Menu
Hikikomori o aislamiento social en la adolescencia: una respuesta a la hipermodernidad en Occidente.

Hikikomori o aislamiento social en la adolescencia: una respuesta a la hipermodernidad en Occidente.

Featured

 José Roberto Vargas Arreola

“He decidido enfrentar la realidad, así que apenas se ponga linda me avisan”

 Quino 

HIKIKOMORI

Hikikomori es un término acuñado por el psiquiatra Tamaki Saito en 1998, cuya traducción al español es “encerrarse”, “confinarse en uno mismo” (Jiménez, 2014). Comenzó en Japón a principios de la década de 1990 (Kremer y Hammond, 2013) y se ha extendido a otros países, reportándose casos en Omán, Corea, India, España, Italia, Estados Unidos (Armora, 2014) y Latinoamérica (Antonelli, 2008).

El “hikikomori” se emplea para referirse a la práctica del aislamiento social agudo, así como a la persona que la lleva a cabo. Se estima que existen 1.2 millones de japoneses que presentan esta condición y más de un 1 millón en América Latina. Sin embargo, esta estimación es relativa ya que, para la idiosincrasia japonesa, quienes presentan esta práctica, así como sus familias, suelen esconderlo. “Sekentei”, traducida como “la emoción de la vergüenza dirigida sobre uno por los ojos de los otros”, crea una distancia entre la esfera pública y privada en Japón y es el motivo de que este fenómeno se oculte. Existe mayor incidencia en varones, primogénitos y tiene su etapa de inicio en la adolescencia.

Un estudio dirigido por el Instituto de Neuropsiquiatría y Adicciones del Hospital del Mar de Barcelona y publicado en la revista “International Journal of Social Psychiatry”, constata que el hikikomori es un problema de salud fuera de Oriente y advierte del incremento de españoles que lo padece (Armora, 2014). El estudio evaluó 164 casos de hikikomori en España, con un periodo de aislamiento de 39.3 meses, el de mayor duración llevaba 30 años recluido; la mayoría de ellos presentó padecimientos mentales asociados como trastornos afectivos (en 74.5%), trastornos psicóticos (en 34.7%) y ansiedad (en 22%). En 39.3% de los casos se había requerido un ingreso hospitalario para atención psiquiátrica y en un 60% de los casos había una historia familiar con padecimientos similares (Armora, 2014).

En Latinoamérica se trata de un fenómeno novedoso que, en opinión de Almada (en Antonelli, 2008), se está instalando rápidamente. En Occidente, los cuadros clínicos relacionados con el hikikomori son la fobia social, la ansiedad y la depresión. Sin embargo, la presente investigación ha preferido conservar el término “hikikomori” para respetar las características que lo definen.

Los hikikomoris deciden encerrarse en sus cuartos, no van a la escuela, no salen a comer y la familia resignada no hace más que pasarle la comida sin poder mediar miradas o palabras. En su habitación tienen diferentes dispositivos electrónicos y se pasan el día jugando o durmiendo. Los hikikomoris japoneses se refugian en realidades alternativas como juegos de ordenador, internet, manga (comic japonés) y animé (animación japonesa).  Si se les presiona para salir, pueden reaccionar con violencia y amenazan con suicidarse (López Arranz, 2011).

En la cultura japonesa, es necesario diferencia el hikikomori del “otaku”, término popular en Japón para referirse a la persona con aficiones obsesivas, especialmente al animé, manga y cosplay (disfrazarse y adoptar las características de un personaje favorito de películas, series, videojuegos, animé o manga). El distrito de Akihabara, en Tokio, es un centro de atracción para los otaku en donde se han establecido maid cafés, es decir, restaurantes donde el personal de meseras atiende con un cosplay (Ibargüen, 2015). Si bien el hikikomori se caracteriza también por tener este tipo de afinidades, se distingue del otaku en que éste último no se recluye voluntariamente en su habitación teniendo motivaciones diferentes en su afición.

Saito (en Sánchez, 2011) advierte sobre los estereotipos que rodean al hikikomori: "Mucha gente cree que es una persona incapaz de salir de su casa o habitación, lo cual no es cierto. El 80% puede realizar actividades fuera del hogar, pero suele ser en solitario”. En opinión de Rodríguez (2012), no se puede asociar el hikikomori como un fenómeno exclusivo de Japón ya que el fenómeno se presenta en los países industrializados; la cultura japonesa tan sólo potencia el fenómeno, aumentando así su incidencia.

Se han encontrado diversos factores asociados al fenómeno del hikikomori en Japón, los cuales son:

  1. Factores familiares: En las estructuras familiares japonesas, ancestrales y rígidas, suelen convivir tres o más generaciones. “Amae” -traducido como dependencia- es el término que caracteriza las relaciones familiares japonesas. Tradicionalmente, las mujeres jóvenes viven con sus padres hasta que se casan, mientras que los hombres posiblemente nunca se muden del hogar familiar. Tras décadas de apoyo a sus hijos, los padres japoneses esperan que a cambio muestren respeto y cumplan con su papel en la sociedad de tener un trabajo (Kremer y Hammond, 2014). Otro tipo de organización familiar, con cada vez mayor incidencia, es el de la familia con un sólo hijo. En este caso, los padres tienden a centrar la presión del éxito únicamente en un descendiente mientras que en generaciones anteriores se compartía entre varios hermanos (Pagliari, 2009).
  2. Factores culturales: La obediencia y la obligación hacia la autoridad están en la base de las enseñanzas del confucionismo y la ética zen, por lo que el poder impone la norma del sacrificio individual en nombre del interés superior de la comunidad. De este modo, la cultura japonesa está conformada por una continua presión social, en donde se considera fundamental saber actuar según dos componentes antitéticos: “tatemae” y “honne”, el primero significa literalmente “la fachada”, es decir, la conducta y las opiniones que se tienen que adoptar en público, en función de lo que la sociedad espera de cada individuo; el segundo concepto hace referencia a los deseos y sentimientos sinceros. El hikikomori es consecuencia de la imposibilidad para establecer una comunicación sincera y el fracaso de adoptar un lugar exitoso en la sociedad (Pagliari, 2009).
  3. Factores educativos: El sistema escolar japonés es altamente coercitivo, inhibe la creatividad y utiliza métodos controvertidos. Las instituciones educativas son altamente competitivas, por lo que muchos niños comienzan a acudir a los “Juku”, academias que ofrecen educación complementaria los fines de semana y después de horas regulares de escuela. Los puestos de trabajo con mejor retribución y estabilidad sólo son accesibles a los jóvenes graduados de las mejores universidades. En Japón, el acceso a esas universidades se regula a partir del prestigio de los institutos de secundaria de donde procede el candidato, además de sus notas. Así, se ejerce una enorme presión desde el nivel educativo más básico (Pagliari, 2009).
  4. Factores laborales: Tradicionalmente, los empleados japoneses dejaban de lado a su familia y el cuidado de sí mismos, por el bien de la empresa. Sin embargo, el fenómeno “Karōshi” o muerte por exceso de trabajo se convirtió en una creciente preocupación para los trabajadores japoneses. Por tal motivo, en los últimos años se ha observado una tendencia hacia “Datsuzara” (abandono del estilo de vida del empleado de oficina) en donde muchos japoneses eligen la práctica del autoempleo. Puede entenderse al Hikikomori como un individuo incapaz de asumir la presión hacia las expectativas de la vida laboral (Miravalles, 2010).
  5. Factores económicos: El fenómeno de crecimiento de Japón durante la segunda mitad del siglo XX (López Arranz, 2011), así como la explosión de la burbuja económica de los 80 y el inicio de la recesión económica de los 90 conllevó a que una generación de japoneses se enfrentara a las inseguridades de los trabajos temporales o de media jornada (Pagliari, 2009). Esto ha conllevado a que muchos jóvenes japoneses tengan incertidumbre por el futuro y experimenten una alta presión por sobresalir.

Antonelli (2008) refiere que, mientras en Japón las exigencias familiares y sociales tienen un papel determinante en el hikikomori, en Latinoamérica las presiones de la familia juegan un rol fundamental. Cuando los adolescentes no logran alcanzar las expectativas que los padres depositan en ellos, se perciben como fracasados, piensan de forma pesimista y los conduce al aislamiento. Así, construyen un universo propio en compañía de los videojuegos y la web. Un hikikomori venezolano identificado como “Hyozanryu” refiere: "El internet tuvo un gran efecto en mí, al proveerme de un mundo que no necesitaba verme, que no me criticaba, ni me excluía por estar solo. Aquí fue cuando encontré los foros y los videojuegos” (Antonelli, 2008).

Por otro lado, el hikikomori en Occidente también está asociado con una manifestación de enojo y forma de protesta ante un desacuerdo con la familia. Hyozanryu señala: "Mi vida siempre estuvo así, yo desarrollé una repelencia activa hacia todo el mundo, cuando ya no estaba aislado sino consciente de mi alrededor, sólo tenía una sensación de odio hacia todos, especialmente hacia mi papá y mis compañeros de clases" (Antonelli, 2008). La adolescencia es, por definición, una etapa de desacuerdos con los parámetros familiares y sociales en búsqueda de reivindicarlos conforme a un código de valores y estatutos diferentes a los de la generación anterior.

El hikikomori, finalmente puede estar asociado a la poca estabilidad y constancia de la función parental en donde se sitúa un déficit narcisista que se intenta compensar a través de la fantasía, la idealización del self y la omnipotencia. Hyozanryu (en Antonelli, 2008) plantea: "Durante toda mi niñez mi aislamiento produjo un vacío emocional que luego se compensaba con días de hasta 12 horas viendo televisión, y jugando a los videojuegos, en donde interpretamos a un héroe o un personaje (…) en donde se crea otro tipo de aislamiento, al ignorar el mundo e interpretar al personaje en un 100%, tomando su personalidad, y en la vida real imaginando el mundo adaptado a eso".

Términos similares al fenómeno del hikikomori en Occidente son “los nini”, “los bunker”, “los invisibles”, “los niños caracol”, los que presentan “trastorno de autoencierro”, “síndrome de frustración crónica”, “adicción al internet”, entre otros. Estos fenómenos presentan distintos grados de aislamiento social, pero sensaciones y actitudes comunes frente al entorno social (Morales, 2011). ¿Cuáles son estas sensaciones y actitudes comunes? El presente trabajo sostiene que es una respuesta a la hipermodernidad en Occidente, tema que se desarrollará en el siguiente apartado.

HIPERMODERNIDAD EN OCCIDENTE

Los tiempos hipermodernos, en alusión a Lipovetsky (2006), se caracterizan por el movimiento, la flexibilidad y la fluidez. Es una época de “hipernarcisismo” pero de un Narciso más responsable, organizado, eficaz, adaptable y maduro; a diferencia del Narciso de la posmodernidad, que era un amante de la libertad y el placer. Sin embargo, el sujeto hipermoderno no se salva de experimentar sus propias angustias, dilemas y perplejidades. Vive atormentado por la inquietud, el miedo y la incertidumbre de un porvenir; está más informado, pero más desestructurado; es más adulto, pero más inestable; más abierto, pero más influenciable; más crítico, pero más superficial; más escéptico y menos profundo (Charles en Lipovetsky, 2006).

 “Hipercapitalismo, hiperclase, hiperpotencia, hiperterrorismo, hiperindividualismo, hipermercado, hipertexto ¿habrá algo que no sea hiper? ¿Habrá algo que no revele una modernidad elevada a la enésima potencia?” (Lipovetsky, 2006, pp. 55). Así, la hipermodernidad es el clima de conclusión o culminación de la modernidad que se concreta en el liberalismo universal, en la comercialización de los modos de vida, en la explotación de la razón instrumental, en el desbordamiento tecnocientífico y en una individualización vertiginosa. Los elementos modernos, en ese sentido, no se han desvanecido, sino que funcionan según una lógica desregularizada, desinstitucionalizada y en beneficio de la individualidad autónoma.

La sociedad de consumo se anuncia bajo el signo del exceso a través de los hipermercados que ofrecen un sinfín de productos, marcas y servicios. Cada dominio tiene un aspecto desmesurado, exagerado y extralimitado haciendo uso de referencias sobre la muerte, la alimentación y la procreación. Se puede observar en el hiperrealismo porno, en la televisión y los espectáculos que practican la transparencia total, en el Internet y sus miles de millones de páginas y de caracteres que se multiplican por dos cada año, en las aglomeraciones urbanas, en las megalópolis superpobladas y en la hipervigilancia para luchar contra el terrorismo y la delincuencia (Lipovetsky, 2006).

Para Lipovetsky (2006), “la escalada paroxística del <<siempre más>> se ha introducido en todos los ámbitos del conjunto colectivo” (p. 58), cuanto menos previsible es el futuro, más necesidad se experimenta de ser móviles, maleables, reactivos, propensos al cambio permanente, supermodernos, a partir de la cultura del “más a prisa” y el “siempre más”: más rentabilidad, más eficacia, más ductilidad, más innovación.

Los malestares de la época actual, según López Arranz (2011), son consecuencia de los cambios culturales que se producen a partir de la globalización, el desarrollo científico y tecnológico, la evolución de las comunicaciones y los mercados. La tecnología, para la autora, aumenta la alienación del sujeto y promueve una sociedad no integrada que va transformando lentamente los vínculos sociales, creando nuevos espacios de comunicación que terminan en una virtualización de la realidad.

Limberg (2013) plantea que algunos malestares contemporáneos derivados de la globalización son la ruptura de la permanencia y pertenencia respecto del grupo familiar, la pérdida del sentimiento de continuidad con las generaciones anteriores, la ruptura de la visión del futuro y de la posibilidad de construirlo desde el presente; hombres y mujeres están dedicados a trabajar y ya no tienen tiempo para ejercer su rol de padres, el narcisismo se manifiesta a través del individualismo y el aislamiento social; el hombre contemporáneo es dependiente de los otros para construir su autosentir, se erigen barreras contra la expresión de las emociones y paradójicamente se busca experimentar emociones fuertes; los padres, profesores y sacerdotes representan un superyó débil; finalmente, la ansiedad, la depresión, el vacío, una angustia vaga y difusa son los sentimientos típicos de la época.

Vázquez Rocca (2008) plantea que el desarraigo afectivo se presenta como una condición de éxito en donde se exige que los sujetos siempre estén dispuestos a cambiar de tácticas, a abandonar compromisos y lealtades. Es mejor desvincularse rápido, truncar las relaciones, desconectarse, anticipar la decrepitud, cancelar los contratos a tiempo. Los sentimientos pueden crear dependencia. Desde su punto de vista, los individuos ya no necesitan de la presencia de los otros, sino son ellos mismos los que pueden complementarse a sí mismos.

Para el autor, el solipsismo de la navegación por la web es un curioso gesto autista que busca contactos humanos para suplir encuentros personales en una sociedad donde rozarse con otro en un supermercado o acariciar a un niño en la calle pueden dar motivos para disculpase o para ser sospechoso de un desorden sexual. La proliferación de las computadoras personales y otros dispositivos móviles está alterando dramáticamente los modos de convivencia o de enclaustramiento en nichos personales, estaciones de trabajo o búnkers de entrenamiento solitario.

Vázquez Rocca (2008) retoma a Bauman, quien plantea que nuestras ciudades se han convertido en metrópolis del miedo. La paradoja es que nos hemos convertido en adictos a la seguridad, pero siempre inseguros en ella. El miedo es más temible cuando es difuso, los temores son diversos: un ataque terrorista, plagas, violencia, desempleo, terremotos, hambre, enfermedades, accidentes, el otro como semejante y la cuota de inseguridad e incertidumbre que nos representa.

Para López Arranz (2011), en el tiempo actual todo está permitido y el superyó ordena gozar imperativamente. La pulsión, con su satisfacción excesiva, conduce al sufrimiento. Con las leyes del mercado, el sujeto queda atrapado en esa maquinaria de exceso donde es consumido. Aunado a ello, el consumismo reproduce un discurso de rechazo a la castración, por lo que el sujeto no se confronta con su falta. El hikikomori es, para el autor, un ejemplo extremo de una nueva modalidad de goce.

Morales (2011) plantea que estamos sufriendo en Occidente el desborde de una sociedad de consumo que nos convierte en irrefrenables depredadores, amenazando la naturaleza con su destrucción. La negación colectiva nos impide reconocer las señales que nos hablan de dicho deterioro. Admirados por los avances de la ciencia y la tecnología, se nos vende la idea del éxito al estar en el mejor de los mundos, aunque en, opinión del autor, estamos cómodamente (o incómodamente) instalados en una dualidad de ganadores o perdedores en función del logro material, el manejo del poder, la fuerza, el talento, la belleza, valores que fácilmente se prostituyen y venden.

LA RESPUESTA ADOLESCENTE

Morales (2011) refiere que no es novedad en que, en cada época, un sector de la juventud se confronte con la estructura social vigente, replanteando los valores y creencias hegemónicas. En la actualidad, la respuesta de los jóvenes parece presentarse como una respuesta pasiva, una búsqueda de apartarse de una sociedad con la que no logran identificarse, descreídos de los valores que han entrado en contradicciones en el entorno familiar y social y que invocan más el modelo de las apariencias, antes que el de “ser”. Ven a sus padres trabajar una larga jornada laboral para sostener a una familia y para ser “alguien”, mientras que perciben que se espera lo mismo de ellos.

Para Lerner (2015), la modernidad establecía metas para los adolescentes: recibirse de una universidad, iniciar una carrera profesional, casarse, fundar una familia. Alcanzar esta meta significaba un desafío y una conquista. Hoy ya no lo es. Muchos adolescentes sienten que ya no pueden construir un porvenir o que no tienen un futuro. La falta de oportunidades en la educación y el trabajo han dejado un entorno de incertidumbre donde sus proyectos identificatorios se acotan o desvanecen.

Al respecto, Lerner (2006) expone que el adolescente tiene como trabajo psíquico central la búsqueda de su identidad o el delineamiento de su proyecto identificatorio: “la autoconstrucción continua del Yo por el Yo”, siguiendo a Aulagnier. La identidad, para el autor, es un tejido de lazos complejos y variables donde se articula el narcisismo, las identificaciones y la vida pulsional.

Hornstein (2000), sin embargo, contrapone una identidad en devenir de una identidad absoluta propia de las soluciones caracteropáticas de ciertos estados límite. En tales casos, las aspiraciones identitarias están regidas por una tendencia a preservar una identidad inalterable, aunque eso implica negar la incertidumbre propia de un mundo interno y externo variable. Lerner (2006), en ese sentido, se pregunta ¿Qué es lo que diferencia a un yo que naufraga de otro que sigue navegando?

Para Lerner (2006), la historia de la construcción subjetiva del yo que sigue navegando permite que éste se vuelva idealmente plástico y recurra a diferentes modalidades de navegación para atravesar tormentas sin naufragar, mientras que el yo que naufraga se sumerge en aguas psicopatológicas como depresiones, enfermedades psicosomáticas, fragmentaciones, adicciones y, de acuerdo con nuestro objeto de estudio, el fenómeno del hikikomori puede estar asociado también con una psicopatología caracterológica.

Desde la perspectiva de Lerner (2006), el yo no se colapsa en la medida en que pueda seguir estructurando proyectos, armando historias y generando un futuro. De hecho, propone que en la modernidad el acto de navegar implicaba llegar a puerto y arribar a un lugar protegido. En la actualidad, la temática pasa por navegar en sí, pues no hay promesa alguna de alcanzar un puerto seguro y abrigado. En suma, sostiene que el trauma produce una ruptura en la continuidad existencial, pero no todo trastorno en la continuidad es detención. No es detención si se puede “seguir siendo”, aludiendo al concepto winnicotiano.

En caso de psicopatología caracterológica, el adolescente recurre a crear una trinchera identitaria, un búnker en el que se siente a salvo, un refugio que lo protege de los fuertes temporales de la adolescencia (lo pulsional, lo social y el vacío), y a veces defiende obsesivamente ese refugio para sentirse seguro. Cuánto más fuerte sean los vientos, más energía pondrá para construir esa trinchera (Lerner, 2006).

Los hikikomoris, de acuerdo con Morales (2011), reemplazan las exigencias adaptativas de la adolescencia por una insustancialidad personal sostenida por la realidad virtual, se identifican con seres de ficción y optan por la alternativa del fracaso sin que haya consecuencias mayores como ocurre en los juegos e historias de ficción. Su repliegue narcisista pretende anular el tiempo, el enfrentamiento de las exigencias propias de la edad y la necesidad de encontrar respuestas desde sí mismos. Sin embargo, el temor a fracasar los lleva a no arriesgar ensayos creativos, menos aún en el mundo de los afectos en donde cualquier frustración moviliza el repliegue masivo al que ya están predispuestos. Es una suerte de nihilismo: nada tiene valor, nada merece la pena de ser amado o defendido, ni siquiera ellos mismos.

Este sistema rígido de creencias anula y disocia la emoción, dominando una racionalidad cada vez más preciada que sostiene una “razón de ser”. De este modo, encuentran una cuota de placer al mantener a raya la amenaza de un derrumbe cada vez que reaparece el sentimiento de frustración o fracaso (Morales 2011).

Desde el punto de vista de la psicopatología dinámica, el hikikomori puede estar asociado con una caracteropatía. Wapner (2006) refiere que hay personas cuya vida chata y monótona está armada de tal manera que queda equilibrada la defensa contra la pulsión. En este caso se crea un síntoma egosintónico a costa de de una modificación inalterable del yo, es decir, se presenta una rigidez acentuada en la forma de vivir y una aparente pobreza pulsional que permanecerá así mientras el sujeto mantenga a raya el deseo.

Wapner (2006), sin embargo, advierte que es recomendable tener cuidado cuando se presenta un sistema de defensas rígido ya que, en lugar de estar defendiéndose de un deseo en equilibrio con una represión más o menos eficaz, puede encubrir una angustia de desmoronamiento y desencadenar una psicosis encubierta.

En cualquier caso, la incidencia del hikikomori en Occidente nos permite cuestionarnos sobre una de las formas en las que se atraviesa la adolescencia en la hipermodernidad. Una etapa que se caracteriza por cambios y transformaciones en diferentes planos (físicos, psicológicos, cognitivos, sociales) se repliega en sus movimientos pulsionales ante la amenaza, la inseguridad, el temor al fracaso y la incertidumbre que circunda en nuestro mundo hoy. El único lugar aparentemente seguro es la habitación, lugar donde los adolescentes pueden tener un poco de control sobre lo que sucede, no hay entradas ni salidas vinculares, no hay expectativas de sobresalir.

 

Referencias

Antonelli, N. (27 de octubre de 2008). Los hikikomoris latinoamericanos. BBC. Recuperado de:

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7685000/7685185.stm

Armora, E. (12 de noviembre de 2014). El síndrome del hikikomori impacta en España. ABC.es. Recuperado de: http://www.abc.es/sociedad/20141112/abci-aislamiento-social-espana-201411111653.html

Jiménez, D. (26 de abril de 2014). Hikikomori hasta la muerte. El mundo. Recuperado de:

http://www.elmundo.es/internacional/2014/04/26/535a3308268e3e1d6d8b456a.html

Hornstein, L. (2000) Narcisismo: autoestima, identidad, alteridad. Argentina: Paidós

Ibargüen, E. (16 de abril de 2015). Otaku: afición al animé y manga. La razón. Recuperado de:

 http://www.la-razon.com/index.php?_url=/suplementos/mia/Otaku-aficion-anime-manga_0_2253374738.html

Limberg, R. (2013). El malestar en la globalización. Litorales. Recuperado de: http://www.iztacala.unam.mx/errancia/v2/PDFS_1/LITORALES4_EL%20MALESTAR%20EN%20LA%20GLOBALIZACIËN.pdf

Miravalles, J. (2010). Hikikomori. [Mensaje en un blog]. Recuperado de: http://www.javiermiravalles.es/Hikikomori/Causas%20y%20efectos%20de%20Hikikomori.html

Kremer, W. y Hammond, C. (5 de julio de 2013). “Hikikomori”: por qué tantos japoneses no quieren salir de sus cuartos. BBC. Recuperado de: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2013/07/130705_salud_japon_hikikomori_aislamiento_social_gtg

Lerner, H. (2006) Adolescencia, trauma, identidad. En MC Hornstein (comp.) Adolescencias: trayectorias turbulentas. Argentina: Paidós

Lipovetsky, G. (2006). Los tiempos hipermodernos. España: Anagrama

López Arranz, (2011). Los modos de goce en la posmodernidad. Colombia: Tesis psicológica No. 6, pp. 89-101. Recuperado de:  http://www.redalyc.org/pdf/1390/139022629006.pdf

Morales, P. (2011). Los hikikomoris ¿un enquistamiento social? VI Congreso Latinoamericano: Psicoanálisis, una experiencia de fronteras. FLAPPSIP: Argentina

Pagliari, L. (15 de febrero de 2009). Solas en la multitud. La vanguardia. Recuperado de:

http://web.archive.org/web/20110311113342/http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/pageID/2/cnt_id/2909

Rodríguez, E. (26 de julio de 2012). Hikikomori, el síndrome del aislamiento. Reporte índigo. Recuperado de:

 http://reporteindigo.com/piensa/salud/hikikomori-el-sindrome-de-aislamiento 

Sánchez, A. (4 de diciembre de 2011). Hikikomori: perdidos en su habitación. El país. Recuperado de:

 http://elpais.com/diario/2011/12/04/eps/1322983617_850215.html

Vázquez Rocca, A. (2008). Individualidad, modernidad líquida y terrorismo hipermoderno. Konvergencias. Año 5, No. 17. Recuperado de: http://www.konvergencias.net/vasquezrocca168.pdf

Wapner, J. (2006). Metaclínica de los bordes. Patologías límite y déficit narcisista. Abordaje psicoanalítico. Argentina: Letra viva

 

 

 

 

 

 

Last modified onMiércoles, 20 Enero 2016 20:38
Rate this item
(3 votes)
back to top