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La psicoterapia con un adolescente en conflicto con la ley

La psicoterapia con un adolescente en conflicto con la ley

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Israel Hernández Vargas

En esta exposición comparto mi experiencia laboral en el sistema penitenciario y en particular mi colaboración psicoanalítica en la Comunidad Externa de Atención para Adolescente (CEAA), perteneciente a la Dirección General de Tratamiento para Adolescentes (DGTPA). Esta comunidad forma parte de la red de comunidades que ejecutan las medidas en privación de la libertad o en libertad, para las y los adolescentes en conflicto con la ley. Los usuarios que acuden a la CEAA pueden tener desde 12 hasta 21 años de edad aproximadamente, y asisten como consecuencia de haber cometido alguna conducta tipificada como delito; puede ser desde robo hasta homicidio, cumpliendo medidas desde 3 meses para delitos no graves, hasta 5 años para delitos graves.

Los profesionales que brindan atención a los adolescentes es multidisciplinario, todos comprometidos a construir sinergias para la reinserción social y evitar la reincidencia; para dicho objetivo se encuentra dividida en tres grandes bloques de atención: 1) Actividades socioeducativas, las encargadas de acompañar sus procesos educativos; 2) Culturales y deportivas, aquellas que orientan y motivan el uso de tiempo libre, asistiendo a museos y centros deportivos; y 3) Las actividades psicoterapéuticas que se ocupan de la terapia individual, grupal, familiar y multifamiliar. Cada terapeuta, además de realizar las sesiones antes descritas, realiza análisis de casos, supervisiones y por supuesto el inevitable papeleo propio de las instituciones burocráticas; en suma, un psicoterapeuta de la CEAA puede llegar a atender hasta 120 adolescentes semanalmente. Por lo general, se atiende una vez a la semana a cada adolescente hasta cumplir 12 sesiones, en cualquiera de las modalidades psicoterapéuticas y en la mayoría de las ocasiones no se vuelve a tratar con ellos.

En los últimos meses de mi trabajo en la CEAA, se consiguió la autorización para prolongar cualquiera de las terapias y se creó un dispositivo para legalizar dicho trámite, sin violentar los derechos del adolescente, fomentando así, la participación voluntaria en las actividades terapéuticas, es decir, generar demanda. Esto último es de fundamental valor, pues la renuencia al trabajo terapéutico puede ser producto de la travesía del adolescente: tuvo que haber cometido un delito grave y ser detenido por las autoridades para luego ser procesado por un juez; posteriormente pasar por la Comunidad de Diagnóstico Integral para Adolescentes (CDIA) y que el juez le otorgue una media alterna al encierro o en su defecto el cambio de medida –de privación de la libertad a cautelares- y por último, no menos importante, que el adolescente tenga la voluntad de cumplir su medida en libertad y no “caiga” en incumplimiento, bajo el  riesgo de la revocación de su libertad.

Fue así que tuve la oportunidad de conocer a varios adolescentes y me gustaría exponer brevemente un caso representativo, así como el enfoque desde el cual fue abordado dentro de un marco psicoterapéutico.

J. es un adolescente de 17 años aproximadamente, que cumplía su medida alterna al internamiento, popularmente conocida como libertad condicional. Inició medida en libertad el 9 de febrero del 2012 y su término hubiera sido el 23 de febrero de 2013. Cumplió 4 años de su sentencia en internamiento por haber cometido homicidio calificado; el primer año en la Comunidad de Tratamiento Especializado para Adolescentes (CTEA), para después ser trasladado a la Comunidad Especializada para Adolescentes – Quiróz Cuarón (CEA-QC) ya que golpeó a un “Guía Técnico”, lo que ocasionó convulsiones en éste.

La dinámica del delito que cometió se resume así: a finales del 2008, siendo aproximadamente las 21:00 horas, la víctima se encontraba a bordo de una motocicleta dando vueltas por la colonia “x”. Cuando detuvo la marcha, su acompañante se percató que, del lado derecho, estaba estacionada una motocicleta de color negro en la que iban tres sujetos, mismos que al ver a la víctima y su acompañante, los de la moto negra miraron de forma retadora; acto seguido, J. descendió de su motocicleta, se dirigió hacia donde estaba la víctima, levanto su mano derecha, en la que portaba un arma de fuego, y a una distancia de aproximadamente un metro y medio realizó un disparo con dirección a la cara. Inmediatamente después, J. regresó a su motocicleta con los otros dos sujetos y se dieron a la fuga, siendo arrestado posteriormente por los policías judiciales. “Posteriormente” en realidad es “meses después” ya que J. no fue arrestado por este delito sino por el robo a una tienda de abarrotes y fue su cómplice quien delató su ubicación. Estuvo preso de los 14 a los 18 años aproximadamente.

J. proviene de una familia reconstituida y disfuncional. Su madre estuvo reclusa por daños a la salud, aunque se declaró inocente. Su padre biológico se suicidó a los 30 años con un arma de fuego. Su padrastro fue asesinado en una riña por haber defendido a un amigo al que hirieron con arma de fuego; J. tenía 11 años. La relación entre él y su madre siempre ha sido ambivalente y confusa; ella tiende a mandar un mensaje de apoyo hacia su hijo, pero en realidad lo indujo a cometer actos violentos como pedirle que golpeara a su tío y a su prima. En un lapso de cuatro meses, bajo “medida en libertad”, se salió de su casa varias veces y una de ellas en forma violenta.

Fueron consideradas la impulsividad y agresividad, plasmadas en actos sumamente violentos, como factores constantes a lo largo de su vida. A continuación, se enumeran algunos eventos que lo ejemplifican:

  1. Como ya se comentó, antes de sus tres años se suicidó su padre biológico.
  2. A los tres años hirió levemente a un niño en un ojo con un lápiz por haberle quitado un juguete preciado. A esta misma edad, organizó una “golpiza” contra el animador de su fiesta de cumpleaños.
  3. Constantes riñas durante la primaria y secundaria promovidas por la familia con el objetivo de que aprendiera a defenderse.
  4. A los nueve años comenzó el consumo de alcohol y tabaco.
  5. A los once años su padrastro fue asesinado.
  6. A los trece disparó contra otro adolescente que pretendía a su pareja, desconoce si éste murió.
  7. A los catorce años, tiró de balazos al carro de un muchacho que había molestado a su prima. A esta edad golpeó a su entonces novia cuando ya vivían juntos. Inició el consumo de inhalantes, cocaína y alucinógenos. Asimismo, cometió el delito por el cual fue procesado, es decir, un homicidio y un robo a una tienda de abarrotes.
  8. En internamiento, aproximadamente a sus 16 años, golpeó al “Guía Técnico” junto con un compañero y fue trasladado a la Comunidad de Quiróz Cuarón. No mostró ningún arrepentimiento por el hecho.
  9. A los 17 años, participó en conflictos de violencia en internamiento. No existe registro de cómo fue su participación.
  10. En las últimas tres semanas de su asistencia a CEAA comentó que tuvo una riña callejera en la cual golpeó a otra persona y al hermano de éste; además reportó la madre, a través de la terapeuta familiar, que J. golpeó a su prima.

En la CEAA tuve conocimiento de que J. tenía cierta predilección por los idiomas, la gastronomía y deseaba continuar con sus estudios de educación media superior. Apenas comenzó su libertad cuando desafortunadamente falleció su abuela materna, mujer a la cual era muy apegado. Luego de un tiempo, no estudió idioma alguno, renunció a asistir a los cursos de gastronomía, así como al curso de regularización y no se presentó al examen de la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior (COMIPEMS).

En cuanto a su vida sentimental, se sabe que su unión libre se interrumpió por el delito ya descrito. A dos meses de su cambio de medida a una en libertad, inició una nueva relación, con otra mujer y duro alrededor de un mes. J. La terminó bajó el argumento: “Yo no puedo querer a nadie” (sic).

Posterior al encierro presentó “craving” de alcohol. A su egresó refiere no haber consumido ninguna sustancia (legal o ilegal) y llegó a solicitar apoyo para unirse a algún grupo de AA.

Las directrices a trabajar durante su Medida en Libertad fueron las siguientes:

En cuanto a su educación, se buscó incorporarlo a la educación media superior a través del examen del COMIPEMS y un curso para presentar dicho examen por su asistencia fue inconstante. Logró concretar el trámite de inscripción a dicho examen, sin embargo, no se presentó pues previamente se suscitó una riña con otro adolescente en la CEAA.

En el área laboral no se logró concretar la opción dentro del ámbito restaurantero, sin embargo, él consiguió un empleo como cargador y empaquetador en una dulcería a la cual dejó de asistir luego de dos meses. Posterior a esto, trabajó en el taller mecánico de motocicletas de un primo solo durante 2 semanas.

En el ámbito de la salud, se realizó un electroencefalograma sin dar continuidad a las entrevistas psiquiátricas para poder aterrizar un diagnóstico y en cuanto al consumo de sustancias legales e ilegales no permitió realizarse la prueba de antidoping.

Su proceso psicoterapéutico individual tuvo la característica de ser inestable, ante lo que se le planteó asistir a una segunda sesión semanal y así trabajar a mayor profundidad sus problemas y el tema de las adicciones. Se negó, alegando cansancio por el trabajo y dificultad para levantarse temprano. Es importante aclarar que pacientes como J. rara vez solicitan la terapia individual y por lo general es el equipo de reinserción quien determina la entrada a esta modalidad de psicoterapia.

La conclusión que se extrajo una vez que dejó de cumplir con su medida, fue que su juicio, así como su sentido común, no eran los óptimos. Su afecto fue inestable con tendencias a la actuación de sus impulsos agresivos. Sin duda, J. fue una persona que denotó inteligencia, pero ésta, no era empleada para cuestiones productivas, por el contrario; como él dijo: “me quise ir a Quiroz Cuarón, planeamos todo para que se diera y así fue” (sic). Esto es, una inteligencia utilizada para la destrucción. Mostró un bajo nivel de adaptación, promovido por sus rasgos narcisistas, que eran predominantes y esto también determinó una baja capacidad de demora.

Su toma de decisiones fue impulsiva, siempre pensando en la satisfacción inmediata de sus necesidades. A su vez, presentó un funcionamiento psicopático mediante el cual solía manipular para conseguir lo que deseaba, cosificaba a las personas para lograr una ganancia monetaria de ser posible, mentía para aparentar una buena imagen, presentaba fuertes tendencias agresivas y constantes transgresiones hacia la ley y con figuras de autoridad, así como baja capacidad para responsabilizarse de sus acciones negativas, lo que generó una pobre capacidad para reparar el daño y poder acatar las instrucciones del equipo técnico de reinserción. En frases como: “5 meses afuera, se me han hecho largos, son muchas preocupaciones” (sic) se expresaba la confirmación de su deseo por regresar a internamiento ya que la vida en “libertad” y sus respectivas demandas de adaptación, se le dificultaban en extremo.

La idea de exponer el caso de J. pretende ejemplificar a aquellos a quienes solemos denominar “psicópatas”, así como intentar exponer cómo es el funcionamiento psíquico de un paciente con estas características.

Sabemos que al hablar de la psicopatía no estamos hablando forzosamente de alguien que puede cometer un homicidio, sino que también nos podemos encontrar con defraudadores, secuestradores, ladrones, violadores y muchos tipos de pervertidores de la ley.

En este caso, la gran tarea es intentar analizar por qué la adolescencia de un sujeto llegó a tal grado de destrucción y autodestrucción. En alguna ocasión me comentó su mamá que mientras él estaba en estado de ebriedad, lloró diciendo: “soy una mierda” (sic).

Aberastury y Knobel (1988) explicaron con mucha lucidez que la adolescencia está llena de duelos y estos se convierten en retos que encuentran su raíz en la infancia. ¿Qué pasa cuando la principal tarea de un adolescente deja de ser el duelo para entonces hacer un precario intento por frenar sus impulsos destructivos? Probablemente la respuesta es una evidente cristalización de su incapacidad para reparar, lo que, en caso contrario, le permitiría realizar sus duelos.

Blos (1962) define, en un excelente trabajo, la adolescencia como ese intento de ajustarse a la realidad externa y psíquica luego de la llegada de la pubertad. Esta etapa no sólo implica grandes montos de excitación sino también de tensión, y su manejo, adecuado o inadecuado, desde los respectivos mecanismos de defensa determinará en gran medida el desarrollo psicosexual del individuo. No es secreto que tanto la primera infancia como la niñez, traen consigo grandes montos de narcisismo que le permiten al niño crear un mundo de fantasía en donde siente que todo lo puede, pero ya desde esta etapa podemos ver que no es lo mismo jugar a ser “Superman” que ser “Lex Luthor”. Esta omnipotencia se reafirma, resurge con el advenimiento de la modificación en la realidad externa que lo confirma, es decir, los cambios físicos de la pubertad.

Un rasgo fundamental de este tipo de personas es su ambición por el poder, pero el problema no es tanto el tenerlo si no la forma en que lo ejercen. Foucault (1971) insistía en analizar este fenómeno en lo microscópico y en la relación “dominio-sumisión”. Al psicópata no le basta con someter, es condición del dominio la existencia de la perversión y/o destrucción del objeto para poder experimentar la sensación de dominio. En cuanto a la destrucción de los objetos, fueron Freud (1925) y Klein (1957), ésta última en su artículo “Envidia y gratitud”, quienes nos enseñaron que el daño a los objetos externos es un reflejo de la destrucción que ocurre en lo intrapsíquico a partir de la predominancia del funcionamiento en la posición esquizoparanoide.

Sin embargo, contrario a lo que se suele pensar, ninguno de los dos dejó de hacer énfasis en que las experiencias de la vida “real”, pueden determinar el tipo de objeto -bueno o persecutorio- que habrá de introyectar el individuo, permitiendo así el paso a la posición depresiva o en su defecto, la estabilización de un funcionamiento psíquico primitivo y el respectivo fortalecimiento de pulsiones sádico-orales y sádico- anales. Estas últimas, están relacionadas con un sentimiento que Klein (1957) considera constitucional, la envidia. Ella establece que “…la envidia…no sólo busca robar…sino también colocar en la madre, y especialmente en su pecho, maldad, excrementos y partes malas de sí mismo con el fin de dañarla y destruirla. En el sentido más profundo esto significa destruir su capacidad creadora” (p.186).

En el mismo trabajo, podemos leer que es la privación la que aumenta la voracidad y la ansiedad persecutoria, lo que genera una espiral de reacciones violentas en las que el sujeto termina por deslindarse de cualquier autocontrol y se convierte en el principal destructor del pecho nutricio.

La privación, los límites, las reglas, las normas, la ley en sí misma es aquello que desata la furia y el terror de este tipo de psicopatología grave. Se busca denominar a los pacientes con este tipo de funcionamiento como perversos psicópatas, ya que desde los trabajos de Freud (1905) en “Tres Ensayos de una teoría sexual” hasta Lacan, queda de manifiesto que el funcionamiento psíquico del perverso, su estructura, se da si y solo sí se establece la denegación de la castración como la renuncia a la Ley del Otro que, en caso contrario, permitiría aquella herida narcisista, significando así, la renuncia a ser el falo en un sentido simbólico. El psicópata es un perverso en su estructura, pero no se limita a las parafilias o a la perversión fetichista en concreto, sino que una vez denegada toda ley, se autoriza a sí mismo el derecho a destruir el objeto externo y evidentemente todos los internos, generando así, el reinado de las sombras, como diría Meltzer (1974). La destrucción de estos mundos, tanto interno como externo, tiene grados, así como factores ambientales que determinan la constitución del fraudulento, el ladrón, el violador y hasta el homicida.

En el caso de J., no tardamos mucho en enterarnos que tenía una relación sumamente conflictiva con su padrastro, relación que terminó en amenazas de muerte de uno hacia el otro y esta tragedia familiar siempre se desataba cuando J. era invitado por su madre a regresar a vivir a la casa, pero con la condición de que “reconociera” que ella se había casado y ahora tenía una nueva familia. 

Kaplan y Sadock (1998), en su “Sinopsis de psiquiatría” hacen la pertinente observación de que sólo se puede trabajar con estas personas cuando están físicamente detenidas. Y yo agregaría, contenidas. El sistema penitenciario es un ejemplo de ello y no podemos omitir la diferencia en el comportamiento de las personas cuando son reclusos a cuando están en libertad. En estos casos, la realidad no da tregua e impone su ley, dejando al psicópata en un estado de tal desorganización que pudiera aparentar un funcionamiento más neurótico.

No es novedad el impacto que tiene AA y la religión como una forma de dar contención, para permitir el regreso de la idealización tan escindida y olvidada. Recordemos que por lo menos para las religiones pentecostales, Dios todo lo perdona en su magnificencia y esto el psicópata lo toma como una ganga, una promoción para lograr disminuir sus ansiedades persecutorias y con ello cortar de tajo el círculo vicioso de destrucción que nosotros más bien lo percibimos como una espiral en la cual bien podríamos ser la víctima.

 

Referencias

Aberastury, A. y Knobel, M. (1988). La adolescencia normal. Un enfoque psicoanalítico. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Blos, P. (1962). Psicoanálisis de la Adolescencia. México: Editorial Joaquín Mortiz.

Dor, J. (1987). Estructura y perversiones. Buenos Aires: Gedisa.

Foucault, M. (1971). Microfísica del poder. Madrid: La Piqueta.

Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual. En Obras completas, vol. 7 [109-222]

Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1925). Fetichismo. En Obras completas, vol. 21 [141-152]. Buenos Aires: Amorrortu.

Kaplan, H y Sadock, B. (1998). Sinopsis de psiquiatría. Madrid: Editorial Médica Panamericana.

Klein, M. (1946). Envidia y gratitud. En Obras completas, vol. 3 [10-33]. Buenos Aires: Paidós.

Meltzer D., (1974). Los estados sexuales de la mente. Buenos Aires: Spatia.

Last modified onMiércoles, 20 Enero 2016 02:54
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