Menu
Fundamentos clínicos de un duelo preverbal por la pérdida temprana del padre

Fundamentos clínicos de un duelo preverbal por la pérdida temprana del padre

 

José Roberto Vargas Arreola

 

El presente artículo es la síntesis de una investigación más amplia titulada “Propuesta de un duelo preverbal por la pérdida temprana del padre en el contexto de las nuevas parentalidades”, trabajo de tesis que efectué para el programa de Doctorado en Psicoanálisis impartido en la Universidad Intercontinental.

Los fundamentos clínicos de un duelo preverbal descansan en una premisa fundamental: “No todo lo que acontece en el consultorio es atravesado por el lenguaje”. Psicoanalistas como Green (1986), Lutenberg (2005), Balint (1979), Bleichmar (2001) y Bergeret (1974) me permitieron teorizar este concepto. Si bien, la técnica psicoanalítica está sostenida en la asociación libre del analizante, existe una comunicación preverbal que, en pacientes con pérdidas tempranas, se convierte en la principal fuente de conocimiento inconsciente.

La comunicación preverbal remite a una de las características de la falta básica planteada por Balint (1979). En este caso, el lenguaje adulto y la interpretación no permiten la elaboración del déficit que subyace en la estructura psíquica del paciente. Es una falta en la estructura básica de la personalidad que es significada un “defecto” o una “cicatriz”. Las personas portadoras de una falta básica tienen la sensación que de alguien les falló o los descuidó. Balint (1989) piensa que el origen de esta falta puede remontarse a discrepancias, en las primeras fases del bebé, entre sus necesidades y los cuidados que se le brindaron.

El duelo preverbal es un tipo de duelo caracterizado por una pérdida temprana en el desarrollo del yo y de la libido de un sujeto, generalmente acontecido antes de la adquisición del lenguaje o que, por el nivel de desorganización del psiquismo ante la pérdida, conlleva a una regresión a estadios anteriores que ya se habían atravesado con éxito. Este duelo no es expresado a través del lenguaje, el paciente no verbaliza la pérdida como tal o puede hacerlo pero sustrayendo el aspecto afectivo. En este sentido, las defensas comprometen los esfuerzos del yo de no contactar con la “angustia depresiva” (Bergeret, 1974). Sin embargo, la depresión puede identificarse en la transferencia como reedición de una depresión infantil (Green, 1986).

El duelo preverbal está constituido por una angustia depresiva derivada de la ausencia, lo cual es significativamente diferente a la angustia depresiva acontecida por la “pérdida de objeto” (Bergeret, 1974). El temor no proviene de perder a un objeto, sino de no poderlo representar. Los sujetos constituidos por un duelo temprano no pueden representar la ausencia porque está asociada a la muerte, a la desaparición del yo o del objeto. Por tal motivo, tienen que recurrir a un fantasma donde el objeto es una extensión narcisista de sí mismo y, por tanto, no se puede ausentar. Cuando esta fantasía es confrontada con el principio de realidad ante la ruptura de un vínculo, la angustia emerge pero es automáticamente compensada por una defensa secundaria que la oculta y compensa (Lutenberg, 2005).

En otras palabras, la ausencia de representación implica una desinvestidura psíquica (Green, 1986) que es escindida y negada mientras no haya una ruptura del vínculo; sin embargo, cuando existe una amenaza o un acto de quebrantamiento, se reedita una herida narcisista y una angustia depresiva que es inmediatamente compensada por una “defensa secundaria” (Lutenberg, 2005) o una “reinvestidura pulsional” (Green, 1986) que restablece al sujeto de la angustia. Sin embargo, este mecanismo tiene dos consecuencias importantes: Por un lado, la amenaza de un desborde pulsional y, por el otro, la imposibilidad de contactar con la fuente de angustia.

Las defensas secundarias propuestas por Lutenberg (2005) son: 1) Afecciones psicosomáticas de distinta naturaleza; 2) Neosexualidades; 3) Adicción a drogas; 4) Reforzamiento de falso self, que se expresa en episodios de hiperactividad que simulan crisis maníacas; 5) Estructuras borderline en las cuales se estabiliza la confusión; 6) Actitudes psicopáticas primarias y secundarias; 6) Intentos de suicidio conscientes o inconscientes; 7) Actitudes homicidas; 8) Huida a la realidad; 9) Reforzamiento de la sobreadaptación o la inadaptación social y 10) Cuadros de anorexia y bulimia. Así, lejos de que el sujeto se constituya de palabras, se expresa por medio de conductas asociadas a lo pulsional que fungen como defensas para no contactar con la angustia. La pérdida temprana del padre es significada como un vacío o una desinvestidura de la que el sujeto no puede acceder a través del lenguaje.

Primordialmente, la imposibilidad para representar la ausencia involucra también la actividad de representación. Es común que los pacientes aquejados por un duelo preverbal presenten alucinaciones negativas (Green, 1986), en términos de no percibir a un objeto presente o episodios, caracterizados por un involucramiento afectivo con el objeto, que no son registrados desde el punto de vista psíquico y son inscritos únicamente en la memoria no declarativa, implícita o procedimental (Bleichmar, 2001). Es menos costoso, en términos energéticos, no representar el vínculo con el objeto, que perderlo.

Cuando existe una pérdida en los estadios tempranos del desarrollo, ésta no será representada en el orden simbólico, pero sí en el orden real e imaginario. Puede experimentarse como un agujero psíquico, un estado de incompletud o de vacío, una imagen difusa, un estado de despersonalización, de falta de límites corporales que conllevan comúnmente al desborde afectivo y configura la herida narcisista de estos pacientes. Por ello, es importante establecer la diferencia entre verbalizar un sentimiento de vacío y experimentar un “vacío mental estructural” (Lutenberg, 2005) donde no hay palabras para hablar de él.

En la presente investigación, el duelo propuesto alude a la pérdida temprana del padre. En estos casos, la madre, algún miembro familiar o extrafamiliar pudo adoptar el rol paterno y ejercer su función. Sin embargo, a pesar del éxito que se haya tenido en términos de la adopción y el reconocimiento de este rol por parte del hijo, existen secuelas que, por lo general, no son nombradas por la familia que lo acoge y que remiten a un duelo preverbal.

Cuando un padre biológico se ausenta, los demás miembros de la familia suelen negar la ausencia o desear compensarla a través de ejercer una “doble-función”. En las nuevas parentalidades, es común que anhelen identificarse con la representación de una familia “normal”, lo cual es paradójico por la gran diversidad de familias y de formas de acceder a la paternidad que acontece hoy en día. En el mundo actual, sigue imperando la idealización de la familia nuclear, por lo que otras familias, constituidas de formas diversas, intentan reducir sus diferencias para ser integradas en el concepto “Familia”.

En el esfuerzo por ajustarse a la familia “normal” o “ideal”, las nuevas parentalidades niegan los elementos que los configuran como una familia monoparental, reconstituida, homoparental, adoptiva o donde los padres accedieron a la paternidad por reproducción asistida. Esta negación involucra, en muchos casos, la ausencia de uno o de ambos padres biológicos, por lo que el lugar de la pérdida queda suprimido.

Ante la ausencia de la representación paterna, el hijo queda a expensas del narcisismo de la madre y del narcisismo propio. No puede internalizar la ley o ésta se internaliza con dificultad. Puede existir una indiferenciación con el objeto materno debido a que no se estableció una función de corte; o bien, esta función fue efectuada abruptamente y con violencia, conllevando a que el doliente se sitúe en la trasgresión frente a las prohibiciones del incesto y el parricidio. En suma, la personalidad de estos pacientes está conformada por rasgos narcisistas, antisociales y psicóticos en función de cómo se haya efectuado la función de corte.

Desde el punto de vista psicodinámico, es notable que existe una identificación inconsciente con el objeto perdido y una identidad difusa que remite, en algunos casos, a un yo escindido. Esta identificación opera como una introyección del objeto, con el riesgo de introducir al sujeto en una psicosis franca. En casos más afortunados, el sujeto pudo identificarse con otros modelos parentales, logrando tener algunos elementos de contraidentificación con el objeto perdido. De este modo, tiene más recursos para conformar su identidad.

La pérdida temprana del padre y su configuración en un duelo preverbal, puede implicar que la representación materna tampoco se haya constituido. Cuando la madre se ausenta de manera prologada, ya sea desde el punto de vista físico o afectivo, conlleva a que la ausencia se asocie con la muerte de su representación. Green (1986), a través del complejo de la madre muerta, ilustró las secuelas psíquicas derivadas de una madre presente desde el punto de vista físico pero inaccesible y ausente desde el punto de vista emocional. El duelo blanco es una consecuencia de ello.

Por otro lado, si el padre biológico no está presente no significa que se encuentre ausente de la vida psíquica del doliente, se encuentra inmerso en un registro imaginario en función de las proyecciones del doliente, de la madre y de otros miembros familiares. Los relatos que se narren sobre él y la imagen que se brinde del mismo por la familia y las personas cercanas, será crucial para la forma en cómo se constituirá la introyección o la identificación con éste.

El duelo preverbal está conformado de actos de autocastigo, actos pulsionales, reinvestiduras pulsionales, defensas secundarias. El autocastigo puede ser un equivalente al autorreproche en el paciente melancólico, no obstante, mientras éste último hace uso del lenguaje para desestimarse y devaluarse, el sujeto con un duelo preverbal recurre a actuaciones que tienen como fin restablecer al yo del estado de angustia cuando se enfrenta a la ausencia de representación.

En términos biográficos, el paciente con un duelo preverbal tiene dificultades para la historización, lo cual es paradójico por el continuo cuestionamiento sobre su origen. Las borraduras o desinvestiduras psíquicas son piezas enigmáticas en donde se depositan un cúmulo de proyecciones sobre el padre ausente, sobre la pareja parental o sobre la historia previa a la gestación del hijo. La escena primaria se suscribe con alteraciones significativas de las imagos parentales donde el fantasma incestuoso emerge y donde predomina la fantasía de omnipotencia e indiferenciación con el objeto.

El análisis, en su carácter reelaborativo, posibilita que el paciente pueda tolerar gradualmente la ausencia del objeto y dar un lugar psíquico a su pérdida. En otras palabras, tolerar la angustia por la ausencia de representación para que no sea automáticamente compensada por una defensa secundaria y posibilite la inscripción psíquica de que algo se perdió. El arte, como medio para expresar registros provenientes de la memoria no declarativa (Bleichmar, 2001) o la memoria emocional (Wolfberg, 2007) pueden brindar los elementos para un acto reelaborativo. En estos casos, la creación artística representa el lazo perdido con el objeto, un aspecto que emana de las entrañas del sujeto y se extiende hasta las entrañas del objeto perdido.

Respecto a la técnica psicoanalítica recomendada, el analista tiene que estar disponible psíquicamente para establecer una comunicación preverbal con el paciente ya que, lejos de que la pérdida sea comunicada a través del lenguaje, existen una serie de actuaciones pulsionales, de repeticiones, de reproducciones en la transferencia, así como de mensajes emitidos desde el lenguaje corporal que develan el estado emocional del paciente. En suma, éste está reeditando en la transferencia la falta de sintonización afectiva con la madre y/o el padre biológicos donde los mensajes emitidos no fueron escuchados o significados.

La cultura, construida a partir de elementos conscientes e inconscientes, está circunscrita a una negación. Vendría al caso enunciarla como una “cultura en negativo” en alusión a la teoría de Green (1993). Sus excedentes en términos de pulsionalidad y violencia no son elaborados, por lo que conllevan a erigir defensas de escisión y negación en donde los actos de brutalidad y sadismo son clivados, en un esfuerzo del yo para no ser perturbado por la angustia.

Sólo negando la violencia es posible vivir en ella. Si como sujetos de lo inconsciente y circunscritos a un orden social, pudiéramos situar la violencia social como una reinvestidura pulsional ante la ausencia de una representación paterna, podríamos darle un lugar psíquico a la pérdida. Del vacío y el abismo de no reconocer límites simbólicos, podría emerger un asunto concreto: Hay una pérdida pendiente por representar.

 

Referencias

Balint, M. (1979). La falta básica. Buenos aires, Argentina: Paidós

Bergeret, J. (1974). La personalidad normal y patológica. Barcelona, España: Gedisa.

Bleichmar, H. (2001, 5 de noviembre). El cambio terapéutico a la luz de los conocimientos actuales sobre la memoria y los múltiples procesamientos inconscientes. Aperturas Psicoanalíticas: Revista internacional de psicoanálisis. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000178&a=El-cambio-terapeutico-a-la-luz-de-los-conocimientos-actuales-sobre-la-memoria-y-los-multiples-procesamientos-inconscientes

Green, A. (1986). Narcisismo de vida, narcisismo de muerte. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Green, A. (1993). El trabajo de lo negativo. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu

Lutenberg, J. (2005, 12 de abril). Teoría clínica del vacío mental. Revista de la Sociedad Psicoanalítica Peruana. Recuperado de: http://www.revistapsicoanalisis.com/teoria-clinica-del-vacio-mental/

Wolfberg, E. (2007). Cuerpo, memoria emocional y sentimiento de seguridad ¿Cuál historia recuerda el cuerpo? Aperturas Psicoanalíticas: Revista internacional de psicoanálisis. Recuperado de: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000451&a=cuerpo-memoria

Last modified onLunes, 18 Abril 2016 03:43
Rate this item
(3 votes)
back to top