en la creación de vías colaterales. El padre que tuvo mayor presencia, por un lado, fue demasiado estricto con el niño y, por otro, le ofreció múltiples oportunidades de ser testigo de la violencia conyugal, que a fin de cuentas también es agresión contra el niño.

De modo que las fantasías de muerte y abandono de los niños no pueden considerarse ajenas a su historia; sus problemas de conducta, tampoco. Dos niños le decían a su mamá que tenían miedo de que los abandonaran, uno en la calle y el otro en la escuela. En uno de ellos, este miedo —articulación de elementos presentes en el aparato psíquico desde mucho tiempo antes— comenzó un día que despertó solo en su casa, pues su mamá y abuela estaban trabajando cerca, pero fuera de su casa; después de esto incluso soñaba que su mamá lo abandonaba. El otro —aquel que fue enviado solo desde Estados Unidos a México— oyó en la escuela que una señora le decía a la maestra que iba a recoger tarde a su hijo; entonces empezó a llorar diciendo que su mamá lo iba a abandonar, igual que esa señora no iba a regresar por su hijo, que es lo que él entendió.

Otro niño hacía referencia a los niños de la calle; un día lo llevó su prima al centro comunitario y se salió diciendo que regresaba cuando terminara la sesión; el niño se quedó pero al paso de los minutos se angustió pensando que se le iba a olvidar regresar por él a su prima. El niño receptor “indirecto” de la violencia conyugal, una noche le dijo a su mamá, que entonces estaba con un ojo morado por un golpe, “no me vayas a comer”; él decía, en un relato cercano al delirio, que en las noches su mamá parecía un zombie que come cerebros de las personas. El quinto niño no tenía la estructura necesaria para articular un miedo tan elaborado como los demás. La aparición de estas fantasías articula, siguiendo la lógica del trauma (Freud, 1895), experiencias tempranas con experiencias actuales.

La contraparte de estos miedos son los impulsos agresivos productos de la experiencia de ser atacado. En el curso de la observación, se encontró que estaban dirigidos directamente contra la madre, desplazados hacia la maestra y compañeros de escuela, dirigidos hacia el interior o descargados simplemente mediante la “hiperactividad”. En un caso, los impulsos agresivos quedaron desligados de la representación materna. La mamá de este niño dijo que no tenía problemas con él en casa, sólo en la escuela, donde a los tres años de edad mordía y pegaba a la maestra y a las niñas principalmente, y a los cinco sólo pegaba a las niñas y desafiaba a la maestra. En sus juegos, mostraba una tremenda agresión contra la figura materna, a la cual en repetidas ocasiones mató para regocijo de los hijos.

El otro niño, en proceso de estructuración aún, tampoco puede ligar sus impulsos con representaciones particulares; en su caso, la agresión escolar y los berrinches en casa obedecen a que su psiquismo, con un yo poco delimitado, no puede tramitar los impulsos siguiendo vías colaterales.

El niño que nació en Estados Unidos agredía directamente a su mamá pegándole, gritándole y haciendo berrinches, mientras que en la escuela, a pesar de su fuerza y corpulencia, los demás niños lo molestaban y le pegaban. Otra muestra más de la terrible ambivalencia de esta madre hacia su hijo, que probablemente ocultaba un no deseo de tenerlo, es que no le preocupaba en lo más mínimo que fuera agredido en la escuela. Pocas sesiones después, dejó de llevarlo.

El niño “hiperactivo”, de 4 años de edad, en sesiones posteriores empezó a articular sus experiencias e impulsos en relación con la madre que lo abandonó. A partir de la transferencia manifestó sus impulsos agresivos frente al abandono; en su juego aparecen bebés que mueren por falta de cuidados, pero también mata al personaje que los abandona; a veces son los propios hijos los que matan a las figuras maternas, pero no quedan exentos del sentimiento de culpa.

El niño que le pedía a su mamá en las noches que no se lo comiera, un día llegó diciéndome que había tenido un sueño “muy feo”. En él, oye que tocan a la puerta de su casa, su mamá abre y resulta que es una víbora que la devora; entran más víboras que se comen a su papá y a su tía. Sólo después de interpretar sus deseos de matar a sus padres, cuenta que otra víbora se lo comió a él: manifestación también del sentimiento de culpa.

Dice Klein (1946) que, cuando la frustración es excesiva en la vida del niño, es mucho más difícil que logre integrar los objetos parciales en objetos totales. Recordemos que la representación de la madre se activa cuando surge la tensión en el aparato psíquico, por lo que esa representación se ve como atacante; si a esto se suman ataques reales, la representación se vuelve tan amenazante que no podrá integrarse con la representación materna ligada con las experiencias de satisfacción, de modo que una de ambas partes tendrá que predominar. Entonces, los impulsos agresivos o se manifiestan directamente contra ella, se desplazan hacia otras figuras, se manifiestan de manera indefinida o se queda en el aparato psíquico desbordando el proceso secundario. En cualquier caso se encuentran más allá de toda posibilidad de elaboración, propensos a permanecer como un circuito compulsivo de descarga que afecta la vida del niño y altera su medio familiar y social.

La maestra del niño que mordía a los 3 años de edad estaba convencida que, si no recibía ayuda, iba a terminar muy mal (conductas violentas, delincuencia, adicciones); lo mismo creía la mamá adoptiva del niño con problemas de estructuración psíquica. La mamá del niño que viajó con su abuela a México tenía miedo de qué le podría hacer su hijo cuando fuera mayor si continuaba así. Los abuelos del niño cuya madre se marchó de su casa también estaban preocupados porque no creían poder controlarlo. La mamá del niño víctima de la violencia conyugal, al principio preocupada por algunas conductas agresivas mínimas, se dio cuenta que el verdadero problema del niño no se manifestaba en su conducta, sino en la intensa angustia a la que estaba sujeto.

 Sumados, los problemas de estos niños tienen relevancia social y deben tomarse en cuenta seriamente si en verdad se busca disminuir la violencia, quizá no la que mantiene en vilo a buena parte de la población, pero sí la que ocurre en lo cotidiano y amenaza con saltar en cualquier momento a las páginas policiacas de los diarios o a los noticieros televisivos.

Como se mencionó al principio, hay todo una herencia cultural que define el trato a los hijos. Las mamás de estos niños no tenían conciencia de su papel en la conducta agresiva del niño, pues veían su propia conducta de madres como algo normal, o no le daban mucha importancia; además, les preocupaban casi exclusivamente las repercusiones de la conducta de sus hijos, pero no se daban cuenta de su sufrimiento. De modo que estos niños habían sufrido eso que Raskovsky (1975) llamó formas atenuadas del filicidio, abandono temporal o reiterado, amenazas, negaciones despóticas, insensibilidad ante el sufrimiento “y otras formas de actitud parental ocasional o persistente que se imprimen como heridas en el yo, con consecuencias inmediatas o remotas para el niño” (pp. 13-14).

Se trata, entonces, de un tema difícil de abordar en la cultura mexicana, donde la figura estereotípica de la madre es sagrada. Es impensable ver en la madre a la bruja —como aparece en los cuentos infantiles esta parte de la representación materna— que en buena medida y con mucha frecuencia realmente es. Esta sacralización de la madre va acompañada de la creencia en un instinto materno que cancela toda posibilidad de pensar de manera crítica su proceder en relación con su hijo. Este aspecto, por lo tanto, tendría que tomarse en cuenta para diseñar políticas públicas de prevención de la violencia.

 

Referencias

Bion, W. (1962). Una teoría del pensamiento. En W. Bion (1996). Volviendo a Pensar. Buenos Aires: Hormé.

Bleichmar, S. (1993). La fundación de lo inconsciente. Destinos de pulsión, destinos de

sujeto. Buenos Aires: Amorrortu.

Bleichmar, S. (1999). Clínica psicoanalítica y neogénesis. Buenos Aires: Amorrortu.

Cisneros Herrera, J. (2016). Miedos y fantasías de muerte y abandono en niños con problemas de conducta. Tesis de Doctorado. México: Facultad de Psicología/UNAM.

De Mause, L. (1994). Historia de la infancia. Madrid: Alianza.

Freud, S. (1895/1992). Proyecto de psicología. En Obras completas Vol. 16. [323-446]. Argentina: Amorrortu.

Klein, M. (1946). Algunas conclusiones teóricas sobre la vida emocional del lactante. En M.

Klein, P. Heimann, S. Isaacs y J. Rivière. Desarrollos en psicoanálisis [177–208].

Buenos Aires: Hormé.

Laplanche, J. (1970). Vida y muerte en psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.

Rascovsky, A. (1975). Esquema autobiográfico. En La matanza de los hijos y otros ensayos.

Buenos Aires: Kargieman.

Vargas, R. E. (13-02-2013) Anuncia Peña Nieto el Programa Nacional para la Prevención

Social de la Violencia. La Jornada.

http://www.jornada.unam.mx/2013/02/13/opinion/007n1pol

Last modified onViernes, 22 Abril 2016 02:17
Rate this item
(0 votes)
back to top